Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 17
99%

Capítulo 17

El inicio de todo

―¡Theo, Snow Segundo! ―los llamó Liberty desde la cama de su esposo.

Estaba en casa. En la habitación del conde. Sola. ¿Se habría muerto? ¿Era el fin de todo? Lo último que recordaba era la muerte. El señor Florence había fallecido. Su esposa le había disparado. Sintió temor, luego, la protección de su esposo, de su padre y del perro lobo.

Llevaba el vestido puesto.

―Ah, lady Snow ―dijo alguien mientras entraba por la puerta.

El desconocido le sonrió. El perro llegó con él y pronto se puso al lado de Liberty, esperando a que lo tocase para ver que estaba bien―.

Tiene un guardián feroz. No se ha separado ni un momento de su lado.

Su esposo se lo ha tenido que llevar a la fuerza para que yo la revisase.

Soy el señor Lumière, por cierto, su médico. Trabajo para el duque de Phenton.

―Encantada de conocerle. Le agradezco sus servicios, pero estoy convencida de que le han hecho venir para nada.

El hombre le sonrió.

―Afortunadamente, sí. Está usted un poco cansada, pero no sufrió ni un rasguño.

―¿Dónde está mi esposo?

―Cuando la trajeron aquí, el duque de Phenton fue avisado de que yo tenía que venir con él y venir además con un magistrado para tomar las oportunas declaraciones. Lord Snow debe estar prestando testimonio, junto con el duque de York y el señor Pharma.

―Tengo que bajar. Ellos no estaban cuando sucedió todo.

Se levantó de la cama a toda prisa y se mareó. El hombre llegó hasta ella y la sujetó por el brazo.

―Despacio, lady Snow. Según tengo entendido ha vivido una situación intensa. No es como haber ido a la guerra, pero en poco tiempo ha visto de cerca demasiado mal y dolor. Así que tómeselo con calma.

Ella asintió. Comenzó a caminar, seguida por el perro y el médico de Phenton.

Entró en el despacho sin llamar. El duque de York estaba de pie en compañía de Lucien, cerca de la ventana más próxima.

Su padre junto al que debía ser el magistrado, y a su otro lado estaba Snow, quien se levantó de la silla de inmediato y se colocó frente a su esposa. La abrazó con todas sus fuerzas.

―No vuelvas a darme un susto así, Liberty.

Creí que… cuando te vi con sangre. ¡Dios!

¿En qué estabas pensando para marcharte por tu cuenta?

―La separó de su torso y la miró a los ojos.

Ella sonreía complacida al sentir todo su amor y protección―.

Mi pequeña guerrera valiente… Nunca más harás algo sin contar conmigo. Nunca. ¿Está claro? ―Ella asintió.

Luego, Snow le dio un beso en la boca. No fue algo nimio. No. Fue de tal magnitud que todos los presentes se sintieron incómodos y miraron hacia otro lado de inmediato.

―Bueno, bueno… Todos sabemos que sois recién casados, pero el magistrado tiene que seguir con su trabajo ―intervino el señor Pharma. No se acostumbraría nunca a que su hija estuviese casada y fuese toda una mujer.

Liberty y el conde dejaron de besarse, pero Theo la sujetó por la cintura y la colocó sobre su costado derecho. No la volvería a perder de vista nunca. Si tenía que usar un collar de paseo como el de Snow Segundo lo haría.

―En realidad, creo que ya he terminado. Con las palabras de la señora Florence confesando el crimen y la narración de lord Snow, creo que podríamos dejarlo todo aquí. No hará falta que molestemos a la dama con preguntas ―apuntó el magistrado.

Poco después despidieron al hombre.

Snow se movió hasta el sofá y se sentó. Su esposa estuvo junto a él. Las manos de la pareja entrelazadas.

―¿Por qué? ―inquirió su esposo―. ¿Qué necesidad tenías de demostrar que eres capaz de solucionarlo todo, Liberty?

Esto no va a funcionar si olvidas que estoy aquí para ti, que somos uno solo.

Mi deber es ocuparme de ti, cuidarte y protegerte.

De igual modo que asumiste esa tarea sobre mí cuando nos casamos. Has ido muy lejos.

―Me hubieseis convencido de que el señor Florence no era más que un esposo celoso y yo no podía dejar que te apartasen de mí después de lo que me ha costado llegar hasta ti, Theo.

―Nunca más, Liberty. ¿Me has escuchado? Jamás volverás a ponerte en peligro.

―No lo haré, porque sé que ya no habrá más obstáculos que sortear. Todo ha terminado. Todo. ¿Cómo está Afrodita Florence? Ese dolor que vi en ella… Le quitó la vida, y luego lloró su muerte. ¿Cómo podía amarlo?

―La señora Florence ha contado todo lo que sabía. Parece ser que las inversiones en las minas africanas en las que nos metimos York y yo fue lo que nos puso en la lista de Henry Florence.

―¿Inversiones? ―Ella no entendía nada.

―Gané, en una excelente partida de cartas, unos derechos sobre unas minas en el centro de África.

Diamantes. Cuando me enteré del dinero que realmente podía darnos, convencí a York para invertir un capital superior y soborné a un amigo de ese al que gané en las cartas para que York tuviese su parte también.

Un negocio del que poca gente sabía, puesto que la mina ha sido un descubrimiento muy reciente.

Sin embargo, todo indica que los franceses, los que todavía siguen sufragando una guerra que debió morir con Napoleón hace nueve años, querían quedarse con el control absoluto de dicha mina.

Los hombres abatidos en duelo por Henry Florence eran objetivos ingleses que entorpecían los intereses de un peligroso grupo que antaño fue capitaneado por un viejo enemigo de Phenton.

―Snow miró a Lucien y le cedió la palabra.

―Fui espía antes de casarme ―recordó el duque―.

Tu padre me ha ayudado en un par de situaciones y…

viceversa. Había un hombre, el duque de Balzack, que encabezaba una rama de traidores a la Corona que pretendían derrocar imperios desde dentro.

Los españoles también sufrieron algunos de sus movimientos.

Tras la muerte de Balzack, su hija se ocupó de seguir con su labor.

Gerson, ese era el nombre en clave de una mujer llamada Sheyla Malone, murió tratando de asesinarme.

Su complot hizo que el conde de Ranfield, el primer esposo de Regina, muriese por salvar a su mujer ―recordó con solemnidad―.

Creíamos que todo había terminado, pero siempre que cae uno, otro se alza para establecer el mando.

Y las conspiraciones secretas exigen un gasto considerable, y esa mina en la que la fortuna hizo que se metiesen Snow y York, casi les cuesta la vida.

―Sorprendí hace unos meses a un hombre en York Park tratando de entrar en mi despacho por la ventana ―apuntó Malcom, mientras miraba a Liberty―.

Visto lo acontecido, supongo que deseaba robar los documentos de la propiedad minera.

Creí que se trataba de algo aislado, no le di importancia.

El señor Wilson y yo decidimos no preocupar a Isobel y contratamos a un par de sirvientes que Lucien nos recomendó.

Antiguos militares que necesitaban un empleo estable.

Así que la seguridad de mi casa estaba en orden con los hombres de Lucien.

Todo estaba relacionado. La señora Florence tenía orden de tratar de seducirme, pero dado que soy un hombre felizmente casado que no se aleja de York Park, lo tenía complicado.

Su movimiento, según explicó Afrodita, tenía que ser el de cautivar a tu esposo, a quien ella ya conocía…

―Por la conexión que había con tu hermano y su actual esposa ―le recordó Theo.

Ella asintió―. La noche en la que estuvimos en la fiesta de Portman, según las propias palabras de la señora Florence, su esposo se dio cuenta de que yo era un hombre enamorado y que el duelo estaría fuera de su alcance, pues Afrodita no lograría seducirme.

Entonces el plan fue al revés, por una vez, sería Henry Florence quien seduciría a una mujer, a ti, para poder retar a su esposo a duelo, a mí.

―Pero no lo entiendo… ¿por qué un duelo? ―preguntó Liberty―. Él insinuó que podía matarte cuando quisiera, simular un robo en la calle…

―Ah, pero olvidas, querida ―interrumpió York―, que hay hombres excepcionales como yo, que dedican toda su vanidad a demostrar que son apuestos, ricos…

¡Dioses vivientes! Y luego están los locos, los que necesitan probarse a sí mismos en un temerario duelo donde podrían acabar muertos, solo con la finalidad de sentir que están por encima de la ley, de todos.

Una muestra pública de que nadie sospechaba de nada porque son seres superiores, una reafirmación para quienes trabajan con ellos, para que sepan que no deben traicionarlos jamás.

Una muestra para quienes son sus rivales, para que les teman.

Henry Florence era un hombre orgulloso que disfrutaba matando, gozaba sabiendo que quedaba libre cada vez que asesinaba a un hombre por la causa de los traidores y nadie sospechaba de él.

Y por supuesto, contaba para ello con la inestimable ayuda de una mujer preciosa a la que tenía completamente sometida.

En cuanto te vio, Afrodita dijo que supo que iba a ser reemplazada, porque estaba segura de que tú le recordabas a su marido a cuando ella era joven.

―¿Por qué?

―Dijo que había algo en tus ojos. Determinación lo llamó. Y sabía que había perdido a su esposo y no quiso vivir la traición de él, así que decidió quitarle la vida.

―Pero ella lo amaba. ¿Cómo podía amarlo? Le cruzó la cara, estaba dispuesto a volver a agredirla cuando le dije a Snow Segundo que atacase. Y luego ella lo mató, y se echó a llorar mientras cantaba su amor. Yo… no entiendo ese tipo de amor.

―No es amor, Liberty. Es algo que está mal, es enfermizo ―razonó Snow.

―¿Soy yo así por haberte perseguido durante años? ―preguntó angustiada. Él le sonrió.

―Tú no me diste tregua porque te hice jurar que no lo hicieras.

Sabías que los dos nos amábamos y que como yo era un necio, te tocaba a ti luchar.

Porque eso es lo que haces, Liberty. Luchas por quienes quieres.

No dudas en ponerte en peligro por el resto.

Y aunque te admire por ello, no volverás a hacerlo.