Capítulo 16 #4
Hacía años que la anticipación de un plan sólido no tenía a Henry expectante.
―Querido, necesito que… ―La puerta del despacho se abrió de pronto. Era Afrodita Florence. Portaba un periódico en las manos.
Snow Segundo se puso de pie y rápidamente Liberty lo instó a regresar a su posición.
Los preciosos ojos violetas de la esposa de ese impresentable, que una vez debieron ser brillantes y haber estado llenos de vida, la miraron con fijación.
Luego observó a su esposo, que había dejado de admirar a Liberty, para mirarla con desagrado por la interrupción.
―¿Qué ocurre, Afrodita? ―preguntó en un tono seco, ese que la señora Florence se había acostumbrado a escuchar en los últimos años.
―¿Podemos hablar un momento en privado, señor Florence?
―No, ahora estoy recibiendo visita, como puedes ver. ―El hombre le sonrió con afabilidad a Liberty.
―Sí… eso veo. ―Nunca antes Henry había recibido una visita femenina, en especial la de una joven que en cierto modo le recordaba a ella misma.
Una sensación de desconcierto la atravesó.
Concretamente al ver el modo en el que él le había sonreído a la joven―.
Es importante, querido, yo necesito explicarte que…
―Luego, Afrodita. ―Se negó a atenderla, de un modo tan cortante y desagradable que hizo que la sangre de la aludida y la de Liberty misma se helasen.
Lady Snow se dio cuenta en ese mismo momento que había cometido un gran error de cálculo al presentarse en casa de un hombre como él.
Uno que con dos simples palabras era capaz de causar pánico y terror.
Incluso Snow Segundo se había removido inquieto en su sitio, mientras miraba a Liberty con preocupación.
Por su parte, Afrodita se sentía extrañamente agitada.
Jamás la había despachado de ese modo antes.
La señora Florence se asustó e incomodó a partes iguales.
Siendo una muchacha de poco más de quince años, había caído de rodillas ante él.
Un hombre decidido, cuatro años mayor que ella, cargado de dinero, con esa mirada peligrosa y atrayente, y cuando le juró ponerle el mundo a sus pies, estuvo perdida por completo.
La vida era fantástica a su lado. Viajes a París, al continente africano.
Todo era una excentricidad tras otra. Una vida de ensueño, maravillosa.
Hasta que un día le dijo que ser su esposa tenía un precio.
Y ese coste era muy alto. Y lo pagó. Una y otra vez lo pagó para su esposo.
Se acostó con todos los hombres con los que él le decía que tenía que hacerlo.
Y los duelos… Eso era lo peor, porque siempre temía por la vida de Henry.
Así era el amor que él le había enseñado a vivir.
Obsesivo, lleno de situaciones que la hacían sentirse perdida y enferma consigo misma, pero las palabras amorosas de Henry la sanaban como un bálsamo.
Le decía que la amaba, que era la mejor, no había ninguna como ella, que lo que hacían estaba bien porque así tenía que ser.
Y lo creía. Lo creía con una fe inquebrantable.
Solo importaban ellos. Ambos dictaban las normas sobre lo que estaba bien o mal, y solo precisaban de la aprobación de ellos mismos.
La veneraba. Le consentía todos sus caprichos.
Afrodita era especial. Henry la hacía sentir así…
hasta ese momento, en el que apreciaba que algo no iba bien.
La señora Florence le sonrió, llena de dulzura. El corazón le dolía de un modo…
―¿Es esta insípida mujer más importante que tu esposa?
¿Más interesante que quien te ha entregado los mejores años de su vida sin cuestionarte?
¿La harás tu amante? ¿Es por eso que estás reunido con ella?
¿Qué le has prometido? ¿Diamantes, una casa junto a esta para tenerla cerca y poder ir a visitarla cuando estés necesitado?
¿Crees que otra podrá meterse en la cama de quienes necesitas que mueran con la misma facilidad que yo?
El señor Florence se levantó de su asiento, se movió hacia Afrodita y le propinó una fuerte bofetada que la desplazó de su lugar, aunque no cayó al suelo.
―Estás perdiendo los nervios y avergonzándote a ti misma ―le espetó con rabia.
―¡Maldito, maldito seas por no haber visto más allá de tu falsedad! Huye, seas quien seas, huye de inmediato o Henry te destruirá ―le dijo a Liberty mientras sus lágrimas caían libres por sus mejillas.
La condesa observó que el hombre volvía a levantar la mano para abofetearla, tenía el puño cerrado esa vez, así que le haría mucho daño.
―¡Ahora, Snow Segundo! ¡Ataca! ¡Ahora! ¡Ataca! ―le ordenó al perro mientras se ponía de pie, dispuesta a ayudar a la señora Florence.
El perro lobo comenzó a correr, dio un salto y le agarró la mano con la que iba a pegarle a su esposa.
El señor Florence cayó al suelo mientras trataba de defenderse del ataque de Snow Segundo.
El perro gruñía y no estaba dispuesto a soltar su brazo.
Liberty observó cómo el maldito, tendido en el suelo, trataba de sacar algún tipo de arma de su bota derecha.
En cuanto lo vio iniciar la acción, la condesa supo que tenía que ayudar a Snow Segundo.
Lo quería muchísimo y le devolvería la lealtad.
Sobre la mesa más próxima vio una figura de porcelana que se veía bastante robusta, con eso tendría que bastar para darle en la cabeza y tratar de dejarlo inconsciente.
Se apresuró a correr para tratar de que Florence no hiriese al perro.
Cuando estuvo a medio camino, un disparo resonó en la estancia.
―¡No, no, no! Snow Segundo, ¡no! ―gritó Liberty creyendo que el esposo de Afrodita habría sacado una pistola que llevaría escondida en la bota.
Se acercó al perro, sin pensar en su propia seguridad, y vio que en la boca tenía sangre. Tenía que ser del villano.
―¡Snow Segundo, ven aquí! Ven, ven, ven ―lo llamaba para llevárselo lejos de Florence.
Liberty y el perro se movieron hacia el lado derecho.
Divisó una pequeña mancha roja en el pelaje blanco del can, en su cuello.
Comenzó a buscar la herida con desespero.
Nada importaba. Solo el perro y su integridad.
No podía sufrir ningún daño. Ambos tenían mucho que vivir todavía. No podía pasarle nada.
―Para, para, deja que te vea bien. Te pondrás bien, ¿a que sí, mi amor? Deja que vea cómo de grave es… ―Entonces Liberty fue consciente de que el perro estaba lamiéndole la cara.
No se quejaba, no lloraba, no había lamentaciones por su parte.
Liberty alejó la mirada de Snow Segundo y vio al señor Florence todavía tendido en el suelo. Su esposa Afrodita estaba junto a él. Lloraba desconsolada.
―¡Quieto ahí, Snow! ―le ordenó, para que no se moviese de su posición. El can se sentó sobre sus patas traseras a la espera de nuevas órdenes.
Liberty se acercó con cautela hasta donde estaban los Florence. La figura de porcelana que había dejado caer al suelo cuando vio sangre en Snow Segundo estaba cerca de ella. Así que se agachó para cogerla a modo de arma.
Anduvo unos pocos pasos. El señor Florence estaba con los ojos abiertos. Un tiro atravesaba su frente. Afrodita estaba de rodillas, agarrándole la mano inerte mientras le hablaba.
―No me pegarás más, no podrás venderme a esos hombres más, no me cambiarás por otra mujer.
Te he liberado de ti mismo, vida mía. Juramos que haríamos eso el uno por el otro cuando nuestras vidas no pudieran ser nuestras.
La tuya ya no era tuya. Ni la mía era feliz.
Nos encontraremos pronto. Me he asegurado de que vengas a buscarme cuando llegue mi hora.
Cielo o infierno, no importará mientras estemos juntos.
Henry, mi Henry, mi vida entera. Mi Henry… ―sollozó una última vez.
Liberty vio una pistola, que Afrodita debió haber cogido de algún lugar escondido en la mesa, tendida junto a ella. Se acercó con sigilo y le dio una patada para alejarla de allí.
―Señora Florence… No está, se ha ido ―le dijo mientras trataba de sujetarla por debajo de los brazos a fin de levantarla y separarla del cadáver.
Afrodita le dio un empujón y Liberty acabó en el suelo. La desdichada mujer no deseaba separarse de su esposo. Luego la vio inclinarse para darle un beso en los labios. Se quedó tendida sobre el pecho de él. Llorando sin consuelo.
La puerta del despacho, que había estado entornada, se abrió por completo. Liberty vio a Snow entrando el primero, seguido de York, junto a su padre.
El conde la levantó del suelo como si fuese una muñeca de trapo y comenzó a examinarla.
Liberty no podía dejar de mirar a Afrodita Florence.
Después de todo lo que le habría hecho su esposo, además de darle una sonora bofetada y tratar de herirla con un puñetazo, ella estaba llorando sin consuelo por él.
Por un esposo que Liberty estaba segura de que habría sido un desgraciado, un maldito villano insensible.
¿Cómo podía amarlo? ¿Cómo podía sentirse así de vacía y miserable por haber acabado con lo que ella suponía que sería un monstruo?
―¡Escúchame, Liberty! ―le gritó Theo para que ella se concentrase en él.
―¿Qué? ―logró articular.
―¿Estás herida? ¿Es tu sangre? ―Snow la había revisado a fondo, pero la sangre que había sobre su esposa no parecía ser suya.
―No. Es del señor Florence. ¡Snow Segundo, aquí!
―lo llamó para que llegase a su lado. Se afanó en acariciar al perro.
Era como si estuviese en un sueño, en una pesadilla irreal.
No entendía lo que sucedía a su alrededor.
Su padre la estaba abrazando también. El perro le ladraba.
Su esposo articulaba palabras… No pudo más.
El mundo se volvió negro. Lo último que escuchó antes de que sus ojos se cerrasen y caer por su propio peso sobre alguien que la agarró al punto, fue a Theo gritar su nombre y a Snow Segundo aullar como un lobo.