Capítulo 16 #3
―Por amor de Dios, York… Tu hija solo tiene tres años ―tuvo que volver a recordarle, tal y como había hecho Lucien. Theodore quería desaparecer de allí.
―No me sorprendería que comenzasen a desfilar pretendientes por mi casa en un par de meses. Es hija de un duque inteligente, apuesto, rico…
―Ahí viene la lista ―susurró Snow.
―Te he oído, Theodore. No recitaré todas mis impresionantes virtudes, pero mi hija es descendiente de un duque ―evitó denominarse a sí mismo como Ra porque sería señalar una evidencia que seguramente el señor Pharma ya conocería―, es muy hermosa y tiene una dote escandalosa.
Es un milagro que todavía no haya venido alguien a York Park para quitármela de las manos.
―Mientras no termine en una habitación oscura con un indeseable… a su hija le irá bien. Se lo garantizo ―habló Leopold.
―¡Ha dicho que trataría de apreciarme! ―exclamó derrotado Snow.
―Empezaré mañana ―alegó burlón el abogado.
York se carcajeó.
―¡Liberty, dile algo a tu padre! ―le rogó, porque no le quedaban fuerzas para seguir luchando contra el señor Pharma y el duque. Al ver que ella no contestaba, barrió la habitación con la vista―. ¿Dónde está Liberty?
―Habrá ido al tocador ―conjeturó el padre de la joven.
―El perro tampoco está ―dijo con preocupación el conde―. Aunque no debería sorprenderme porque es su sombra. ¿Snow Segundo? ―lo llamó. Luego silbó para esperar alguna respuesta por parte del can.
―¿Te enfadaste mucho cuando descubriste que le puso Snow Segundo a ese chucho inmenso? ―preguntó Malcom con curiosidad.
―Lo odié.
―¿Se lo dijiste así? ―siguió Malcom.
―No. Todo lo contrario, me mostré inmensamente feliz por el detalle.
―¡Bien jugado! ―admitió Malcom.
―Recuerde que puede usar la mentira con su hija, excelencia ―terció con satisfacción el abogado.
―Ah, esto de ser padre va a ser un infierno.
―Malcom no veía la salida―. Tal vez trate de convencer a mi querida niña de que vivir en un convento de esos en Irlanda con otras monjas, sería bueno…
Aunque Isobel no lo aprobaría. Lo cual entiendo.
Mi esposa encontró la felicidad absoluta y el amor verdadero junto a mí y no se conformará con menos para Gwyneth.
La culpa es mía y solo mía por ser tan perfecto.
Ciertamente soy Ra ―no pudo contenerse―, y mi pequeña tendrá un regimiento de pretendientes tras su cinturón de castidad.
―¿Se acaba de comparar con un dios egipcio? ―le preguntó por lo bajo Leopold al conde.
―No. No se ha comparado. Se autodenomina de ese modo. Ra. Así que dé gracias de que Liberty haya acabado conmigo y no con alguien como él ―le sugirió Theodore.
―¿No se ofende ante esa alusión? ―le cuestionó el abogado al duque.
―Sí, pero lo cierto es que es verdad. Snow ha tratado de superarme en mis perversiones, pero al igual que mi hermano ―dijo más para sí mismo que para el resto―, ha fracasado estrepitosamente.
Nadie es comparable a mí. Pero sí debe alegrarse, señor Pharma, porque como soy todo un referente para Theodore, del mismo modo lo soy para mi hermano ―repitió de nuevo para él mismo―, Snow tratará de ganarme e intentará demostrar que es capaz de ser mejor esposo que yo.
No creo que lo logre, pero sí sé que trabajará en ello hasta que no le quede un suspiro de vida, y su hija se beneficiará de la hazaña.
Se lo juro por mi título, por mi honor y por la devoción y el amor que siento hacia mi duquesa o mi hija.
Liberty será una esposa amada, estará rebosante de felicidad. Puede confiar en Snow. Yo lo hago.
―¡Te ha costado mucho decirlo! ―le afeó el conde, por su tardanza en alabarlo.
―Ah, pero lo importante es que he llegado a tiempo, mi querido hijo ―afirmó, mientras le sonreía y le palmeaba la espalda. Theodore sabía que lo quería como si fuese de su misma sangre―. Ahora… creo que es hora de entrar en pánico, porque esa pequeña arpía que tienes por esposa…
―¡No! ―dijo Snow al darse cuenta de la insinuación.
―Vayamos a casa del señor Florence antes de que se meta en un buen enredo. ―Malcom estaba inquieto.
―Mi hija no iría a… ―El abogado se puso en pie a toda prisa y desistió de su afirmación.
Sí. Liberty haría una temeridad, porque los problemas la perseguían y ella a ellos.
***
¡Hombres! Siempre creyendo que una mujer no era capaz de igualarlos en audacia o atrevimiento. Liberty había aprendido años atrás a que si quería algo bien hecho debía hacerlo ella misma. Snow era la prueba más evidente.
Confiaba en que Henry Florence la subestimase igual que el resto.
Del mismo modo apostaba su integridad a que su marido, su padre y York no tardasen demasiado en percatarse de que ella no estaba en casa, aunque sí esperaba que le diesen el margen suficiente de maniobra.
Con la conversación tan horrible y poco productiva que tenían los tres, era muy posible que les diesen las doce de la noche o más antes de darse cuenta de que había huido.
Liberty estaba parada frente a la casa de uno de los hombres más peligrosos de Londres.
Agachó la mirada y agradeció a la buena fortuna el envío de Snow Segundo a su vida.
―De todos los que me rodean, y sin que suponga un menosprecio para ellos, tú, mi querido amigo, eres en quien más confío.
Tenemos que ser inteligentes, hábiles y averiguar lo que trama antes de que los tres vengan corriendo a pararnos los pies.
¿Me protegerás si lo necesito? ―le preguntó manejando de la mejor forma posible los nervios que sentía.
El perro lobo ladró en respuesta―. Trata de parecer amigable, haré lo que pueda para que tú no sientas mi animadversión por ese despreciable hombre, necesito que esté confiado también frente a tu presencia.
¿Listo? ―inquirió Liberty. El perro pareció asentir―.
A veces creo que en verdad entiendes todo lo que te digo.
Sin más dilación, la condesa de Snow hizo sonar el timbre de la puerta. En pocos minutos se presentó en el despacho de Henry Florence.
Estaba tras su escritorio y se puso de pie de inmediato, se acercó un poco a ella. Observó al enorme perro que la acompañaba y guardó cierta distancia como precaución.
―No esperaba verte tan pronto, querida mía. Tampoco verte tan… increíblemente acompañada. ¿Por qué no lo dejas fuera mientras ultimamos los detalles de nuestra nueva… relación? ―Ay, ella sabía que le estaba dando una orden para que sacase fuera a su perro lobo. Era precavido. No debía subestimarlo.
―¿Le preocupa Snow Segundo? Mírelo, no es más que una inmensa bola de pelo juguetona ―observó mientras tocaba con efusividad al perro en el lomo―.
Venga aquí, acérquese a él y compruébelo por sí mismo.
Es mi cachorrito feliz. ¿A que sí, amor mío?
―le preguntó dulcemente al perro. Este ladró en respuesta.
―No me gustan los animales, en especial cuando sospecho que esconden una dentadura letal. Eso que usted lleva a su lado no es un cachorrito. ―Henry no se movió de su lugar.
―¡No le tendrá miedo a un perrito inofensivo, señor Florence! ―lo retó.
Liberty lo observó apretar los labios para convertirlos en una fina línea blanquecina llena de disgusto.
Sin decir una palabra, el señor Florence se acercó a la dama, le colocó una mano sobre la garganta y luego la besó en los labios.
Liberty se afanó por mostrarse confiada y segura frente al can, a fin de que no actuase, ni gruñese, ni ladrase.
No era estúpida y sabía lo que el hombre estaba haciendo: protegiéndose de Snow Segundo en caso de que lo agrediese, porque la estrangularía si lo atacaba.
Deseaba probar la teoría de que era inofensivo y lo había colocado como un seguro ante la apuesta.
Así que mientras esa inesperada acción era llevada a término, Liberty no dejaba de acariciarle la cabeza a Snow Segundo para que se comportase.
No estaba segura de si lograría su cometido y cuando percibió que el perro levantaba las orejas, preparado para atacar al asaltante, ella le dio un pequeño toque de atención en el hocico.
Snow Segundo se mantuvo alerta, pero sin mostrar su verdadero temperamento.
Cuando Florence abandonó sus labios, miró al perro, que parecía ajeno a todo lo que acababa de suceder.
―Puede quedarse ―bendijo, mientras soltaba el cuello de Liberty―. Siéntese, querida, y hablemos de nuestro acuerdo.
La acompañó hasta la silla más cercana y sostuvo el mueble para que ella se acomodase, luego le puso las manos sobre los hombros y bajó la derecha para palpar uno de sus senos. Ella se quedó quieta. Apostaba su vida a que era otra prueba para el perro.
―Señor Florence, creo que todavía no estamos en ese punto. ―Le dio un burlón y ligero toque con la mano para llamarle la atención.
―Pronto, muy pronto ―le indicó, mientras se le hacía la boca agua.
Desde la noche ocurrida meses atrás, cuando Henry la vio con el pelo alborotado, con mucha piel a la vista y esos ingeniosos ojos victoriosos, quiso demostrarle un par de cosas. Era bonita. Era valiente. Todo lo que una vez fue Afrodita y que había perdido con el paso de los años.
Henry Florence no había previsto tomar ninguna amante, pero cuando la vio bailando con su esposo un par de noches atrás…
Él deseaba volver a tener algo así. La señora Florence ya no lo complacía en el lecho.
Estaba demasiado hastiada por la vida de libertinaje que le había obligado a llevar.
La condesa sería una sustituta fabulosa para la mujer que pronto sufriría algún terrible accidente.
Una dama preciosa, y con título además. Lo haría ser envidiado, como cuando se casó con Afrodita.
Era hora de reemplazarla y la mujer que tenía frente a él haría un papel mucho mejor que el que había hecho su esposa hasta la fecha.
Se casaría con ella pronto. Le permitiría tener el año de luto que, como mínimo, se exigía por la muerte de un marido, pero ese tiempo él la tendría en su cama.