Capítulo 16 #2
―Tengo la lista aquí de los hombres que no sobrevivieron a los enfrentamientos del señor Florence ―explicó el abogado, mientras sacaba un papel.
―Te adoro, padre. Eres tan eficiente siempre ―apuntó Liberty llena de amor.
―Es mi trabajo, hija mía. Y si tu… si el hombre al que… si… ―No tenía ganas de referirse a Snow―. Si él ―le pareció oportuno llamarlo así. Con un sencillo « él » sobraba― está en peligro y tú lo amas… yo…
―Su hija me ama, señor Pharma ―se ratificó Snow con tirantez.
―Sí, puede ser, pero Liberty podría cambiar de opinión en un par de meses y…
―Padreee ―lo regañó.
―Ah, no, querida ―saltó York ―, deja al señor Pharma actuar.
Estoy tomando buena nota de lo que tendré que hacer cuando llegue un pretendiente, que no será lo bastante bueno para mi pequeña diosa de luz, y me incomode sobre peticiones de mano.
Me vienen muy bien sus indicaciones. ―Phenton se carcajeó.
York sacó el monóculo del bolsillo de su chaleco burdeos bordado con flores amarillas, se lo puso en un ojo y luego le preguntó―: ¿Tú de qué te ríes, Lucien?
Tu hija es mayor que mi Gwyneth, deberías estar tomando notas con papel y pluma.
―Tu hija tiene poco más de tres años, falta mucho para que llegue el día que tanto temes ―apaciguó Lucien.
Calista era la luz de sus ojos, pero seguro que la muchacha elegiría sabiamente cuando llegase el caso.
Y si no, Lucien sabía muchas formas de infligir dolor y hacer desaparecer un cuerpo. En el fondo del Támesis, por ejemplo.
―Ah, pero Liberty también tuvo una vez tres años y aquí está con Snow.
―¡York! ―exclamó ofendido Theodore.
El duque agitó los hombros despreocupadamente mientras se guardaba el monóculo de nuevo en su lugar.
―Fuiste un patán. ¿O acaso puedes negarlo? Yo en el lugar del señor Pharma te hubiese esperado a tu regreso de Italia en el muelle con un par de pistolas y te habría exigido ponerte de rodillas ante tu esposa.
―De hecho, limpié mis pistolas y las tenía preparadas por lo que pudiese suceder ―admitió el abogado con satisfacción.
―Estamos aquí por Henry Florence ―hubo de recordar Liberty. La conversación estaba saliéndose del tiesto.
―Cierto ―mencionó Snow. Ya ajustaría cuentas con York.
―A ver la lista. ―Lucien tomó el papel. York se puso a repasarla con su mejor amigo―. A simple vista no veo una relación con estos nombres. Nobles, plebeyos, eso sí, creo que son todo hombres con fortuna.
―Tengo la sospecha de que el señor Florence le indica a su esposa con quién debe enredarse para tener una excusa legítima para demandar un ajuste de honor pese a que no tenga título para hacerlo. ―Liberty lo consideraba así.
―Pero York y yo… no nos acostamos con Afrodita Florence ―aseveró de inmediato Snow, al ver que el padre de la condesa lo miraba con suspicacias.
―No la conozco ―alegó Malcom.
―Pero no olvides, Theo, que Florence contaba con tu duelo, con tu muerte, más en concreto, para llegar hasta York.
―¿Y no será todo esto un asunto de caprichos? Henry Florence pudo simplemente haberse encaprichado de la condesa ―conjeturó Lucien.
―No. No. Lo he dicho antes. Ha querido extorsionarme, pero sé que quiere acabar con Snow y con York. Tengo una corazonada. Padre, ¿me crees?
―Sí, Liberty. Tienes la intuición de tu madre y mi inteligencia. Yo me tomo en serio toda esta cuestión.
―No he dicho que no lo haga ―indicó el duque de Phenton―. Lo que sucede es que… ―Suspiró. La dama podría tener razón y pudiera ser que hubiese algo turbio ahí―. Podría preguntar en el Ministerio a ver qué me dicen.
―O puedo ir yo a preguntárselo directamente a Florence… ―sugirió Liberty.
―¿Cómo has dicho? ―inquirió Snow.
―Ah, debí haberte llamado pequeño problema en su momento, porque en verdad resultas un gran problema, condesa ―dijo York con disgusto.
―Pero sería lo más fácil. Puedo buscarlo, rogarle entre lágrimas que no le haga daño a mi amado esposo…
―Liberty ―la avisó Theo para que se detuviese.
―Bueno… entonces podría buscarle y decirle que eres el peor esposo del mundo, que me gustaría verte muerto…
―¡Vaya! ―se quejó Snow mientras tenía la boca abierta.
―No la interrumpas, muchacho, me gusta por dónde van los tiros ―terció el abogado. No le sonaban nada mal las palabras de su hija.
York se rio de nuevo y añadió:
―Es usted una gran inspiración para un padre como yo, señor Pharma.
―York ―habló Theodore―, no estás siendo de ninguna ayuda.
―Ah, jovencito, pero estoy aprendiendo muchísimo ―afirmó Malcom. Lo que hizo que Snow se irritase todavía más.
―Como decía ―siguió Liberty―, podría interpretar un papel ―argumentó mirando con fijación a Snow―.
Podría ser una actriz simulando justamente lo contrario a lo que siento por mi esposo, decirle que soy desgraciada contigo.
Le explicaré al señor Florence que soy tremendamente infeliz y que me he dado cuenta de que le deseo muchísimo.
Puedo ser una excelente actriz. ―En el club de Sullivan lo había hecho.
Pero eso no lo confesaría―. Con un poco de persuasión y suerte podría averiguar lo que trama en un chasquido de dedos.
―Sería lo más rápido ―opinó en voz alta Lucien.
―¡Phenton! ―saltaron al unísono York y Snow.
―Sería lo más rápido, pero también lo más peligroso, por eso no lo vamos a hacer ―añadió raudo Lucien―. Voy a salir unos minutos para ver si averiguo algo con los contactos que me quedan en el Ministerio y regresaré de inmediato. Me llevo la lista, señor Pharma.
―Por supuesto ―aseveró el abogado. El resto estuvo de acuerdo con la sugerencia final del duque de Phenton, quien unos pocos segundos después estaba saliendo por la puerta.
―La tensión se puede cortar con un cuchillo ―alegó York―. ¿Cree que alguna vez apreciará a mi pupilo, señor Pharma?
―No. ―A Leopold no le hizo falta meditar la respuesta.
Snow gruñó. Pensaron que había sido el perro lobo, pero no. Fue el conde. Liberty suspiró y se levantó del asiento. Los hombres siguieron hablando.
―¿No vas a romper una lanza en mi favor, York? ―le preguntó molesto Theo.
―Es complicado, Theodore. Por un lado eres lo más parecido a un hijo, te he tenido bajo mi ala muchos años y te quiero, pero por otro… pienso en el señor Pharma como padre. Veo a Liberty como si fuese Gwyneth y le comprendo perfectamente.
―¡Por amor de Dios! ―explotó Theo―. Fui un tonto cuando no me puse a dar saltos y palmadas como una colegiala en el momento en el que me pescaron en una habitación oscura con…
―Creo que mis pistolas deberían estar sobre la mesa ―consideró el abogado.
―Es lo que pasó, señor Pharma, no puedo adornarlo. Su hija ha confesado que me tendió una trampa…
―Para salvarte la vida y tú no la premiaste por ello. ―Curiosamente esa afirmación no salió de la boca de Leopold. La dijo York.
―Si no vas a ayudar, al menos no me causes más problemas ―le pidió al duque―. Como estaba diciendo, debí haberme alegrado mucho en lugar de salir corriendo como lo hice.
―No olvides la boda. Parecía que estabas en tu funeral, aunque te pillé en más de una ocasión mirando a Liberty como si quisieras merendártela.
―¡Quieres callarte de una vez, York! ―le gritó al duque.
―Lo siento, es que solo puedo pensar en Gwyneth y…
Supongo que mi visión del mundo como padre pesa más que la que tuve como un hombre disoluto.
Si mi hija acabase con alguien como yo… Supongo que no me gustaría ―reconoció York―.
Creo que lo mejor sería orquestar un matrimonio desde la cuna y luego vigilar al futuro esposo de mi pequeño rayo de luz para que no se descarriase en ningún momento.
¡Qué buena idea! Isobel me aplaudirá ―señaló York pagado de sí mismo.
―¿Puedo seguir? ―pidió permiso Snow.
―Adelante ―concedió York.
―¡No sé ni por donde iba! ―se quejó Snow.
―Creo que ibas a hablar de cómo dejaste abandonada a tu esposa a la mañana siguiente de la boda para irte a Italia con tu mejor amigo.
―¡Vas a perder la lengua, York! ―lo avisó Theodore conteniendo las ganas de masacrarlo.
―¡Solo trataba de ayudarte con la explicación! ―se defendió Malcom.
―¡No me ayudes más, te lo suplico! ―Un enemigo no lo haría peor.
―De acuerdo, de acuerdo ―razonó el duque con las manos en alto.
―Bien. Al final, lo importante es que estoy loco por Liberty.
No le haría nunca daño, daría la vida por ella y la haré feliz.
Si no lo hago, señor Pharma, yo mismo le dejaré sostener mis pistolas para que me pegue un tiro.
Se lo juro. Su hija no sería feliz con nadie más que conmigo, pues nadie más la querrá como yo, y ella no amará a nadie más como me ama a mí.
El abogado se quedó mirando a Snow con interés. El trío estaba sentado en tres sillas, formando algo parecido a un pequeño corro.
El padre de Liberty tenía que admitir que la declaración le había agradado, parecía sincera. Suspiró.
―Trataré de apreciarte. Es lo único que puedo ofrecerte.
―No le pido nada más. Estoy seguro de que con el paso del tiempo lograré hacerle ver la veracidad de mis palabras.
―Te lo perdonaré todo si me traes al mundo nietos ―apuntó el hombre después de valorar esa idea―.
No quiero volver a pasar por esto nunca más.
Y aunque encontraría cierta justicia divina en que tú acabases en mi lugar algún día, sé que seré un abuelo amoroso y que mis nietas harán de mí lo que deseen, como hizo Liberty, así que mejor si solo hay muchachos.
―Haré lo que pueda.
―¡Ah, señor Pharma! Me deja perplejo.
―¿Por qué?
―Porque solo de imaginar lo que tendrá que hacerle a mi amada Gwyneth su esposo para tener hijos… Creo que en su lugar, le hubiese prohibido procrear. Mejor, estaría encargando un cinturón de castidad. ―El duque no deseaba que su pequeña diosa divina creciera. Iba a ser muy duro.
―¿York, por qué no te vas a dar un paseo? ―Era peor que un grano en el c…
―¡Imposible! Tan inteligente como me creía, y acabo de descubrir que me falta mucha experiencia para tratar con los pretendientes que llegarán a mi casa.