Capítulo 16
La intuición de Liberty
El señor Pharma estaba sentado en una silla, tras su escritorio. Lo acompañaban en el despacho de su casa Liberty y Snow, quienes figuraban en sendas sillas frente a él. Salvo los saludos oportunos nadie había abierto la boca todavía.
Liberty le había enviado una carta resumiéndole lo preocupada que estaba por Henry Florence y sus sospechas porque ese estuviese cometiendo algún tipo de crimen encubierto por los duelos, pero no tenía la menor idea del motivo oculto.
Le avisó de que lo visitarían en dos días. La situación era del todo incómoda.
Liberty suspiró.
―¿Dónde está York?, ¿lo convocaste, padre?
―¿Qué hace él aquí? ―preguntó sin dejar de mirar a Snow.
―Ay ―exclamó ella contrariada―. Con lo del señor Florence me había olvidado de que yo te pedí que estudiases… ―Su voz fue deshinchándose.
―La anulación de tu matrimonio ―la ayudó su padre
―Sí, es que… han pasado algunas cosas y yo… él… Nosotros… ―comenzó a decir avergonzada. Actuó demasiado intempestivamente cuando le pidió ayuda a su progenitor para que la sacase del hoyo en el que creía que se había metido.
―Ya. Te ha rogado que lo perdones, te ha dicho que te ama, que será el esposo perfecto para ti… Bla, bla, blablablabla. ¿Me dejo algo, Snow? ―le preguntó al que no había abierto la boca.
―Se lo dije cuando llegué de Italia y sospecho que estará al tanto de lo que me llevó allí. Nunca he dejado de amar a su hija desde que la conocí y…
―Esperaste a que cumpliese los veinticinco años, creo que muy seguro no lo has debido tener, muchacho.
―Estaba decidido a ponerlo contra las cuerdas.
De su hijo Bruce y la sorpresa que le dio, mejor no hablar.
Pero sí había aceptado a su esposa y a un hijo nacido fuera del matrimonio que registraría como natural.
Sería ilegítimo aunque lo hubiese reconocido como suyo.
Suerte que no tenían un título, o el pequeño Edwin, de quien Leopold ya estaba enamorado, no hubiese podido heredar ese legado familiar.
Las leyes de la primogenitura eran muy severas en Inglaterra.
Ni tan siquiera se podía desheredar a un hijo al que se deseaba privar de todo.
El título era sagrado a no ser que se argumentase un crimen contra la Corona o una demencia probada.
Snow le sonrió.
―Dije que estaba enamorado, y si lo recuerda me definí como un hombre necio.
Así que sí. Esperé demasiado para darme cuenta de lo que tenía a mi alcance, pero lo hice todo a tiempo para no crear una situación más difícil de la que su hija y yo hemos vivido.
―Snow le tendió la mano y Liberty enlazó los dedos con los de él, mientras sonreía.
Leopold Pharma gruñó, el perro levantó la mirada y lo observó. Oh, sí. Esa bestia blanca parecía ir a todas partes con su hija y su esposo.
―Y una vez más harás que tu padre mire hacia otro lado, porque así es como siempre han sido las cosas entre nosotros.
Te he dado todo cuanto me has pedido. Siempre libre, siempre temeraria y sorteando los peligros que harían tambalear tu reputación.
―La mirada de Leopold abandonó la de Liberty y miró a Snow.
Nunca le gustaría. Nunca lo encontraría suficiente para su hija.
Liberty merecía un rey―. Bueno, no siempre saliste airosa.
Porque aquí estamos. Tú, yo y… ―No deseaba nombrarlo, por eso se calló.
―Theodore, mi esposo ―ayudó Liberty a su padre―. Al que amo profundamente. Debo admitir que me precipité, siento haberte traído más problemas cuando te expliqué que nosotros, que él no… ―No sabía cómo salir de donde se había metido.
―Que él no consumó el matrimonio ―dijo Leopold con enfado―. Hubiese sido bonito ver cómo los lores, después de observar a una preciosa mujer intacta, comenzaban a suponer el motivo por el que su esposo no cumplió con su deber. ¿Sabes por dónde voy, Snow?
―No me gustan los hombres ―refutó con irritación.
Se había dado cuenta de que el señor Pharma trataba de avergonzarlo.
Presentarse en la Cámara de los lores sin haber desflorado a la hermosa Liberty…
Theodore hubiese sido el hazmerreír de toda Inglaterra.
Las suspicacias no hubiesen terminado nunca.
Se mordería la lengua y no le diría al padre de la condesa que la poseyó años atrás, porque eso era igualmente una crueldad.
―Lo que es importante ―intervino Liberty― es que somos una familia feliz.
―¿Ah, sí? ―preguntó el señor Pharma. Snow odiaba ese tono beligerante del abogado.
―Sí, limaremos asperezas y estaremos bien. Estoy convencida de que así será.
―¿Entonces no quieres que presente la moción, hija mía? ―presionó, solo para mortificar al conde.
―Señor Pharma ―saltó ya con enfado Theodore―, el matrimonio está consumado. ―Mejor zanjar ya la cuestión.
Liberty jadeó. Esto estaba siendo violento.
La puerta se abrió para dar paso a un lacayo que no tuvo tiempo de anunciar al duque de York, pues Malcom W. Banstorn estaba en el interior del despacho antes de que el sirviente hablase.
Lo que York vio fue a una dama azorada, a un esposo molesto y a un padre a punto de saltar sobre la yugular de Snow. Un precioso cuadro familiar que tenía lugar cuando un esposo hacía enfadar a su mujer y esta se quejaba a su amoroso progenitor.
Malcom saludó de inmediato a Snow Segundo, quien saltó sobre él lleno de alegría.
―Ah, soy tan excepcional que no solo las personas me aman. Los animales lo hacen en igual medida o más ―señaló el duque.
―Sea bienvenido, excelencia ―le dijo el abogado, quien se había puesto de pie para recibirlo como merecía.
―Señor Pharma, tome asiento ―le indicó mientras cogía una silla y se sentaba junto a Liberty.
―Lamento haber interrumpido lo que parecía una… incómoda reunión. Imagino, Theodore, que el señor Pharma te ha dado unos cuantos golpes… verbales, por supuesto.
―Si fuese más joven, excelencia ―terció el padre de la condesa―, no hubiesen sido solo verbales.
Liberty rodó los ojos, Snow suspiró y York soltó una carcajada sincera ante el comentario.
―Ah, una gran suerte no haberme tenido que enfrentar al difunto padre de Isobel, no me hubiese aceptado jamás, estoy seguro, y la habría tenido que raptar para llevármela a Gretna Green como mi dulce prisionera.
―York ―intervino Theo―, te la llevaste a Gretna Green ―le tuvo que recordar.
―Sí, es cierto. Después de todo, ella estaba destinada a que yo la robase, viviese su padre o no. ¿Qué hacemos aquí?
El abogado iba a contestar cuando un segundo duque ingresó acompañado por el mismo lacayo. Tampoco dejó que lo anunciase.
El señor Pharma, siendo como era un abogado que había ofrecido consejos sobre algunas cuestiones de índole muy discreta para la Corona, tenía algunos contactos muy fiables en lo que se refería al ofrecimiento de información sobre hombres de dudosa reputación.
Había tratado con el duque de Phenton, Lucien Maldith, quien había llevado ante la justicia a un par de desalmados que fueron declarados traidores.
Acabaron en la horca porque lo merecían.
Así que lo había llamado, pues sabía que era íntimo amigo de York y que sería de gran ayuda para el problema que le presentaba su hija con respecto al señor Henry Florence.
York se levantó de inmediato y le dio un amistoso abrazo a Lucien. Ambos se quedaron mirándose con fijación después de saludarse.
―Debe ser algo muy serio si tú, mi querido Lucien, estás aquí ―le espetó Malcom.
―Lo es ―reveló Liberty.
―¿Qué puede ser tan importante para que deba ser atendido por un duque excepcional, otro que una vez jugó a los espías, un conde con buen ojo para las inversiones y un brillante abogado? ―inquirió York.
Lucien refunfuñó. Su trabajo como espía nunca fue un juego, iba a decir eso mismo cuando se escuchó un sonoro carraspeo femenino. Muy indignado, por cierto.
―Ah, sí, mil disculpas, lady Snow ―alegó York al ver su error por no haberla incluido en su cuestión―.
¿Qué puede ser tan importante para que deba ser atendido por un duque excepcional, otro que una vez jugó a los espías, un conde con buen ojo para las inversiones, un brillante abogado y una pequeña arpía?
―El duque terminó de repetir su pregunta y le ofreció una resplandeciente sonrisa.
Ella lo miró como si le estuviese perdonando la vida.
―Excelencia, cuando visite York Park, cosa que haré pronto, tendré unas palabras con su esposa sobre el trato que me acaba de dispensar ―lo amenazó con echarle a Isobel encima. Era poco elegante, pero era lo más efectivo.
―Sí, bueno. No te ofendas querida, es cierto que ya no eres tan pequeña. Debí haber dicho mejor… gran arpía. Puedo recitar la pregunta de nuevo y enmendar mi error si lo prefieres… ¿Lo hago? ―preguntó como si no estuviese ofendiendo a nadie.
―¿Quiere que le dé un puntapié en sus vanidosas posaderas, York? ―inquirió con enfado la condesa. Eso hizo que Snow y Phenton se riesen.
―¡Liberty! ―la regañó el señor Pharma.
―¡Él empezó! ―se quejó ella, sabiendo que sonaba como una niña enfurruñada.
―No te enfades, condesa ―terció York―, no puedo evitar molestar a una mujer preciosa, más si es de mi familia. ―El duque le guiñó un ojo.
Todos tomaron asiento dispuestos a ver qué sucedía.
Liberty les explicó sus sospechas sobre el señor Henry Florence.
También les contó con todo lujo de detalles cómo le tendió la trampa a Theodore para salvarlo de un duelo, cómo meses después el mismo hombre le había dicho que tendría que convertirse en su amante o mataría a Snow.
Además, le aseguró a York que tenía la certeza de que el villano deseaba su muerte también.
―¿Lucien? ―York le estaba preguntando a su mejor amigo su opinión experta sobre lo que Liberty había explicado.
―Diez duelos… Es un número muy elevado y sospechoso. Una docena si es que desea incluiros a Theodore y a ti, todavía más ―le dijo el duque de Phenton a Malcom―. Sería toda una declaración de intenciones si lady Snow está segura de que Florence lo hace por deporte.