Segundo epílogo
Los disolutos con corazón
― Como esto sea una treta para traerme a una orgía... ―habló Thomas Foster, vizconde Portman.
―¿ Sabe tu mujer que eres tan mojigato, Portman? ―preguntó lleno de buen humor el duque de York.
― Mi esposa es consciente de que le hago cosas que sería pecado hacer en una orgía ―se defendió el vizconde.
Lucien Maldith, duque de Phenton, Theodore y Liam silbaron ante esa contestación.
― Ah, tal vez no seas un mojigato después de todo, mi querido Portman, y haya esperanza para ti. ― Malcom estaba gratamente sorprendido por la salida de tono de Thomas.
―La que pide cosas que deberían estar prohibidas es Liberty.
―Theodore vio que el grupo se le quedaba mirando con el ceño fruncido―.
¿Lo he dicho en voz alta? ―Todos asintieron―.
No pienso añadir nada más ―les dijo sabiendo que se morirían por la curiosidad.
Oh, Snow no iba a explicar a viva voz que en su segundo aniversario de bodas la muy pícara quiso atarlo a la cama y llevar la voz cantante.
No. Eso era inconfesable. Como también lo sería decir que lo disfrutó.
Había cosas que debían mantenerse en privado.
Los que una vez fueron considerados los más disolutos de todo Londres se encontraban en la casa de la ciudad del duque sin ningún motivo en particular.
Malcom había querido reunir a sus mejores amigos para disfrutar de una tarde tranquila. Estaban sentados en varios sofás, en el despacho del duque de York, y en la mesilla de mármol del centro había varios vasos con whisky .
Malcom se fijó en las miradas de Thomas, Lucien, Theodore y Liam.
Atrás quedaban las expresiones de picardía que una vez había visto en los ojos de sus formidables amigos mientras tramaban infamias.
En la mirada de todos ellos, incluida la suya propia, había mucho más que la búsqueda de la diversión.
No eran disolutos sin corazón, sino todo lo contrario.
Disolutos con corazón. Así era como la sociedad los veía tras lograr la felicidad.
Después de haber encontrado con lo que todo hombre debía toparse: una mujer grandiosa e idónea para devolver la esperanza a un hombre, capaz de hacer que la luz se abriese paso entre la oscuridad y el tedio.
Eso era lo que habían logrado los disolutos, y por ellos mismos.
Todos ellos se habían equivocado en multitud de ocasiones, habían errado mientras trataban de conquistar a la mujer indicada, pero finalmente habían regresado al redil para hacer las cosas bien.
El amor era perdón también. El grupo había sufrido en mayor o menor medida, pero el resultado final había valido la pena.
―Lamento llegar tarde. Había un problema en el club y Cook necesitaba verme. ¿Qué es esto? ¿Una reunión de chismosas? ―El señor Sullivan acababa de entrar en el despacho. Se sentó junto a Theodore.
―Espero que no sea nada serio ―dijo York, en nombre de todos, obviando la parte de la burla. El duque se había levantado para servirle un trago.
―No, lo de siempre ―alegó Avery―. Un trío de muchachas que se han disfrazado de cortesanas para ver lo que se esconde en El placer del infierno. Han ido dos días seguidos y Cook no sabía qué hacer al respecto. ¿No queda ninguna mujer dócil y correcta en Inglaterra?
Malcom le tendió la copa.
―Ah, seguro que no, porque he descubierto que dentro de todas y cada una de las damas hay una bella perversidad, equiparable a la nuestra.
Solo tengo que pensar en vuestras esposas para recoger una pequeña muestra de la realidad.
Sin olvidar a mi Isobel, lo cual debería hacernos brindar por nuestra gran suerte.
―Sí ―estuvo de acuerdo Theodore, mientras levantaba la copa.
―Exacto. ―Thomas opinaba igual.
―No podría haberlo dicho mejor ―sentenció Lucien.
―Por las damas que hacen tambalear nuestro mundo ―alegó Avery.
―¡Por Regina! ―brindó Liam. Eso hizo que el resto del grupo lo mirase con cierta tirantez―. ¿Qué? No se me ocurría nada ingenioso que decir. Me pareció oportuno brindar por mi esposa. Todos sabéis que de los que estamos aquí yo fui el que más sufrió.
―Es cierto ―dijo Lucien―. ¿Recordáis cuando iba por cada esquina llorando?
―Imposible olvidarlo ―terció Theodore―. No me sentía cómodo sabiendo que el hombre que me inmiscuyó en las delicias de la lubricidad suspiraba por mi querida hermana. No era natural.
―¡Decídmelo a mí que tuve que soportar sus lamentaciones en medio de una posada en Dover!
―habló Thomas Foster―. Creo que derramó alguna lágrima mientras maldecía su suerte y se compadecía de sí mismo.
Ninguna rolliza posadera era lo suficientemente buena para tentarlo.
¡A él, a Liam Banstorn!, que se enorgullecía de no despreciar a ninguna mujer bien dispuesta.
―Como diría el dios Ra ―tomó la palabra Liam con enfado en una clara alusión a Malcom―, estáis siendo absurdos. Yo no lloraba, solo estaba…
―Ah, deja que lo acabe yo, hermano. Haré un epíteto todavía mejor que el que puedas pensar.
―No te molestes, York ―le pidió Liam, sabiendo que lo avergonzaría.
―Insisto. ―Todos esperaron a ver qué ideaba York―.
Tan inteligente como soy ―en ese momento se escucharon varios bufidos que York simuló no oír―, y tardé más de lo recomendable en darme cuenta de que cuando se llora de felicidad, no se debería sentir vergüenza.
Tampoco cuando se llora por amor, tras haber logrado lo que parecía imposible.
Liam sabe bien lo que es eso, pues hubo un punto en que creí que mi adorado hermano acabaría sus días recluido en un monasterio de esos religiosos mientras moqueaba sin descanso por Regina.
―Los hombres se rieron, Liam gruñó―. Después están las lágrimas que se derraman cuando la vida se abre paso, porque con humildad confieso que mi pequeña diosa de luz, Gwyneth, y mi gran conquistador, Gabriel, me hicieron llorar como si fuese el hombre más dichoso del mundo.
―Nadie dijo nada porque a todos les sucedió lo mismo cuando se convirtieron en padres―.
Hay muchos tipos de llantos y lágrimas ―siguió Malcom―, y lamentablemente no siempre surgen cuando el contento nos desborda.
Hemos conocido la amargura, tal vez nos hayamos reprimido en mostrar la vulnerabilidad cuando creíamos que la batalla por nuestras mujeres estaba perdida, pero era necesario pasar por esa fea fase para darle más valor a lo que logramos tras vencer los inconvenientes.
No conozco ni una sola historia de amor que no haya tenido sus más y sus menos.
Real o ficticia. El maestro Shakespeare ya nos mostró su Romeo y Julieta para que nos cuidásemos de no perderlo todo por los venenos y la cabezonería.
Caballeros ―los miró a todos y cada uno de ellos―, queda inaugurado el club de los Disolutos con corazón.
Nos reuniremos una vez al año solo nosotros, para dar cuenta de lo bien que nos va, para recordar lo que ganamos en la lucha por el amor.
Y… para llorar y apoyarnos si nos hace falta.
El grupo al completo levantó el vaso que tenían cada uno en la mano, al igual que había hecho Malcom, y brindaron por sus palabras.
Era una nueva época para seis hombres cuya amistad y fraternidad siempre sería un preciado tesoro.
―¿Así de sencillo, York? ―interrogó Liam tras el discurso y el brindis―. ¿Sin darte aires de grandeza ni avergonzarnos a ninguno de nosotros?
―Liam, resultas absurdo. No me hace falta darme aires de grandeza.
―¿No? ―saltó Lucien. Desde que conocía a Malcom, él solo vivía para la grandeza.
―No, porque mi templo se alza en York Park y seré recordado hasta el fin de los días.
―¿Disculpa? ―Liam se temía lo peor.
―Una pirámide para un dios. Tengo elegido el lugar en el que alzaré mi monumento ―apuntó el duque con orgullo.
―¿Isobel está al tanto de eso? ―inquirió Theodore.
―Por supuesto… que no. Es una sorpresa ―señaló Malcom con un poco de inseguridad.
―La sorpresa te la llevarás tú cuando tu esposa haga derrocar la monstruosidad que planeas construir. ―A Liam le parecía una excentricidad del todo… ¡Su hermano tenía que estar bromeando!
―No lo creo, siempre podría ponerme de rodillas y usar la lengua para… ―La conquistaría como fuese. Lo tenía claro.
―Tu brillante técnica no te librará de esta, hermano ―lo interrumpió Liam, sabiendo lo que Malcom iba a explicar. De hecho todo el grupo lo sabía.
―Entonces no me quedará otro remedio ―consideró el duque, después de darle un largo trago y apurar el vaso de whisky .
―¿Qué harás? ―Sullivan estaba intrigado. Si construía una pirámide en York Park… York tenía que darse cuenta de lo ridículo que eso era.
―¡Ponerme a llorar y a patalear como si fuese un niño! ―exclamó, en tono solemne como si fuese la solución a todos sus males.
Los hombres comenzaron a reírse. Si el señor Wilson hubiese estado en esa reunión a la que declinó asistir porque Malcom sí lo había invitado, hubiese hecho alguna alusión al respecto que hubiese acabado avergonzándolo todavía más.
Avery, Thomas, Lucien, Theodore y Liam sabían que Malcom no construiría una pirámide en York Park para honrarse a sí mismo. Isobel no se lo permitiría… ¿verdad?
Fin.