Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

―Lo que digo no lo recuerdas porque bebiste muchísimo whisky .

Fue en casa de mi padre, mi hermano y tú hicisteis una apuesta sobre quién aguantaba mejor la bebida.

La perdió Bruce, pues se desmayó antes. Vuestras risas y el golpe que escuché cuando mi hermano se desplomó me hicieron salir de la cama.

Cuando llegué y me viste decías que era un ángel.

Tu hermoso ángel. Tu preciosa Liberty. Tu Liberty.

No parabas de repetir una y otra vez que yo te pertenecía…

Y, ay, yo deseaba que eso fuese verdad porque te amaba con todo mi ser.

Y me besaste. Todo empieza siempre con un beso.

Me llevaste a tu cama, me suplicaste que no te rechazase.

No quise privarme de lo que yo también deseaba.

Era imposible hacerlo. Me dijiste que tendría que marcharme antes de que todos se despertasen.

Y me tuviste. Dispuesta, embebida de tu calidez, de tu pasión, de tu amor…

Una y otra vez me juraste que me amabas, que no había otra como yo, que jamás la habría.

Ay, cómo me hiciste el amor. Tan cuidadoso, tan ebrio como estabas y no podías dejar de pensar en mi comodidad, en darme atenciones, besos, me sometiste, Theo, por completo.

Pero después de la segunda vez, me pediste que me marchase porque no estabas preparado para mí todavía.

Dijiste que los dos éramos demasiado jóvenes.

No lo entendí hasta la mañana siguiente, cuando te comportaste como si nada hubiera sucedido.

Theodore la abrazó todavía más fuerte.

―He soñado muchas veces contigo. La mayoría de ellas te tomaba de todas las formas inimaginables y cuando terminábamos me acusabas de ser un bárbaro, un hombre lascivo que no podía pensar más que en sí mismo.

Me recriminabas lo que te hacía porque así no se trataba a una esposa.

Tú no eras una cortesana que aceptaba dinero por ser usada.

Un infierno que solo se vio aliviado una única noche.

En un sueño. El más real y placentero que tuve contigo.

Te hice el amor tiernamente, con calma, deleitándome en cada curva de tu cuerpo, en cada hueco por descubrir.

La anticipación de desenvolverte era superior a mi ferocidad carnal.

Soñé con ser tierno. Un sueño que se desvaneció por la mañana y que me dejó frío y vacío, porque me pareció imposible poder comportarme así con la mujer que más deseaba.

Y te deseaba mal, Liberty. No amoroso, no atento.

Lo quería todo. Como yo decidiese dártelo.

Dejé pasar los años esperando que llegase un punto en que mi apetito se moderase, pero eso no ocurría.

No sucedía. York lo había logrado, se había detenido por Isobel.

Incluso Liam lo había hecho por Regina. Pero no llegaba para mí.

Cuanto más pensaba en ti, cuando me acostaba con esas mujeres, a las que ponía tu rostro, quería más y más.

Y me frustraba. Y me enfadaba, porque no lograba, no podía, no debía, sucumbir a ti, sin haberme desprendido de todo lo que me hacía peligroso para ti.

Ella le acarició la mejilla. Le vendría muy bien un poco de luz, porque le gustaría ver el modo en el que la estaría mirando.

―Pero me tuviste siete años atrás.

―¿Por qué no me lo dijiste, mi amor? Tenías que habérmelo confesado ―se lamentó sintiéndose un patán malvado y malnacido.

―Me convencí de que te habías arrepentido.

Se dicen muchas cosas al calor de la cruda intimidad.

Me sentí avergonzada y desolada. Hasta que recordé tus palabras, pues me pediste tiempo.

Y no solo eso. Rememoré cada paso dado. Cómo empezó todo entre nosotros aquella noche.

Me hiciste prometer, me hiciste jurarte que no me rendiría contigo jamás, que haría que te casases conmigo pasase lo que pasase, porque sabías que no ibas a encontrar a nadie como yo.

Porque estábamos destinados el uno al otro.

Era consciente de que eran las palabras de un hombre ebrio, pero lo decías de un modo…

Y para mí un juramento era sagrado. Así que te lo juré y decidí que no me detendría hasta cumplir mi palabra, la que tú me exigiste.

―Dios, Liberty ―musitó. Theo estaba fuera de sí por escucharla y darse cuenta de su comportamiento.

―Te hice mi juramento. ¿Y sabes lo que sucedió después? Me besaste. Un beso húmedo, un beso destinado a obligarme a cumplir tu voluntad una vez más. ¡Dios! Qué beso, Theo… Fue… lo más emocionante y lo mejor que alguna vez me ocurrió. Mis esperanzas, mis ilusiones… a punto de cumplirse.

―Y yo las rompí al día siguiente. Te rompí a ti, porque no recordaba nada. Puedo imaginarlo. No te miré como lo hice la noche anterior y ahí supusiste que de nuevo te tocaría volver a pelear por mí, incluso contra mí mismo ―intuyó lleno de pesadumbre.

―Así fue. Estuve mucho tiempo enfadada y dolida. Pero luego, en los bailes, no dejabas que nadie se acercase a mí. Me vigilabas como un halcón, no me quitabas la vista de encima. Me amabas, no podía haber otra explicación. Yo acabaría siendo la condesa de Snow, porque tú me lo habías hecho jurar.

La falta de luz hacía esa conversación más fácil porque Theo tenía los ojos aguados. No podía creer lo que había hecho. Lo que les había hecho a ambos. Separados desde hacía tanto tiempo…

―Siete años me esperaste hasta que dijiste…

―Hasta que dije: ¡basta! ―exclamó con una sonrisa―. No sé lo que le has hecho a Henry Florence, pero te quiere muerto, Theodore. ―Era momento de confesar el segundo secreto. Uno que se había convertido en algo muy peligroso.

―¿Qué has dicho? ―Snow se sentó en la cama y la colocó sobre su pecho. Necesitaba sentirla cerca. Cálida. Lo que había hecho era… ¡Dios del cielo! Merecía la horca por haberla tenido y recordarlo solo como el mejor de sus sueños.

―Lleva diez duelos, tú eras el once. Su esposa iba a tenderte la trampa que finalmente acabé preparando yo.

Él quería atraparte con ella y luego retarte a duelo.

No podía consentir que eso pasase, porque te hice un juramento que pretendía cumplir.

Serías mi esposo y yo sería lady Snow. Me adelanté a ellos cuando vi que mi hermano hablaba con Afrodita Florence.

―Bruce y yo llevábamos tiempo detrás de la señora Florence.

―¿Como una competición? ―Eran ridículos. Los dos.

―No. Los Florence contrataron a los padres de la ya señora Pharma y era Afrodita la que podía darnos alguna información sobre el paradero de Adele y del niño. No estábamos, ninguno de los dos ―precisó―, interesados en ella más allá de dar con la mujer que amaba Bruce.

―Te quiere muerto, Theodore. Te matará.

―No, porque no me acostaré con ninguna otra mujer que no seas tú, mi amor.

―No lo entiendes.

―No tienes de qué preocuparte. Iré a hablar con él y se lo aclararé todo.

―No importará. Me ha dicho que si no quiero que te mate tengo que ser su amante.

―¿Qué? ―Seguro que no había escuchado bien. La falta de luz también estaba acusando a su falta de oído.

―Es un subterfugio. No importa lo que me pida y yo le dé. Lo he visto en sus ojos. Quiere matarte, y no solo a ti, luego irá a por York, pues está seguro de que cuando te mate, el duque querrá venganza. ¿Qué le habéis hecho a Henry Florence?

―¿Su amante? ¿Quiere tenerte? ¿Quiere tocarte?

―¿¡Has escuchado lo que te acabo de decir sobre morir!? Porque el asunto de que yo sea su amante es lo menos relevante de todo.

―¡Eso es lo que tú te crees! ―gritó con enfado, mientras se ponía de pie y buscaba unos pantalones.

―¿A dónde vas?

―¡A pensar! ―le dijo mientras abría la puerta de la habitación.

―¿Pero dónde?

―A un sitio.

―Pero no hemos terminado de…

Snow ya se había marchado. Bueno. La cosa no había ido para nada como ella había supuesto.

Se levantó y se colocó… No había nada suyo en esa estancia. Prendió una vela para no tropezar con los muebles. Tuvo que ir al vestidor de su esposo, robarle una camisa y echársela por encima. Las piernas las tenía desnudas.

Si él creía que las conversaciones iban a terminar cuando él lo considerase oportuno, pronto iba a darse cuenta de que eso no iba a ser así.

Llegó hasta la puerta donde suponía que él estaría. El perro, por supuesto, estaba a su lado. Trató de abrir la estancia usando el pomo. Nada. Cerrado.

―Theo, abre. Sé que estás ahí.

―Vete, Liberty, no es un buen momento.

―¡Abre!

―¡Vete!

―Hombre terco ―refunfuñó.

Se dirigió a su alcoba, no a la del conde, y buscó una horquilla. Luego se colocó delante de la puerta y esa vez le costó mucho menos abrirla.

Las cortinas estaban abiertas por completo. La luz del sol, aunque floja, ya alumbraba la estancia. El cuerpo de su esposo, sudoroso y apenas cubierto por un pantalón, figuraba frente a un saco. Sabía que había estado golpeándolo sin pausa desde que la dejó sola en su cama.

―Por supuesto que también tenías que saber forzar cerraduras ―alegó sin sorpresa.

―¡Dios mío! ―exclamó ella, al ver el torso desnudo de su marido.

Se acercó hasta él y pasó la mano por ese dibujo que estaba sobre la parte que custodiaba su corazón.

Trazó las letras de su nombre con el dedo, para luego recorrer la figura de un sol y una luna enlazados.

El nombre de ella estaba escrito en rojo, mientras que los astros estaban en negro.

―Encontré a un chino que hacía esto en Nápoles. Era muy popular. Le dije lo que deseaba y con una aguja, carbón mezclado con agua y un par de astillas… Dolió como la muerte, pero funcionó.

―¿Por qué hiciste esto? ―No podía dejar de contemplar ese dibujo. Su nombre sobre su piel, sobre su corazón.