Capítulo 15 #2
¡Quién lo hubiese dicho! Theodore Dreyer durmiendo plácidamente con una mujer sin que la lujuria estuviese de por medio. ¡Qué gran avance! Liberty. Siempre fue Liberty la que estuvo destinada a transformarlo, a enamorarlo.
La condesa se acomodó sobre su pecho y él le pasó una mano por encima.
Así. Así debía ser un matrimonio bien avenido.
Nadie podría apartarlo de su condesa. Mataría a quien se atreviese a perturbar su paz conyugal.
Y se durmió con una gran sonrisa, porque al fin se acababa de dar cuenta de lo que sentían York y Banstorn.
Nada era comparable a la seguridad que ofrecía una mujer amada que a su vez amaba con la misma intensidad.
Horas más tarde, cuando todavía no habían aparecido en el cielo las primeras luces, Liberty se despertó.
La cabeza le martilleaba. Se dio cuenta de que no estaba en su habitación.
Giró el rostro y divisó a su lado, pegado a ella, a Theo.
Escuchó a sus pies un ruido, un pequeño gruñido.
Snow Segundo estaría soñando. Así que supuso que el perro estaba en ese lugar. Sonrió.
―Liberty… ―susurró su esposo en sueños. Él dormía.
Ella se mordió el labio. Estaba desnuda. Él estaba en igualdad de condiciones. Cuando descubriese que ella no era inocente la cosa se iba a poner fea, pero ¿y si antes la hacía entretenida? Muy entretenida.
Haber estado en El placer del infierno investigando, junto con las lecciones aprendidas de aquella otra noche que… En fin, se veía capacitada para sorprenderlo.
Se metió entre las sábanas. El hecho de que su conde estuviese boca arriba iba a facilitarle mucho las cosas.
Tuvo su falo bajo las manos. Estaba blando, las dos bolsas que tenía bajo su eje parecían delicadas.
Recordó a aquella mujer que le daba placer a un hombre en el club.
Ella lo había engullido por completo. Sostuvo entre los labios ese órgano blando y luego lo introdujo en su boca.
Chupó, lamió y usó sus manos a medida que su virilidad subía de tamaño.
Cuando el sexo de Theo se mostró en su máximo esplendor, la dama comenzó a trabajarlo con mayor efusividad y dificultad.
De pronto las mantas sobre su cabeza volaron.
La mirada de Liberty se conectó con la de Theo.
Lejos de avergonzarse, ella tragó su virilidad hasta la raíz, controlando las arcadas, respirando por la nariz.
Después de un par de segundos, lo sacó de su boca, lo empuñó y lamió la punta.
Los dedos de Theodore se colocaron alrededor de los de ella y comenzó a marcarle el camino que debía tomar para darle placer.
Mientras lo saboreaba y lamía, sus manos lo trabajaban.
Cuanto más lo escuchaba gemir y jadear, más se animaba Liberty.
No obstante, después de engullirlo unas tres veces sin usar más que su boca, lo soltó.
Luego trepó por el cuerpo de él. Siempre los ojos de uno estaban sobre el otro.
Así que cuando observó que Liberty se proponía ponerse encima, él tembló. ¿Qué locura…?
―Liberty ―la avisó, cuando la observó con las piernas abiertas, con su hombría entre las manos y lista para…
―No pienses, solo siente… ―mencionó, como si supiera lo que estaba haciendo.
―Aaaaaaaah ―exclamó sin poder dar crédito a lo que acababa de suceder.
La vio sonreírle y a continuación la amazona comenzó a cabalgar con una fuerza que…
―. ¡Dios! ¡Dios! ¡Por Dios, Liberty! ―Deseaba pararla, frenarla, quitársela de encima, porque temía que acabase seriamente lastimada.
Y sin embargo era imposible no hacer otra cosa más que disfrutar mientras la veía con el pelo suelto cabalgándolo con fuerza, con seguridad, con arrogancia.
Theodore casi podía afirmar que ella estaba dándole una lección.
Apoyada con las palmas de las manos sobre el duro torso de su esposo, Liberty le enseñó que podía ser una mujer mundana, que era capaz de tomar el control para satisfacerlos a los dos.
Theodore no recordaba la última vez que se quedó quieto, sin hacer nada, solo disfrutando del placer que su compañera de cama le ofrecía. ¿Qué habría tenido…?, ¿quince años cuando logró tener su primera aventura carnal y estuvo quieto?
Era magnífica. Era una mujer tan tentadora…
Se había despertado con una sensación tan fantástica que finalmente tuvo que abrir los ojos.
Descubrir que su virginal y dulce mujer estaba tentándolo con su boca, devorándolo sin contención.
Tenía que ver esa estampa por sus propios ojos, porque no era posible que fuese Liberty la mujer que lo tenía dominado con tanta habilidad.
Oh, sí. Era ella. La misma que lo exprimía mientras buscaba su propio placer.
―¡Dios!, te siento tan bien, mi amor. Estrecha, perfecta para mí.
―Me gusta cómo me siento cuando estás dentro de mí.
―Liberty… Más. Hazlo más rápido. Llévame a la locura. ¡Vamos! Amazona, más, más rápido.
―Estoy cerca… Libérate conmigo, Theo… ¿Puedes hacerlo? ¡Libérate! ―gruñó mientras el éxtasis la atravesaba por completo.
―¡Síííííí! ―gritó él, mientras se dejaba ir sin contención, colapsando y sembrando su simiente en el interior de ella.
Glorioso. Maravilloso. Rápido. Sencillo. Pleno. Sin inocencia. Sin barreras.
Liberty se quedó tendida sobre su torso. Theodore la abrazó en esa posición. Le besó el pelo.
―Dios… ha sido… ―Estaba pletórica.
―¿Te forzaron, Liberty? ―preguntó con suavidad el conde.
Ella buscó su mirada.
―¿Te refieres a si me violentaron para que abriese mis piernas? ―indagó.
―Sí.
Ella negó con la cabeza antes de emitir otra palabra.
―Ofrecí mi virginidad hace siete años y lo hice porque quise.
Lo sintió tensarse.
―¿Quién fue?
Ella le sonrió.
―No te gustará la respuesta. ¿Estás seguro de que quieres que te desvele el primer secreto de los dos que tengo?
―¡Dime su maldito nombre, Liberty!
Ella se quedó sorprendida por ese cambio tan brusco en su voz.
―¿Por qué es tan importante? ¿Qué harás? ¿Le recriminarás que no se casase conmigo después de haberme arrebatado mi virtud? ¿Irás a buscarlo para pelearte con él?
―Dios mío. Lo mataré. Lo mataré, Liberty ―dijo sin poder contenerse.
Se separó de ella. La dejó a un lado y se puso de pie. El perro se movió de inmediato para ver quién había salido del lecho.
―Tantas mujeres que has tenido tú… y me juzgarías por un desliz, Snow. ¡¿Por no ser pura?!
―¡Al diablo con eso, esposa! Lo mataré porque no tenía ningún derecho a arrebatarme lo que debía ser para mí ―rugió con enfado.
―¿Y por qué no te mantuviste célibe tú para mí? ¿No tenía yo el mismo derecho de descubrirte por primera vez?
Él la miró desde su posición, de pie, junto al lecho. Snow se obligó a tranquilizarse. Los celos eran crueles cuando se sentían.
―¿Por qué todo siempre es tan complicado para nosotros? ―preguntó cansado. Había perdido los nervios, poseído por los celos.
―¿Me repudiarás por no ser virgen?
―Podrías haber sido la mujer más promiscua del mundo y no te dejaría escapar, Liberty.
Lo que me molesta es que alguien se aprovechase de ti.
O tal vez sea porque me muerden los celos de un modo feroz, porque sé que no te hubieses entregado a un hombre sin haberte enamorado de él.
Y también la rabia, porque en caso de haber sabido lo que eras capaz de hacer en la cama, haría años que te hubiese mostrado quién era yo.
No te lleves a engaño, lo que acaba de suceder me ha pillado por sorpresa pero no se volverá a repetir.
Yo llevaré la batuta cuando intimemos y tú obedecerás siempre o serás castigada.
Y será un castigo que disfrutarás ―dijo con picardía tratando de olvidar esos celos ardientes que sentía.
Otro la había tenido antes que él. Otro la había enseñado.
―¿Acaso no lo he hecho bien? Porque no te escuché quejarte ni un solo instante.
―Lo sé. Pero las cosas cuando intimo son a mi manera. ¿Puedes vivir con ello?
―Puedo intentarlo ―le dijo con una sonrisa.
―¿Lo amabas? ―insistió.
Ella se puso de rodillas en el colchón de plumas y se acercó para abrazarse a él.
Theodore respondió al gesto al instante.
Se encontraron de inmediato pese a que no veían demasiado el uno del otro debido a la oscuridad que imperaba todavía en la estancia.
Solo veían sus sombras, las siluetas de ambos cuerpos en la nocturnidad más deliciosa e íntima.
―Fuiste tú, Theo. Me entregué a ti con dieciocho años. Dos veces. Aquella noche estuvimos juntos dos veces, con un breve descanso de unos pocos minutos ―le confesó al fin. Ese era su mayor secreto.
La separó de su cuerpo. La miró con el ceño fruncido, aunque ella no podía ver su expresión por la poca luz que había. Estaba pensando en lo que Liberty le acababa de decir. Era imposible. Él no… Él nunca… Él no podría… ¡No, no, no, no!
―Liberty, lo que dices es imposible.