Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 15
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Capítulo 15

Revelaciones

Liberty se quedó en el salón de baile. Buscó a Henry Florence y lo vio a la izquierda examinándola con atención.

Se encaminó hacia él sin más demora.

―Celebro verla, lady Snow ―la saludó con diversión en los ojos.

―Señor Florence… ¿no debería estar vigilando a su esposa? ―le espetó con severidad.

―Eso hago. Está allí ―señaló el lugar―, hablando con lady Portman.

―Usted no tendría que castigar a los hombres por la inmoralidad de su esposa.

―¿Sabe su marido que le salvó la vida aquella noche?

―No.

―¿No? Creí que se lo habría contado a toda prisa. No se le veía especialmente satisfecho con la trampa que le tendió.

―De nuevo, insisto en que no deberían pagar otros por la inconsciencia de su esposa.

―¿Qué le hace pensar que no disfruto con lo que hago, lady Snow? Facilita mucho mi trabajo ―le aseguró él.

―No puede estar insinuando que le da placer enfrentarse a un hombre en el campo de honor ―lo reprobó sorprendida. Esperaba haberlo entendido mal.

―¿Por qué no? Usted no es una mujer que siga las reglas, lo he comprobado por mí mismo, tiene una visión más amplia sobre los sucesos y es práctica.

Donde otros ven problemas usted plantea soluciones.

Snow no la merece, estoy seguro. No la valorará como debería.

¿Me condenaría si admitiese que deseo que mi esposa tome un amante para tener la ocasión perfecta para asesinarlo?

―¡Deténgase! ―lo refrenó.

―Vaya, la he asustado, ya veo. La creía más decidida, más fuerte. ―Estaba jugando con ella, poniéndola a prueba. ¿Con qué finalidad? Liberty no lo sabía todavía.

―No le temo, me repugna. ―Sería mejor no mostrarse débil o asustada.

Él la miró de arriba abajo de un modo tan lascivo que la hizo sentir desnuda.

Henry Florence era un hombre que rondaría los cincuenta.

Alto, delgado, con un porte de lo más orgulloso, no era apuesto, pero tampoco desagradable a la vista.

Sencillamente era uno de esos caballeros que en verdad no lo eran, que se veían finos y elegantes, pero que causaban mucho respeto y… temor.

―Usted en cambio me agrada mucho. Hay que tener valor para enfrentarse a mí o interponerse en mi camino. Usted interfirió en mis intereses aquella noche. Admito que habría sido divertido retarlo, matarlo y luego rendir cuentas con ese mequetrefe que lo tiene bajo su ala.

―Está loco si cree que usted hubiese salido indemne frente al duque de York. Debería agradecerme también mi intervención aquella noche, señor Florence, porque Snow no sufriera mal alguno a sus manos, ya que usted sigue vivo también por ello.

El hombre la miró con una muestra de reconocimiento en el rostro.

―Me fascina, condesa.

―Como si a mí me importase la opinión que usted tuviese de mí… ―refunfuñó.

―Creo que debería, porque la encuentro deliciosa.

―No me gusta su observación. Le ruego que se abstenga en realizar otra de esa misma índole.

―¿Sabe qué? La señora Florence cumple bien una función para mí, pero la joven que me volvió loco cuando la conocí… Esa ha quedado muy deslucida. Me he dado cuenta de que prefiero la carne más joven, más lozana, más… temperamental. ¿Me sigue?

―Me está ofendiendo. ―Por supuesto que intuía lo que él estaba diciendo. Su mirada lasciva era un ultraje.

―¿Y eso a estas alturas de la conversación debería sorprenderla?

―¿Qué quiere?

―A usted.

―¿Perdón? ―No había escuchado bien.

―Aquella noche tenía previsto retar a Snow. Me fastidió el plan. ¿Cómo supo lo que pretendía, condesa?

―¿Por qué le interesa saberlo?

―Me afecta lo que tenga que ver con usted.

Había escuchado que solía tener información sobre cualquier asunto por el que le preguntasen, pero fue muy hábil al seducir a Snow en el momento indicado.

No creo en las casualidades. Mi esposa era la que tenía que haber estado con el conde en el instante adecuado. ¿Cómo lo planeó?

Ay, Liberty recordaba haber escuchado la conversación entre Afrodita Florence y sus amigas.

Pretendía celar a su esposo, precisamente por lo que él acababa de decir, porque ya no le hacía tanto caso como antes.

Se proponía enviarle una nota a su esposo, una que jamás le fue entregada porque ella la interceptó a tiempo.

Quería citarlo en ese lugar donde ella entró con Theo, y cuando Liberty presenció cómo su hermano se llevó a la dama hacia el jardín, vio su oportunidad.

No sabía cómo, pero ella era consciente de que el señor Florence siempre lograba pescar a su esposa con sus amantes porque Afrodita así deseaba que fuese.

No se ocultaba y estaba segura de que le decía sus planes al señor Florence con anterioridad, o le ofrecía alguna insinuación.

Había poca gente que hubiese participado en tantos duelos y hubiese salido de ahí sin un solo rasguño.

Henry Florence era un experto tirador, seguramente un tramposo que cubría sus huellas con un buen soborno, dado que dinero no le faltaba.

Liberty no podía dejar que Snow terminase siendo asesinado por él.

Sencillamente le tendió una trampa para apartarlo de Afrodita, y luego se marchó a York Park, convencida de que Theodore se reuniría con ella en cuanto York lo convocase.

Lo fundamental era alejarlo de Londres, de Henry Florence.

La condesa había pesado que ambos irían a Snow Cottage tras la boda, entre otras cosas porque hubiese insistido en ello.

No podían volver a Londres hasta que las aguas se calmasen y Henry se olvidase de él.

Snow decidió marcharse a Italia y eso también le valió para enfriar la cuestión.

Pero estaban de nuevo en la ciudad y podía ver en la mirada del señor Florence que era como un perro con un hueso. No dejaría las cosas así como así.

―¿Si le cuento cómo lo hice se olvidará de nosotros? ¿De Snow y de mí? ―insistió.

―Lo haré si te conviertes en mi amante ―señaló como si acabase de pedirle una nimiedad.

―No.

―Entonces solo tendré que esperar a que Afrodita vuelva a engatusarlo para retarlo ―señaló con una brillante sonrisa.

Liberty se colocó frente a él y lo miró con esa mirada que su padre ponía cuando estaba seguro de una conjetura.

―No existe ninguna mujer en este mundo que sea capaz de tentar a mi esposo. Será fiel a sus votos. No pierda el tiempo.

―Querida condesa, con eso solo me hace babear más, pues si un joven alocado como Snow no vuelve a las andadas debe ser porque usted es formidable en la cama. Me temo que ha logrado el efecto contrario con tal aseveración. Estoy más dispuesto que nunca a tenerla para mí.

―Usted solo quiere aquello que no puede tener… ¿cierto? Si yo hubiese accedido, si no hubiese interferido en sus planes meses atrás, no me habría mirado ni una segunda vez.

Él se rio con una sonora carcajada.

―Lo entiende. No sabía que hubiese mujeres con su inteligencia, querida. Y eso aún me hace desearla más.

A Liberty se le erizó el vello de la nuca.

―No estoy interesada en su ofrecimiento.

―Creo que no me ha entendido bien, condesa. Era solo una formalidad, no una petición. La tendré, si no quiere que su esposo acabe muerto. ¿Me comprende ahora? ―le dijo mientras pasaba un dedo desde su sien hasta el nacimiento de sus pechos.

Liberty se apartó, pero él la cogió por el brazo.

―Usted está loco.

―No se imagina cuánto. Determine un día y un lugar. Mándeme una nota cuando lo haya decidido, porque si tengo que ser yo el que vaya a por usted, su esposo perderá una pierna… o una mano, o tal vez un ojo. Londres no es seguro en estos días, demasiados robos.

Antes de soltarla, le levantó la mano, se la llevó a los labios y se la besó. Se despidió de ella con una brillante sonrisa.

Liberty estaba en un problema tremendo y no tenía la menor idea de cómo podría salir indemne.

Un sirviente pasó por delante de ella con una bandeja de copas de champán. Tomó dos sin casi respirar. A esas dos se sumaron otras dos. Para la quinta copa, su cabeza no estaba lúcida, pero su cuerpo figuraba en el interior de un lugar oscuro, un traqueteo se oía de fondo.

***

Snow no podía creer su mala suerte. En todas las fiestas en las que había estado con su esposa antes de casarse, jamás la vio sostener en sus manos más que una limonada. ¿Tenía que beberse la bodega de Portman precisamente esa noche?

La tenía sobre su pecho, con los ojos cerrados, ella dormitaba… cuando no decía cosas incoherentes sobre su cuello. Por la mañana lady Snow tendría un terrible dolor de cabeza.

―Ay, mi esposo. Siempre me gustó tu olor. Tú no hueles a fascinación, no. Hueles a perversión y eso es excitante ―le dijo mientras pasaba la nariz sobre el bajo de la oreja masculina para aspirar su aroma.

―Liberty… me has fastidiado una noche que iba a ser memorable ―le espetó, sabiendo que no tenía voluntad para atenderlo.

Su esposa llevó en ese momento su mano a su entrepierna y se la apretó. Estaba flácido, pero de pronto comenzó a endurecerse.

―Ay, mi amiguito… uno al que hace tiempo que no veo ―señaló juguetona.

Snow le apartó la mano. El viaje de regreso en carruaje hacia su casa no estaba resultando muy cómodo para él.

―No empieces algo que no puedes terminar, mi amor ―le recomendó.

Ella emitió un ronquidito. Grandioso, se había quedado dormida. Esa noche no iba a tener suerte. No. Nada de suerte.

Salió del carruaje con su mujer en brazos y la llevó a la habitación del conde. Su esposa no estaba lúcida para consumar el matrimonio, pero por la mañana le haría el amor durante horas, tal vez días. Y sería en su cama.

Se las apañó para desnudarla y prepararla para dormir, y la metió en la cama, la arropó y luego tuvo que ir a por el perro lobo, quien no había dejado de llorar tras la puerta de la alcoba de Liberty desde que los escuchó llegar.

Por lo visto se tendría que acostumbrar a dormir con ese guardián en su misma habitación.

Trajo la cama del can y la acomodó a los pies de la cama de cuatros postes. Entonces pudo comenzar a desvestirse. También se acostó desnudo, junto a su esposa. Piel con piel. Sin barreras.