Capítulo 14 #3
―Porque quiero que recuerdes dónde ha estado mi boca cada vez que me mires esta noche.
―Nunca tendré intimidad con otra persona que no sea contigo ―apuntó, sin poder detener la confesión y advertencia implícita.
Su esposo dejó de tocar el terciopelo del asiento con la espalda y se inclinó hacia ella.
―Me alegra mucho escucharlo, porque iría a Newgate para terminar en la horca. ¿Entiendes lo que digo, Liberty?
―Creo que sí. Tampoco dejaré que nadie me mire mientras yo… estoy contigo.
―Me alegra saberlo de igual modo, porque en ese caso también acabaría en Newgate.
―¿Lo matarías también? ―tanteó.
―Después de dejarlo ciego.
―La señorita White… ―comenzó a decir.
―Creí que habíamos acordado no remover el pasado durante unos días ―trató de frenarla. Ella asintió.
―¿De verdad crees que puedo ser lo que necesitas?
―No. ―Ella se erizó―. Estoy seguro de que eres lo único que preciso, Liberty. ―La condesa volvió a asentir.
El carruaje llegó hasta la casa de lord Portman. El vizconde era un viejo amigo de York. Quizás fuese el más decente de los llamados disolutos. Al igual que el duque de Phenton, quien era el mejor amigo de York, y que Liam Banstorn, el vizconde estaba felizmente casado con Aura Atenea Foster.
Tras las presentaciones y saludos oportunos, la pareja entró en el salón de baile.
Que Liberty atraía los problemas era una gran verdad.
Se dio cuenta de que la noche iba a ser muy complicada en cuanto terminó de bailar un vals con su esposo, uno en el que él le sopló en la oreja e incluso le apoyó la boca ahí, además de darle caricias secretas en la espalda y mantenerla completamente pegada a su cuerpo.
Si hubiera sido una muchacha bailando en Almack’s le habrían prohibido la entrada en ese selecto club para hombres y mujeres para toda la eternidad.
También a Theodore por su conducta indecorosa.
Snow la dejó un momento sola para ir a hablar con lord Portman.
A la derecha, Liberty vio a Ethan Digory y a la izquierda figuraba el señor Henry Florence.
Sabía que tarde o temprano se encontraría con el segundo, porque lo vio en sus peligrosos ojos aquella noche meses atrás.
Era como si le debiese una explicación. Liberty sabía eso porque no había parado de mirarla desde que llegó. Henry Florence le daba mala espina.
Definitivamente los problemas la perseguían. Decidió afrontar primero la cuestión menos complicada. Se movió hasta Digory y lo saludó con una brillante sonrisa.
― Lady Snow ―correspondió el ayudante de su padre.
―Olvida la formalidad, te lo ruego, aquí no nos oye nadie. ―Él asintió, después de corroborar que así era. Ethan se había colocado cerca de una columna para pasar desapercibido cuando la vio ingresar acompañada de su esposo.
―No estaba seguro de si debería acercarme ―susurró.
―Eres mi amigo, Ethan. Y…
―Lo entiendo. Solo amistad ―le dijo cuando se dio cuenta de que ella no sabía cómo seguir―. Me alegro sinceramente de que seas feliz. Te he visto bailar con él. Te mereces la felicidad ―insistió, sabiendo que ella estaba más enamorada de Snow que nunca.
Ella suspiró.
―Tal vez no debería estar hablando de esto contigo, pero lo cierto es que todo es muy complicado.
―Somos amigos, querida Liberty. Y los amigos hablan con franqueza. Puedes contar conmigo siempre. Y en cuanto a Snow, no me ha parecido nada como lo que dices. Es un hombre enamorado de su esposa. Sé de lo que hablo ―opinó con una sonrisa triste.
―Nos vio ―saltó.
―¿Qué? ―No la había entendido.
―No sabe que lo sé, pero él estuvo un par de veces o más en el club de Cook, de Sullivan… Bueno, de quien sea.
―¿Cómo lo sabes?
―Mi hermano estuvo una de esas veces con él. Bruce me lo dijo.
―¿Sabes si él vio…? ―Su rostro estaba ceniciento.
―Sí. La última noche fue en la que Bruce lo acompañaba.
―Santo Dios, me retará a duelo por mi atrevimiento. ―Ethan suspiró.
―No creo que lo haga.
―Yo lo haría en su lugar, Liberty ―la contradijo―. ¿Te ha pedido cuentas por…? ―se interesó al advertir que la dama podía haber tenido una fea discusión.
―No. Te he dicho que él no sabe que yo estoy enterada de eso.
―Si hay algo que deba hacer, que pueda hacer… Solo tienes que pedírmelo, ¿lo sabes, verdad?
―Ethan, te prometo que yo no sabía que tú…
―No hace falta hablar de ese asunto y por descontado no tienes que disculparte por no sentir lo mismo o no haberte dado cuenta ―añadió para tranquilizarla.
―No he visto nunca más allá de Snow. Una adivina me habló, cuando yo era más joven, de dos hombres que se interesarían por mí, que se enfrentarían por mí.
No me lo creí porque nunca nadie había mostrado demasiado…
Ya sabes, he tenido mis pretendientes, pero nada serio.
Así que creí que me mintió solo para que le diese un par de monedas.
Ella me dijo que si elegía a uno tendría una vida que exigiría perseverancia, mientras que si me decantaba por el otro sería todo… algo así como dulce y sencillo.
―Creo que si la adivina hablaba de mí, yo hubiera sido el segundo caso. Fácil y amoroso. Pero los dos sabemos que tú no te habrías conformado con algo tranquilo. Eres una luchadora como tu padre, necesitas acción, no tranquilidad para ser feliz.
―Yo te quiero, pero no de esa forma, Ethan. Eres un hombre tan paciente, tan bueno…
―Tu amigo ―corroboró él. Ella asintió―. Y sin embargo estás delante de mí para pedirme que me aleje de ti ―señaló mientras sonreía.
―Yo… Eso no es… ―dijo con el ceño fruncido.
―Sé lo que tengo que hacer, Liberty ―la interrumpió―.
No sirve de nada decírtelo, pero necesito que lo sepas, que iba a proponerte matrimonio el día después de que saltase por los aires el escándalo.
El día anterior le pedí permiso a tu padre para cortejarte.
Fui a pedirle el anillo a mi madre y Snow me ganó por la mano, porque cuando regresé todo estaba sentenciado.
Y como soy un egoísta, necesitaba que supieras que yo habría peleado por ti si hubiera sospechado que tenía la más mínima posibilidad de salir airoso frente a Snow.
No te mentí cuando te dije que no deseaba que te enterases del secreto que deseaba llevarme a la tumba.
Fue el momento, la canción, tu cercanía… No pude evitarlo.
―Me sentí una estúpida por no haberme dado cuenta.
―¿Cómo podrías haberlo hecho cuando amas tan intensamente a tu esposo? Tiene suerte de tenerte, Liberty ―razonó él mientras levantaba la mano para acariciarle la mejilla. Se detuvo a tiempo y bajó el brazo sin rozarla.
―¿Todo bien? ―los interrumpió lord Snow. Theodore había cogido de la cintura a su esposa y estaba acercándola a su flanco derecho, para que ella se apoyase en él.
Liberty se alteró un poco ante la interrupción. Ethan por su parte mantuvo los nervios de acero que debía tener un abogado. Le sonrió y le tendió la mano.
―Lord Snow, es un placer volver a verle. Estaba felicitando a su esposa por la pareja tan encantadora que ambos hacen.
―¿Es así? ―le preguntó a Liberty, mientras le tendía, con disgusto, la mano a su rival.
―Sí ―afirmó Liberty mientras le ofrecía una sonrisa a Ethan ante la rama de olivo que acababa de tenderle.
―En realidad me estaba despidiendo de lady Snow. Me traslado en los próximos días a Bristol ―añadió el señor Digory con la única intención de tranquilizarlo. Porque sospechaba que tenía a Liberty tan fuertemente cogida que tal vez acabase uniéndola a su propio cuerpo para siempre.
Entonces vio al conde sonreírle. Parecía menos tenso tras la revelación. Ligeramente.
―Espero que encuentre la prosperidad en Bristol. He escuchado que allí las mujeres disfrutan de los hombres que tienen una voz prodigiosa y profunda. Tal vez debería practicar el canto, igual allí tenga más suerte.
Y ahí estaba, la advertencia velada y la amenaza abierta. La sentencia clara que aseguraba al conde como el ganador de la batalla. El esposo de Liberty lo sabía. Los había visto. Ethan no podía tener dudas al respecto.
La condesa intercambió una mirada con Ethan y luego miró por el rabillo del ojo a su esposo. Simulaba estar tranquilo, pero por el modo firme con el que la agarraba y la sonrisa forzada que tenía en el rostro, sabía que no estaba nada cómodo con la situación.
―Siempre que la dama no esté casada, estoy dispuesto a caminar sobre las palmas de las manos, boca abajo. Así que un poco de canto no será nada en comparación. Oh, pero usted ya debe saberlo, pues un hombre tiene que complacer en todo lo que pueda, aunque parezca imposible, a la mujer que ama.
Snow dejó de mirar a Ethan y se centró en su esposa. Le ofreció una verdadera sonrisa.
―No podría estar más de acuerdo ―alegó el conde―. Ahora, mi amor, van a tocar un vals. ¿Serías tan amable? ―Liberty asintió, luego miró a su querido amigo.
―Te deseo de todo corazón lo mejor, Ethan Digory. Te lo mereces. ―El ayudante del señor Pharma le devolvió la sonrisa.
Los condes se desplazaron hacia la pista de baile. Comenzaron a danzar de nuevo.
Ella no pudo seguir callando más. No podían silenciar todo lo que los separaba pese a haberlo acordado. No estaba bien.
―Bruce vino a verme la mañana en la que te fuiste a York Park. Vino acompañado.
―¿Te lo explicó todo?
―He conocido a su esposa y al niño. Estoy al tanto de la historia, Snow.
―Me fui para ayudarlo, aunque eso no me exime de haberte abandonado inmediatamente después de que nos casásemos.
―Sé que me viste en el club de Sullivan con el señor Digory y que Ophelia White habló con vosotros ―terminó de explicar.
―Tu hermano tiene una boca muy grande.
―Tú también, pues no has podido evitar recomendarle a Ethan que use el canto para llamar la atención de la mujer adecuada en Bristol.
―Supongo que no he sido demasiado sutil. ¿Te he dicho cuánto me molesta que llames a otro hombre por su nombre de pila, mientras yo soy Snow?
―Sí. Lo sé.
Theodore se rio con ligereza.
―Eres malvada, Liberty. ¿Quedan más secretos que desvelar?
―Me temo que sí.
―¿Van a gustarme?
―No. ―Negó con la cabeza.
―¿Es preciso que los conozca?
―Cuando te pedí que dejásemos atrás el pasado unos días, me di cuenta de que para avanzar hay que deshacerse del pesado equipaje que no nos permite andar con ligereza.
―Sabias palabras. ¿Uno de ellos es sobre la anulación matrimonial?
―No.
―¿Qué va a suceder con eso? Tu padre parecía muy decidido a llevar a cabo tu voluntad, así me lo dijo cuando fui a verlo para explicarle que podía enmendarlo todo.
―¿Hablaste con mi padre? ―Frunció el ceño. Él afirmó con la cabeza―. ¿Cuándo?
―Nada más llegar a Londres. Fue el señor Pharma quien le envió una misiva a York avisándole de que si yo no volvía de inmediato presentaría la moción ante el Parlamento.
Claramente me estaba dando un aviso. Una oportunidad, por decirlo de una manera.
Pero cuando me entrevisté con él estaba muy molesto. ¡Y no lo culpo! ―exclamó de inmediato.
―Amo a ese hombre.
―¿Y a mí, Liberty? ―preguntó en un susurro―. Porque siempre he dado por hecho tu amor hacia mí. Tanto que lo subestimé sin darme cuenta.
―Tanto te amo, Theo ―le dijo mientras sonreía por haber usado el diminutivo de su nombre― que cuando descubrí lo que habías compartido con la señorita White, cuando supe que no podría dártelo, preferí liberarte de mí.
―No son esas cosas las que quiero contigo.
Solo estaremos tú y yo. Pero no te mentía cuando te avisé de que soy muy exigente.
Siempre he tenido miedo de mis propios apetitos carnales, más cuando te he deseado desde hace tanto tiempo.
Viste cómo te dejé a la mañana siguiente.
Estabas llena de mordiscos de amor. Me asusté, porque no sé si puedo ser tierno y paciente.
No he estado nunca con una mujer sin experiencia y no quería hacerte daño ―le confesó.
―Sé que puedes ser tierno, Theo. Sé que puedes hacer el amor de una manera conmovedora.
―Depositas mucha confianza en mí.
―No quiero que renuncies a lo que necesitas en el lecho. Estoy dispuesta a aprender, si quieres enseñarme, pero hay límites que no traspasaré. Te he dicho dos.
―Nunca compartiría lo que es mío. Jamás permitiría que alguien viese desnuda a mi mujer, Liberty. No quiero que vuelvas a preocuparte por ello.
―De acuerdo. Entonces sí.
―Sí, ¿a qué?
―A nuestro amor, a nuestro matrimonio, a la seducción. A vivir plenamente. A intentarlo. A empezar de nuevo. A lo que quiera que estés pensando ―le confesó con humildad.
El baile no había terminado todavía. La música seguía sonando, pero el conde se había detenido y Liberty también estaba parada en el centro de la pista. Theodore Maxwell Dreyer presionó el cuerpo de su mujer contra su torso y luego la besó con fuerza.
Las parejas se detuvieron. Los jadeos comenzaron a resonar en el salón. Incluso la orquesta dejó de tocar.
Theodore se separó lentamente, y a disgusto de su esposa, la miró con una sonrisa y luego levantó el rostro para enfrentarse a los jueces que desaprobaban su conducta.
―¿Qué? No esperarían que el pupilo del duque de York no se comportase como un disoluto, y más cuando la mujer a la que ama está entre sus brazos, ¿verdad? ―inquirió, en tono desafiante como si le diese igual todo. No había dejado de sostener a su esposa por la cintura en ningún momento.
―¡No! Por supuesto que no lo esperábamos ―intervino Thomas Foster, vizconde Portman―.
Mientras nadie se desnude y acabe orinando en el ponche, creo que podremos soportar una muestra de amor entre una pareja recién casada.
A fin de cuentas, todos hemos estado en su lugar, lord Snow ―aseveró lord Portman con formalidad, mientras miraba con adoración a su vizcondesa.
Thomas dio orden a los músicos para que reanudasen la fiesta, se acercó a los condes y miró a Snow.
―Sin duda, York se sentirá orgulloso por tu atrevimiento.
Presumirá de haberte educado bien. Pero…
¿por qué no vamos a jugar a las cartas y permites a tu esposa relacionarse con otras damas?
Eso nos asegurará que no termines haciéndole el amor frente a todos ―refunfuñó en voz baja la última parte, mientras se lo llevaba hacia el salón de caballeros.
Snow lo había oído.
―York tiene razón, eres un mojigato, Portman.
―Sí, bueno, como soy un caballero no te relataré algunas de las hazañas que protagonizo en la cama, porque al igual que York, supongo que consideras que solo tú serás brillante en esos terrenos íntimos.
―No lo creo, lo sé ―dijo con seguridad.
―Eres escandaloso, tanto o más que York mismo.
―Ha sido solo un beso, deberías relajarte, Portman.
―Mi mujer quiere que esta fiesta sea perfecta, no quiero que la arruines ―lo avisó.
―Entonces deberías darme las gracias. Se hablará de mi proeza con lady Snow durante días. La fiesta de tu esposa estará en todos los periódicos. De nada, Portman.
―Y tan vanidoso y egocéntrico como él. No hay duda de que has estado bajo el amparo de York. Bueno. Supongo que pudo haber sido peor. Por lo menos… sigues vestido… Es un punto.
Snow se carcajeó.