Capítulo 14 #2
―Esto solo ha sido el comienzo. Te has quejado de que no te dé más que un prometedor beso. Así que, querida, creo que tengo vía libre para desplegar todo mi encanto. No perderé esta partida sin jugar mi mejor mano. Y te advierto que soy un experto… y logro todo lo que me propongo.
La besó una última vez, en la boca. Y no. No fue algo tranquilo, pausado o tierno. Era una advertencia de lo que estaba por venir.
***
Minutos más tarde Snow estaba instalándose en la alcoba de ella. Cuando Liberty regresó a la habitación con un libro entre las manos, se quedó quieta. Su esposo estaba de pie, frente a su secreter.
―¿Estabas revolviendo mis cosas?
―No, solo buscaba un poco de papel. Deseaba escribirte unas líneas.
Snow sostenía entre los dedos el anillo de la condesa.
―¿Puedes volver a dejarlo donde lo encontraste y hacer como que esto tampoco ha pasado?
―Podría y es lo que haré si quieres, pero antes debo explicarte…
―Por favor, no… ―susurró. Era demasiado doloroso recordar lo que fue ver aquel rubí junto con sus otros hermanos rojos.
El conde se acercó a ella. El perro se dispuso a acostarse en las mantas que estaban a los pies de la cama de Liberty. En honor a la verdad fue un alivio cuando Theodore entró antes de marcharse a York Park y descubrió que el can no dormía sobre la cama. Con su esposa.
―Este es el anillo que llevó la mujer que me dio la vida, que llevó Isobel hasta que se casó con York, y antes que ellas dos, ha pertenecido exactamente a cuatro mujeres más.
Seis en total, si la memoria no me falla, porque soy el sexto conde de Snow.
Es el anillo que distingue a las condesas de Snow del resto.
Forma parte de un juego completo de joyas, que tu negligente esposo no te ha dado.
―Ordenaste hacer uno exactamente igual al que sería de tu esposa, al mío, para tu antigua amante… ―susurró.
―Fue la única manera de contentarla y hacer que me dejase en paz. Si me hubiese pedido un diamante africano habría viajado hasta allí, Liberty, porque deshacerme de ella fue lo más difícil que logré.
―Habíamos acordado olvidar el pasado unos días… Y parece imposible ―dijo Liberty con cansancio.
―Hay muchas cosas que hablar y aclarar, no lo haremos ahora, pero necesito que comprendas lo que significa este anillo.
Esta joya estaba destinada a estar en tu dedo y solo en tu dedo.
No importa que hubiera pedido otra similar para…
―no quería decir su nombre―, para ella. Tampoco importa que hubiese ido a visitar a mi joyero al día siguiente de que me hablases de ese dudoso robo y le pidiese que hiciera una pieza exacta a la original.
―¿Lo hiciste?
―Ese anillo era para ti, mi regalo para ti.
Solo tú tenías que llevarlo como esposa del sexto conde de Snow.
Mi lado posesivo desea que te lo pongas para que el resto comprenda que eres mía.
Mi condesa. Lady Snow. Quisiera verte esta noche con un precioso vestido de seda verde, mientras llevas esta joya, los pendientes, la pulsera y la gargantilla.
Porque nadie más. Solo tú. Solo Liberty Dreyer, es la condesa de Snow. Mi esposa.
―¿La amaste? ―preguntó en alusión a Ophelia.
―Solo he amado a la mujer con la que me casé. Me divertí con muchas, tú lo sabes, pero nunca fue amor.
Ella afirmó con la cabeza. Le tendió la mano, con los dedos extendidos, para facilitarle a su esposo la labor de colocarle el anillo.
―¿De verdad piensas dormir aquí? ―inquirió cuando comprendió que él se había trasladado a su alcoba.
―Si dormir es lo que deseas, es lo que haremos ―le dijo con media sonrisa.
―Te muestras fácil, cariñoso y muy solícito.
No estoy acostumbrada a verte así. No me parece real.
―Decidió no pensar en aquella vez que sí lo vio de ese modo.
Aunque en honor a la verdad, el whisky era el que corría por sus venas.
Él parecía estar muy sobrio en ese instante, mientras la observaba como un depredador al acecho.
―Oh, no te equivoques, deseo mostrarte la clase de hombre que soy cuando no estoy peleando y huyendo de ti y de la atracción que me haces sentir. Pero cuando me permitas tenerte desnuda… la cosa cambiará mucho y espero que estés preparada para descubrir el motivo por el que tanto me resistí a ti.
―¿Me harías daño? ―preguntó con cautela.
―Nunca, pero te saquearé a placer. Soy exigente en el lecho y no pienso esconderme de ti. Te enseñaré a manejarme y espero que mantengas un pensamiento abierto y no salgas huyendo.
Ella le sonrió.
―Das por hecho que lograrás seducirme.
Le gustó verla coquetear con él.
―¿Quieres apostar algo?
―Tal vez te sorprendas, rey vikingo, y la que quiera saquearte a ti sea yo ―le dijo antes de perder la valentía y salir por la puerta.
El perro echó a correr tras ella, pero como Liberty había cerrado la puerta no pudo salir. Snow Segundo ladró.
―Déjala, que crea que ha ganado este asalto. Veremos si cuando despliegue todo mi encanto es capaz de correr después de retarme.
El can regresó a las mantas y volvió a tumbarse.
***
Estaba en la entrada. El conde de Snow, tan experimentado como era y se sentía como un joven de quince años. Le sudaban las palmas de las manos y sus guantes estaban húmedos por ello. Aguardaba a que su esposa descendiera por la escalera central para acudir a un baile.
Aunque había ocupado la habitación de Liberty, le había permitido intimidad para prepararse para la fiesta, por lo que él se había vestido en la suya. Su ayuda de cámara había estado encantado de serle de utilidad.
Escuchó el repiqueteo de los zapatos de baile sobre el mármol del suelo y levantó la mirada. Deberían construirle un monumento por haber sido capaz de mantenerse apartado de esa preciosa mujer que…
―¿No falta tela ahí? ―Señaló la parte delantera del vestido de seda verde. La maldita gargantilla de esmeraldas que llevaba hacía que los ojos de cualquiera se desviaran hacia esa parte. El nacimiento de sus pechos estaba muy a la vista. Demasiado.
Liberty le sonrió.
―Según tú, desde hace cinco años, a mis vestidos siempre le han faltado tela… aquí. ―Se señaló el escote y él se volvió loco.
―Dios, Liberty… Esta noche va a ser un infierno.
―¿Por qué? ―preguntó asustada.
―No quieres saberlo… ―confesó.
Iba a estar duro como una roca mientras pensaba en rasgarle ese hermoso vestido, después de cargársela al hombro, para tenerla de una maldita vez como deseaba. Dios le diese fuerzas para no romperla cuando dejase salir todo el deseo que tenía acumulado.
―¿Por qué? ―repitió.
La ayudó a colocarse la capa verde oliva, cogió su sombrero y el bastón, y luego le ofreció el brazo para salir hacia el carruaje. Ella se dio cuenta de que no iba a explicarle nada y decidió no insistir.
Al carruaje, él entró antes que ella, Liberty frunció el ceño y tuvo que aceptar la ayuda del lacayo para subir. La puerta del vehículo se cerró.
―Has sido del todo descor…
No pudo continuar regañándolo. Theodore la agarró de la cintura y la colocó sobre su regazo. La silenció con un beso.
―Liberty, Liberty ―susurraba el nombre de ella mientras le daba pequeños besos.
―Llegaré… ―la besó―, en un estado ―la besó― lamentable. ―La besó.
―No más lamentable que la agonía que sufriré durante toda la noche mientras te observo sin poder besarte, tocarte, lamerte… ―La volvió a besar.
Liberty se separó de él. Colocó una mano sobre su pecho para evitar que volviese a besarla, aunque no deseaba que parase.
―¿Podemos tomarnos esto con un poco de calma?
―Lo intentaré ―le prometió.
Ella trató de levantarse de su regazo. Él la mantuvo pegada a su cuerpo.
―¿No ibas a intentarlo?
―Lo estoy haciendo.
―¿En serio? ―No la dejaba sentarse adecuadamente.
―No te estoy besando.
Liberty bajó la mirada para ver la mano derecha de Snow sobre su pecho. Lo estaba acariciando sobre la tela.
―No creo que lo que estás haciendo cuente como ir despacio.
―Pues lo que viene a continuación tampoco.
Se puso de pie en una fracción de segundo.
La sentó en el asiento de enfrente, levantó el vestido, buscó la abertura de sus enaguas y colocó su boca en su feminidad.
Todo fue hecho a una velocidad tan rápida, que Liberty no se dio cuenta de lo que sucedía hasta que sintió la malvada y pecaminosa lengua de su esposo azotando su botón del placer.
Mientras lamía el delicioso jugo de Liberty, le colocó las piernas sobre sus hombros. A continuación una mano subió para buscar un pecho, mientras que los dedos de la derecha sondeaban el canal húmedo y caliente de su esposa. ¡Dios! Era tan dulce… Metió el primer dedo. Tan prieta.
Liberty no podía plantarle cara. Estaba sometida a sus deseos, al placer que él le proporcionaba… No deseaba interrumpirlo. No quería que parase. Nunca.
La lengua de él no le daba tregua. Sus labios tampoco, pues cuando dejaba de lamerla, y mientras dos dedos se hundían en su cavidad, sostenía su nudo de nervios entre los labios para besarlo, y sus dientes lo mordisqueaban tiernamente.
―Liberty, no quedará mucho para llegar ―dijo, después de separarse de su sexo―. Dámelo ya ―le ordenó, para después volver a la carga.
Dos segundos más tarde, Liberty gritó su liberación. El corazón le latía tan rápido que parecía que iba a salírsele del pecho.
Su conde terminó de beber su elixir, le colocó bien las enaguas, le bajó la falda y se sentó frente a ella para observarla con intensidad.
No ocultó de su vista su gran erección. Snow llevó una mano hasta sus pantalones para acomodar su hombría a fin de que no le doliese mientras presionaba con angustia sobre sus pantalones.
―¿Cómo has logrado que Snow Segundo se quedase en casa sin ladrar, ni armar un escándalo? ―preguntó como si no hubiese sucedido nada extraño entre ambos.
Liberty, que estaba reclinada sobre el asiento de terciopelo, suspiró.
―Lo siento no puedo pensar en nada.
Él le sonrió.
―Entonces he hecho muy bien mi trabajo.
―¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué precisamente ahora, en el carruaje mientras vamos a una fiesta?