Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 14
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Capítulo 14

Situaciones insostenibles

Los dos días siguientes a la visita de Bruce se sintieron como un auténtico suplicio. ¿La había abandonado de nuevo? ¿Por lo que sucedió en el club de Sullivan? Tenía muchas preguntas y dudas.

Después de haber comido, salió del comedor dispuesta a buscar un libro de la biblioteca y encerrarse en su habitación, con la esperanza de poder dejar de pensar en sus problemas.

Un gran ramo de tulipanes rojos llamó su atención. Estaba en la entrada, en un jarrón que había albergado, días atrás, los ramos de lirios blancos. Se acercó hasta allí y cogió la nota que estaba junto a las flores.

Mi queridísima Liberty,

Siento mucho lo que ha sucedido. No pretendía confesarte mis sentimientos, y todavía menos haberlo hecho como lo hice.

Por favor, perdóname.

Tu querido amigo, E.

Liberty cerró los ojos. No tenía nada que perdonarle y sí mucho que agradecerle. Ethan le había enviado tulipanes, un símbolo de la alegría, de la amistad duradera.

Mientras las lágrimas salían de sus ojos sin que pudiese evitarlo, la puerta se abrió a su espalda. Liberty no tenía necesidad de girarse para ver quién era. Por el movimiento de la cola de Snow Segundo, sabía que su esposo acababa de llegar a casa.

La condesa abrió los ojos y por el rabillo vio que él acariciaba al perro, después se quitó el sobretodo y lo dejó sobre una silla, porque había despedido al lacayo que había salido a atenderlo.

Luego se acercó hasta ella. Se puso a su lado.

Ella estaba inmóvil. Era consciente de que el conde estaba mirando las flores y también había visto la nota que sostenía, plegada, entre sus manos.

―¿Amas al hombre que te ha enviado esas flores? ¿Al que te envió los lirios blancos?

―No ―susurró.

―¿Lamentas no poder amarlo? ―le preguntó con suavidad.

―Lamento herirlo sin poder aliviar su sufrimiento, porque yo he estado en esa posición y sé cuánto duele no ser correspondida ―le dijo con sinceridad.

Theo la comprendió.

―¿Me amas a mí? ―cuestionó, mientras contenía la respiración.

Ella tragó saliva. Cerró los ojos un momento y luego separó los párpados y buscó la mirada de su esposo.

―No lo sé… ―indicó con franqueza, sin pretender causarle mal. Sin venganza.

―De acuerdo ―dijo, para luego emitir un largo suspiro―. Entonces tendrás que averiguarlo, porque yo sí te amo y no estoy dispuesto a dejarte escapar sin luchar.

―Una vez dijiste que el amor entre nosotros no era el problema.

Él supo exactamente lo que su esposa estaba recordando.

―Era un necio que no sabía que ya tenía todo lo que necesitaba ―se apresuró a aclararle.

―No es tan fácil, Snow. ―Una disculpa o un par de besos no arreglaban una situación tan compleja.

―Odio no escucharte pronunciar mi nombre, incluso no llamarme Theo.

Solo el título. Así que desde que te oí usar mi título para referirte a mí la primera vez desde que volví de Italia, sabía que las cosas eran complicadas.

Estamos casados y lo seguiremos estando hasta que tú decidas lo contrario.

Eres mi esposa y me gustaría que nuestro matrimonio fuese de verdad.

Quisiera salir contigo esta noche. Portman está en la ciudad y seremos bien recibidos en su casa.

No es una gran fiesta. ¿Me harías el honor de acompañarme, Liberty?

Ella se tomó un momento para pensar en su decisión.

Finalmente asintió, sabiendo que tal vez no sería buena idea pasar tiempo con él.

No, cuando se sentía débil en todo lo que se refería al conde.

No, cuando su única baza era la de no haber consumado su matrimonio y él podía solo extender su mano y ella saltaría al vacío con una sola orden.

―Gracias ―le dijo él, mientras pasaba por su lado para ir a… a… ¿A su habitación? Theodore no sabía cómo actuar.

Liberty alargó la mano y lo sostuvo por el antebrazo para frenarlo.

―¿Puedo pedirte un favor?

―Los que hagan falta, Liberty.

―Quisiera que olvidásemos el pasado, al menos hoy, al menos esta noche. Nada sucedió entre nosotros, nada malo. ¿Puedes hacerlo?

Él le sonrió.

―Lo que me pidas, esposa ―sentenció con una sonrisa muy tierna.

―Entonces… abrázame, esposo. Envuélveme en tus brazos y hazme sentir segura, como si no sucediese nada malo ―repitió.

El conde hizo de inmediato lo que ella acababa de pedirle. La envolvió en sus brazos y Liberty apoyó la cabeza sobre su duro torso. Theodore tenía las manos cruzadas por la espalda femenina. Le besó el pelo.

―Ahora sí que estoy en casa, amor mío.

La condesa apoyó la barbilla en su pecho y levantó la miraba para buscar sus ojos.

―No quisiera que actuases como si esto fuese una farsa, solo me gustaría olvidar el pasado un día.

―Mi matrimonio no es ninguna inventiva y siempre has sido el amor de mi vida. Lo comprendo del todo al fin, y por eso quisiera llamarte «amor mío», cosa que haré si no te incomoda.

La condesa levantó la mano derecha que había estado rodeando la cintura de su esposo y le acarició la mejilla.

―¿Por qué ha sido todo complicado entre nosotros, si siempre hemos sabido que estábamos enamorados el uno del otro? ―preguntó en un susurro.

Snow respiró profundamente.

―Solo yo tengo la culpa de eso, Liberty. Y explicarte esa cuestión sí es muy complicado.

―Entonces no lo hagas ―lo frenó―. Deja que viva mi sueño un poco más. Unos pocos días como si nuestro matrimonio fuese idílico, como si no hubiese nada que nos separase.

Él le sonrió. Liberty pasó los dedos sobre la boca masculina. Dibujó el contorno de los labios. Los tenía gruesos, perfectos. Había soñado tanto con sus besos.

―Me hubiera gustado tanto ser la clase de mujer que hacía que no pudieses contenerte… Me habría agradado tanto que robases mis besos en cada ocasión en la que nos cruzábamos… Si de algo me arrepentiré, será de no haber disfrutado de tus besos ―concretó, mientras una lágrima rodaba sobre su mejilla.

Theodore le limpió la humedad.

―No te imaginas lo que ha sido contenerme, Liberty.

No te haces una ligera idea de lo que fue evitar que la bestia que llevo dentro rugiese por ti.

Y aunque me has pedido no hablarte de la culpa que acarreo en toda esta situación, lo acabo de hacer, porque es precisamente eso lo que me separó de ti.

Me dominé contigo cuando no debí haberlo hecho.

―¿Me deseabas?

―A todas horas. Y no es una mentira de esas que he usado para acercarte a mí, como cuando te dije que no me importaba que hubieses llamado al perro como a mí.

O cuando me tragué la molestia por ver que otro hombre te enviaba flores.

No. Lo que te digo es cierto. ¿Recuerdas aquella vez en Navidad que entraste en mi habitación y yo estaba desnudo?

―Jamás podré olvidarlo. ―Ellos seguían abrazados. Liberty con la barbilla apoyada en su torso mientras él la sostenía en su abrazo y la miraba a los ojos. La mano de ella seguía trazando las facciones del hermoso rostro de su esposo.

―Imaginé que desgarraba tu vestido, que te desnudaba por completo y luego…

Ya sabes lo que seguiría. Y no hubiera sido algo suave y tierno, Liberty.

Porque te deseo con una intensidad que hubiese necesitado tomarlo todo de ti.

Te hubiese hecho gritar hasta que liberases toda la pasión que sé que habita en ti. No habría parado hasta consumirnos.

La condesa apretó las piernas. La humedad que sentía en su feminidad, junto con los botones fruncidos de su pecho, estaban avisándola de que estaba cerca de perder el control.

―Bésame ―susurró, mostrando toda la vulnerabilidad que sentía.

Theodore le quitó las manos de la espalda, las llevó hasta su rostro y la acunó con ambas.

Bajó la cabeza y comenzó a besarla de un modo en el que nunca había besado a una mujer.

Suave, paciente, enamorado. Un beso que tuvo que haberle dado después de haber recitado sus votos matrimoniales.

Un beso con el que tuvo que haber comenzado a seducirla en su noche de bodas.

El conde no se quedó solo tomando los labios de Liberty entre los suyos.

Su lengua buscó la de ella. Se besaron usando la lengua y pese a ello, la caricia no aumentó su ritmo.

Era una promesa muda. Silenciosa. Tranquila.

Tierna. Sensata. Nacida de un matrimonio que lucharía por ver la luz al final del camino.

Lord Snow dejó de besarla y la miró a los ojos. Ella los acababa de abrir porque sintió que él abandonaba sus labios. Vio a Theodore buscar al perro y se preparó para regañar a Snow Segundo.

―Es un gran progreso. No has ladrado, no has gruñido y tampoco me has avisado de que si no la soltaba me morderías. Supongo que hemos avanzado mucho, ¿verdad, chico?

El perro movió la cola y ladró en respuesta. Él no sabía si estaba de acuerdo o no con sus palabras, pero era algo alentador lo sucedido.

Liberty se rio.

―No puedo cambiarle el nombre al perro ―le dijo a su marido.

―Me he acostumbrado a él. Ya no me molesta ―le confesó mientras la dejaba libre de su abrazo.

Liberty lamentó la pérdida de su calor.

―¿Solo habrá un beso? ―preguntó envalentonada.

―Para empezar creo que es un buen paso. No ha sido solo un beso.

Al menos para mí ha significado mucho más.

Y como es un poco tarde, y quisiera llevar a mi esposa a una fiesta, me gustaría que comenzases a prepararte.

Yo tengo que darme un baño y vestirme adecuadamente, porque esta noche tengo una misión muy importante.

―¿Cuál? ―trató de averiguar Liberty.

―Seducir a mi esposa. Espero que no te moleste, pero como vamos a tener un matrimonio real desde ya mismo, llevaré algunas de mis cosas a la alcoba que has elegido, o si lo prefieres, me encantaría que te acomodases en la mía. Puedes elegir.

―No vas a jugar limpio, ¿cierto?

Snow se acercó de nuevo a ella y le besó la punta de la nariz.