Capítulo 13 #3
―Sí, sin duda, compartís muchas cosas… ―No pudo evitar hacer esa observación.
Vio que su hermano se ponía tenso y se lamentó por haber sido tan…
¡Un momento! ¿Se había puesto tenso? ¿Por qué?
―. Bueno, sospecho que hay una gran historia tras el matrimonio.
Me encantaría conocerla, si es algo que deseáis compartir, por supuesto.
―Era mejor llevar la conversación hacia asuntos importantes, menos incómodos.
―Conocí a la señora Pharma ―dijo con orgullo Bruce― hace algún tiempo.
Nos enamoramos y adelantamos nuestros votos.
Su padre se enteró y trató de ocultarla de mí.
Snow y yo llevamos mucho tiempo trabajando para averiguar el paradero de mi querida Adele.
―La pareja se sonrió entre sí y Liberty sintió alegría, pero también unos celos terribles por ver lo felices que eran―.
Tu conde y yo descubrimos que podía estar en Nápoles y cuando la encontré, la secuestré.
―¿Perdón?
―Me la llevé ―apuntó Bruce como si fuese lo más natural del mundo robar a una mujer.
―Y yo encantada me dejé raptar por mi bárbaro pirata ―añadió la señora Pharma.
―Snow recibió una carta del duque de York en la que le explicaba que nuestro padre estaba trabajando en un asunto delicado que te atañía a ti, y Theodore tenía que solventar.
―Liberty asintió. Tenía que ser la anulación matrimonial.
Así que Snow sabía lo que pretendía llevar a cabo su padre y no le había dicho nada al respecto―.
Zarpó de inmediato, nosotros lo hicimos unas horas más tarde.
Antes de que el padre de Adele se diese cuenta de lo que trataba de hacer.
Nos casamos cuando llegamos. Snow me había conseguido una licencia especial a mí también antes de marcharnos.
Esa es la versión resumida de este gran drama.
―Vaya… Tendréis algo jugoso que contarles a vuestros nietos. ¿Padre lo sabe?
―Vamos a ir a visitarlo después. Creo que primero era importante que supieras por qué tu esposo estuvo tantos meses fuera de Inglaterra, apartado de la mujer que ama ―dijo con la mirada brillante, cargada de emoción―. Por cierto, ¿dónde está Snow?
Liberty suspiró.
―Me avisó de que iba a irse a York Park unos días.
―¡Oh! ―exclamó con sorpresa―. Siempre te he considerado la más inteligente de nosotros. Incluso más que padre. ¿Puedes arreglar la situación, Liberty?
Ella sabía que se refería a su matrimonio.
―No tengo la menor idea de cómo podría hacerlo. ―Era verdad. No veía una solución para su matrimonio más que la anulación.
―Pues es un hecho insólito oírte decir eso. Sería la primera vez que te rindieses.
―Creo que esta es una conversación muy privada ―intervino Adele Pharma―. ¿Por qué no te esperamos Edwin y yo en el carruaje?
―No es necesa…
―Insisto ―dijo la esposa de Bruce, interrumpiendo a Liberty.
Se notaba que ambos hermanos tenían un par de cosas que discutir y que no le afectaban a ella. Adele tenía suficiente con sus propios problemas. No necesitaba estar al corriente de los de los demás.
―Y por saber lo que preciso antes de que yo mismo me dé cuenta, es por lo que no pude evitar enamorarme de ti, querida mía. Será un segundo, Adele. Iré de inmediato.
Bruce se levantó al mismo tiempo que su esposa, le tendió al niño y luego le dio un ligero beso en los labios.
El dúo se despidió de Liberty y su hermano se quedó frente a ella. No se volvieron a sentar.
―Hemos hecho sentir incómoda a tu esposa. Ve con ella ―le rogó.
―¿Sabes? Ayer estuve en El placer del infierno viendo un curioso espectáculo, y no me refiero a los que se ofrecen en los lugares ocultos. No. Sobre el escenario. Snow y yo nos quedamos atónitos.
Liberty contuvo la respiración en cuanto les dio sentido a las palabras de Bruce. Tragó saliva y comenzó a sentir que el aire le faltaba. Eso era porque no estaba respirando. Se obligó a poner en funcionamiento sus pulmones.
―Dios santo… ―murmuró mortificada. El velo no le había servido de nada. Si su hermano le estaba hablando de ese modo tan serio… La había descubierto―. ¿Él sabe que era yo? ―La vergüenza iba en aumento.
―Él me invitó para verte y determinar quién era el hombre que estaba cantando contigo. No era la primera vez que Snow te había visto con Ethan Digory… cantando ―añadió con solemnidad.
―Esto es una pesadilla…
―No. La pesadilla la vivimos tu esposo y yo cuando Ophelia White se nos acercó y nos explicó que había hablado contigo y nos contó con detalle lo que te había dicho. Ah, sí… y también algo sobre un anillo de rubís.
Liberty comenzó a marearse. Se sentó en la silla más próxima porque de lo contrario acabaría tirada sobre el duro suelo después de desmayarse. Se tocó la cabeza. No podía mirar a Bruce.
―¿Es verdad? Sé que el anillo existe porque me lo mostró. ¿Lo otro que me contó es cierto?
Y ahí estaba la cuestión más mortificante de todas las que un hermano podía hablar con una hermana. Más cuando Bruce hizo algo muy descabellado con el que era en la actualidad su esposo.
―Hay mujeres muy ardientes, perversas, Liberty. Ganan a los hombres en sus apetitos. Ophelia White es una de ellas.
―¿Así que ella tiene la culpa de todo? ¿Os apuntó con un arma? ―preguntó indignada.
―No. No la censuro. Solo digo que cuando un hombre siente curiosidad y se topa con una dama que entiende más de asuntos…
infames que él mismo, se deja arrastrar sin medir las consecuencias.
Aquello sucedió una única vez. El alcohol corría como un río, igual de salvaje que como nos sentíamos Snow y yo.
―Os escuchaba. Cuando era más joven escuché algunas conversaciones privadas entre vosotros.
Oí que a Snow le gustaba ver cómo otros…
intimaban con su amante mientras él los observaba.
No le di demasiada importancia, porque… No sé por qué, la verdad.
Supongo que le hubiese perdonado a Snow incluso un asesinato.
Tú y yo hemos traspasado todos los límites con estas revelaciones.
Así que, Bruce… ¿Qué pasará cuando él considere que no tiene suficiente con lo que yo puedo darle?
¿Qué ocurrirá si desea verme en las mismas tesituras en las que su amante se colocó?
―A Ophelia le gustaba que él sufriese mientras ella estaba con otros y lo convenció de que a él le gustaba verla de ese modo. Las cosas no son tan simples como parecen. Y si crees que Snow permitirá a otro hombre tocarte de forma inapropiada, estás más ciega que él.
―¿Lo estoy? ―rebatió, porque no se creía nada.
―Tuve que sujetarlo para que no se enfrentase a Digory ayer, y ambos estabais vestidos y bailando. No viste su rabia cuando el ayudante de nuestro padre se declaró. No, Liberty. Snow no dejaría a nadie tocarte y seguir con vida. No tienes que temer por eso.
Ay, pero ella sabía que sí que tenía que temer.
Pese a que antes de irse a York Park, su esposo le había dicho que la necesitaba, que la amaba…
Hubo un tiempo, antes de casarse que le aseguró que ella no era lo que necesitaba.
Y al fin sabía muy bien a lo que Snow se refería.
Ella no era mundana, ni experta. Su esposo sería exigente y ardiente, incluso perverso. No sabía si podría enfrentarse a ello.
La condesa le sonrió a su hermano.
―Tu esposa y tu hijo te esperan.
Él afirmó con la cabeza, se acercó a su hermana y le dio un beso en la mejilla. Se movió hasta la puerta de salida.
―Liberty… ―la llamó.
―¿Qué? ―Ella lo miró a los ojos.
―Snow y yo acordamos no hablar jamás de aquello. Es lo que tú y yo vamos a hacer también.
La condesa sabía a qué se refería él.
―Sí. No quiero volver a pensar en ese tema.
―Bien. Te enviaré las señas de nuestra casa. Espero que tu esposo y tú nos devolváis pronto la visita.
Ella no pudo decirle nada más. No sabía si eso sería posible. ¿Iba a estar mucho tiempo con el conde? No tenía la menor idea. Bruce no la presionó y se marchó.
Tanto dolor, tanto sacrificio, tanta espera y el triunfo le sabía a cenizas mezcladas con fango. No había valido para nada ser paciente y obcecada. ¡Para nada!
La cabeza de Liberty parecía que iba a explotar.
No quería echarse a llorar, porque ya no le quedaban más lágrimas.
Todas las que podía derramar por Snow habían salido de su cuerpo a lo largo de los años y no quedaban más.
Así que se levantó, se puso el abrigo de lana y salió a caminar en compañía de Snow Segundo, quien no le fallaría jamás.