Capítulo 13 #2
―Liberty sabe que compartí a una mujer, que estuve con ella al mismo tiempo que su hermano. Además está al corriente de que le di un anillo como el que debe llevar la condesa de Snow, con el mismo diseño, salvo que en vez de esmeraldas, fueron rubís.
―¡Ah! ―dijo con los ojos bien abiertos―. Hay secretos que nunca deberían desvelarse, pero que si salen a la luz pueden purgar el pasado, el truco está en saber usarlos para construir el futuro. ¿Liberty sigue llevando el anillo? ―inquirió con suavidad.
Theodore le sonrió.
―Creo que sabes la respuesta a eso.
―Lo imaginaba. ―No lo llevaría.
―Me contó una estupenda historia sobre un robo, poco creíble debo añadir.
Y después de saber de buena tinta que ella está al tanto de dos de mis mayores miserias, aunque solo Dios sabe de qué más estará al corriente, considero que debe tenerlo escondido y no quiere ponérselo porque… ―No pudo continuar con su afirmación.
―¿Puedes culparla por ello?
―No. Tendría que concederle la anulación matrimonial de inmediato.
―¿Es lo que quieres?
―Nunca.
―¿Y no lucharás por ella?
―Debería dejarla libre, York. Ella ya ha sufrido, y no poco, por mi mano, pese a que yo solo era consciente de una parte pequeña del daño que le hacía.
―Es una sabia reflexión que te honra, la de dejarla ir, si este fuese un mundo perfecto y libre de egoísmos. Pero, la cuestión es: ¿Te rendirás aun sabiendo todo lo que ella ha peleado por ti desde…? ¿Cuántos años hace que insistía en que sería tu condesa?
Snow volvió a sonreírle.
―Más de los que puedo recordar.
―Y no se rindió pese a que ella era una mujer, y las damas no deben correr tras los caballeros.
Lo tenía todo en su contra, sus circunstancias, su sexo, a ti, el hombre al que amaba y con el que deseaba casarse, y no obstante logró llevarte al altar.
¿Te arrepientes de que lo hiciera? ¿De que no se diese por vencida y lograse casarse contigo?
―Doy gracias a Dios cada día porque ella lo haya logrado ―admitió con humildad.
―Entonces ya sabes lo que debes hacer, Theodore.
―¿Dejarla libre para que pueda ser feliz con uno que la merezca más y no la haga sufrir?
―No pienso responder a esa porquería de pregunta, muchacho.
No hagas que me enfade contigo. La misericordia de Ra no es mucha estos días, pues has visto que el embarazo tiene a Isobel convertida en una formidable arpía.
Ya verás lo que es cuando tu esposa esté en estado de buena esperanza.
Habrá días en los que te dirá que te ama cada cinco segundos, donde se echará a tus brazos porque se siente necesitada de amor.
Y otros en los que tal vez tengas que esquivar un plato volando sobre tu cabeza por decirle que está ganando peso.
Aunque, tan inteligente como me considero, debo admitir que no fue una buena observación.
Supongo que debí especificar que me gustaba lo grandes que tenía los pechos, eso me hubiese librado de un gran berrinche.
―York, Isobel es a todas luces mi madre. No me dio la vida, pero es la mujer que…
―Lo sé, lo sé. Te desagrada que hable sobre los maravillosos e hinchados senos de Isobel.
―¡York, por amor de Dios! ―exclamó con fastidio.
―¿Incómodo?
―Mucho.
―Pero aquí sigues… Supongo que podría hablarte de cómo convencí a Isobel para que me dejase usar uno de esos espléndidos falos de mármol…
―¡Ya me voy! ―Snow se levantó a toda prisa. Lo último que necesitaba era no poder mirar a la cara a su madre.
―Ha sido un placer tenerte con nosotros, Snow. La próxima vez que regreses confío en que lo hagas con tu esposa embarazada, y que esté sonriendo colgada de tu brazo. ¿He sido claro?
―Perfectamente. Y espero que no te fijes en sus senos o te daré un puñetazo.
El duque se rio con ligereza.
―Los únicos pechos de los que deseo amamantarme día y noche son los de Isobel. Puedes estar tranquilo, muchacho.
―¡Dios santo, no tengo suficientes piernas para salir corriendo de aquí! ―exclamó, mientras se iba a toda prisa.
Cuando Theodore abrió la puerta, un lacayo estaba transportando el pequeño baúl que había traído consigo. Isobel lo miraba con atención.
―Ah, perfecto. Ya estás listo para marcharte ―dijo su madre, mientras se acercaba para darle un beso en la mejilla.
―Deberías cubrir un poco tu escote ―opinó el conde, al observar que ella llevaba un vestido de mañana que le venía muy ceñido. ¡Maldito York por hacer que se fijase en esa parte de la duquesa!
―York, ¿de qué habéis estado hablando ahí dentro? ―preguntó con esa mirada de investigador profesional que ella ponía cuando sabía que su esposo no había sido correcto.
El duque, que estaba en el umbral de la puerta de su despacho, observando a su esposa y al conde en la entrada, agitó los hombros despreocupadamente.
―Solo he observado que podría amamantarme de esos espectaculares senos tuyos hasta el fin de mis días.
―Por amor de Dios… ―susurró Isobel.
―¿Qué? Deberías mostrarte orgullosa con el cumplido que te acabo de hacer. El dios Ra ha admitido en voz alta y frente a otro hombre que tus pechos son dignos de ser lamidos por él. No veo el problema ―apuntó, como si acabase de desgranar una teoría de lo más académica y para nada escandalosa.
―¡Me voy! ―Y no se despidió. El conde apresuró el paso y atravesó la puerta principal para subir a su carruaje y regresar a casa. Tenía un objetivo que cumplir.
―¿Por qué has hecho eso? ―lo regañó Isobel cuando se quedaron solos.
―Estaba tardando mucho en marcharse y yo tengo hambre. ¿Dónde está la niña?
―Wilson la ha llevado al jardín a jugar.
―Bien. Entonces entra y dame de comer. ―Se apartó del umbral y aguardó a que ella entrase.
―Oh, Malcom… Eres insaciable. ―Ella acababa de pasar por delante de él y el duque estaba cerrando la puerta del despacho con llave.
―¿Eso es una queja?
―No ―admitió.
―Entonces saca tus impresionantes senos del vestido para que pueda engullir… ¡Ah! ―Ella lo acababa de hacer―. Veo que estás excitada, tus pezones están en punta ―observó con satisfacción, mientras pasaba dos dedos sobre los fruncidos botones.
―¿Vas a quedarte hablando mucho rato o vas a darme placer?
―Ah, mi pequeña tirana, siempre dispuesta y exigente… He creado mi propia Moderna Prometea .
―¿Acabas de insinuar que soy la versión femenina de Frankenstein ?
―Termino de señalar que te he hecho a mi imagen y semejanza, con mis mismas perversiones y caprichos.
Isobel no pudo ofrecer réplica alguna, York estaba deleitándose con el seno derecho, lamiendo y mamando, mientras que el izquierdo era amasado con una mano. Iban a ser un par de horas muy ajetreadas y placenteras para los duques de York.
***
Fue a la mañana siguiente, después de que Liberty descubriese que Ethan Digory había estado enamorado de ella durante años, y justo cuando su esposo se había marchado a York Park, el momento que eligió su hermano Bruce para hacerle una visita oficial.
Liberty se había levantado a las once y, pese a que había estado dormitando, en el momento en el que él entró en su habitación para pedirle que se quedase en la cama porque iba a darle un paseo a Snow Segundo, fue cuando finalmente recuperó la consciencia y recordó todas y cada una de las palabras.
«Mi amor», le había murmurado él. «Te amo».
«Te necesito». Le habían seguido a esa forma cálida de referirse a ella. Se había disculpado, la había besado…
Después de tomar un ligero desayuno, se metió en la salita de la condesa y allí recibió a Bruce, quien llegó acompañado por una mujer, y con un niño pequeño en los brazos.
Se levantó de inmediato después de recuperarse de la sorpresa.
El señor Smith, el mayordomo, le había indicado que su hermano deseaba ser recibido, pero…
―¿Bruce? ―inquirió mientras observaba con fijación al niño, al tiempo que iba acercándose hasta su posición.
El perro caminaba a su lado. Snow Segundo ladró.
―¿Es peligroso, Liberty? ―preguntó en alusión al can.
―No. En absoluto. Él quiere que bajes al niño para poder olerlo. Adora a los pequeños. Tendrías que haberle visto jugando con las hijas de Jenna, se volvía loco.
Su hermano se acuclilló con el pequeño en los brazos y se lo presentó a la gran fiera de pelaje blanco. Mientras eso ocurría, Liberty se había colocado frente a la dama de ojos claros que le sonreía.
―Hola ―la saludó la condesa―, soy Liberty.
―Lo sé. Bruce me ha hablado mucho de ti. Soy Adele.
―¿Italiana? ―Se ladeó para emitir la pregunta con dirección a su hermano. Su acento era muy claro.
―Tu esposo me acompañó a Nápoles para localizar a mi mujer y a mi hijo ―explicó. Pero no fue una sorpresa muy evidente, puesto que cuando lady Snow había posado sus ojos en el pequeño advirtió el parecido con su hermano.
―Ay, el primer Pharma desde hace mucho tiempo. Enhorabuena. ―Liberty se inclinó para abrazar a Adele y la joven correspondió a la muestra de afecto. Luego sostuvo entre los brazos al niño y le besó la mejilla―. Es precioso. Fuerte y apuesto como su padre ―observó llena de orgullo.
Minutos después, todos se sentaron y un té fue servido, como marcaba la etiqueta.
El perro estaba junto a Bruce, quien lo acariciaba. Ella no dejaba de mirar a su sobrino. Liberty tenía un sobrino… ¡Increíble!
―Tengo entendido que lo llamas Snow Segundo.
―Sí, me pareció acertado, ya sabes, porque es blanco y todo eso.
―Ya… ¡y no tiene nada que ver con que quisieras humillar a tu esposo! ―señaló con humor.
―Por supuesto que no. Snow sabe cómo se llama el perro y lo aprueba. Es más, está encantado.
―Te aseguro que lo odia, hermana.
―¿Te lo ha dicho? ―preguntó escéptica. Él se vio encantado cuando le dijo el nombre de su querido vasallo.
―No hace falta. Lo conozco muy bien. Además, sé cómo me sentiría yo al respecto. Debe odiarlo. Estoy seguro.