Capítulo 13
La inseguridad
Liberty escuchaba las gotas de lluvia a través de la ventana. No tenía ganas de despertarse porque anoche fue… horrible y doloroso a la vez. Pero se sentía bien, porque alguien estaba acariciándole la mejilla. Oía además el susurro de unas palabras cálidas.
¿Quién era? Abrió un ojo y entonces vio a Snow acariciándola y observándola. El perro estaba a su lado, con dos patas sobre la cama, vigilándolos.
―Está lloviendo y hace frío. Quédate en la cama, amor mío. Iré a pasear a Snow Segundo.
―Uhm… ―Estaba tan cansada. No había podido dormir nada pensando en lo mal que estaba su vida. El ojo que tenía abierto se cerró.
―Tengo que ir a York Park a solventar unos asuntos urgentes. Volveré en un par de días.
―Uhm…
Luego sintió unos labios deslizarse por los suyos. No fue un beso ardiente, fue una muestra cotidiana de un hombre saludando, o despidiéndose, de su esposa. Liberty se dio la vuelta hacia la derecha y siguió durmiendo en la cama.
El conde se acercó a su oído y mientras le acariciaba el pelo suelto, suavemente le dijo:
―Lo siento tanto, Liberty. Lamento cómo ha ido todo entre nosotros desde el principio…
Te amo. Te quiero. Te necesito. Eres la mujer adecuada para mí, porque me haces sentir y desear unas cosas que no sabía ni que pudiese llegar a apreciar.
Eres todo lo que siempre he necesitado, Liberty Dreyer, mi condesa.
La mano de lady Snow se alzó para buscar la mejilla de él y se la acarició.
El conde sostuvo esa mano sobre su rostro como si fuese la más hermosa de las caricias.
No había creído nunca que disfrutaría de la ternura, y mucho menos que sería capaz de ofrecerla.
Tenía los nudillos amoratados por la noche que había pasado encerrado en la habitación de la casa, sacudiendo el saco mientras trataba de pensar cómo desentrañar el presente.
No se le ocurría nada. Y… ¡Dios!, cómo le dolían las manos esa mañana. Y el corazón. Lo tenía roto.
Luego se marchó de la habitación sintiéndose avergonzado por no haberse dado cuenta antes de que su esposa ni tan siquiera había dormido en la recámara que le correspondía, junto a la suya, por ser la condesa.
Liberty no había querido ocupar en su casa el lugar que le pertenecía, porque dormía en la habitación del final del pasillo.
¿Eso también sería culpa de él? Snow estaba destrozado.
Salió a dar un largo paseo bajo la lluvia con Snow Segundo. Sin necesidad de collar esa vez.
Cuando regresó, ella todavía estaba en la cama. Le dio la comida al can y luego, se marchó rumbo a York Park.
El primer día que estuvo en la casa de los duques se puso al día con unas inversiones pendientes con Malcom. El segundo, disfrutó de la familiaridad de Isobel, de la pequeña Gwyneth, e incluso del propio señor Wilson, quien lo miraba con recelo, igual que York.
En la tercera jornada, Theodore se dio cuenta de que todavía no había abordado el asunto más importante que le había traído hasta York Park.
Así que se acercó a la puerta del despacho de Malcom, llamó y se preparó para hacer lo que tantas veces había hecho: pedir consejo, pero esta vez sobre cuestiones realmente delicadas y que necesitaban ser atendidas con urgencia por el bien de su futuro.
―¿Qué puedo hacer por ti, Theodore? ―le preguntó Malcom desde su posición, sentado frente al escritorio, mientras le mostraba con un gesto la silla que había frente a él para que se sentase.
―¿Hiciste muchas tonterías en tu época de disoluto impenitente? ―El conde decidió ser directo, no andarse por las ramas.
Malcom afirmó con la cabeza.
―Unas cuantas que quisiera olvidar ―apuntó con tranquilidad.
―Tengo un problema importante del que no sé cómo salir.
―¿Tiene que ver con las inversiones en las minas de África? Porque hemos desembolsado un buen montante ahí. No quisiera que las arcas del ducado se sacudieran. Confié en ti para el negocio.
―Y el negocio saldrá bien. Dices que confías en mí, pero no lo parece.
―Sí, bueno, no debería dudar de ti. ―Se quedó un momento pensativo y siguió―: Te he enseñado bien, así que si te cuestiono sería como si me cuestionase a mí mismo.
No lo haré. Ahora bien, esas minas… No me gustó que los franceses estuviesen también con una participación mayoritaria.
¿Cómo sacaste a los otros que deseaban quedarse con nuestra parte?
―se interesó el duque. Theodore estaba resultando ser un gran descubrimiento.
―Como se hace todo en esta vida, York.
―¿Dando mucho más dinero que los otros competidores?
―¡Exacto! ―El esposo de Isobel lo miró con reconocimiento―. Se lleva la mejor parte el que tiene los bolsillos más profundos.
―¿Cuándo sabrás si lo hemos logrado?
―Lo hemos logrado, York. Solo queda esperar para recoger los frutos. Hombre de poca fe… ―refunfuñó molesto.
―Bien. Entonces la cuestión es sobre… ¿Tiene que ver con las heridas que presentas en tus manos?
Snow se examinó los nudillos. Estaban menos dañados que cuando llegó, pero todavía se veían amoratados.
―No me he peleado con nadie. Esto es de golpear un saco que me ayuda con la frustración.
―Mejor. Ahora, sobre tu problema… Tu madre y yo lo supimos en cuanto llegaste a casa sin tu esposa.
He esperado pacientemente a que decidieses hablar con libertad.
Contigo, aprendí hace años que funcionas mejor cuando no se te presiona.
Has tardado un par de días, pero finalmente has venido a verme. ¿En qué puedo ayudarte?
Snow afirmó varias veces con la cabeza. Luego pensó bien las palabras que debía usar para explicarse.
―Es curioso como cuando no se tienen responsabilidades se actúa sin considerar el futuro, sin pensar en el daño que se puede infligir a otra persona. Un daño que por otro lado no eras del todo consciente que causabas.
―¿Esto es por tu viaje a Italia? ¿Por una mujer de la que tenías que despedirte o algo así?
―No. Ese viaje fue porque el hermano de mi esposa estaba desesperado por la mujer con la que deseaba casarse, por la madre que había alumbrado a su hijo y que le fue sustraída. Ella estaba en Italia y lo acompañé a buscarla.
York silbó.
―Una historia inesperada. Espero que tuviese un final feliz.
―Lo tiene. Bruce Pharma está felizmente casado y el niño está con su padre. Confío en que esta información no salga de aquí.
―Y no saldrá ―corroboró el duque.
―Sé que no traicionarías mi confianza, nunca lo has hecho, pero era necesario insistir en esa cuestión porque no son asuntos míos, sino de mi mejor amigo.
―Lo entiendo. Ahora dime qué es lo que sucede entre Liberty y tú, y si es irreparable.
―La amo ―alegó con el corazón en la mano―. La he amado desde hace mucho tiempo y me reprimí a mí mismo ese sentimiento porque no me consideraba digno de ella.
―Bien. Imagino que se lo has dicho.
―Realmente nunca ha hecho falta. Ella siempre lo ha sabido. De igual modo, yo era muy consciente de que también me amaba.
―Ah, tan inteligente como soy y no logro comprender el motivo de todo ese halo de desesperación que te rodea. Esa cara triste que trajiste a York Park…
―He hecho muchas tonterías en el pasado, York. Muchas.
―Yo también, te lo he dicho antes.
―¿Tomar a una mujer mientras tu mejor amigo estaba en el otro lado de ella es una? ―preguntó sin pudor y tratando de ir al meollo de la cuestión.
El duque se reclinó sobre el asiento de la silla. Y lo miró con atención. Le dio un sorbo al vaso de whisky que tenía sobre la mesa, porque se lo había servido intuyendo que después de dos días, al final Snow iría a hablar con él de cosas serias, y le dio un trago.
―¿Quieres que te sirva una copa? ―Snow negó con la cabeza―.
Verás, yo era un asiduo de esas fiestas indecentes y tan divertidas en las que mi hermano te instruyó.
―Snow sonrió. Había ido a unas cuantas de esas con Banstorn―.
Una vez, un hombre se colocó desnudo frente a mí.
Estaba a cuatro patas, como el perro de tu esposa cuando camina, con sus posaderas bien abiertas.
Me suplicó que lo sometiese. Casi pude escucharlo llorar mientras suplicaba.
―York se quedó callado mientras rememoraba esa imagen en particular.
Fue algo de lo más escabroso que recordaba haber vivido.
―¿Lo hiciste?
―Nunca me llamaron la atención los de mi mismo sexo, no cuando las mujeres son suaves, bonitas, dulces y pueden tornarse en auténticos volcanes si uno sabe cómo hacerlas entrar en erupción. Pero te aseguro que hice bastantes excentricidades. ―Y no se incriminaría más.
―¿Isobel lo sabe? ¿Es consciente de lo que hiciste?
―Nunca le he dado detalles, pero intimo con ella, frecuentemente además ―eso sí podía decirlo―, sabe lo que me gusta hacer, lo que le demando, lo que yo fui cuando era un hombre soltero e intuye que fui, sabe que soy ―apostilló―: muy perverso.
Si me preguntase se lo contaría, porque no tengo secretos con ella, pero Isobel solo necesita saber, y lo sabe ―precisó con ahínco―, que ella es la única mujer para mí.
La que elegí para casarme, para amar y serle fiel.
Ha habido un largo desfile antes que ella.
Perversiones, sí. ¿Y qué? Yo la elegí entre todas y ella me hizo el gran favor de ver más allá de lo que era, un duque vanidoso aunque sumamente inteligente ―le sonrió a Snow―, y me aceptó para amarme y serme fiel.
Lo que hubo antes de que decidiésemos compartir nuestra vida como uno, no importa.
Cuenta lo que hicimos a partir de ahí. Somos felices porque trabajamos cada día para serlo.
Somos una pareja sólida porque nos enamoramos cada día el uno del otro.
Somos perfectos porque cuidamos la llama que arde entre nosotros.
Snow suspiró. Comprendía perfectamente las reflexiones que le decía el duque y, sin embargo, su problema no parecía tener solución.