Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

―Estás hablando de tu hermana, no creo que tengas ganas de averiguar lo que hacemos en la intimidad. ―Nada. No hacían nada. Pero Bruce no tenía por qué enterarse.

―Yo me pasearía con la camisa abierta ante sus ojos, porque cuando me dijiste lo que ibas a hacer, me pareció una locura, pero viendo el óleo sobre el lienzo que se presenta ante nuestros ojos ―dijo en alusión a la pareja que actuaba sobre el escenario con gran compenetración―, podría serte de gran ayuda.

―Lo del escenario no es un cuadro inmortal, es algo sin importancia que pronto terminará ―dijo con los dientes apretados.

―Yo en tu lugar no estaría tan seguro. No sé si sentir admiración por la contención que demuestras o considerarte un hombre sin pe… ―Se veía a punto de saltar sobre el escenario, tal vez Bruce no hubiese tenido que incitarlo.

―Basta, Pharma ―lo cortó―. O sufrirás la ira que no puedo volcar contra ese maldito Digory.

―Vaya, vaya, vaya… ―Llegó una voz femenina por la derecha.

Theodore masculló una maldición ininteligible. Bruce se debatió entre centrarse en el espectáculo que tenía enfrente o ver el que se iba a producir a su derecha. Ophelia White estaba a su lado.

―¿Qué quieres? ―le preguntó con enfado Theodore.

―¿Esas son formas de tratar a una vieja amiga, Snow?

―Nunca fuimos amigos ―respondió Theo.

―Eso es verdad, fuimos mucho más. ¿No es cierto? ―señaló ella melosa.

―No. Ahora, te rogaría que siguieses tu camino, por favor.

―No lleva el anillo de esmeraldas que te negaste a darme, pero recuerdo que usaba velo y no es habitual emplearlo aquí, es más cómodo decantarse por la máscara, como has hecho tú, aunque no entiendo tus motivos para ocultarte.

Nunca antes lo hiciste. Sé que es tu esposa la que está ahí arriba jugando a ser…

No sé bien lo que pretende, pero es interesante verte conteniendo la rabia de saber que otro la toca.

Aunque la posesividad nunca fue uno de tus encantos.

―Te regalé el anillo de rubís precisamente para que me dejases en paz. Lo prometiste. ¿Por qué no lo haces? ―Deseaba sacudírsela de encima.

―Sí… Me gustó verle la cara cuando se lo mostré.

No parecía afectada, pero sé que lo estaba.

Yo lo hubiese estado, y mucho. Llevar prácticamente el mismo anillo que una amante…

No me engañó. Aunque fue todavía mucho más divertido verla salir corriendo cuando le dije cómo te gustaba tomarme por detrás mientras tu mejor amigo lo hacía por delante al mismo tiempo.

¿O fue al revés? Bueno, no importa porque lo hicimos de las dos formas.

¿Tú lo recuerdas, Pharma? ―le preguntó a Bruce, puesto que las máscaras no habían logrado evitar que los reconociese a ambos.

Eso y que había escuchado a Helen Cook advertir sobre posibles problemas a un par de matones que se ocupaban de la seguridad del club.

―Ve-te a-ho-ra ―le ordenó Snow con una clara amenaza, sintiendo que la bilis le subía por el estómago.

―Por supuesto. He cumplido mi cometido y ya puedo marcharme. Te dije el día que me abandonaste que lo lamentarías. Me he cobrado la afrenta. Por lo que a mí respecta estamos en paz, Snow. Pharma…, me alegro de verte ―le dijo en tono burlón mientras se marchaba.

Hubo unos minutos muy angustiosos. Ambos estaban asimilando lo que acababa de suceder. Theodore lo veía todo negro.

―Di algo ―lo instó el conde cuando la mujer ya no estuvo cerca.

―Dios santo… Mi hermana te lo hará pagar, Snow. Ophelia le dijo a Liberty lo que hicimos… ―Bruce estaba mareado y asqueado a partes iguales.

―Una cosa de la que juramos no volver a hablar jamás, que se sintió del todo extraña, incómoda y que no volvió a repetirse. Preciso soluciones, no un recordatorio del fango en el que estoy metido.

―Pero ella lo sabe. Mi dulce hermana, lo sabe… ―repitió, comprendiendo que nunca podría mirarla a los ojos.

―Sé que lo sabe, maldita sea, eso, lo del anillo y… Dios sabe qué más le habrá dicho Ophelia.

―No tienes ni una sola oportunidad ―expresó cuando vio que Ethan sostenía la mano desnuda de Liberty entre la suya para después darle un beso ahí.

***

Desde que comenzó a cantar, Liberty había estado nerviosa. Sentía algo muy diferente en Ethan Digory. No solo por las veces que había pasado su mano por su espalda, por su rostro, por el modo en el que la abrazaba cuando la canción hablaba de amor…

Él estaba actuando demasiado bien. Y aunque al principio pensó que se debería al número que estaban ofreciendo, por los asuntos sobre los que trataba la canción, pronto se dio cuenta de que era mucho más.

Bajo el velo podía ver tibiamente sus ojos, su expresión, el modo tan sincero en el que le cantaba las palabras…

No perdía ocasión de estar cerca de ella, de tocarla, de sostenerla, de acercarla hasta él. Liberty comenzó a sentirse mareada. Deseaba que la actuación acabase. Alegaría un dolor de cabeza y se marcharía de inmediato. No podía…

Pero cuando la canción terminó, y él le sostuvo la mano para después llevársela a la boca y darle un beso en el que intervino su lengua para lamerle el dorso…

―¿Me amas? ―le preguntó sin poder contenerse, y frente a todo el público.

Ethan no tuvo la fuerza de voluntad necesaria para seguir en silencio. No se había propuesto darse a conocer, pero tanto se había metido en el papel del enamorado, que no logró separar sus sentimientos de lo que era una bonita actuación.

―Con todo mi corazón ―le dijo él ya sin música.

―¿Desde cuándo?

―Años ―respondió.

―¡Beso, beso, beso! ―tarareaba el público.

―¡Dios mío! Lo siento… ―le susurró Liberty, sabiendo que él habría tenido que pasar el mismo infierno que ella a causa de la falta de atención por parte de Snow.

Ethan le sonrió.

―No era lo que esperaba que dijeses.

―Ethan… ―Liberty no pudo soportarlo más. Todo el público estaba demandando un final feliz que ella no podía ofrecer. No era una mujer libre. No amaba al hombre que le sonreía con franqueza. Ay, pero hubiera sido mucho más fácil si lo hubiese hecho.

La condesa de Snow se marchó corriendo del escenario.

Ethan no osó ir tras ella. Comprendía que necesitaba tiempo para asimilar una revelación que no había deseado dar a conocer.

Mientras, Bruce tuvo que agarrar también a Theodore para que no saliese tras los pasos de Liberty.

―¡Suéltame!

―No hagas esto más incómodo para mi hermana. Piensa un poco.

―Se acaba de declarar a mi mujer… ¿Tú te quedarías quieto y en silencio? ―Estaba tan lleno de furia… En cuanto llegase a casa se encerraría en la habitación secreta para golpear, golpear y golpear… El saco iba a tener que ayudarlo porque…

―Antes de que apareciese Ophelia con sus revelaciones te habría animado a ir a darle un puñetazo a Digory y cargarte al hombro a Liberty. Ahora no es el momento.

―¡Maldita sea! ―gritó para luego marcharse en la otra dirección a la que lo había hecho Liberty.

Al menos el maldito que babeaba por su esposa no había ido corriendo tras sus pasos.