Capítulo 12 #3
Lady Snow le había enviado una nota a Ethan para pedirle que pasase a recogerla en casa de Jenna, lugar en el que se había refugiado durante el día, pues su amiga le dijo que tenía las puertas abiertas aunque no estuviese en Londres para recibirla y ella aprovechó la invitación.
Esa noche, más que nunca, necesitaba olvidarse de todo. Cantar se había convertido en una salida maravillosa para evadirse de la realidad.
Se había escabullido del hogar de los Donaldson justo cuando el reloj de pared del comedor dio la hora en la que se había citado con su querido amigo. Subió al carruaje y entonces Ethan se quedó asombrado.
―¿Dónde está Snow Segundo?
―Con mi esposo ―dijo simple y llanamente.
―¿Con…?
―Sí. Lord Snow llegó ayer.
―¿Estás bien?
―Perfectamente.
―Liberty…
―No. Sé que vas a hacerme cambiar de opinión sobre ir al club. No llevo un vestido adecuado para simular ser una cantante algo ligera de cascos, pero tendrá que servir. Y fue una suerte que no enviases junto con las horquillas el sombrero que me dejé en el carruaje.
―¡Las flores! ―exclamó al darse cuenta de que el conde pudo haberlas visto. El sombrero lo retuvo por egoísmo, pues deseaba tener una parte de ella.
―Tranquilo, las vio y le pareció de lo más natural que otro hombre me enviase lirios blancos, mis preferidos. Dudo que incluso sepa que son mis flores favoritas.
―¿Has hablado con él, al menos?
―¿Sobre qué? ―Ethan sabía que estaba a la defensiva y la comprendía.
―Hay muchos asuntos que deberías poner en orden. Especialmente lo de la anulación matrimonial.
―Mi padre no me ha dicho nada todavía. Seguramente no quiere arriesgarse a…
―No lo ha dejado apartado. Yo mismo he estado recabando documentación sobre antecedentes similares ―le aclaró.
―¿La presentará?
―Lo hará cuando esté lista y tú lo autorices a hacerlo. ¿Sigues queriendo ir al club?
―¿Has traído el sombrero como te pedí? ―Tenía varios, pero se los había dejado en casa antes de salir huyendo para refugiarse en la casa de los Donaldson.
―Aquí está. ―Él se lo tendió.
―No sé cómo lograré entrar en el club sin que me vean.
Tendré que buscar a Helen para que me ayude a colocármelo.
No quiero correr el riesgo de que alguien pueda reconocerme sin el velo.
¡Ay, ya sé! Podrías ir a buscarla mientras aguardo en el carruaje y así me lo podrá colocar aquí dentro.
Yo soy terrible en cuanto a peinados se refiere. No sé hacer nada con mi pelo.
―Date la vuelta, yo seré tu doncella ―le dijo, mientras saltaba al sillón de enfrente para comenzar a ayudarla.
―¿Sabes colocar un sombrero? ―preguntó extrañada.
―Ayudaba a mi madre cuando era pequeño ―le aclaró―. Creo que podré defenderme, aunque no esperes algo sofisticado.
―Estás lleno de sorpresas, Ethan Digory ―le expuso mientras le pasaba las horquillas para que él le colocase el complemento. Pasados unos minutos le dijo―: Tienes unas manos mágicas. No he sentido ni un solo pinchazo.
―Podría pasarme el día tocándote el pelo, Liberty. Es precioso. Tan suave…
―Creo que Snow no me ha rozado ni un solo cabello desde que lo conozco ―dijo con tristeza.
―Pues no se imagina lo que se pierde. Podemos hacer una cosa…
―¿Qué? ―preguntó cuando él se quedó callado.
―Contrátame como tu doncella.
La condesa se rio con ligereza.
―No sería apropiado. Aunque no descartaré la oferta. Todo dependerá de cómo vea el resultado final cuando tenga un espejo enfrente de mí.
―¿Dudas de mis habilidades, Liberty Pharma?
―Ay, por supuesto que no, señor Digory. ―Ella se quedó callada y suspiró.
Ethan había terminado de arreglarle el sombrero, pero el velo estaba descubierto. La giró para que lo mirase y le tomó una mano con la suya. Liberty se la apretó.
―¿Qué ocurre?
―Realmente soy Liberty Pharma. No Dreyer, tampoco lady Snow. ¿Verdad?
―¿Por qué dices eso? Solo fue un descuido mío, llevas muchos años siendo la señorita Liberty Pharma para mí. Me cuesta acostumbrarme a que seas una dama casada. Lo siento.
―No te disculpes, tú no tienes la culpa de que mi matrimonio haya fracasado. La culpa es mía y solo mía porque soy demasiado testaruda, y me tomo muy en serio los juramentos.
―¿Qué juramentos?
―No me hagas caso. Me siento melancólica esta noche. ¿Qué vamos a cantar hoy? ―preguntó tratando de parecer más alegre―. Mi ayudante canino no está, así que podrías unirte a mí en el escenario más de la cuenta. ¿Te apetecería?
―Me encantaría. ¿Qué te parece si cantamos la canción de la dama perdida y el caballero que la enamora?
―Buena idea. Que yo no haya logrado conocer el verdadero amor, no implica que no pueda cantar sobre él. Me parece una opción del todo perfecta. ― «Tú sí que eres perfecta», quiso haberle dicho Ethan. No se aprovecharía de la inseguridad y el desánimo de Liberty. No sería él si lo hiciera.
―Entonces tenemos la primera. ¿Cuál será la segunda?
―Amistad. Hablaremos del panadero y su amiga la aguadora. De cómo ambos forjan una amistad que sostendrán hasta el final de los días.
―Soy tu amigo, Liberty. Puedes confiar en mí. Te lo prometo. ―Oh, aunque la deseaba mucho más que a una amiga, pero si ella solo podía ofrecerle eso, lo tomaría sin rechistar.
Ella le sonrió.
―No lo he dudado ni por un instante.
No hubo más tiempo para conversación. El carruaje se había detenido y bajaron para adentrarse en el club.
Esa noche Ethan y Liberty tenían a un par de conocidos que estaban impacientes porque comenzase la actuación.
Theodore y Bruce figuraban entre el público, ataviados con un par de máscaras.
Por su parte, Cook, que había visto entrar a los amigos en el local mientras se colocaban una máscara sobre el rostro, se mantenía cerca esperando lo peor.
El regente del club había llamado a varios de sus hombres por si acaso estallaba una pelea.
El hermano de Cook y la condesa salieron a escena y el público los recibió con un gran aplauso.
―¿Estás seguro de que esa es mi hermana? ―le preguntó Bruce.
―Espera a que comience a cantar y enseguida la reconocerás.
―¿Cómo la reconociste tú? Estoy seguro de que no fue por el tono de su voz.
―Me dijeron su identidad. ―Tuvo que admitir con vergüenza por no haberse dado cuenta de que era Liberty quien cantaba cuando accedió al club la noche anterior.
―Lo sabía.
―Ella estaba sobre el escenario y solo me bastó una breve mirada para saber que era ella ―puntualizó de inmediato.
―Ya… ―No se creía nada.
―¿Has hablado con tu padre?
―Pronto iré. No es fácil explicarle que me he casado y que tiene un nieto.
―Ve a verlo mañana por la mañana, sin falta, y dile que me obligaste a acompañarte a Italia.
―¿Te obligué?
―Me lo suplicaste. Y como no lo reconozcas te daré un puñetazo ahora mismo.
―¿Qué te pasa? ―preguntó al sentir tanta violencia contra su persona.
―Es muy largo de contar, pero necesito que vayas mañana a verlo y le expliques lo buen amigo que soy y cuánto te he ayudado.
―¿Por qué?
―Porque tu hermana quiere deshacerse de mí, tu padre me odia y la ayudará.
―¿Qué le has hecho a Liberty?
―No quiero que me des un puñetazo. Será mejor que no te lo cuente ―admitió con desagrado.
―¿Infidelidad? Porque si es eso, ella te lo hará pagar…
Puede que ya lo esté haciendo ―dijo Bruce, cuando vio la compenetración entre el dúo que cantaba una preciosa canción de amor llena de sentimiento.
¡Vaya! Su amigo estaba en serios problemas.
Liberty se veía… muy solícita con… ¡Dios santo!
No se había fijado, pero el hombre que la acompañaba era…
―No le he sido ni le seré infiel. ¿Quién es ese hombre? Te he traído aquí para ver si tú sabías quién demonios es. A alguien debo hacerle llegar el reto a duelo, y no tengo la menor idea de quién es ese maldito bastardo.
―¿No lo reconoces? ―preguntó incrédulo.
―No. ¿Debería?
―Creo que sí, porque estuvo en tu boda.
―Crees que tal y como estaba Liberty, me iba a fijar en otra persona. ―No mentía, su esposa estaba preciosa―. ¿Quién es?
―Ethan Digory, el único que no era de tu familia o la mía. ¿Cómo es que no lo has reconocido de inmediato?
―Digory… ¿El ayudante de tu padre?
―El mismo. ¿Todas las veces que viniste a mi casa y nunca te fijaste en su rostro?
―Liberty estaba allí, en tu casa, no te habría visto ni a ti si no fuese porque eres mi mejor amigo ―explicó.
―Vaya, desconocía esa fijación por mi hermana, aunque la sospechaba, pero tú lo negabas a todas horas y me hiciste creerte.
―Eso demuestra que yo soy muy bueno ocultando las cosas o que tú eres el peor amigo del mundo.
―Creo que será lo primero. De todos modos, no eres muy inteligente, Snow.
―Al final… vas a recibir un puñetazo, Bruce.
―Déjame decirte que debiste prestar más atención al ayudante de mi padre, porque ese hombre al que sospecho que no creíste una amenaza, está perdidamente enamorado de mi hermana.
―¿Qué? ―graznó.
―Por lo que sé, pretendía casarse con ella, pero tuviste suerte y la sedujiste antes de que Ethan pudiese declararse. El tipo compró un anillo y todo.
―¡¿Qué?! ―volvió a graznar.
―Tienes un verdadero problema… ―dijo mientras Bruce miraba con atención al escenario.
Liberty estaba junto a Ethan, quien la tenía sujeta por la cintura, alzada al aire y le daba vueltas girando sobre sí mismos, mientras ella se reía. La canción trataba sobre amor. Un amor puro, inquebrantable. Y la pareja lo estaba interpretando muy bien.
La canción avanzaba y, cada vez, Theodore sentía la imperiosa necesidad de levantarse y…
No podía hacerlo. Cook estaba como un halcón al acecho y había visto a un par de sus fornidos hombres atentos.
No avergonzaría así a Liberty. Se acordó de todas las veces que ella, que lo amaba, había tenido que cubrirlo mientras hacía tonterías que preferiría no haber hecho con aquellas damas que no significaban nada para él.
Soportaría los celos por ella. Solo por ella. Los merecía.
―¿Mi hermana sabe lo que escondes en el torso?
―No ―refunfuñó.
―¿Lo haces con las velas apagadas?