Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

―Liberty sabe que la amo. Lo sabe desde hace muchos años. ―Se dio cuenta de que el padre de su esposa torcía el gesto y se ponía recto en la silla.

―¿La tocó antes de aquella fatídica noche? ―Ahí estaba el abogado de nuevo. Un interrogatorio en toda regla.

Snow tragó con fuerza. Los sueños que había tenido con ella no contaban, ¿cierto? Porque había uno en especial que jamás podría olvidar por lo real que lo sintió. Ella desnuda, frente a él mientras… No era el momento de tener esos pensamientos. Era hora de mantener la mente fría.

―Los asuntos íntimos que tienen que ver entre Liberty y yo, se quedan entre nosotros. Ella es mi esposa. Mi condesa. Y solo si me mata, señor Pharma, podrá deshacer el matrimonio. ―Al fin entró en materia.

El abogado le ofreció una sonrisa tensa.

―¿Está seguro de que quiere meter ese tipo de ideas en mi mente? Si lo mato, podría incluso salir de la cárcel.

―Mire, sé que está enfadado conmigo, y que tiene toda la razón del mundo para estarlo. No me comporté bien en su momento.

―En muchos momentos ―puntualizó con acritud.

―En muchos ―concedió Theodore, sabiendo que nada aplacaría al abogado y no quería darle más munición―.

Pero estoy dispuesto a recapacitar, a demostrarle a mi esposa que fui una buena opción, que soy un excelente marido, que seré un padre adecuado como lo es usted, como lo ha sido el duque de York para mí.

―Le pareció prudente usar la baza del duque.

Eso podría influenciarlo… ¿no? Estar emparentado con un duque, más si era York, era una ventaja.

Cansado ya de mantener las formas, el padre de Liberty se puso de pie, le dio un puñetazo a la mesa y lo miró con rabia.

―¿Se atreve a venir aquí a recitarme esa sarta de tonterías?

―No son tonterías, señor Pharma. ―El conde permanecía quieto y se mostraba tranquilo pese a la violenta reacción del abogado. No había querido inmutarse.

El perro por el contrario estaba alerta, con las orejas muy tiesas y dispuesto a intervenir si hacía falta. Snow no tenía claro si se sumaría a su equipo o al del padre de Liberty.

―Sedujo a mi pequeña. Se casó con ella, no consumó su matrimonio y luego se marchó, a la mañana siguiente, para seguir con sus fechorías con Bruce.

Cuatro malditos meses. No entiendo cómo mi hijo permitió semejante locura, pero, yo no me quedaré callado mientras mi pequeña sufre.

Mientras tiene que soportar las habladurías. ¡La dejó atrás!

Bien. Él lo sabía. Sabía que no había consumado su matrimonio.

De pronto le pareció que la urgencia por hacer el amor con su condesa era algo de vida o muerte.

Esa sería la baza que el señor Pharma tenía bajo la manga para lograr la anulación.

Había tenido que interrogar a Liberty despiadadamente si ella había confesado una cosa tan personal e íntima.

Dispuesto a no amedrentarse, Snow se cuadró. El señor Pharma permanecía de pie y no parecía tener motivos para sentarse. Era como si lo estuviese echando del despacho. Bueno, Theodore no había terminado de exponer su defensa aún.

―La dejé en compañía de los duques de York.

Me marché para ayudar a un amigo que me necesitaba.

No elegí entre mi mejor amigo y mi esposa.

Solo opté por ayudar a Bruce porque Liberty estaba casada conmigo, gozaba de mi protección, de mi título, de mi apellido, de mis fondos, y todas y cada una de mis posesiones.

No la abandoné en ningún momento. Solo me ausenté porque era lo que tenía que hacer.

Tan seguro estaba de la lealtad de mi esposa que me fui sabiendo que podía dejarla sola, porque confío en ella.

―¿Y usted? ¿Puede serle fiel? ¿Lo ha sido? ¿Confía ella en usted?

―Sí. Y tan seguro estuve de mí mismo que me marché sabiendo que ninguna otra mujer podría tentarme jamás ―se vio en la obligación de explicar con sinceridad―. Se lo he dicho y su hijo puede confirmar mis palabras. No necesito a nadie porque tengo a Liberty a mi lado.

―¿Qué pasó en Italia? ¿Por qué esa imperiosa necesidad de ayudar a mi hijo, cuando él no me ha explicado nada?

―Le aseguro que Bruce pronto se lo explicará. Es una cuestión privada suya y no me corresponde hablar por él.

El abogado lo examinó como si fuese un juez tratando de delimitar si era culpable o inocente.

―La petición de anulación se presentará si mi hija, si mi cliente ―apostilló con retintín―, me lo pide.

Le tocó el turno de sonreír a Snow.

―Entonces no tengo de qué preocuparme, porque Liberty no desharía jamás esta unión.

―¿Ah, no? ―El maldito abogado había cambiado su expresión y todavía se sentía más burlesca que las otras que había usado con anterioridad.

―Tan seguro como que el sol sale por el este y se pone por el oeste, señor Pharma.

―Mira, muchacho, no es ningún secreto que no me has sido simpático nunca. ―Cambió a la informalidad.

―Lo sé. ―Siempre había sentido ese recelo sobre él por parte del padre de Liberty.

―Tampoco aprobé tu matrimonio con mi hija porque había otro hombre mucho mejor que tú, que la amaba y que podría haberla hecho muy feliz.

―¿Quién? ―la pregunta salió sin que pudiese detenerla. Observó al señor Pharma sonreírle pletórico.

―Alguien a quien le recomendaré encarecidamente que se acerque a mi hija cuando logre que se libre de ti.

―Liberty no me abandonará jamás ―espetó con seguridad.

El padre de Liberty alzó esa nariz tan señorial que le había dado en herencia a su condesa. Lo miró con una ceja levantada. Snow intuyó que se avecinaba algo así como un golpe de gracia, como si estuviese dando su alegato final, sus conclusiones sobre el caso, ante un gran jurado.

―Llevo semanas trabajando en la petición de anulación de la unión.

Empecé con la redacción en el instante en el que mi pequeña me pidió que lo hiciera, justo cuando confesó, llena de pesar y vergüenza, que su esposo no había consumado el matrimonio.

Un padre que ama a su hija tuvo que ser testigo de la desgracia más extrema, tuve que escuchar cómo ella explicó que te amaba y que por eso era mejor dejarte libre.

Tuve que oír cómo ella susurraba que estarías contento con recibir la noticia.

―¡Miente! ―Snow se puso de pie y la silla cayó sobre el suelo. El perro se levantó de inmediato y comenzó a ladrar―. ¡Silencio, Snow Segundo! ―le ordenó. El can se silenció y se colocó a su lado, sentado de nuevo.

―Solo necesitas preguntárselo a tu esposa, Snow.

No sé qué más le habrás hecho a mi pequeña, porque estoy seguro de que la lista de humillaciones no termina con las que Liberty se vio obligada a compartir conmigo, pero ella está muy decidida a separar su camino del tuyo.

Y yo la apoyo. No hace falta que te aclare que soy uno de los mejores abogados de Londres y que logré una anulación años atrás.

―No puede hacerle eso a su hija. Ella no puede estar de acuerdo con alejarse de mí ―dijo, desesperado, al comprender que la lista de esas humillaciones a la que había aludido el señor Pharma sí era bastante larga―.

Sabe lo que supondrá llevar el asunto al Parlamento.

Yo quedaré sumergido en el fango, pero a ella la destruirán.

―Oh, pero mi hija ha sopesado con atención sus opciones y las consecuencias y, pese a ello, me instó a ayudarla.

Además, ella no tiene de qué preocuparse.

Liberty cuenta con una buena amiga, la señora Donaldson, que antaño fue una rica heredera y goza de prestigio y excelentes finanzas, y por lo que he podido saber ―porque Ethan se lo había dicho a primera hora de esa mañana cuando habían estado trabajando juntos―, está dispuesta a cobijarla bajo su ala y llevársela a Boston.

Y no estará sola, ya te he dicho que hay un hombre que la ama y que puede hacerla feliz. Él la seguirá a donde vaya.

Snow se tragó una maldición y apretó los puños con fuerza.

―Ella me ama a mí. No importa a cuantos petimetres ponga a desfilar bajo su nariz.

No importa que Jenna Donaldson ―él la conocía― se ofrezca a cuidarla, porque le aseguro que mi matrimonio no va a deshacerse.

Se lo juro, señor Pharma. Será mejor que saque una pistola y me pegue un tiro ahora mismo, y luego asegúrese de cavar bien hondo mi tumba, porque de entre los muertos saldré para reclamar lo que es mío.

Pelearé por la mujer que amo, deseo y me pertenece hasta que no me queden fuerzas.

―¡Fuera de aquí! ―ladró esta vez Leopold.

Hubo un silencio breve. Del todo incómodo.

―Me iré, pero usted no moverá un dedo sobre la petición de anulación hasta que Liberty se lo pida.

―Haré lo que tenga que hacer. No respondo ante ti, muchacho insolente.

Bastante daño le has causado ya a mi hija.

No permitiré que sigas lastimándola. Y si tuvieses un ápice de decencia facilitarías las cosas y usarías la influencia de ese duque, al que tanto has nombrado y que poco me impresiona, para solicitar el favor del rey y dejarla libre de tu yugo.

―Ya lo veremos, señor Pharma.

Se marchó de allí sin anudar a Snow Segundo. El perro lo siguió sin necesidad de correa.

Cuando el conde llegó a su casa para hablar muy seriamente con su esposa, ella no estaba allí.

Esperó durante toda la tarde y tampoco apareció. Cuando el sol se puso y la noche cayó, supo exactamente dónde tenía que ir para encontrarla.

Le mandó una misiva a Bruce para que se encontrase con él en El placer del infierno. Ya que no contaba con el apoyo del padre, al menos usaría lo que su mejor amigo pudiese decirle para lograr ablandar el corazón de Liberty.

¿Por qué ella pediría la anulación? ¿Por qué, después de lograr convertirse en su esposa? ¿Por haberla abandonado y no haberle hecho el amor? Pudiera ser, sí. Porque ella había soportado lo indecible y en algún punto se le debió acabar la paciencia.

***