Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12
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Capítulo 12

Seducir a una dama

No le había gritado. Ni tan siquiera le había recriminado nada con violencia. Y por eso lord Snow se sentía todavía más miserable de lo que ya era.

Theodore estaba devastado. Ella era tremendamente infeliz. Lo había sido desde hacía muchos años. El conde se lo figuró. La amaba con todas sus fuerzas y uno no dañaba lo que adoraba. La había herido tanto y de tantas formas que no sabía si lograría llegar hasta ella.

Unas simples flores, unas horquillas, un canto a dúo y un baile lo tenían al borde de la desesperación.

¿Cómo se habría sentido ella años atrás cuando él se divertía sin tener en cuenta más que el placer y las ganas de tener más muescas en su cinturón?

Las mujeres que habían pasado por su vida antes de Liberty no eran nada para él.

Placer efímero. Una experiencia para un muchacho que deseaba dominar el arte de la seducción, de la lujuria.

Error. No había un «antes de Liberty». La hermana de Bruce había estado durante mucho tiempo en su vida.

Él había tratado de evitarla y olvidarse de ella sin demasiado éxito.

Comprendió tarde que podrían desfilar mil mujeres por su lecho pero que solo la necesitaba a ella , tal y como su esposa vaticinó meses atrás .

En aquella noche de bodas que no terminó de hacerle el amor.

¿Cómo podía explicarle a su mujer que no se permitió pensar en ella por miedo a tenerla en la cama?

Eso sonaba terriblemente mal incluso en su pensamiento.

Cuando la vio desaparecer del comedor, se sentó en el suelo, sosteniendo el comedero del perro, y procedió a darle los trozos más grandes con la mano. Era necesario que el can se familiarizase con él, que lo tolerase, y no había un camino más rápido que alimentarlo con su propia mano.

El mayor problema era que si Snow Segundo percibía todas las emociones de su esposa, también sentiría la tristeza que él le producía. Y eso sí era un gran inconveniente que no sabía cómo podría saldar.

En el momento en el que terminó de darle la comida al perro, lo acarició, se limpió las manos y luego lo urgió a ir con él hasta la calle. Snow Segundo había sido muy reacio a seguirlo por sus propias pezuñas.

Cuando Theo abrió la puerta principal, el perro se había sentado, mirando hacia el lugar por donde seguramente percibía el olor de su mujer. Ella olía a lirios blancos, las mismas flores que su rival, uno que iba a tomarse muy en serio, le había enviado a su condesa.

―¡Smith! ―Theo llamó a su mayordomo, quien se personó de inmediato ante él. Snow ya estaba con el abrigo puesto, los guantes, el sombrero y sostenía el bastón en su mano―. Cuando la condesa se lleva al perro, ¿lo pasea siempre suelto? ―le preguntó.

―Si se refiere a que no usa correa, es así. Snow Segundo sencillamente pasea a su lado.

El conde se había imaginado que así sería. Parecía que Liberty y el perro eran uno solo.

―¿Hay un correa en alguna parte que pueda usar?

―Sí, milord. Se la traeré de inmediato.

El hombre se ausentó unos minutos y regresó con lo solicitado.

Theo le colocó alrededor del cuello una correa de cuero negro que iba anudada y de la cual sobresalía la cuerda del mismo material. Sospechaba que Liberty se la había hecho especialmente para él. Era un trabajo muy fino y elaborado. Miró a Snow Segundo.

―No hace falta que te pavonees, sé que ella te ha regalado esta correa que te molesta que yo use sobre ti, pero la llevarás porque Liberty te la compró.

―El perro le ladró como si lo hubiese entendido y estuviese de acuerdo en todo lo que expuso―.

No importa lo que ella diga, no comerás en mi mesa y más te vale que no me entere de que duermes en su cama, porque cuando yo entre allí, cosa que no tardaré mucho en hacer, no habrá lugar para ti allí.

¿Lo entiendes? ―Snow Segundo no le gruñó ni ladró.

El conde masculló una maldición, porque estaba seguro de que el can acababa de reírse de él, como si supiera que no lograría abrirse camino hasta el lecho de Liberty. Bien. Iba a demostrarle que se equivocaba. Y lo haría pronto.

Ambos Snow salieron de paseo. El perro se comportó muy dócilmente para sorpresa de Theodore. No le daba tirones e iba a su lado, siguiendo su paso. Incluso cuando usaron el carruaje estuvo a su lado, sentado en el suelo sin reclamarle nada.

Entraron en la joyería de confianza del conde y le explicó al artesano que necesitaba un anillo como el que le había encargado años atrás para dárselo a Ophelia White.

Pero que en vez de un rubí tenía que ser exactamente como el que le trajo de muestra.

Maldita fuese la hora en que una noche le habló del anillo y ella se empeñó en verlo y él acabó mostrándoselo.

Le pidió ese anillo como regalo de despedida.

Era habitual entregar una joya cara cuando un hombre rompía una relación con su amante.

Theodore la convenció de que era el de la condesa, y al final optó por regalarle uno similar con un gran rubí y otros rubís alrededor pero más pequeños.

Ya en aquel momento sentía que el anillo familiar tenía que estar en el dedo de Liberty.

Tantos años negándose a pensar en ella de ese modo y…

El conde le ofreció al joyero una suma más que considerable si tenía el anillo listo para el día siguiente.

Puesto que el joyero tenía una esmeralda grande y otras más pequeñas y también el patrón del otro anillo que le hizo para Ophelia, le dijo que podía cumplir con el encargo sin problemas.

Sospechaba que se pasaría toda la noche trabajando.

No importaba el gasto ni el esfuerzo del buen hombre.

Su esposa tenía que llevar su anillo. El resto de los hombres tenían que saber que le pertenecía.

Se quedó pensativo cuando salió de la joyería y se dio cuenta de que salvo el anillo no le había dado la pulsera, los pendientes y la gargantilla que le pertenecían por derecho a la condesa.

Lo solventaría de inmediato. Además, había otras joyas en la caja fuerte que tenían que estar en posesión de Liberty.

―Sé que tienes ganas de verla, no más que yo, te lo aseguro, pero nos queda otra parada y me vendrás muy bien para enfrentarme a su padre. Espero que me defiendas igual que a Liberty si el señor Pharma se lanza sobre mí con un cuchillo en la mano. ¿Lo harías, Snow Segundo?

El perro ladró. Y Theodore no supo si estaba diciéndole que lo ayudaría a él o al padre de Liberty a terminar con su vida.

Subió al carruaje y en pocos minutos se encontró en la puerta del señor Pharma. Llamó debidamente y en un pestañeo estaba accediendo al despacho del padre de Liberty. El abogado estaba sentado. Por descontado el padre de su esposa no se levantó para recibirlo.

El conde le quitó el collar al perro, se sentó en una silla frente a Pharma y le ordenó a Snow Segundo que se colocase a su lado. El perro se sentó tal y como él le demandó. Bueno. Era un avance muy interesante. Solo faltaba que no le marcase la carne cuando trataba de besar a Liberty.

―¿Cuándo llegó? ―le preguntó el abogado con formalidad, pero en un tono beligerante.

Snow se había convertido en un acusado. Lo sabía y no podía lamentarse.

―Ayer.

―Cuatro meses fuera… son muchos para estar alejado de una esposa, más para un recién casado.

―Estaba con su hijo, señor Pharma. Bruce puede darle buena cuenta de mi comportamiento modélico mientras estuve separado de mi esposa.

―Su esposa… Dos palabras que tienen mucho significado y que usted no sabe apreciar.

―Entiendo su enfado y su molestia, señor…

―No ―lo cortó―. No lo entiende en absoluto porque no tiene ninguna hija. Y posiblemente no la conciba nunca. No, al menos, con Liberty.

―Tengo la intención de perpetuar mi linaje, señor Pharma. Se lo aseguro. Y su hija será la madre de cada uno de los pequeños que el cielo decida enviarnos.

―¿Ah, sí? ―preguntó con un brillo que Snow no supo identificar.

―Sí ―le aseguró con convicción.

―¿Sabe cuándo engendramos a Bruce, la difunta señora Pharma y yo, Snow? ―inquirió con cierta burla que el conde no alcanzaba a comprender.

―No, señor ―respondió con suavidad. No necesitaba saberlo tampoco, pero parecía un dato muy importante para el hombre que lo miraba con ira contenida.

―En nuestra noche de bodas. Después de recitar nuestros votos, ni antes, ni meses después. Tal y como debe ser.

El corazón de Snow comenzó a bombear con fuerzas. Se sentía como un criminal al que habían pescado mintiendo ante el magistrado. Theodore tragó saliva, sintiéndose enfermo. ¿Lo sabía? ¿El padre de Liberty lo sabía?

―Verá, señor Pharma… yo…

―Mi hija ―lo cortó de inmediato― es un tesoro muy apreciado por mí.

Un padre que ama a sus hijos varones es habitual, por todo eso de ser su heredero, su misma imagen…

Bla, bla, bla… Pero las hijas son muy especiales.

Más la mía, que ha llevado la casa de modo admirable, que ha organizado mi despacho sin yo pedírselo, que ha transcrito mis notas sin yo solicitárselo porque en ocasiones ni yo mismo comprendía mi propia letra.

Liberty sabía cuándo yo enfermaba, y no necesitaba pedirle un caldo de pollo caliente porque me lo traía sin más, o un poco de láudano cuando mis cansados hombros se resentían por las horas que pasaba sentado repasando informes, contratos y otros documentos.

―Su hija, mi esposa ―puntualizó con mucha severidad las dos últimas palabras―, es única, formidable y maravillosa. No podía estar más satisfecho por llamarla lady Snow.

―¿Ah, sí? ―repitió de un modo que hizo que al conde se le erizase el vello de la nuca.

―Amo a Liberty con todo mi corazón, señor Pharma. ―No le mintió. Era así. Hacía mucho que eso había sido así, pero él no se había permitido sentirlo con libertad.

―¿Ah, sí? ―repitió mientras le sonreía, avisándolo de que no se creía nada.

―Sí. La amo y pelearé hasta desfallecer si tengo que hacerlo para demostrárselo.

―¿A mí o a ella, Snow? ―preguntó con ese brillo que no desaparecía de la mirada del abogado.