Capítulo 11 #3
―Liberty, si no quieres tener un problema serio, permitirás que nos conozcamos y nos llevemos bien, porque te aseguro que tengo intención de tocarte, de besarte, abrazarte y otras cosas más… muy a menudo y no pienso pelearme con él ―señaló al can que lo miraba con cara de pocos amigos― cada vez.
Liberty se quedó con la boca abierta. Snow levantó un dedo y procedió a cerrársela, impulsando su barbilla hacia arriba. El perro volvió a gruñirle, ofendido porque el conde la hubiese vuelto a tocar.
―Uhm…
―No admito réplicas, esposa. Ahora iremos a desayunar.
Lord Snow se dio la vuelta y le tendió el brazo. Ella colocó su mano sobre el antebrazo de su esposo, sobre la chaqueta de terciopelo burdeos que él se había puesto esa mañana. El perro ladró.
Theo lo miró y le dijo.
―¡Silencio! ―Fue una orden muy directa, en un tono muy enfadado. El can echó las orejas hacia atrás y miró a su dueña para ver si ella estaba conforme con lo sucedido. Liberty no dijo nada y el perro lobo pareció retroceder y cambiar su actitud.
Los ojos de Liberty se quedaron fijos en los lirios blancos. Se tensó. Sabía de quién eran. De Ethan. Vio al lado un fardo de reducidas dimensiones y supuso que serían las horquillas. No era la primera vez que olvidaba las horquillas en el carruaje.
―Oh, las flores… Lamento decirte que no me ha dado tiempo a salir a comprártelas.
No son mías. Lo sé, querida, no tengo perdón por no haber sido tan detallista con mi esposa, la mujer a la que no he visto durante cuatro largos…
larguísimos meses, y a la que he echado terriblemente de menos.
No sé de quién serán, pero estoy seguro de que en mi ausencia habrás recibido muchísimas muestras de afecto, puesto que eres una dama preciosa, amable, leal y…
magnífica. Deberé tener cuidado, mucho. Aunque no dudo ni por un momento de tu lealtad hacia mí, hay hombres sin escrúpulos que podrían tratar de aprovecharse de tu buena voluntad.
Lo que me recuerda que tengo pendiente una visita a la joyería esta misma mañana.
Snow Segundo y yo adelantaremos nuestro paseo después de desayunar e iremos al joyero, pasaremos a comprar flores y unos cuantos dulces.
¡Bombones! Portman siempre presume de que hay una panadería en el East End, junto al club de Sullivan, El placer del infierno, que tiene los mejores bombones de todo Londres…
¿Cómo se llamaban? Oh, sí. Bombones Garland.
―El conde le tocó la cabeza al perro, se soltó de su mujer, se colocó delante de él, acuclillado, mirándolo directamente a los ojos para demostrarle que no le tenía ningún miedo―.
Así que tú y yo ya tenemos planes para pasar el resto de la mañana.
El conde se incorporó y se puso delante de Liberty. La miró con una intensidad que hizo que ella sintiese que sus rodillas se iban a derretir.
―¿Desayunamos? Tengo hambre ―apuntó, para romper el momento que su esposo había creado.
Estaba incómoda, porque no conocía a este Snow que tenía delante.
Tan acostumbrada como había estado a ir siempre detrás de él, a tener que luchar por hacerse notar frente al resto de mujeres y…
¿de pronto él simulaba estar a sus pies?
Demasiado bonito para ser verdad. Él tramaba algo.
Lo conocía demasiado bien como para no saber que algo se traía entre manos.
¿Pero el qué? Y lo más apremiante: ¿Cuál era el motivo de ese extraño cambio de actitud?
Entonces sucedió lo peor que podía ocurrir. Snow sonrió de ese modo único que él hacía cuando deseaba impresionar a una dama. No a ella. A una dama en la que estaba interesado por llevarse a la cama.
―Te daré de comer siempre que estés hambrienta, esposa.
Poco después, el conde estaba devorando los labios de Liberty.
De un modo tan experto, tan abrasador que Liberty tuvo la necesidad de echar sus manos a la nuca de él para no perder el equilibrio, pues su rodilla derecha estaba doblada, y su pie estaba en alto.
¡Qué beso! Un beso perfecto que le hizo doblar una pierna debido a la intensidad.
El conde se separó de ella y miró al perro, quien estaba gruñendo de un modo muy sonoro.
―Bueno… Es un progreso. Mejor un largo gruñido a que presiones mi piel con tus grandes colmillos.
―Snow Segundo… ¡no! ―lo regañó Liberty.
El perro echó las orejas hacia atrás y luego los siguió hasta el comedor. Cuando Snow se dio cuenta de que el perro lobo los seguía miró a su esposa.
―Supongo que no se sube a una silla y come sobre la mesa a tu lado… ¿O sí lo hace?
―Tiene su comedero ahí, junto al otro cacharro con agua. ―Señaló el lugar.
Un sirviente lo acababa de coger del suelo y se disponía a llenárselo de huevos, tostadas…
Snow acompañó a su esposa hasta su lugar en la mesa y luego tomó el metal donde comía el perro en las manos.
Se dispuso a seguir llenándolo de comida.
Cuando lo tuvo listo regresó a la mesa y pidió que les sirviesen el desayuno.
―¿No le pones la comida? ―le preguntó Liberty al ver que el comedero seguía sobre la mesa mientras ambos estaban desayunando. El perro estaba al lado del conde babeando, porque sabía que esa era su comida.
―Le daré de comer cuando yo termine. Y yo seré quien se la dé. Cuando se porte mal conmigo no comerá.
―Pero Snow Segundo siempre come conmigo… ―se quejó Liberty.
―Nuestro perro tiene que aprender, de una manera u otra, que soy tu esposo y tengo derecho a reclamarte del modo en el que quiera.
―Liberty resopló ante lo que Theodore acababa de señalar―.
¿Has dicho algo, querida? Porque no tengo inconveniente en enseñarte modales.
―Le guiñó un ojo―. De hecho, te aseguro que disfrutarías mucho con las ideas que me vienen a la mente para inculcarte…
disciplina ―terminó la explicación con esa sonrisa que la condesa comenzaba a odiar con todas sus fuerzas.
Ningún hombre tenía derecho a verse tan apuesto cuando sonreía.
En especial cuando su esposa estaba sumamente furiosa.
Liberty, en vez de enfurruñarse, le sonrió, mostrándole todos y cada uno de sus alineados y blancos dientes.
―¿Y quién te enseñará modales a ti, querido? ―preguntó dulcemente.
―¿Quieres subir a mi habitación y lo discutimos en privado? ¿O prefieres que te lo explique aquí? ―Los dos sirvientes que estaban en las esquinas desaparecieron de inmediato ante semejante insinuación.
Los mofletes de lady Snow se pusieron del color de los tomates maduros.
―No es gracioso avergonzarnos así a los dos delante del servicio ―lo regañó.
―No te recordaba tan tímida, Liberty ―observó sin perder la burla que reflejaban sus ojos―. No he olvidado lo que yo estaba haciendo y tú demandabas cuando el señor Florence nos interrumpió abruptamente. ¿Lo recuerdas, querida?
―¿Florence? No recuerdo especialmente ese nombre…
¿Te refieres a aquella fiesta en la que te metiste en la biblioteca con lady Marsh, mientras yo le pedía a su esposo que me ayudase a buscar a mi padre para que no te encontrase retozando con la dama?
¿O fue durante aquel picnic, por la noche, cuando decidiste equivocarte y meterte en la habitación de la señora Dambers, y yo tuve que entretener al amante en el salón de baile para que no descubriese que había sido reemplazado por ti?
―¡Dios santo, Liberty! ―exclamó en un tono que a la condesa no le gustó en absoluto―. ¿De verdad hiciste eso por mí? ―No había esperado esa salida por parte de ella.
Theodore recordaba muchas de esas cosas.
Siempre supuso que había corrido una inmerecida suerte cuando se arriesgaba tanto y salía indemne de sus aventuras amorosas.
¿Ella lo había protegido mientras él…? ¡Dios!
Su mujer seguramente estaba al tanto de casi todas sus correrías de soltero.
Se tragó un gemido de lástima. No por ella, sino por haber sido el hombre más miserable de toda la humanidad.
Había corrido como un semental tras todas las mujeres que le habían hecho caso, sin darse cuenta del diamante que tenía preparado y listo para él.
Liberty bajó los ojos. Le acababa de salir el tiro por la culata. Admitiendo todo eso no había previsto que sonase patético.
―De pronto no tengo hambre. ―Dejó los huevos a medio comer, junto con la tostada que había sostenido entre los dedos.
Se levantó de la silla y él hizo lo mismo.
Caminó hacia ella a grandes pasos y cuando fue a tocarla, la condesa alzó una mano para ponerla directamente frente al rostro de él―. No me toques, Snow.
―Liberty… ―Usó su nombre a modo de disculpa, de súplica, de arrepentimiento.
―¡No! ―exclamó de un modo que el perro ya estaba a su lado preparado para saltar sobre el conde.
―No tengo defensa alguna por mi comportamiento pasado, por ninguno de ellos ―precisó en clara alusión a cómo había actuado después de la boda―, pero, de verdad, hace poco que me di cuenta de que había estado equivocado con respecto a ti. Vengo dispuesto a enmendar la situación.
Liberty levantó los ojos del suelo y lo miró con severidad.
―Snow, no olvides darle la comida al perro.
Luego lo bordeó y se encaminó hacia la salida del comedor. Un ladrido, producido a su lado, hizo que ella se parase antes de salir. El perro deseaba seguirla, pero le estaba advirtiendo que no había comido.
―¿Qué ocurre? ―se interesó el conde, al ver que ella se quedaba parada mirando al can. Theo no osó acercarse a ella. Estaba alejado del perro y de Liberty. Parecía que perro y dueña estaban comunicándose en silencio.
―No quiere que me vaya, sabe que debe estar conmigo, pero me avisa de que tiene hambre y no ha comido.
―¿Cómo puedes entenderlo tan bien, Liberty? ¿Cómo puedes estar tan segura de que es eso lo que te señala? ―Estaba maravillado. Y celoso por la conexión que ambos tenían. Deseaba que fuese así entre él y su esposa.
Ella se ladeó para mirarlo. Le ofreció una sonrisa triste.
―Porque siempre estoy muy atenta y me preocupo por lo que amo.
Aunque no reciba el mismo trato que dispenso, soy incapaz de echarme a un lado y no proteger lo que debe ser cuidado.
Si me conocieses un poco, Snow, no hubieras hecho esa pregunta, porque habrías sabido la respuesta sin necesidad de emitirla.
―Luego bajó la mirada, acarició el lomo del perro lobo y le dijo, mientras miraba a los ojos al can―: Ve con él, te dará la comida cuando lo considere oportuno, porque pese a que la mereces tomar sentado en una silla y usando la mesa como soporte, él no lo ve así.
―Alzó el brazo derecho con un dedo apuntando al conde y el perro se movió hasta la posición indicada.