Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

El conde se quedó observando la retirada de su esposa. ¡Vaya! Liberty no era tan valiente como él creía, porque a todas luces estaba huyendo con mucha prisa. Se sonrió. Hasta que los ojos de él se dieron cuenta de un detalle del todo desconcertante.

―¡Liberty! ―la llamó en un tono preciso para hacer que ella se detuviese.

―¿Sí? ―preguntó sin girarse.

―¿Dónde está tu anillo? ―Pese a que no se había quitado el abrigo, ella no llevaba los guantes puestos y ahí faltaba la joya familiar que él le había entregado.

―Ay. ― « Piensa, Liberty, piensa y hazlo rápido » , se dijo a sí misma―. Hubo un robo ―explicó cuando se obligó a darse la vuelta para mirarlo.

―¿En Mayfair? ―La historia no se sostenía.

―No. Fui a visitar un orfanato en Saint Giles. ―Esa zona era bastante peligrosa.

―¿Y dónde estaba Snow Segundo? Porque nuestro perro acaba de demostrar que es más que capaz de defenderte incluso frente a quien no tienes nada que temer. ―Ella se dio cuenta de que su esposo se refería a que le había marcado el brazo con los dientes para evitar que la tocase más de la cuenta.

―Lo había dejado en el carruaje en ese instante ―mintió todavía más.

―No me parece un perro que se conforme con quedarse lejos de ti. ¿Dónde duerme?

―Conmigo. ―Lo escuchó mascullar algo, pero no logró saber qué había dicho Snow.

―¿En tu habitación? ―la azuzó.

―Ahí es donde yo duermo.

―Ya… pero cuando fuiste a un barrio de lo más peligroso, optaste por dejarlo en el carruaje… ―observó, sin hacer ninguna pregunta más.

―Eso fue lo que ocurrió. ―Estaba esperando a que la llamase mentirosa, lo cual era cierto porque el anillo estaba en el fondo de un cajón de su secreter, y que comenzase a gritarle por haber sido tan negligente y haber perdido una joya valiosísima que era un legado familiar.

Lo vio avanzar hasta ella y tragó saliva. El perro volvió a ponerse en guardia. Gruñó una vez más y ella le puso la mano entre las orejas para que Snow Segundo se comportase. Llegó hasta ella y le sonrió.

―Habrá que arreglar la situación de algún modo, ¿no crees? ―inquirió mientras levantaba la mano derecha de ella y enredaba los dedos grandes y masculinos con los suyos finos y elegantes.

―¿A qué te refieres?

―Iré mañana por la mañana a la joyería para que hagan una réplica lo más parecida de tu anillo. La condesa de Snow ha portado esa gran esmeralda para recordarle a todo el mundo el lugar que ocupa. A quién pertenece. Y tú, Liberty, eres mía ―repitió con convicción.

Ella tragó saliva ante la firmeza y severidad que observó en él.

―Como desees ―indicó sin saber qué más decir.

¿A qué venía tanta simpatía, tantas sonrisas, tantos avisos velados?

Él se había marchado de su cama sin haberle hecho el amor después de casarse.

De su lado. Sin una palabra. Sin enviar una sola misiva.

¿Por qué se mostraba tan… tan… tan… ¿Tan qué? No podía calificarlo.

Snow le soltó la mano y se la llevó a los labios. Le dio un beso que más pareció un lametazo en el dorso de la mano.

―Que descanses, Liberty ―le dijo, mientras la dejaba atrás y se dirigía a su habitación, esa que tenía una puerta interior que comunicaba ambas alcobas.

Liberty lo observó marcharse. Se quedó quieta mirando esos anchos hombros que se veían perfectamente bien, dado que su esposo iba en mangas de camisa.

Suspiró y se llevó una mano al corazón.

―Es una suerte que nos hayamos instalado en la alcoba del final del pasillo para tener vistas al parque. No quisiera que el conde entrase en la habitación y tú saltases sobre él para morderle sus partes nobles… ―le dijo al perro.

Estaba segura de que el can haría eso si Snow se presentase en su cama, la despertase y ella comenzase a gritar debido al susto que le daría.

Snow Segundo ladró en respuesta, como si la hubiese entendido perfectamente y estuviese dispuesto a morderle las p…

***

Eran las siete en punto. Snow Segundo estaba lamiendo la mano de Liberty mientras ella comenzaba a despertarse.

―No sé cómo lo haces, querido. Yo no puedo levantarme cuando nos acostamos tan tarde…

El perro sabía que era la hora de salir a pasear.

Cada día daban un enérgico paseo hasta las nueve de la mañana, cuando regresaban para desayunar.

Snow Segundo recibía su merecido sustento.

Huevos revueltos, un par de rodajas de bacon y una tostada con mantequilla.

Prácticamente comía lo mismo que ella. A su lado.

En el comedor. ¿Qué diría su esposo de eso?

Con seguridad, Snow estaría en contra. Si él se empeñase en que el perro comiese en la cocina, ella haría sus comidas allí.

Durante más de cuatro meses Snow Segundo había sido su compañero, su guardián, su mejor amigo, no iba a traicionarlo por las imposiciones de su esposo. El perro no lo merecía.

Una doncella entró cinco minutos más tarde para ayudarla a vestirse. Se colocó un vestido de mañana con el fondo azul celeste y mariposas de colores, y procedió a bajar las escaleras para dar su habitual paseo.

Llegó abajo y se puso un abrigo de lana de color marengo. No deseaba ponerse el bonete, aunque sí cogió un par de guantes porque hacía mucho frío.

Bajaron las pequeñas escaleras del porche y antes de llegar hasta la calle principal…

―¡Liberty! ―Era la voz de Snow. Ella suspiró.

Buscó de dónde venía el grito y tuvo que levantar la mirada para ver a su esposo en la ventana de su habitación. La que le correspondía al conde como dueño y señor de la casa.

―¿Sí?

―¿Adónde vas?

―El perro necesita su paseo diario.

―¿A las ocho menos cuarto de la mañana? ―preguntó.

―Es exigente cuando se habitúa a la rutina.

―Aguarda, me vestiré en un momento y te…

―No es necesario. Nos veremos luego ―lo cortó, intuyendo el ofrecimiento que iba a explicar.

Lo escuchó insistir, pero ella ya había iniciado el recorrido y estaba desapareciendo de su vista.

Theodore masculló una larga ristra de improperios. No le quedó otra alternativa más que la de esperarla para desayunar juntos. Esa mañana Liberty iba a escapar de su compañía pero no lo haría al día siguiente.

***

Las nueve. Nueve en punto. No había señales de su esposa. Su estómago rugía porque no había desayunado todavía.

El timbre de la puerta sonó y Theo se apresuró a salir del despacho para verla.

Un lacayo entró con un gran ramo de lirios blancos, una misiva y otro pequeño bulto envuelto en una especie de tela.

El mayordomo acomodó las tres cosas en la entrada y luego despidió al otro sirviente que había portado los objetos.

―¿Es habitual que se entreguen en casa flores, señor Smith? ―le preguntó al hombre que dirigía su mansión de Londres, pues en la entrada había un jarrón preparado con agua, que fue el lugar en el que las flores terminaron. Eso indicaba que era un acto frecuente.

―Los lirios blancos son los preferidos de la condesa. Recibe flores de dos a tres veces por semana, milord ―le respondió correcto el hombre.

―Muy bien, puede retirarse, Smith ―le dijo, mientras se acercaba a la misiva.

La desplegó y la leyó.

Mi queridísima Liberty,

Te has vuelto a dejar las horquillas en el carruaje.

E.

Cerró los ojos mientras sentía como si un puñal se removiese en su estómago. No era hambre por la falta de ingestión de alimentos. Eran los crudos celos.

Dejó el papel al lado de las flores y luego toqueteó el objeto que venía envuelto en terciopelo. Tenían pinta de ser las dichosas horquillas que hicieron que ella llegase con el pelo suelto.

La seguridad que tenía en su esposa estaba tambaleándose con fuerza. ¿Le habría sido infiel? Había estado siempre muy seguro del amor que Liberty sentía por él, de su devoción. ¿Habría desaparecido tan pronto?

«La culpa la tienes tú, maldito bastardo, por haber actuado como un auténtico patán», escuchó que le replicaba su mente.

El timbre de la puerta volvió a sonar y Snow se apresuró para abrirla.

No era Liberty. Otro lacayo. El sirviente le tendió una nueva misiva que iba dirigida a él.

Lo despidió y la abrió de inmediato. Era de Bruce, le explicaba que estaba en Londres y que todo había salido bien.

Adele y el pequeño Edwin, su hijo, estaban con él.

Se había casado y necesitaba su ayuda para explicar toda la situación a su hermana y a su padre.

Bien, si Bruce deseaba su ayuda, él iba a pedirle también que le echase una mano para lograr llegar hasta su esposa.

El timbre de la puerta volvió a sonar y él se dispuso a abrir. Si el visitante no era Liberty, saldría a peinar la zona porque no podía más.

Entonces ella estuvo ante él. La reacción de Snow fue echarse sobre ella para besarla.

Logró colocar los labios sobre los femeninos, pero nada más.

Una presión del todo incómoda se instauró en su pantorrilla.

Snow Segundo lo tenía bien agarrado y estaba preparado para hincarle el diente si su dueña le daba la orden.

Theodore se separó de Liberty a regañadientes y dirigió la vista hacia atrás.

―¡No! Snow Segundo, tienes que soltarlo de inmediato ―le dijo enfadada. El can lo hizo raudo, pero tuvo la desfachatez de darle un ladrido, mientras miraba a Theodore a los ojos.

¡Maldito chucho! Era como si lo hubiese retado a duelo por ella.

―¿Cuándo vuelves a dar otro paseo con él? ―le preguntó a Liberty, todavía en la puerta.

―Después de comer.

―Bien. Tú tomarás una siesta y Snow Segundo y yo saldremos solos para conocernos mejor. Es hora de que entienda un par de cosas.

―No creo que sea buena idea…

―No puede tratar de morderme cada vez que te toco, Liberty. Es necesario que comprenda el lugar que ocupa con respecto a mí.

―Lo siento… Es muy territorial conmigo. No suele hacerle eso a… ―Se calló, en el momento en el que se dio cuenta de que iba a confesar que el perro no se sentía amenazado cuando Ethan se acercaba a ella.

―¿A quién? ―la interrogó.

―A la gente ―improvisó―. Es muy bueno con todos.

―Lo será conmigo. Yo lo sacaré después de comer. ¿Lo has entendido?

―Pero…