Capítulo 11
Demasiado bonito para ser verdad
Sonrisas y bonitas palabras. Esa consigna era la que Theodore se había repetido una y otra vez desde que llegó a casa para esperar el regreso de Liberty.
Escuchó un sonido proveniente de la calle. Dejó su vaso de whisky vacío sobre la mesa del escritorio y se acercó a la ventana para ver si era ella.
Vio a un caballero descender del carruaje y se dispuso a apartarse de la ventana porque no era ella.
Pero cuando se fijó mejor, vio que una dama con el pelo suelto, acompañada de una bestia enorme salía del interior.
Masculló una maldición tan grande que no sabía si sería capaz de pensar en alguna palabra bonita y mostrar una sonrisa dulce cuando ella entrase por la puerta.
¿Quién demonios era ese hombre? ¿Era el mismo que había bailado con su esposa en el club?
No lo sabía. Y poco importaba. Liberty no lo traicionaría.
No lo haría. Confiaba en ella. Recitó esa idea en su cabeza varias veces mientras se disponía a simular salir casualmente de su despacho como si fuese a dormir…
No tenía sentido arremeter contra ella por todo lo que estaba haciendo. Él, sorteando a todas las mujeres que se cruzaban en su camino y ella, bailando sin pudor con un bastardo frente a todo el mundo…
La escuchó abrir la puerta y entonces abrió la del despacho.
―¡Dios! ―exclamó Liberty, mientras el perro se colocaba rápidamente delante de ella dispuesto a protegerla de quien la había asustado. Snow Segundo figuraba en una posición de ataque y sus dientes se veían muy brillantes y afilados.
―Buenas noches, Liberty. Me disponía a acostarme. He llegado tan tarde que suponía que estabas durmiendo y no había querido molestarte. No pensé que no estuvieses en casa… debido a la hora ―señaló con cierta sutilidad.
―¿Snow? ―preguntó, mientras acariciaba a su perro lobo para que se tranquilizase. La luz de las velas estaba muy baja y solo por el timbre de voz creyó que era él. ¿Sería él en verdad?
―Ese soy yo. Tú eres Liberty, mi condesa, y hay alguien que tal vez debería serme presentado ―dijo en alusión al perro.
―Ay. Este es… ―Carraspeó―. Él es… es… ―No se atrevía a decirle el nombre que le había puesto―. Es mi perro.
―Veo perfectamente que se trata de un perro. Un perro enorme, además.
El can ya no estaba a la defensiva, pero sí tenía una actitud de guardián. Liberty había logrado que no mostrase sus dientes, pero sospechaba que Snow Segundo estaba sintiendo su nerviosismo y que por eso no se mostraba del todo calmado frente a su esposo.
―Es muy bueno. ¿A que sí, mi amor? ―dijo, mientras le acariciaba la cabeza y él trataba de lamerle la mejilla ante esa muestra de devoción.
Snow masculló una maldición interior al escuchar el modo con el que su mujer se dirigía a esa bestia blanca y enorme. Grandioso. Estaba celoso de un desconocido y en esos momentos de un perro… ¿Algo más para complicar la situación?
―¿Cómo se llama?
―Es un perro con sangre de lobo. Lo he adiestrado. Es magnífico.
―No me cabe la menor duda de que es así, si tú te has ocupado de su educación ―le dijo con sinceridad.
―¿Ah, sí? ―preguntó con el ceño fruncido. ¿Snow acababa de ofrecerle un… un…? ¿Un qué? ¿Un cumplido?
―¿Cómo se llama? ―reiteró.
―Tiene un ojo de cada color. ¿Ves? ―Le sujetó la cabeza en su dirección―. No, supongo que desde tu posición no puedes verle… Uno es claro y el otro oscuro. Es único.
Theodore se acercó hasta ella.
―Liberty, ¿cómo se llama? Sería adecuado que nos presentases formalmente. ¿No te parece?
―Uhm… Sí, supongo que sí, sería lo adecuado ―dijo ella.
―¿Entonces…?
―Bueno, es blanco como la nieve y…
―¿Tan nerviosa te pongo que no recuerdas su nombre, Liberty? ―preguntó con una sonrisa pícara que ella estaba segura que había hecho que muchas mujeres cayesen a sus pies.
―Snow.
―¿Qué?
―Él.
―Él… ¿qué?
―Snow.
―Sí, ese soy yo. ¿Y el nombre del perro?
Ella suspiró. Luego tomó una gran bocanada de aire preparada para afrontar los gritos y las recriminaciones.
―Mi perro lobo se llama Snow Segundo.
En ese momento se formó una sonrisa todavía más peligrosa que la que su esposo había exhibido antes.
―Grata sorpresa, sí, querida ―aseveró, mientras se acercaba hasta el perro, se ponía de rodillas y le tendía una mano a fin de que se familiarizase con su olor.
―¿Sí?
―Buena elección de nombre.
―¿Lo es? ―No se creía nada.
―Le va perfectamente.
Ella frunció el ceño.
―¿No te molesta que le haya puesto tu título por nombre? ―Todo el mundo le decía que él se enfurecería cuando se enterase. Ella secretamente había esperado que así fuese. Se sintió estafada al ver que se tomaba tan bien la noticia.
―¿Por qué habría de hacerlo? Me marché de una forma impresentable, y la recompensa que recibo es saber que mi esposa me echaba tanto de menos que se vio obligada a ponerle por nombre mi título a su fiel escudero para no olvidarme y así poder recordarme a todas horas.
Es un detalle precioso. ―Liberty resopló.
Eso no era ni por asomo lo que había sucedido.
Snow se dio cuenta del gesto de ella―: ¿Sucede algo malo? ―preguntó con disimulo.
―Ay, no, por supuesto que no.
―Me complaces, Liberty. Incluso cuando no espero que lo hagas, lo logras. Me honras tanto…
―Ajá ―señaló sin saber qué más decir. Él se veía muy solícito. Algo no estaba bien.
―Lo que no sé es por qué nuestro perro me acaba de gruñir. ¿Liberty?
Ella también había escuchado que Snow Segundo había emitido un gruñido mientras su esposo le acariciaba la cabeza. Tampoco le había pasado desapercibido el hecho de que él había dicho « nuestro perro ».
―Tiene que acostumbrarse a tu presencia. En un par de días estoy segura de que no se mostrará agresivo.
―Yo no soy ninguna amenaza. No es natural que esté tan en guardia, cuando todo lo que pretendo es que nos hagamos amigos.
―Snow Segundo es muy intuitivo cuando se trata de percibir mis emociones.
Snow dejó de acariciarle la cabeza y se dispuso a incorporarse para quedarse frente a ella.
―¿Estás agresiva conmigo, Liberty?
―No ―dijo con suavidad. El conde estaba demasiado cerca. El perro volvió a gruñirle, en un claro aviso de que no estaba de acuerdo con que se acercase tanto a su dueña.
―Snow Segundo acaba de contradecirte. Si él está en esa posición de alerta, es porque tú te sientes igual ―observó con suavidad, mientras le ofrecía una sonrisa del todo perfecta y brillante.
―Solo estoy… ―Tragó saliva cuando él levantó las manos para ponerle el pelo detrás de la espalda, de tal modo que ya no figuraba colgando por su pecho.
―¿Cómo te sientes, Liberty?
―Nerviosa ―susurró, sin poder dejar de examinar los ojos de él.
La mano de Snow se instauró en la parte posterior de su nuca.
― Entonces tendré que hacer que te relajes. ¿No te parece?
―Yo… ―comenzó a decir, sin poder terminar la explicación.
Fue una pregunta retórica, porque los labios de Snow ya estaban sobre los de Liberty. Se tomó su tiempo para saborear la boca de su esposa. Sonrisas y dulzura. Eso era lo que debía hacer para ganársela.
Empezó a mover los labios sobre los de ella, con tranquilidad, obligándose a dominar sus impulsos, su necesidad de saquear su boca. Poco a poco y con muchísima paciencia y autocontrol, fue haciendo que el beso adquiriese un poco de intensidad.
El conde paseó la lengua sobre los labios de ella para instarla a permitirle el acceso. Liberty suspiró y luego entreabrió ligeramente la boca, lo que hizo que él pudiese al fin saborear la lengua femenina. Ooooh, ella era tan suave y delicada…
Todavía recordaba el gusto de su feminidad.
Había rememorado ese momento en su cabeza todas y cada una de las noches en las que estuvo en Nápoles.
Su mano había servido para aplacar su necesidad mientras reproducía el modo en el que había lamido su intimidad, la forma en el que la había hecho llegar hasta la cúspide del placer.
Sus gemidos, suspiros y jadeos estaban grabados en su memoria.
Liberty estaba respondiendo perfectamente a su beso.
Tanto que se había convertido en una participante del todo activa.
Tal vez Sullivan tuviese razón y solo necesitaba instruirla en el arte de la seducción y sumergirla en las fauces de la pasión más cruda y primitiva.
Él podría ser paciente si tenía la esperanza de recoger los frutos de la espera y el empeño.
Su virilidad estaba muy despierta, de modo que necesitaba sentirla sobre su entrepierna. Se dispuso a usar la otra mano para buscar su nalga derecha y poder acercarla para que ella sintiese la evidencia del deseo que le despertaba.
Una fracción de segundo después de haber colocado la mano en ese lugar, sintió una presión muy incómoda en el brazo, precedida de un gruñido muy intimidatorio. Un gruñido que no había sido emitido por Snow.
Dejó de besar a Liberty y su vista se desplazó hasta el lugar que estaba siendo apretado y vio a Snow Segundo mirándolo con fijación.
La mirada del conde no abandonó la del perro.
No lo temía. Era más, debía demostrarle que él era igualmente su dueño.
Tenía que colocarse al mismo nivel que Liberty si deseaba no dejarse amedrentar.
―Al menos no me has amputado el brazo, amigo mío. Voy a tener que enseñarte modales. Ella no te pertenece. Es mía ―dijo sin apartar los ojos del perro lobo.
Eso hizo que Liberty ladease el rostro y descubriese que Snow Segundo tenía enganchado el brazo de su esposo entre los dientes.
―¡No! Suéltalo ahora mismo ―le ordenó al can en un tono de voz duro. El perro cumplió el mandato de inmediato.
Liberty se separó de Theodore. Él la dejó ir a regañadientes. No quería enfrentarse abiertamente a un lobo que podría destrozarlo en un pestañeo. No le temía, pero mejor no probar su posesividad.
―Es admirable el control que tienes sobre él.
―Es tarde. Snow Segundo y yo estamos cansados. Buenas noches. ―Bordeó al conde y comenzó a subir por las escaleras a paso ligero. No corría, pero casi.