Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Por descontado que Ethan se negó a formar parte de su locura, pero cuando ella le dio las gracias por escucharla y él se dio cuenta de que la condesa haría lo que le diese la gana, no tuvo más remedio que sumarse a la guardia de Liberty y compartir esa responsabilidad con Snow Segundo, a quien Ethan había conquistado por completo.

El perro se mostraba encantado cada vez que lo veía.

Se le subía encima y exigía su atención, caricias.

Era habitual que lo lamiera en el rostro también para darle las gracias por el trato que Ethan le dispensaba.

Las noches se convirtieron en el centro de la vida de Liberty, puesto que cuando convenció al señor Cook para dejarla cantar en El placer del infierno, todo se sintió natural y maravilloso.

Eso sí. Siempre escondida tras el velo de un sombrero, pero sus vestidos fueron cada vez más…

atrevidos, dado que el espectáculo era un juego que debía combinar varias facetas.

En esos momentos en los que Ethan, el perro y ella estaban subiendo a un carruaje, Liberty se dio cuenta de que estaba bien. De que era feliz. De que no le importaba nada.

El conductor, como cada noche, inició el regreso a casa de la condesa, para luego llevar a Ethan a su morada.

Por precaución no utilizaba el de Snow. Mejor no dar claras evidencias para que alguien pudiese darse cuenta de lo que ella tramaba en El placer del infierno.

Si llegaba a saberse que una condesa que atrapó a su esposo de modo reprochable ofrecía un espectáculo así…

Y sin embargo, poco le importó exhibir a Snow Segundo en su número sobre el escenario y que la sociedad la reconociese.

Bueno, siempre podría alegar a que había otro perro así en Londres…

―¿Por qué suspiras con tanta fuerza? ―le preguntó Ethan después de haberla escuchado.

El señor Digory estaba sentado frente a ella. El perro al lado izquierdo de su dueña.

―Soy inmensamente feliz ―alegó con convicción.

―¿No lo eras antes?

―Lo cierto es que no me había planteado nunca si mi vida era adecuada o me faltaba algo.

―Entonces me alegra ser parte de tu dicha, Liberty.

―Has sido un amigo de lo más amable por ayudarme a realizar esta insensatez que tan feliz me hace. ―Ella le sonrió.

―Intuía que lo harías con o sin mi respaldo, así que no me diste muchas opciones. ¿Te han dicho alguna vez que eres realmente testaruda? Casi más que tu propio padre.

La dama se rio con ligereza.

―Me conozco muy bien, sé que soy un dolor de cabeza para los que me rodean.

Te juro que llevo años tratando de comportarme, pero hay algo dentro de mí que no puedo controlar.

Que me induce a seguir mis impulsos y a no pensar en las repercusiones.

Bueno, sí pienso en los problemas que causaré, pero mi brillante mente logra hacerme creer que los beneficios serán mayores que los inconvenientes.

¡Ay, dichoso sombrero! Hoy las horquillas me están matando.

Mi cabeza va a explotar ―señaló mientras trataba de moverlo para lograr cierta comodidad.

Ethan se sentó al lado de Liberty. Ella se quedó de espaldas. Le colocó un mechón de pelo, que había escapado del peinado, detrás de la oreja, y comenzó a hurgar en su preciosa melena para buscar y retirar las horquillas.

―¿Mejor? ―le preguntó cuando había quitado ya siete.

―Mucho.

Ella se relajó, sin darse cuenta de que había dejado caer parte de su cuerpo sobre el torso de Ethan. A él le encantó sentir la confianza de ella. Tocarla. Era tan perfecta, preciosa y refrescante…

Siguió atendiéndola y logró quitarle el sombrero. Su pelo cayó en cascada. Ethan no pudo reprimirse y lo acarició con sus dedos para quitar algunos enredos. Lo hizo con el sumo cuidado de no hacerle daño. Pronto sus dedos estuvieron frotando su cuero cabelludo con un ligero masaje.

―¿Qué piensas hacer con respecto a la petición que le hiciste a tu padre?

―¿Te refieres a mi fallido matrimonio? ―Liberty estaba en otro mundo. Los dedos de Ethan le estaban calmando el dolor de cabeza. Se sentía flotando en una nube algodonosa.

―Me refiero a todo, Liberty. Estas semanas has estado entretenida. Ese juego en el club te hace olvidarte de tus problemas, lo cual está muy bien, pero no podrás seguir así eternamente.

―Lo sé.

―¿Entonces qué será de ti?

―¿Crees que mi padre logrará la anulación?

―Tu padre le devolvería la vida a un muerto por ti. Si está en sus manos lograr lo que deseas, lo hará.

―Creo que me iré de viaje una buena temporada.

Me gustaría ver más allá de Inglaterra. Mi amiga Jenna se ha marchado con su familia a Escocia, a la finca familiar que su marido tiene allí, y me ha invitado a visitarla e insiste en que la siga hasta Boston porque me encantaría esa ciudad.

―Se rio con ligereza con un recuerdo que le vino a la mente sobre la conversación mantenida con su mejor amiga―.

Está convencida de que lo que necesito es un esposo americano sin tanta etiqueta, uno que sepa manejarme.

―Lo que tú necesitas no es mano firme, Liberty. Lo que deberías encontrar es a un hombre atento que te comprenda y sepa apreciarte. No es la disciplina lo que te dará la felicidad que no viene de la frivolidad, es la comprensión y la aceptación.

―Uuuhm ―susurró la condesa cuando él apretó las yemas sobre las sienes―. No hay nadie así, Ethan ―dijo, cuando recordó que tenía que concentrarse en la conversación y no solo en el modo tan maravilloso con el que su amigo le aliviaba la presión de la cabeza.

―Tal vez no has buscado en el lugar indicado o tu fijación por Snow no te ha permitido ver tus opciones.

―Ay, Snow… Siempre Snow. Cumplí dieciocho años y no vi otro camino más que el que él podía ofrecerme.

―¿Por qué?

―Es complicado ―señaló, mientras trataba de olvidar el dolor lacerante que sentía cuando recordaba todo aquello.

―¿Qué hizo él para lograr que te enamoraras tan perdidamente?

―Es una buena pregunta.

―¿No tiene respuesta? ―inquirió al ver que ella se quedaba en silencio.

Sí. Sí tenía varias aclaraciones sobre ese asunto, pero todas eran muy dolorosas.

―Estuve tan centrada en conseguir casarme con él, que nunca valoré todo lo que podría distanciarnos para siempre.

―¿Es porque se marchó y te dejó, Liberty? ¿O hay algo más?

La conversación se estaba poniendo muy incómoda. Liberty se separó de él, por lo que las manos de Ethan se quedaron sin acariciar el lustroso cabello cuando ella se acercó a la ventana para ver la oscuridad.

―Es complicado ―repitió.

―Siento haberte incomodado, Liberty.

Ella se giró para mirarlo. Con el pelo suelto se veía tan salvaje, tan preciosa…

Y cuando la vio sonreír comenzó a marearse.

Levantó la mano para tocarle la mejilla.

Deseaba besarla. No como un buen amigo. No como un amante.

Hubiera dado cinco años de su vida por haberse convertido en su esposo.

Cuando estuvo a punto de alcanzar la hermosa piel de la condesa, se obligó a dejar caer la mano.

Un hombre decente no tocaría a la mujer que no le pertenecía.

Ya había traspasado el límite cuando le quitó las horquillas y le acarició el pelo.

―Gracias por estar a mi lado cuando más te necesitaba, Ethan. Gracias por comprender que deseaba ir al club para… ―No sabía qué palabra buscar.

―Para ser un poco feliz ―la ayudó.

―Sí.

―Entonces, mañana regresaremos. Iremos hasta que ya no lo necesites. ― «Hasta que te des cuenta de que te amo», quiso haberle dicho.

El carruaje se detuvo, eso era el indicativo de que habían llegado a la casa de la condesa. Liberty se acercó a Ethan y le dio un casto beso en la mejilla.

―Eres un amigo formidable. No sé cómo podré pagarte todo lo que has hecho por mí, Ethan Digory.

El caballero no se sentía con fuerzas para resistirse a esa mirada verde llena de esperanza, a ese beso inofensivo que lo había hecho temblar como si fuese una hoja movida por el viento.

Así que en vez de acercarse a Liberty y reclamar el beso que se moría por dar y recibir, se incorporó, abrió la portezuela, descendió y luego la ayudó a bajar.

Snow Segundo la siguió. Ella se apresuró a ir hacia la entrada junto con el perro lobo y cuando Ethan vio la puerta cerrada regresó al interior del carruaje para irse a su casa.

Si el señor Digory no hubiese estado tan pendiente de la estela de la condesa, se habría dado cuenta de que en la ventana derecha de la planta baja, un par de ojos estaban registrando todos los movimientos de la pareja.

Y si los celos no fuesen interiores y silenciosos, los hubiese escuchado alto y claro, pues Theodore Dreyer estaba tan lleno de ellos, que podría acabar envenenado.