Capítulo 10 #2
―¿Crees que ha sido así? ―preguntó inocentemente.
―¡Por supuesto que no! ―le espetó Avery con enfado, al verlo tan poco preparado para la batalla que tenía que luchar.
―Pero has dicho que…
―Sé lo que te he dicho, pero tú lo verás de ese modo.
No lo interpretarás como una ofensa hacia ti, sino como un gran cumplido.
De hecho, esa va a ser tu actitud con tu esposa.
Serás todo sonrisas y buena voluntad. Sí.
En tu casa vas a ser servicial, delicado y atento.
Eso hará que ella baje la guardia y que el perro vea que no eres una amenaza para su dueña.
De ese modo, cuando te acerques en el club a ella con el anonimato de un disfraz o una máscara o lo que sea, el animal sabrá que está a salvo y no te morderá el trasero porque el perro sí sabrá que en verdad eres tú.
―A ver si lo he entendido… Me caso con la dama que me ha emboscado en una trampa que no vi venir.
Me marcho a Italia para arreglar un estropicio que no es mío.
Regreso a toda prisa porque su padre amenaza con anular nuestra unión, la veo divirtiéndose en un club donde todos los caballeros han fantaseado con llevarla a la cama.
Incluso uno estaba bailando con ella de un modo totalmente inapropiado…
¿Y soy yo el que va a claudicar y ponerse de rodillas?
―A Theodore le parecía que no tenía que hacer eso.
En absoluto creía que él tuviese la culpa de nada.
―Te explicaré cómo funciona la mente femenina porque es evidente que sabes mucho de perversiones y amantes, pero poco de mujeres, especialmente cuando se convierten en esposas.
―Creo que no lograrás hacerme cambiar de opinión. Es ella quien me debe una disculpa muy sentida.
―Atiende, Snow. Tu mujer, de veinticinco años, decidió que estaba cansada de esperar una declaración por tu parte pese a que tenías que haberla hecho.
―Avery vio una muda pregunta en el rostro de Theodore, así que le aclaró que―: Banstorn me dijo que llevas años mostrándote celoso y regañándola por ser muy solícita con sus pretendientes, por bailar con ellos y mostrarles una sonrisa coqueta.
―¡Me preocupaba su reputación! ―saltó avergonzado, sin poder reconocer la veracidad de las palabras del esposo de Evangeline, pese a que todo fuese verdad.
―Bien, como sea. La dama se hartó y decidió tomar el asunto en sus manos. Te llevó a punta de pistola hasta una habitación oscura donde…
―Estás siendo del todo absurdo, como diría York. No había pistolas. ―Snow sabía que Sullivan se estaba burlando de él con descaro.
―Entonces recuerda que la seguiste por propia voluntad y que seguramente la besaste, tocaste, y Dios sabe que más, porque estabas cansado de reprimirte con ella y al fin la tenías donde la deseabas y necesitabas.
―Avery vio a Snow abrir y cerrar un par de veces la boca, pero no logró decir nada a ese respecto.
Así que el señor Sullivan continuó con su relato―: Te sorprendieron y era tu deber de caballero casarte con ella.
Nadie obliga a un hombre a hacer algo en contra de su voluntad.
Menos casarse para toda la vida con una mujer a la que no ama, a la que no desea.
Luego, olvidaste… por algún error que no logro comprender, hacerle el amor a tu flamante esposa.
Esa con la que llevabas soñando más tiempo del que recuerdas.
―No fue así… Esa parte es mucho más complicada de lo que crees ―se sinceró Snow, para después suspirar con cansancio.
―¡Habla de una vez! Porque pareces olvidar que el tiempo está corriendo y que yo deseo regresar a casa con mi amada mujer y mis hijos.
―No lo entenderías.
―Soy lo que York te ha mandado como refuerzos. No hay nadie más aquí, Snow. Estás en un serio aprieto. Si vas a decirme que disfrutas de los hombres y que…
―¡Por Dios! ―se quejó―. No es nada como eso.
―Dime el maldito problema para que te dé la solución, porque ahora es cuando te recuerdo que has estado fuera cuatro meses en los que tu esposa ha estado sola y sintiéndose abandonada por el hombre al que ama, por el que decidió no aceptar un buen número de propuestas matrimoniales, porque quiso esperarte a ti.
―¿Cuántas? ―preguntó con un gruñido más profundo que el que habría hecho Snow Segundo.
―¡Vamos, hombre! No puedes ser tan incrédulo.
Has visto a la joven. Es bonita, tenía una dote nada desdeñable, y tú mismo has sido testigo de cómo otros muchachos babeaban por ella cuando la miraban en los civilizados salones de baile.
¿De verdad creías que tú eras su única salida?
¿Que nadie más que tú la deseaba y pretendía hacerla su esposa?
―preguntó con una irritación descomunal.
Snow no pudo resistirse más. Avanzó a grandes zancadas hasta Avery y se puso a escasos centímetros de su rostro.
―¡No quiero hacerle daño! Maldita sea. La deseo con una fuerza incontenible.
Yo no hago el amor con una mujer. No sé hacerlo.
Yo tomo lo que deseo, y lo tomaré todo de ella.
No le permitiré reservarse nada. Le exigiré la rendición en la cama.
Necesito besar cada centímetro de ella hasta hacer que su piel se ponga morada porque no puedo resistirme a devorarla.
No puedo controlarme cuando pienso en ella, y menos lo haré cuando al fin la tenga a mi completa disposición.
Tenías que haberla visto la mañana que entré para explicarle que tenía que marcharme a Italia.
Ella estaba completamente marcada por mí.
Por mis besos, por todas partes… Y yo, como el maldito bastardo que soy, me enorgullecí de mi hazaña, de haberla reclamado así.
No la poseí en la noche de bodas, porque no sé cómo desvirgar a una mujer, porque no quiero hacerle daño.
La besé sin contención, le di placer, pero no pude seguir adelante.
No quiero que descubra la clase de animal insaciable que soy.
¿Estás contento, Sullivan? ¿Satisfecho de conocer el infierno en el que vivo?
Deseo a la mujer que amo, pero no puedo hacerle lo que quiero porque no está bien.
Hubo un momento de silencio que Avery aprovechó para dar sentido a toda la explicación de Theodore. Sullivan tomó una larga bocanada de aire.
―¿Quieres infringirle dolor? ¿Es algún tipo de juego que incluya fustas o algo así? ―indagó.
―¡No! ―negó con convicción.
―Explícamelo sin pudor, porque no veo el problema.
―¿No lo ves?
―Dime lo que te frena con ella. No lo entiendo. ―No mentía. No comprendía el dolor y la congoja que percibía en el conde.
―Está bien. Te lo haré más fácil para que lo entiendas.
Necesito poseerla con fuerza, hundirme en cada uno de los lugares donde pueda albergarme.
Entiendo de rudeza, no de ternura. Yo llevaré siempre las riendas en la cama y ella me obedecerá en todas mis peticiones.
Eso es lo que quiero de Liberty y eso la hará correr tan lejos de mí que me hará perderla.
No puedo mostrarle lo que deseo ―aseguró derrotado.
―Sigo sin ver el problema de tu planteamiento ―Sullivan comenzaba a pensar que el hermano de Evangeline tenía algún tipo de problema de mente o alguna enfermedad de la que nadie se había dado cuenta.
Theodore se quedó mirando con fijación a Avery.
―No… No puedes insinuar que tú y mi hermana… ―Imaginar a Sullivan teniendo de ese modo tan primitivo a su hermana mayor era algo que… ¡No podía ser!
―No me hace falta insinuar nada sobre lo que hacemos Evangeline y yo en nuestra cama.
Solo tienes que entender que dos aprenden cuando intiman.
Tú tienes experiencia y por tanto debes enseñarle cómo deseas que sean las cosas entre ambos y dejar que tu esposa decida si puede darte lo que demandas de ella.
Si lo haces bien lo adorará, estoy seguro.
―¡Todo! Se lo pediré todo. Cosas que… ―Se quedó mudo.
Sullivan se sonrió.
―No puedes ser tan ingenuo y creer que eres el único hombre que desea ver atada a los cuatro postes de una cama a la mujer que ama mientras él dicta las normas.
Snow gimió y se pasó las manos por el rostro.
―Te lo suplico, no hables más… ―No podría mirar a Evangeline a la cara porque Theodore estaba seguro de que Sullivan hacía eso con su hermana.
―No hay mayor placer que el de sorprender a tu dama mientras la arrinconas contra la pared, desgarras su ropa y te introduces sin previo aviso, sabiendo que ella estará tan mojada que te facilitará la entrada y tendrás que usar todo tu autocontrol para no derramarte en ese primer movimiento.
―¿Quieres dejarlo de una vez? ―inquirió con irritación.
―Oh, y la dulce boca de una esposa… Profanarla a traición es sublime, pero cuando es ella la que te despierta por la mañana engulléndote hasta el fondo mientras tú agarras su cabeza para evitar que huya de lo que ha empezado…
―¡Por amor de Dios! ―Era definitivo, jamás miraría a los ojos a Evangeline.
―Y luego está ese trasero delicioso que…
―¡Basta! ―gritó más fuerte―. Es Evangeline de quien hablas. Mi hermana. Uno no debería enterarse de ciertos asuntos privados. ―Se vio en la necesidad de recordarle.