Capítulo 10
El verdadero temor
El señor Sullivan no podía creer su mala suerte. El hermano de su esposa había aparecido en El placer del infierno en el peor momento posible. La dama estaba sobre el escenario pavoneándose mientras todos la admiraban, y otro hombre la tenía muy cerca. En sus brazos.
Avery trató de que el hermano de Evangeline no reconociese a su condesa, así que entre Cook y él mismo intentaron darle la vuelta y que no mirase hacia donde estaba Liberty actuando con Ethan Digory como compañero.
―¡Snow, qué alegría verte al fin! ―Avery le palmeó la espalda.
―¿Don-de es-tá mi mu-jer? ―preguntó como si disparase dagas por la boca.
―Ella… uhm… esto… ―Avery no sabía qué decirle.
―Cantando ―saltó Helen sin remordimientos. La mujer de Cook estaba al tanto de la historia de lady Snow y no aprobaba que su esposo la hubiese abandonado para marcharse de jolgorio con su mejor amigo por Europa. Merecía los celos que sabía que sentiría de inmediato, cuando descubriese el pastel.
Los ojos de Snow buscaron el escenario al punto.
El gruñido que dio fue absorbido por las notas finales de la canción que Ethan y Liberty terminaron de recitar.
En el momento en el que se dio cuenta de la identidad de esa mujer tan increíblemente tentadora, que vestía demasiado ligera de ropa y que estaba fundiéndose en un abrazo con otro hombre después de cantar, mientras el público estaba de pie pidiendo más repertorio…
algo explotó en su interior. Los celos hicieron que todo fuese verde, o rojo, o negro.
No distinguía con claridad nada. Solo estaba la necesidad de liarse a puñetazos con el que había osado tocar lo que era suyo.
Puso rumbo a donde se encontraba Liberty de inmediato. Ella se había ganado una buena zurra. Oh, sí. Ella acabaría sobre su regazo mientras él le propinaba mil nalgadas. O tal vez un millón.
No llegó lejos. Avery y Cook lo sostuvieron por debajo de los brazos para que él no armase un escándalo.
―¡Soltadme, maldita sea! ―gritó.
―¿Quieres que todo el mundo sepa que es tu esposa la que canta en el club? ―dijo en un susurro Cook.
―Me importa poco lo que suceda. ¡Es mía! Nadie toca lo que me pertenece ―aseveró, lleno de ira.
Lograron llevárselo de allí. Un tercer hombre del club que vio la acción se unió para tratar de reducir a Snow. Él parecía más fiero que el perro lobo de la dama.
Llegaron hasta la primera habitación que encontraron libre y los cuatro se encerraron allí. Cuando Snow vio que no podía luchar contra sus captores se relajó. Por lo que Cook y su empleado salieron del lugar para dejarles intimidad a Sullivan y al conde.
―¿Cómo has podido permitir eso? ―Theodore acusó sin compasión a Avery.
El conde vio como el esposo de Evangeline levantaba una ceja, después de haber cruzado sus brazos sobre su pecho.
―¿De verdad te atreves a echarme a mí la culpa?
―La dejé a vuestro cargo ―insistió―. ¡Para eso está la familia!
―¡Es tu maldita esposa! ―soltó sin poder contenerse―. Uno no se casa y la deja en manos de otro. ¿Sigues siendo un niño, Snow?
―¿Quieres que bajemos al sótano y nos encontremos a puño descubierto en un ring , Sullivan? ―En el sótano del club era donde se organizaban peleas a veces.
―¿Y arriesgarme a que mi maravillosa esposa se enfade por darle un par de golpes a su hermano pequeño? No seas ridículo, Snow. Tal vez no hayas estado atento, pero no tienes tiempo que perder. Deberías estar de rodillas suplicando perdón.
La alusión era claramente sobre el hombre que había tocado y mirado más de la cuenta a Liberty. Snow la comprendió enseguida.
―¡No he hecho nada malo! ―explotó―. Me casé con ella como debía hacer.
―¡La abandonaste! ―gritó Sullivan.
―No. Fui a arreglar un asunto familiar delicado.
―Dime que mientras tu esposa ideaba la mejor manera de darte tu merecido, no ibas tras las faldas de otra dama, porque…
―Estás siendo ridículo. No le haría jamás ese deshonor a Liberty.
Era un asunto delicado ―insistió―. Y era de vital importancia arreglarlo lo antes posible.
Me ha costado más de la cuenta, eso lo admito.
Creí que volvería mucho antes ―razonó mientras trataba de no pensar en cómo su esposa había estado abrazada a otro que no era él.
―¿Qué era? ―lo interrogó, dejando claro que no iba a darse por vencido.
―Bueno, hay un niño involucrado, pero…
―¡Mierda! ―exclamó con ira.
―Has preguntado y yo iba a responderte.
―No quiero saberlo, Snow. No quiero. Maldito sea York por arrastrarme hasta aquí ―se quejó Avery.
―¿Puedo irme ya a ajustar cuentas con mi esposa? Porque te aseguro que no es un buen momento para enfadarme. Me importa bien poco que seamos familia, siento una cólera que no te conviene que dirija hacia ti.
―Lo sé. Ellas son así cuando se molestan. Todas. Por eso tienes que pensar con la cabeza fría.
―¿A qué te refieres?
―Un plan, Snow. Tu esposa guarda un secreto que solo Cook, York, ella misma, tú y yo conocemos. Deberías usar eso a tu favor. Ella no sabe que tú lo sabes.
―No pienso jugar a nada con Liberty.
―Te aconsejo que medites bien tus palabras y acciones en lo que a ella se refiere. Mueve la ficha correcta para que esto funcione. No te precipites.
―No tengo tiempo, el padre de ella va a pedir la anulación de nuestro matrimonio ―desveló. Lo que hizo que Avery mascullase otro improperio todavía más colorido―. Así que, como te imaginarás, las agujas del reloj corren en mi contra.
―No te ha sido infiel―se apresuró a afirmar―. Estoy seguro de ello. Cook la ha vigilado muy de cerca.
―Liberty no me traicionaría jamás. La conozco muy bien. Ella puede estar coqueteando y haciéndome pagar lo que cree que ha sido un abandono, pero no sería capaz de yacer con otro hombre. ―Estaba completamente seguro de sus palabras.
―Entonces… ¿cómo se supone que va a pedir una anulación? ―Cuando Snow desvió la vista, Avery se tragó una maldición todavía peor que las anteriores espetadas, pues había pocas causas que pudiesen amparar una petición de anulación matrimonial.
―Me gustaría no hablar de cuestiones privadas ―pidió Theo.
―¿Qué clase de disoluto eres tú, que tienes a tu alcance a la muchacha por la que todos te hemos visto suspirar durante años y no te la…?
―¡Cuidado, Sullivan! ―lo avisó. Estaba claro que el esposo de su hermana no iba a dejarlo correr. No. Se veía dispuesto a ahondar en la herida.
―¿… y no le haces el amor? ―se rectificó de inmediato para ser más cortés.
―Es una buena pregunta para la que en estos momentos me gustaría tener respuesta, pero te aseguro que, en breve, ella no podrá usar esa equivocación mía para demandar la anulación de nuestra unión. ―Sonó a promesa.
―Sedúcela. Sí. Eso sería una buena opción. Ella viene aquí cada noche y…
―¿Cómo has dicho? ―preguntó con los ojos inyectados en sangre.
―Que la seduzcas, es tu mejor opción.
―¿Ella viene aquí cada noche? ―El asunto que a Theodore le interesaba era ese.
―Sí, y por eso deberías ponerte una máscara o lo que fuese para que no te reconozca y enamorarla.
―Avery se quedó un momento pensativo y luego se sonrió―.
Tu hermana lo hizo estupendamente conmigo.
No sospeché quién había bajo la máscara y la peluca en ningún momento.
Aquello fue muy placentero, lleno de pasión ―musitó, cuando los recuerdos de Evangeline simulando ser una cortesana lo habían puesto de rodillas en ese mismo club en el que Snow y él estaban.
―¿Mi hermana qué?
Sullivan carraspeó. No había sido una buena idea aludir a algo privado delante del hermano pequeño de Evangeline.
―Atiende, Snow, no pierdas el tiempo en cuestiones superfluas, recuerda que tu condesa quiere deshacerse de ti con presteza.
―Su padre, no ella ―puntualizó―. Y eso será lo que salve tu cuello.
―Sí, bueno… ―Como si Theodore pudiese ganarle en una pelea, él había peleado y vencido contra hombres mucho más grandes y peligrosos que ese conde terco que estaba en un terrible lío―. ¿Cómo vas a seducirla? Ese perro lobo suyo no te dejará acercarte lo suficiente si no te lo ganas…
―¿Qué dices? ―Avery estaba divagando―. ¿Has estado bebiendo, Sullivan? ―preguntó molesto.
―No. El perro. Esa gran bestia que la custodia será un impedimento para que la lleves a tu cama y la enamores. O viceversa, lo que primero suceda. ―Avery no sabía cómo podía solventar la cuestión del animal.
―¿Qué perro? No entiendo nada.
―Tu esposa, ella tiene un perro lobo. ¿No lo viste al lado del escenario?
―Disculpa si no pude más que fijarme en la hermosa mujer que mostraba demasiada piel, que solo yo tengo derecho a ver, a todo un gran público, mientras se abrazaba a un hombre que no era yo ―ironizó con sumo enfado.
―Sí, eso lo explica bien. Porque ese perro es enorme. Imposible no prestarle atención.
―¿De dónde ha sacado ese animal al que aludes?
―No tengo la menor idea. Es la primera vez que lo veo, pero te agradará saber que tienes una cosa en común con esa bestia protectora que tendrás que sortear para poder besar o abrazar a tu condesa.
―¿Qué tendría yo que ver con un perro? ―farfulló, sin hacer mención a que nadie se interpondría en su camino cuando quisiera besar o tocar a su condesa.
―Lo ha llamado Snow Segundo.
―¡Diablos! ―exclamó, tragándose una maldición todavía peor.
―Sí. Pero no te deprimas ―le dijo mientras le palmeaba la espalda―. Lady Snow lo ama inmensamente y el perro también a ella. Cook me lo ha asegurado.
―¡Tonterías! ¿Qué demonios tendrá que ver que ella adore a un perro con el hecho de que me quiera humillar poniéndole mi título por nombre?
―Estaba fuera de sus casillas. Liberty no podría sentarse el resto de su vida, porque cuando acabase de poseerla de todas las formas con las que había fantaseado, le daría millones de nalgadas. Sí. Eso haría.
―Porque ama al perro y le puso tu título. Es evidente que si te odiase no habría hecho eso.
Snow barajó esa posibilidad. No estaba convencido, pero… ¿sería ese el motivo por el que llamó así a lo que suponía que sería una fiera grande y fea?