Capítulo 9
Un viaje lleno de desesperación
Nápoles, Italia, cuatro semanas antes.
Theodore Maxwell Dreyer se miró en el espejo y se vio a si mismo con los labios apretados y el ceño ligeramente fruncido.
Estaba enfadado. Disgustado por las circunstancias, con él mismo y con su esposa. Y especialmente por no saber controlar el temor que sentía en su interior cada vez que se acordaba de que estaba casado. Casado con la mujer a la que siempre había deseado.
Su cabeza era un caos y su corazón lo sentía pesado.
Se había marchado hacía poco más de tres meses de Inglaterra creyendo que sería bueno poner distancia entre Liberty y él.
Ese pensamiento le duró hasta la primera noche, cuando durmió solo en un pequeño camarote de un barco que los conduciría hasta Italia a Bruce y a él.
No pudo conciliar el sueño y lamentó profundamente que Bruce hubiese podido encontrar dos pasajes en un pestañeo para iniciar el viaje. Liberty se colaba en su mente para atormentarlo. La noche de bodas había sido excitante, pese a no haber llegado hasta el final.
Había disfrutado al verla frente a él, después de haber usado su mano para darse placer, porque ella no sintió repulsión.
Liberty siempre había sido una mujer fuerte y temía que tuviese más agallas que él mismo.
Ella eclipsaba todo lo que la rodeaba. Era una mujer única y él no se sentía con fuerzas para hacer que comprendiese que el hombre de la relación, de su relación, era precisamente el que ella había forzado a claudicar: él. Snow era el hombre, no ella.
No era exactamente algo como sentirse inferior a Liberty, la conocía demasiado bien como para llevarse una gran sorpresa con el carácter de ella.
Era… Era… Algo así como… Theodore no tenía la menor idea de cómo calificar todo lo que bullía en su interior cuando pensaba en su esposa.
Ella lo asustaba, porque parecía no tener miedo a nada, a nadie, cuando actuaba, cuando se le metía algo en la cabeza.
Snow se conocía bastante bien a sí mismo. Podía entregarle el mando a una mujer fuera de la alcoba. No en vano había crecido con Isobel estando a la cabeza de todos los asuntos. Sin olvidar que sus hermanas mayores también eran unas mujeres testarudas.
La actual duquesa de York fue su institutriz y se ocupó de él cuando tenía unos trece años.
Poco después se casó con su padre en un matrimonio muy particular y se quedó viuda y sola para luchar todas las batallas de sus hermanas, las de él y las de Isobel misma.
Se había acostumbrado a que las mujeres de su familia lo tratasen como si hubiese estado entre algodones.
Eso era porque le hacían la vida más fácil, de modo que Theodore iba asumiendo cada vez menos preocupaciones.
Isobel era tan formidable en todo, que incluso cuando se casó hizo que el duque se ocupase de sus asuntos porque no quería que el título se debilitase o perdiese estabilidad económica, y Snow era demasiado joven para llevarlo todo adelante.
Así que Theodore se había acostumbrado a vivir cómodamente mientras otros asumían sus obligaciones.
Diversión, mujeres, alcohol y juegos. Y eso había estado muy bien hasta que se dio cuenta de que su vida estaba vacía.
Era un conde, uno que heredó su título con apenas dieciséis años.
Isobel, Evangeline y Regina siempre lo habían visto como un niño, y él tardó demasiado en darse cuenta de que debía ser un hombre.
Entre los veintiuno y veintidós años se dio cuenta de que era momento de relevar a York en la mayor parte de sus asuntos como conde de Snow.
Comenzó ahí una larga carrera de fondo para entender los libros mayores de cuentas, los cultivos que se hacían en Snow Cottage, las necesidades de sus arrendatarios…
Y cuando las preocupaciones que le quitó a York fueron suyas, entendió que deseaba ser exactamente como su tutor, pues el duque gestionaba ―habitualmente con la inestimable ayuda de Mason Wilson― su ducado y además se había hecho cargo de todo lo relacionado con lo que era responsabilidad de Theodore.
Por primera vez en mucho tiempo, Snow se sintió orgulloso de sí mismo porque en cinco años había dominado las finanzas, haciendo que la producción de las tierras de Snow Cottage se duplicasen debido a los avances en materia de cultivos y maquinaria que había introducido.
Las inversiones también se le daban bastante bien, pues York lo había enseñado como debía.
Incluso se había metido, junto con el duque, en una gran inversión en las minas de África. Estaba satisfecho de sí mismo.
Ya no era un niño. Era un hombre. Un conde que gestionaba su patrimonio, que pagaba sus cuentas, que había reducido sus gastos más ociosos para concentrarlos en lo que de verdad importaba.
Pero todavía no se sentía lo suficientemente preparado para dar el siguiente paso: casarse. Liberty lo aterraba.
El problema no era sentirse inferior o superior a una mujer.
O dudar de sus propias capacidades. No. Theodore era un hombre valiente que no se cuestionaba a sí mismo, pero tenía una gran debilidad llamada Liberty con la que nunca supo lidiar.
Trató por todos los medios de no sucumbir a su atracción, a ella.
Pese a saber que Liberty casi resultaba invencible cuando tomaba una decisión ―y ella había decidido que se casaría con él en algún punto del camino―, luchó contra lo que le hacía sentir. Fracasó. Snow fracasó.
Su ferocidad, su rudeza en la intimidad, era el mayor impedimento para tenerla. Era un hombre. Uno que tenía que proteger lo que más valoraba, lo que más deseaba. Era necesario protegerla de él.
Estaba hecho un lío y se sentía inseguro.
Lo sucedido con el escándalo en aquella fiesta, la boda…
las advertencias de York sobre perderla si no hacía lo correcto…
Todo había ido a una velocidad demasiado rápida.
Theodore no respondía bien a la presión.
Había tardado años en asumir sus obligaciones y de repente estaba atado a la única mujer que era su mayor debilidad.
¿Cómo iba a afrontar esa situación? Fácil.
Marchándose a Nápoles para ayudar a Bruce a arreglar unos asuntos del todo delicados y que podrían hacerle daño a Liberty.
Como mejor amigo de Bruce, su obligación era estar allí para él. Como esposo de Liberty, su deber era estar ahí para ella. No podía hacer lo último hasta que pudiese ser capaz de manejar sus temores y encontrar el modo de convertirse en alguien adecuado para su condesa.
Había hombres muy seguros de sí mismos, infalibles.
York podía ser el mejor ejemplo que le venía a la mente.
Sin embargo, había otros que tenían sus tiempos y necesitaban un respiro para aceptar y comprender lo que la vida les traía.
Unos no eran mejores que los otros. Sencillamente eran diferentes.
Tal vez la protección maternal de Isobel lo había hecho sentirse despreocupado, porque ella jamás le fallaría y no era necesario que él se pusiese al timón del barco porque Isobel navegaba con suma maestría.
Mientras, el duque había sido criado por Mason Wilson ―quien Theodore sabía, por una conversación que no debió haber escuchado entre Malcom y su madre, que era el tío carnal de York―, un hombre fuerte que hacía que York se cuestionase cada día a sí mismo, al que obligaba a ser más capaz, mejor, más ambicioso.
Donde el duque recibió el impulso varonil, Theodore había sentido la protección maternal.
Por eso era muy diferente de Malcom W. Banstorn cuando actuaba.
Y no se sentía menospreciado o inferior tampoco cuando se comparaba con su tutor, porque Theodore no tenía ni una sola queja de cómo había llevado su vida, y el duque finalmente lo había hecho replantearse ser más ambicioso con respecto a su condición de conde.
Oh, pero el viaje estaba resultando un suplicio y la búsqueda de la mujer que Bruce tenía que encontrar no había avanzado lo suficientemente rápido.
Un confidente, que habían encontrado en una fiesta social, les había dicho que esa noche encontrarían a una dama con la descripción que ambos le habían ofrecido.
Theodore esperaba que todo acabase pronto porque haber puesto un mar de distancia entre su esposa y él no estaba resultando para nada como previó.
La echaba tremendamente de menos y no podía dejar de pensar en ella a todas horas.
Se había planteado escribirle, pero ¿qué le diría?
«¿ Siento mucho que tú no seas lo que yo necesito y me reconcome el alma no ser lo que tú te mereces?
». Entonces, conociendo a Liberty, ella no se quedaría de brazos cruzados sin hacer nada.
Pondría todo su empeño en averiguar el problema con el único objetivo de solventarlo.
Nunca se rendía. Eso era lo que más le había fascinado de ella.
Liberty lucharía por cualquier causa que decidiese que merecía la pena hasta el último aliento.
―¿Estás listo? ―La voz de Bruce interrumpió sus pensamientos.
Su amigo había llamado un par de veces a la puerta, pero al no obtener contestación había abierto para ver si había algún problema.
El hotel en el que se hospedaban era bastante seguro, pero había habido un robo en la propiedad de enfrente y Bruce se preocupó al no recibir respuesta.
―¿Para volver a casa? Sí.
Bruce Pharma le sonrió.
―Fuiste muy impulsivo cuando me ordenaste conseguir un par de pasajes aquel día… ¿y recuerdas lo que te dije?
―No lo digas ―le rogó.
―Te avisé de que te arrepentirías de dejarla.
No me opuse a tu repentino deseo de marcharte, porque imaginar que tienes derechos sobre mi hermana…
Confieso que me sentía mejor apartándote de ella.
Supongo que jamás olvidaré que es mi pequeña Liberty y que tú eres un disoluto al que conozco demasiado bien.
―Esta conversación es incómoda. ¿Por qué no la dejamos? ―propuso.