Capítulo 8
La frivolidad como cura
El señor Cook era un orgulloso hombre de negocios felizmente casado.
Era Cook, sin un nombre, sin un apellido.
De aspecto demoniaco debido a sus grandes hombros, sus fieros ojos marrones coronados por unas pobladas y curvadas cejas, su pelo extremadamente corto y su porte elegante y peligroso, había logrado ser respetado en el East End.
El placer del infierno no era un antro más de vicio o juego. Se había convertido, desde que bastantes nobles desarrollaron un gusto extremo por el local, en un lugar muy civilizado, elegante y lleno de interesantes ofertas, tanto para caballeros como para damas.
Cook se había casado con la mujer a la que había amado desde que la vio por primera vez.
Al echar la vista atrás y recordar a la hermosa Helen subida en el escenario del club…
Alguien una vez le recomendó a Cook bombones para conquistarla.
Bombones y bajarle la luna a la dama. Y eso fue lo que hizo.
Con un matrimonio de lo más dichoso, con tres hijos que probaban que Cook y Helen se amaban, el regente del club estaba satisfecho con la vida.
Entre otras cosas porque en El placer del infierno no había demasiados problemas.
Todo iba como la seda. Sin peleas, sin redadas, sin… sin nada que lo molestase.
Su adorada esposa lo ayudaba en la dirección del club porque Helen tenía cabeza para los números, y era muy buena ideando programas para entretener a las damas de la alta nobleza que deseaban ser malvadas y traviesas.
―¿Por qué estás tan serio? ―le preguntó Helen a Cook.
―Ella traerá problemas ―dijo, observando en dirección al escenario donde una joven cantaba bajo un velo que protegía su identidad.
El matrimonio estaba conversando en la primera planta, por lo que tenían una vista privilegiada de la zona donde la dama estaba entreteniendo al público.
―Te avisé de que así sería. Tuviste que haberte opuesto a dejarla salirse con la suya.
―Sabes quién es. ―No era una pregunta.
Helen afirmó con la cabeza y luego añadió:
―Sí ―respondió de todos modos la señora Cook―. Y tú eres el que tiene el control del club. Sullivan no te habría cuestionado.
―Uno no se opone a los deseos de la esposa del hermano de la mujer que Avery ama. Es una condesa, pero está bajo la protección de York. Tampoco se debe enfadar a un duque pomposo que se cree más que Dios.
La condesa de Snow se había presentado en la puerta de su club con esa monstruosidad de perro que estaba entre bastidores admirando a su dueña mientras esta cantaba.
El hombre que se ocupaba de la seguridad lo mandó llamar cuando ella usó el comodín de Sullivan y le explicó que tenía permiso de Avery para divertirse con discreción.
Cantando. Tenía a una maldita condesa, que estaba relacionada precisamente con el duque de York, subida al escenario. Cantando. Y no contento con haber consentido el capricho de la mujer, había permitido que ese gran perro lobo la custodiase.
Iba a cumplirse casi un mes desde que ella incursionó en El placer del infierno para ponerlo todo patas arriba.
Aunque en honor a la verdad, ese fiero perro que la protegía había mordido, pero sin herir de gravedad porque su dueña le dio la orden de detenerse, a dos hombres que trataron de subir al escenario para propasarse con la condesa, así que Snow Segundo ―como se llamaba el can― había resultado ser de ayuda.
Debía estar loco. Cook lo sabía. Ella traería problemas.
En especial, después de averiguar exactamente quién era Liberty Dreyer, actual condesa de Snow.
Con un padre implacable en los acuerdos matrimoniales o de negocios, y en los tribunales.
Amparada por un duque y familiar de Avery.
Tanto si le permitía divertirse en el club como si no, Cook estaba perdido.
Los cotilleos decían que la dama había protagonizado un escándalo que terminó en boda. Con un hombre del que nadie sabía nada porque posiblemente Snow no estuviese en Inglaterra. Problemas. Problemas y más problemas para Cook.
―¿Y tu hermano no influyó en tu decisión? Porque cuando ella nombró a Ethan, percibí claramente un cambio en ti.
Cook gruñó ante el recuerdo.
―Ethan se ha convertido en un cliente habitual, y no estoy seguro de que su misión sea la misma que la de ese perro con el que ella a veces hace un dúo.
―Tuvo que admitir que cuando vio a la condesa cantando una canción en la que el perro también bailó y ladró oportunamente cuando era necesario…
Interesante, y el público disfrutó mucho de ese espectáculo.
La avisó de que ese perro la delataría por más que llevase el velo y ella dijo que poco le importaba.
¡Loca! La condesa de Snow estaba demente.
―¿Así que ahora crees que la dama le interesa a tu hermano? ―Helen conocía bien a Ethan.
―Espero que no, porque está casada y… Problemas ―repitió una vez más―. Al menos agradeceré que ella se vista más recatada que cierta cantante de la que me enamoré.
―Oh, mentiroso… Adorabas mis vestidos.
―Adoraba vértelos solo yo ―precisó.
―Me encanta cuando te pones celoso. Pero funcionó para que te enamorases de mí y me persiguieses. Nos salió bien. Así que no te quejes, Cook.
―Nunca. ―Besó a su esposa en la boca sin retener nada para demostrarle el punto.
Helen se derritió contra él. La voz de Ethan cantando sobre el escenario con Liberty hizo que la pareja se separase de inmediato y mirase hacia esa dirección.
―Oh, creo que tu hermano tiene un serio problema. Te lo advertí cuando lo vi bailar y cantar con ella la primera vez y tú no me hiciste caso.
―Maldita sea, maldita sea… ―La pareja de cantantes se veía del todo… lo hacían demasiado bien en el escenario.
―Señor Cook, no deje de maldecir por mí. ―Avery Sullivan acababa de llegar a El placer del infierno.
Helen y Cook se giraron para mirarlo.
―Hace cuatro malditas semanas que te avisé de que la esposa del hermano de tu…
―Cook se había perdido sobre el parentesco de la condesa, así que resumió el suceso―: Ella ―señaló con el dedo a Liberty― llegó, y te escribí hace una eternidad pidiéndote indicaciones. ¿No podías haberme dado una solución?
―¿Por qué te crees que estoy aquí? ¿Qué tal si antes de reprenderme le das la mano a tu buen amigo?
Cook suspiró, pero hizo precisamente lo que Avery Sullivan le indicó. El dueño del club saludó oportunamente a su esposa también.
―¿Nuestro negocio tiene que ser un patio de recreo para toda tu familia, Sullivan? ―saltó Cook.
―¿Dónde está la díscola lady Snow?
―Te la he señalado antes. ¿No me prestas atención?
―¿Quién?
―Allí. ―La volvió a señalar Cook.
―¿Dónde? ―No veía nada.
―¡Sobre el maldito escenario! Cantando con mi hermano.
―¡Mierda! ―Se le escapó un exabrupto imperdonable. Su esposa lo reprendería con fuerza si decía semejante palabra frente a sus hijos. Pero…
Lady Snow vestía un atuendo que… Piedras, brillantes y otras chucherías engarzadas en un escote al que le faltaban varios metros de tela para cubrir el nacimiento de sus pechos.
Pelo eminentemente suelto, con un recogido muy básico que haría suspirar a todo aquel que soñase con acariciar una lustrosa melena oscura que parecía seda pura.
Y luego estaba eso que ella acababa de hacer para mostrar su tobillo.
―Y tú has tardado cuatro semanas en atender un asunto de lo más apremiante.
―¿Por qué demonios has permitido que ella esté cantando y exhibiéndose ahí arriba?
―Porque es una mujer inteligente que usó tu nombre, el título de York y el suyo propio para ponerme contra las cuerdas. ¿Qué querías que hiciera? Si le concedía su deseo, malo, si la echaba, peor. Así que le dije que sí, te escribí una carta y te tocaba a ti decidir sobre esta cuestión.
―Lo siento… Estuve de viaje con mi esposa y mis hijos y no revisé el correo hasta hace poco. Y lo hice precisamente porque York me instó a venir de inmediato al club y ocuparme de ella.
―¿York está al corriente? ―se interesó Cook.
―¿De qué no está al corriente ese duque pomposo que se cree salido del trasero de Zeus? ―opinó Sullivan refunfuñando.
―¿Y por qué no la ha detenido él mismo? En cuanto a Zeus… se especula que se denomina Ra a sí mismo. Ha cambiado de deidad.
―Ra, Zeus o el maldito diablo. El duque está esperando la llegada del que desea que sea su heredero. Isobel está embarazada y me ha enviado a mí a poner orden con Snow y su díscola condesa.
―Puedes empezar… ―lo animó Cook.
―¿No vas a ayudarme?
―¿Yo? No. Es familia tuya. Son tus problemas. He estado vigilándola desde que llegó para informarme de que iba a ser la nueva cantante de El placer del infierno y que tú lo habías aprobado. Estoy fuera de esta porquería familiar, Sullivan.
―¿Quién es el hombre que canta con ella?
―Mi hermano.
―Mierda ―repitió.
―Sí. Snow tiene problemas y no sabe cuántos. Su esposa está muy enfadada y sabemos lo peligroso que es enfrentarse a una mujer que se siente despechada.
―Será mejor que la saque del escenario.
―¿A qué viene tanta prisa? No hemos tenido tantos clientes disfrutando del espectáculo en años. Desde que Helen dejó la actuación. Deja que termine, lo peor ya está hecho ―le dijo Cook con humor.
―Snow ha desembarcado esta tarde en Londres. La siguiente parada que hará será aquí.
―¿Quién va a ser el estúpido que le diga a un esposo lo que está haciendo su mujer en un club como este? No lo sabrá. ―Trató de tranquilizarlo.
―York. El duque ha dejado una misiva en casa de los condes para que Snow la lea en cuanto llegue a su dulce hogar.
No creo que tarde demasiado en aparecer.
―York era muy retorcido, se había asegurado de trasladar el conflicto hasta su club para asegurarse de que Avery interviniese a fin de que él pudiera atender a su esposa e hija.
El duque pomposo y ese secuaz suyo llamado Wilson se creían muy listos.
―Entonces te deseo suerte, porque lady Snow es parte de tu familia, pero se nota mucho que no la conoces. ―Cook estaba seguro de que no se imaginaba lo que iba a ser combatir contra la condesa.
―¿Qué quieres decir?
―Oh, ella es terca como una mula ―se metió Helen en la conversación.
―Entonces la bajaré de allí arriba pataleando y gritando si hace falta. ―Avery sonrió―. No sería la primera vez que hiciera algo así en mi club. ―Había tratado con muchas damas salvajes que no atendían a razones.
―Ponte una armadura de esas que usaban los antiguos caballeros de hace mil años ―le recomendó con diversión Cook.
―¿Qué demonios quieres decir? ―repitió la pregunta―. Estoy casado pero puedo pelear como cuando yo aquí era el Ángel del Infierno.
―No has visto a la bestia que custodia a la condesa… ¿verdad? ―le preguntó su amigo Cook.
―¿Qué? Tu hermano no me parece demasiado grande.
Tú resultas más aterrador ―alegó Avery mientras miraba el escenario para ver cómo Ethan Digory hacía rodar a Liberty, dándole una vuelta mientras bailaban muy cómplices.
Masculló una maldición tan colorida que un porteador de los muelles se quedaría sorprendido.
Ella estaba demasiado solícita con un hombre que no era su esposo… ¡Maldición!
―Ethan no, el otro que está en el lateral derecho. Desde tu posición puedes verlo. Fíjate bien.
La vista de Avery se concentró en el lugar descrito y se quedó con los ojos como platos.
―¡Dios del cielo! ¿Qué demonios es eso?
―El perro lobo de la condesa. Snow Segundo lo llama. Su protector. Estarás muerto si ella decide que debes estarlo. Le da una orden a la fiera y la obedece ciegamente. Yo si fuese tú no la enfadaría, y le pediría con bonitas y dulces palabras que baje del escenario.
―¿Cómo has dicho? ―Todo lo que había escuchado era… ¡Infierno sangriento! York le acababa de fastidiar la vida. Mucho. Muchísimo.
―Lo que has oído. ¡Exacto! Cuando el hermano de tu esposa llegue va a tener que lidiar con un par de sorpresas que no son para nada agradables. Ahora, ve y haz que ella deje de bailar con mi hermano, porque si Snow viene y la ve, la pelea será…
―Snow ha llegado. Odio las sorpresas. ¿Dónde es la pelea? Y… lo principal, ¿dónde diablos está mi esposa?
El conde se había aproximado por el flanco derecho de ambos mientras hablaban animadamente. Sullivan había maldecido ante su suerte, en esos instantes estaba en un aprieto increíble.
Theodore Maxwell Dreyer estaba de regreso y su esposa se divertía de modo más que alegre sobre el maldito escenario bailando con otro tipo.
Si Avery Sullivan no actuaba rápido y bien, el desastre sería catastrófico.
Un desastre familiar y económico. No era bueno para el negocio que un conde se pelease con alguien porque su esposa estuviese actuando en el club.
¡Infierno, condenación y mil maldiciones más!