Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #4
92%

Capítulo 7 #4

―Creo que Snow no se opondrá a mi petición sobre la anulación ―lo cortó―.

Es más, seguro que la recibe con suma gratitud y alegría.

―Se limpió una lágrima rebelde que había escapado de su ojo derecho―.

Sé de buena tinta que el duque de York tiene una estrecha amistad con el rey, y que podría pedir su favor para que esto fuese lo más discreto posible.

―¿Por qué, Liberty? ―le preguntó su padre mientras la abrazaba―. ¿Por qué hiciste eso? Sabías la clase de hombre que era el mejor amigo que tu hermano eligió. Tú siempre has sido más inteligente que muchos hombres y todas las mujeres que conozco. ¿Qué te impulsó a obrar de este modo, cariño?

―Lo amo, padre. Siempre lo amaré. No puedo ser lo que él necesita y lo dejaré libre para que pueda seguir su camino ―le explicó, tratando de amortiguar los sollozos que escapaban de su garganta.

Lo que hizo que el perro lobo comenzase a dar vueltas alrededor del padre y la hija mientras aullaba, dejando constancia de que sentía el mismo dolor que Liberty.

Cuando la joven se tranquilizó y dejó la casa de su padre en compañía de Ethan y ese perro que había demostrado que protegería a Liberty con su vida en caso de ser necesario, Leopold Pharma hizo lo que un padre tenía que hacer.

Emprender las acciones para poder interrogar al esposo de su hija y averiguar la verdad sobre los problemas que tenía la pareja.

Sacó papel, tomó la pluma del tintero y redactó una misiva dirigida al duque de York. Fue muy profesional en su amenaza.

***

―¡Señoooooor Wilsooooon! ―tronó el duque de York, mientras hacía trizas una carta que lo acababa de poner de muy malhumor, y ponía su lacre en otro trozo de papel que debía ser enviado por correo lo más pronto posible.

En poco más de dos minutos, se presentaron ante Malcom su tío y también su duquesa. Isobel lo había escuchado gritar desde sus aposentos y se preocupó. Hacía años que no había visto esa muestra de… de… de lo que fuese que adolecía Malcom para dar ese chillido.

―¿Qué ocurre? ―interrogó la duquesa de York.

―¿Excelencia? ―preguntó al mismo tiempo Mason Wilson.

―Si tu hijo me obliga a ir a Italia en su busca, juro que volverá a Londres en una caja de pino ―farfulló lleno de rabia. ¿Cuándo dejaría de tener que arreglar los estropicios de todo el mundo?

―¿Por qué tendrías que asesinarlo? Snow ha cambiado mucho. Está más civilizado que nunca. ―Isobel estaba extrañada por las palabras de York.

La mirada del duque se cruzó con la de Mason Wilson.

―Usted no parece sorprendido con mi comentario.

―En absoluto. Les avisé tiempo atrás de que el conde de Snow iba a necesitar una niñera que supiera utilizar una vara para lograr disciplinarlo. No me tomaron en serio cuando les anuncié que ese muchacho sería más complejo que el mismísimo lord Liam.

―¿Qué sucede? ―Isobel necesitaba más luz.

York suspiró.

―El padre de la dama, que es un brillante abogado y que se hizo famoso por lograr uno de los pocos casos de anulación matrimonial del reino, ha amenazado con revertir el matrimonio de su hija si Theodore no se presenta lo antes posible ante él.

―¿Revertir? ―Isobel tenía el ceño fruncido.

―El señor Pharma pretende anular el matrimonio, Isobel. ¿Qué no entiendes? ―preguntó exhausto.

―¿Por qué haría eso?

―Excelencia ―terció Mason Wilson mirando a la duquesa, tratando de evitar que el malhumor de Malcom no se cerniese sobre su esposa―, ¿cómo se sentiría usted si su esposo hubiese salido sin despedirse a la mañana siguiente de haberse casado?

Pronto hará cuatro meses del suceso y me sorprendería que el joven lord Snow le hubiese mandado una sola carta interesándose por su condesa.

Isobel cerró los ojos comprendiendo perfectamente el enfado mayúsculo del progenitor de Liberty. El padre de Theodore se casó con Isobel e hizo justamente eso, con la salvedad de que no había amor ni nada entre ellos.

―¿Malcom? ―susurró el nombre de su esposo como una plegaria―. Ellos se aman. No puedes permitir que ese hombre cumpla esa amenaza.

―¿No, Isobel? ―preguntó con ironía―. ¿Qué crees que haría yo si Gwyneth se viese en una situación similar? ¿Qué harías tú, esposa? Nosotros no hubiésemos sido tan sutiles como el señor Pharma. Yo mismo habría salido rumbo a Italia para pegarle un tiro al esposo de mi pequeño rayo de luz.

―¡York! ―lo amonestó.

―No, Isobel. El título no te servirá en esta ocasión para aplacarme. Dios sabe que tú no tienes la culpa de las acciones de ese pequeño estúpido que perderá a la mujer que ama por su terquedad, pero estoy tan enfadado que…

El duque se levantó de su silla, le tendió la misiva a Wilson y luego se marchó de allí para buscar otro modo de desahogarse y no volcar su rabia sobre su esposa embarazada o su tío.

Isobel sintió los ojos llenos de lágrimas.

―Señor Wilson…, es mi hijo, Snow es… Esa pareja no debe deshacerse.

El tío de York fue de inmediato a abrazarla, justo cuando vio que ella comenzaba a llorar llena de congoja.

―El duque lo arreglará. Siempre encuentra el modo.

―Está tan enfadado… Creo que lamenta el día en el que se fijó en una viuda con tres jóvenes a su cargo.

―Nada de eso, excelencia. ―Trató de tranquilizarla―.

York está disgustado porque no desea que nada lo aleje de su esposa, de su pequeña y de su futuro hijo.

El duque necesita ocuparse de su familia, la que vive en York Park ―puntualizó―, y sabe que Snow lo apartará de su principal labor: cuidarla a usted y a lady Gwyneth mientras su heredero llega.

―¿Está seguro de que es eso? ―Isobel no lo tenía claro.

Mason Wilson la separó de su abrazo, la miró a los ojos y le sonrió.

―¿Usted, no? ―Ella asintió con fuerza.

―Iré a buscar a Malcom.

―No hará falta. ―Una voz masculina sonó tras el señor Wilson y la duquesa.

Isobel se giró rápidamente y se echó a sus brazos.

York ya los tenía abiertos cuando ella aterrizó sobre él.

Nada más había cruzado la puerta de la entrada para ir a pasear por el jardín se dio cuenta de que Isobel era todo lo que necesitaba para calmarse.

Así que Malcom regresó de inmediato al despacho.

―Lo siento, amor mío ―se lamentó la duquesa, mientras el tío de Malcom salía de la habitación con discreción para enviarle con urgencia la misiva a lord Snow.

Debido a los asuntos que York manejaba todavía con el joven donde ―la cuestión financiera más importante en esos momentos era una inversión muy alta en unas minas en África que Snow le había hecho hacer a York― el duque sabía el paradero exacto del muchacho en todo momento y no era la primera vez que lo regañaba por carta por tratar así a su condesa.

Y sin embargo, pese a que York lo había instado a comportarse con su esposa, Snow no daba su brazo a torcer y regresaba para atender a Liberty.

―Soy yo el que lo siente, Isobel. No debí haber perdido los nervios. Lo lamento ―insistió.

―No hace falta ninguna disculpa. Siempre lo arreglas todo. Estoy tan acostumbrada a que solventes todos los problemas, que no me he dado cuenta de que debes estar cansado de todos nosotros.

La separó de su torso para mirarla a los ojos.

―Nunca de ti. Todo puede irse al infierno, no me importa. Mientras tú estés a mi lado sé que lograré superar cualquier obstáculo.

La duquesa levantó la mano y le acarició la mejilla.

―Yo misma empuñaré la vara que azotará a Snow si él no entra en razón, te lo juro.

York se carcajeó.

―Yo lo sostendré a él para ti.

Malcom bajó la boca y buscó los labios de su amada.