Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #3
92%

Capítulo 7 #3

A la mañana siguiente, la condesa de Snow se levantó con otros aires.

Por lo que se disponía a hacer, podría ser considerada como una malcriada que había logrado hacerse con el juguete que tanto codició, y luego lo desechó al primer instante.

Sin embargo no era así. Había mucho más de lo que se veía a simple vista.

Mientras entraba en casa de su padre con Snow Segundo junto a ella, saludó debidamente a los sirvientes y luego llamó a la puerta del despacho del señor Pharma. Cuando la invitó a entrar, Liberty lo hizo.

Vio que Ethan abandonaba la silla en la que había estado sentado para cedérsela a ella.

―¿Qué diantres es eso, Liberty? ―inquirió su padre mientras ella se sentaba.

―Snow Segundo, mi protector ―dijo en alusión al perro lobo―. ¿A que sí? ¿A que eres mi caballero de radiante armadura? ―Ella habló con el can en ese tono lleno de amor que solía usar cuando deseaba que él se sintiese querido.

El perro se colocó a su lado y apoyó la cabeza sobre sus piernas para pedir atención. Liberty le acarició la cabeza.

―¿Cómo lo has llamado? ―intervino su padre de nuevo.

―Es blanco como la nieve. ¿Por qué es una sorpresa para todos? ―se quejó ella, ya cansada de que siempre cuestionasen su decisión sobre usar el título de su esposo.

Ethan se carcajeó. Tenía ganas de saber la opinión del maldito tonto cuando llegase y descubriese que ella tenía un perro inmenso al que llamaba como él.

―A mí me gusta. Le queda bien ―opinó Ethan.

―Gracias.

―Aaah… ¿debo quedarme o salir? ―inquirió su querido amigo, al suponer que ella había ido a ver al señor Pharma en calidad de abogado y no como su padre.

―Sé que lo que un cliente comparte con sus abogados permanece en la más estricta confidencia. Y dado que la situación es compleja, me gustaría contar con la opinión de dos grandes mentes ―los alabó la condesa.

―¿Qué es…? ―comenzó a interrogar Leopold sin saber a qué venía tanto reparo y formalidad.

―Eres mi padre, pero en estos momentos necesito que olvides ese hecho y seas mi abogado.

―¿A qué juegas, Liberty? ―El señor Pharma no comprendía nada.

―Tengo un problema que no preví ―admitió.

Ethan se había acomodado en una silla junto a la de ella.

―¿De qué tipo? ―indagó con suma preocupación el señor Pharma.

―Uno que necesito que abordes como mi abogado, no como mi padre ―repitió con severidad.

―Habla de una vez ―la azuzó Leopold.

―He cometido un terrible error ―dijo con suavidad.

―¡Lo sabía! Yo lo sabía… Muchacha caprichosa y terca ―saltó su padre. Entonces ella supo que su progenitor no necesitaba más datos respecto a su caso para determinar a lo que se estaba refiriendo.

Liberty se levantó a toda prisa de la silla y miró con furia a su padre.

―Iré en busca de alguien que pueda ayudarme.

El perro, que se había puesto de pie con la misma rapidez que ella, se colocó sobre la mesa, apoyándose sobre la madera con las dos patas delanteras y le gruñó al señor Pharma, quien se quedó estupefacto, pero no se asustó.

―Dile a tu fiera que se calme, Liberty ―sugirió Ethan, mientras trataba de aplacarla a ella también. El señor Digory la estaba sujetando por los hombros, lo que hizo que el perro se diese la vuelta de inmediato y adoptase una posición defensiva frente al hombre que estaba tocando a su dueña.

Ante lo que pudo haber sido considerado el primer ladrido de un claro aviso por parte del perro lobo, Ethan se separó al instante de ella.

Cuando el señor Digory retrocedió, el guardián de Liberty se colocó delante de su dueña y no tuvo pudor al mostrar los dientes mientras retaba a Ethan y al padre de ella. La mirada del can iba de uno al otro.

Liberty suspiró. Su fiel escudero era demasiado sensible al percibir sus reacciones. Liberty contó hasta cinco para tranquilizarse y luego pasó una mano por el tronco del animal a fin de explicarle sin palabras que no había ningún problema.

―No deberías tocarlo, Liberty ―dijo su padre con cautela―. Parece dispuesto a… ―Pero el perro acababa de sentarse y movía la cola alegremente, así que la explicación de Leopold no fue necesaria.

―Snow Segundo se preocupa por mí mucho. Estoy a salvo con él.

―Ha sido increíble ver semejante demostración de… ―comenzó a decir Ethan sin saber cómo terminar su opinión.

―Protección. Se llama protección, por eso trato de llevarlo a todas partes conmigo ―lo ayudó la condesa.

―Siéntate de nuevo, hija mía. Trataré de contener mi temperamento y mi lengua.

Aunque… no puedo prometerte nada más que mi intención, porque eres, ante todo y principalmente, mi hija.

No soy solo un abogado ofreciendo consejo legal.

Yo soy la primera persona que te sostuvo entre sus brazos y le juré a tu madre, a ti y a mí mismo, que no dejaría, tampoco, de protegerte nunca.

Ahora dime cuál es el problema exacto para que pueda valorar tus opciones.

―Se resistió a decirle que Snow no era el indicado, pese a que deseaba haberlo dicho en alto.

Siempre supo que el conde no sería un esposo ideal para su hija.

Liberty, quien ya había vuelto a sentarse en la silla, al igual que Ethan, tomó una bocanada de aire.

―Necesito considerar mis opciones con respecto a mi… matrimonio ―susurró muy bajo la última palabra.

―¿Se trata de una separación? ―indagó el señor Pharma.

―No.

―Mejor, porque sin haberle dado un heredero y un repuesto, las probabilidades de considerar un acuerdo que no sea especialmente perjudicial para ti serían…

―Me gustaría saber las condiciones en las que un matrimonio puede considerarse… nulo ―musitó la última palabra.

―No creo que sea tu caso, hija mía.

Liberty se agarró al borde de la mesa de su padre y lo miró a los ojos. La mirada de Leopold se desvió hasta las manos de su hija y se dio cuenta de que ella no portaba ese ostentoso anillo que Snow le había colocado en el dedo en York Park mientras recitaba sus votos.

―Necesito salir de esto ―dijo con el corazón llorando sangre. Jamás creyó que se vería en esa tesitura.

―¿Dónde está tu anillo? ―la interrogó.

―En casa de Snow.

―¿Por qué?

―Porque no deseo estar encadenada a él. No puedo hacerlo.

―¡Dios santo! ―estalló Leopold―. El matrimonio no es un bonito retículo que una dama se compra y que cuando se cansa de él lo deposita en el fondo de un baúl.

―Eres el mejor. Sé que puedes encontrar la forma de librarme de esto, padre ―rogó.

―Cuándo hablas de esto, ¿te refieres al hecho de que permitiste que él arruinase tu reputación y te dejaste seducir? ―Ahí estaba. Ella había pedido un abogado y él le mostró su profesionalidad al convertirse en un pestañeo en un acusador brillante.

―Anulaste un matrimonio hace veinte años. Cuando nadie creyó que eso sería posible, tú lo lograste. ―Ella recordaba bien esa hazaña.

―¿Le has sido infiel? Porque el adulterio fue lo que logró que el duque de Spencer fuese…

―Mi matrimonio no fue consumado.

Dos jadeos, producidos por Ethan y el señor Pharma, dejaron en evidencia que eso no lo habían esperado… jamás.

Ethan Digory se pasó las manos por el pelo, mientras se daba cuenta de que el conde de Snow no era un bastardo con suerte. No. Era un maldito canalla estúpido.

―¿Qué clase de hombre no le haría el amor a una mujer tan bella?

―Ethan… ―susurró Leopold.

―Uno que está furioso con el proceder de su esposa y sabe que le tendió una trampa ―aclaró Liberty, tratando de ser parca en sus palabras y mantener la tranquilidad.

El señor Digory masculló algo ininteligible al darse cuenta de que había hecho su pregunta en alto.

―Lo siento, yo solo… No lo entiendo. Snow debería estar agradecido y honrado. De verdad que no lo hago. No lo comprendo ―explicó Ethan, tremendamente asombrado.

En ese punto de la conversación y tras una revelación devastadora, el señor Pharma se levantó del asiento y se dirigió hasta la ventana más próxima. Sin volverse comenzó a hablar, explicando que:

―¿Tu fideicomiso está intacto?

―No lo he tocado y sé que él tampoco lo haría ―le aclaró Liberty.

―Quiero que medites bien lo que planteas, Liberty. Bruce no está aquí para…

―Mi hermano está en Italia con mi esposo. Ambos se marcharon juntos ―le explicó.

Eso hizo que el abogado se diese la vuelta para observarla.

―Lo que dices no puede ser… Bruce se fue de Londres… ―Leopold frunció el ceño.

―La mañana siguiente de mi boda. Snow partió con él ―recalcó.

―Te ha abandonado…

―Eso me temo.

―El muy cretino te dejó justo después de recitar sus votos y tú, mi hija, no viniste a explicármelo ―la acusó.

―Pronto hará cuatro meses que no sé una palabra de mi esposo. ¿Cómo se le explica eso a un padre?

―Si él no está… ¿Esto que quieres llevar a cabo es por despecho? ¿Porque te ha abandonado? ―la interrogó.

No podía decirle la verdadera razón de sus acciones. Ni ofrecerle toda la veracidad de los motivos por los que lo atrapó en matrimonio. Liberty suspiró.

―A estas alturas no debería ser sorprendente que yo admita que siempre fui muy débil en todo lo que a Snow se refería. Lo puse por delante de todas las cosas, incluso de mí misma, pero hay algo que no lograré pasar por alto. Es un obstáculo insalvable en nuestra relación.

―Dime el qué ―exigió el señor Pharma.

―No ―negó ella.

―Si persistes con esta idea de la anulación, las preguntas que te harán serán muy íntimas, no habrá hueco para la ocultación, Liberty.

―Entonces no mentiré cuando un juez, magistrado o quien sea me pregunte, pero no diré una palabra al respecto mientras pueda evitarlo.

―Será tu ruina. Hacer esto… No creo que puedas comprender el alcance de lo que demandas.

―Padre… ―Ella se levantó―. ¿No lo ve? ―El interpelado negó con la cabeza―. Mi vida entera es un fracaso absoluto. Hace años que todo terminó para mí. Snow… él fue quien… ―Suspiró con cansancio. No podía decirlo. No deseaba explicarlo. No podía. No podía―. Cuando el proceso termine me iré lejos.

―Piensa un poco lo que vas a hacer. Esto no se deshará una vez que se inicie, hija mía, y tu esposo… Él no tolerará que…