Capítulo 7 #2
Liberty aprovechó el momento para rodar el anillo y esconder esa gran esmeralda que hacía que fuese reconocible en la palma de su mano, de tal forma que solo se veía la banda de oro.
―Admitiré que tenía curiosidad por ver lo que se hacía aquí.
―¿Has participado en ese… en ese… despropósito?
―No.
―Yo creo que sí ―lo volvió a acusar.
―¡Maldición, Liberty, estoy aquí por tu padre! ―se le escapó. Y maldijo todavía más en silencio.
―¿Perdón? ―Seguro que lo había escuchado mal.
―Mira… Olvida lo que acabo de decir.
―No. De eso nada. Vas a contarme de inmediato lo que has dicho sobre mi padre. ―No sabía si podría soportar una nueva sorpresa decepcionante, pero necesitaba información.
Ethan Digory se quedó mirando con fijación ese velo, uno que tras un segundo descubrió el rostro para poder ver los impresionantes ojos verdes de ella. Liberty se lo permitió porque ambos estaban a solas en esa parte del club.
―Solo si tú me dices qué te ha traído aquí.
―Trato hecho. Tú primero. Pero será nuestro secreto. No se lo diremos a nadie.
―Está bien. Verás… ―Suspiró―. Desde que te casaste, tu padre ha estado muy solo. Pero el destino es muy curioso y trajo hasta su despacho a una viuda de una edad similar a la de él que además fue una conocida de su juventud y…
―¿Qué tiene eso que ver con el hecho de que estés en El placer del infierno? ―lo cortó. ¡Oh, su padre con una dama! No necesitaba esa información en ese instante.
―A eso voy, señorita impaciente. Hicieron buenas migas y ella le confesó que tenía un lugar secreto en el que portarse mal y lo invitó.
―¡No! No, no… ¡no! No te atrevas a decirme que mi padre está aquí y que él está protagonizando una tórrida escena en la que…
―Liberty ―la silenció, al ver que ella estaba perdiendo el control.
―Tu padre sí está aquí, pero está… digamos que su interludio es íntimo y que nadie sabrá lo que aquí ocurre entre él y esa dama.
―¡Santo Dios! ―Su padre. Su correcto padre, su perfecto progenitor. ¡El señor Pharma en un antro de pecado! ―. Mi hermano lo ha debido corromper. No hay otra explicación.
―Sé que es tu padre, pero debes comprender que es un hombre y que…
―¡No! No necesito saber más. No hables, te lo ruego.
Ethan le sonrió.
―Estás adorable cuando haces un puchero ―le señaló con jovialidad.
―Mi padre y una mujer… haciendo… ¡ eso ! ―Estaba asombrada.
―Te toca a ti decirme qué ha traído a una respetable condesa a un lugar así.
―Mi esposo.
―¡No! ―le tocó el turno de negar a él―, Snow es un pícaro desalmado, seguro, pero no se atrevería a…
―Él no sabe que estoy aquí.
―¿Entonces por qué…?
―Es complicado.
―No más que un acuerdo matrimonial entre la segunda nieta de un duque y un mozo de cuadras ―le dijo, al aludir a uno de sus últimos trabajos―. Así que habla.
―¿Las nietas de un alto noble se casan con mozos de cuadras?
―Es más habitual de lo que crees. Gretna Green ha hecho mucho daño en las filas de las élites sociales. Habla, Liberty, no creas que me despistaré.
No pudo más. Liberty se abrazó a Ethan y sollozó. Se derrumbó. Las sucias explicaciones de la amante estaban gravadas a fuego, del mismo modo que lo estaba ese anillo que Ophelia portaba con orgullo.
El señor Digory la cobijó entre sus brazos y se atrevió a besar un pedazo del pelo que el sombrero no cubría.
―Sea lo que sea, te aseguro que lo arreglaremos. Eres la hija de un inteligente abogado que ha logrado imposibles. Dime el problema, Liberty. Encontraremos una solución.
―No debí casarme, Ethan. No debí haber hecho lo que hice. No puedo ser lo que él necesita. No lo lograré nunca.
―¡Cielos, Liberty! Solo han pasado unos pocos meses, tienes que ser…
―Me ha abandonado. Se marchó con Bruce a Italia. Me dejó sin mirar atrás y le ha dado el mismo anillo que yo llevo a su amante…
―¿Qué? ―No daba crédito a lo que oía. Ese bastardo no podía dar gracias al cielo por su suerte. No. Snow tenía que pisotear a la mujer más maravillosa del mundo.
―La he visto. Ophelia White, su amante, está aquí, ha visto mi anillo y, al igual que tú, me ha reconocido.
Luego me ha mostrado el que Snow le dio.
Es exactamente igual que el mío, pero tiene un rubí.
¿Qué he hecho, Ethan? Él… ―No se atrevió a explicarle la clase de cosas íntimas que había descubierto sobre su esposo.
Imaginarlas y saberlas eran dos cosas muy diferentes.
Liberty siempre supo que Snow era un truhan, pero saber lo que él precisaba de una mujer…
―Tu padre debe saberlo, Liberty. El señor Pharma cree que eres feliz con tu esposo. Tienes que hablar con él. Hay que encontrar un modo para…
Ella se separó de su abrazo.
―Soy una tonta, lo sé.
―No lo eres en absoluto. Eres muchas cosas, Liberty, pero no eres estúpida. Eso nunca.
―Es lo que me siento.
Ethan sintió cómo la ira bullía con fuerza en su ser. Era momento de mantener la cabeza fría. Un poco de frivolidad sería interesante. Tuvo una idea que haría que la mujer a la que secretamente amaba volviese a sonreír.
―Mira, no hay nada que podamos arreglar ahora mismo. Si tu esposo está con Bruce divirtiéndose, lo justo es borrar esas lágrimas. ―Ethan pasó los pulgares por sus mejillas para secar su piel y luego le colocó el velo en su lugar―. Y sé exactamente cómo lo vamos a hacer.
―¿Cómo? ―se ilusionó de pronto Liberty. Ethan Digory tenía una mirada pícara que jamás antes había visto en él.
―¡Cantar!
―¿Cantar? ―repitió en forma de pregunta.
―Eso mismo he dicho. ¿Recuerdas aquel dúo que hacíamos en casa de tu padre por Navidad?
―Sí.
―Lo haremos aquí. Delante de un público que nos aplaudirá y verás cómo los dos nos sentiremos mejor.
―¿Tú también estás triste, Ethan? ―lo interrogó.
―Profundamente, Liberty.
―¿Por qué?
―Porque odio verte llorar.
Ella le sonrió.
―Siempre has sido tan amable conmigo. Te adoro, Ethan. Eres mi mejor amigo.
―Lo sé ―dijo con resignación.
Comenzó a llevarla de la mano hasta el escenario donde la subasta de caballeros había terminado.
―¿Vamos a subir ahí y sencillamente… cantar?
―Es una suerte que el hombre que ahora dirige el lugar sea mi medio hermano.
―¿Cook es tu medio hermano? ―soltó de pronto Liberty.
―¿Conoces a Cook también? ―inquirió sorprendido Ethan.
―¿Olvidas que la señora Sullivan es la hermana de mi terco esposo?
―Evangeline Sullivan estaba casada con el dueño real de El placer del infierno.
El señor Cook, al que Ethan y Liberty se estaban refiriendo, era su mano derecha, el que dirigía el lugar en ausencia de Avery Sullivan.
Descubrir que Cook era hermano de Ethan Digory… ¡Increíble!
Él se rio.
―¿Hay algo que la hija de Leopold Pharma no sepa?
―Poca cosa… ―añadió coqueta. Hasta que recordó que no sabría nunca cómo ser la esposa de Theodore Dreyer y su humor se tornó negro como hacía unos minutos.
―Vamos, pequeña Liberty. Demuestra que tu voz sigue siendo igual de bonita que cuando hacíamos el dúo.
Llegaron hasta el escenario y Liberty le dio un tirón en la manga para llamar su atención.
―¿Recuerdas la burda canción que Bruce cantó después de nosotros la última Navidad, sobre un pirata y una sirena?
―¡Liberty! ¿No pretenderás que cantemos eso? ―se escandalizó.
―Creo que iría muy bien en este ambiente. ¿Te atreves, capitán?
―Eres peligrosa… ―Lo era muchísimo para él mismo. Snow sí era un tonto de primera por no valorar lo que le había concedido el cielo. Cambiaría toda su fortuna por Liberty en un chasquido de dedos.
―¿Me complacerás, Ethan? ―preguntó con esa dulce voz melosa que ella empleaba con su padre cuando quería salirse con la suya.
―Siempre ―aseguro él―. Tú recitarás las estrofas de la sirena y yo las del capitán.
―Estoy impaciente.
Se colocaron en el escenario y un pianista se acomodó en el sillón del instrumento cuando Ethan le hizo un gesto para que los ayudase a poner unas notas a su canción, puesto que no tenían partitura.
Ambos comenzaron a cantar una canción que hablaba del desamor de un hombre de mar que capitaneaba un navío en busca de su amor perdido.
Una sirena de grandes pechos, un corazón helado que el enamorado debía derretir.
En un punto de la narración, el capitán la encontró tirada en una roca, ella había seguido a su equivocado corazón hasta un hombre que la había herido de muerte.
El capitán, con un beso, con su amor, quería darle de nuevo la vida, a sabiendas de que ese gesto le costaría a él su propia existencia.
Fue entonces cuando Ethan y Liberty se quedaron uno muy cerca del otro, en medio del escenario, mientras el público aplaudía porque él tenía una voz de tenor y ella, pese a no tener un tono profundo y elegante como una cantante de ópera, sí interpretaba la letra con gracia, pues los movimientos que hacía mientras tarareaba, como bajar un poco el corpiño cuando la letra habló de los pechos de la sirena, o levantar su falda para mostrar sus elegantes tobillos cuando se explicaba cómo el amor del capitán la había seducido con un gesto similar, hicieron que todo el mundo que la observaba la amase de inmediato.
Así, juntos, a punto de besarse… Liberty sintió el corazón latiendo con fuerza mientras los labios indecisos de él se acercaban hasta ella.
No sabía qué hacer. Ethan decidió por los dos, justo cuando la besó en la mejilla, para después echarse en el suelo para simular haber muerto para salvar a la dulce sirena del capitán.
La sala aplaudió con fuerza la actuación, y cuando Ethan se puso de pie, se acercó a ella para sujetarla por la cintura. Bajo el velo que protegía su identidad, intuía que al menos por un rato Liberty había logrado olvidar sus problemas.
Era la tercera vez que acompañaba al padre de la joven a ese lugar, y se sintió pletórico por haberla encontrado en un momento en el que Liberty había necesitado comprensión y consuelo.
Ella se abrazó a él cuando todavía el público estaba de pie aplaudiendo.
―Gracias, Ethan. Te adoro.
―Yo también, Liberty… Yo también ―susurró, sin que ella lo oyese.
***