Capítulo 7
Un club de lo más inquietante
El señor Donaldson y su esposa se habían puesto un par de máscaras.
Lady Snow optó por un coqueto sombrero verde con velo, a juego con el despampanante vestido de seda que llevaba, para ocultar su identidad.
No era que a Jenna o a Liberty les preocupase que las pescaran en un lugar indecente como ese.
Estaban casadas, tenían dinero, su familia no las censuraría.
¿Qué podía hacerles la sociedad si decidía criticarlas?
Nada. Porque ellas no se dejarían avasallar.
No obstante, Jacob había insistido en proteger su anonimato porque Snow no estaba con su mujer y podría dar pie a especulaciones que hiciesen todavía más farragosa la situación.
Dejar a su perro lobo en casa fue más complicado. Lo tuvo que encerrar en su habitación, hablar con él un largo rato y luego marcharse y confiar en que Snow Segundo no la siguiese por media ciudad. Esperaba haber sido clara con él. Cuando regresase a casa vería si había sido un protector obediente.
Lograron entrar en El placer del infierno gracias a las invitaciones para miembros no socios que había conseguido el señor Donaldson.
Era un lugar muy elegante pese a estar en una zona muy desfavorecida de Londres. Paredes rojas, doradas, en la primera sala un gran escenario donde… ¿se estaban subastando hombres y las mujeres los compraban por una gran cantidad de libras?
―¿Las damas los eligen a ellos y no al revés? ―se adelantó Jenna a la pregunta de Liberty.
―Aquí dentro las normas entre hombres y mujeres son diferentes ―señaló Jacob.
―¡Qué interesante! ―apuntó la condesa.
Siguieron transitando por el club y llegaron hasta una zona de juegos. Cartas, ruletas… Hombres y mujeres jugaban juntos.
Se detuvieron allí para probar suerte durante un par de horas.
Liberty divisó a lo lejos un lugar apartado donde había varias puertas, y mientras sus acompañantes debatían sobre algunas cuestiones, ella aprovechó para ir hacia el lugar al que Jacob les había dicho que no debían asomarse.
Ay, pero Liberty era muy audaz y cuando le prohibían algo era especialmente cabezota sobre averiguar de qué se trataba.
Se adentró en la puerta número uno. Estaba un poco oscuro, pero su vista se acostumbró de inmediato a ese ambiente.
No llegó muy lejos, porque una mano femenina la agarró por la derecha y la detuvo.
La mujer de cabello rubio y ojos de un azul muy intenso se quedó mirando su anillo de bodas.
Liberty trató de retirar la mano, pero la mujer se rio.
Una risa estridente que le heló la sangre, porque lo sintió como una burla directa.
Liberty se cuadró. Si antes de ser condesa ya gozaba de una superioridad muy marcada, en esos momentos en los que era lady Snow, podía hacer mayor alarde de su orgullo y vanidad.
―¿Qué es tan gracioso? ―preguntó Liberty, tirando con más fuerza para apartar su mano de la de la desconocida que no ocultaba su rostro bajo ninguna máscara.
―Usted, buscando a su esposo en este club de pecado. ¿Por qué algunas damas no quieren entender que su lugar es el de dirigir una casa y engendrar a los herederos? Somos el resto las que debemos ofrecerles el placer que no reciben en la cama matrimonial. De todos modos, Snow no está aquí.
En la cabeza de Liberty se formaron varias preguntas. La primera la lanzó sin detenerse a pensar.
―¿Por qué supone que el denominado Snow es mi esposo? ¿Qué le hace sospechar que yo no sería suficiente mujer para él? ―La segunda cuestión no pudo detenerla tampoco.
―He visto esa esmeralda más veces de las que recuerdo.
Conozco la joya que llevaría su condesa, porque a mí me fue entregado el mismo anillo, pero adornado con un rubí.
Rojo como el fuego, brillante como la pasión que su esposo alcanza conmigo.
―La desconocida sacudió el guante blanco que llevaba frente a su rostro, porque a diferencia de Liberty ella sí estaba usando ese complemento, y le mostró la pieza que Theodore le había regalado.
Liberty se envaró. El golpe resultó de una dureza tan extrema que fue toda una suerte que ella tuviese el corazón roto de antemano, porque se lo habría partido sin compasión.
El mismo anillo. Idéntico, pero con un rubí en vez de una esmeralda.
Sintió ganas de quitárselo y echarlo al suelo.
Se resistió. No le daría ese gusto a la mujer a la que al fin Liberty puso nombre y apellido.
―Ay, la señorita Ophelia White. Mi esposo me ha hablado de usted, concretamente de cómo le gustaba mirarla mientras otros hombres le proporcionaban placer.
El anillo que tan orgullosa me ha mostrado evidencia la prueba de la ruptura de su relación.
Diría que lo lamento, pero ambas sabemos el motivo por el que Theo ―acortó su nombre de modo cariñoso para darle a entender que el matrimonio era próspero y dichoso.
Cosa que la haría ir al infierno de cabeza por ser una gran mentirosa― cortó toda relación con usted, ¿verdad?
―Pequeña tonta, no tienes ni idea de quién es tu esposo. No sabrías por dónde comenzar a complacerlo ni aunque yo te diese un gran libro indicativo ―aseveró con enfado prescindiendo de la formalidad.
―¿Ah, sí? ―preguntó con una diversión que Liberty no sentía.
La respuesta de la cantante de ópera que había sido la amante de su esposo fue tomarla del brazo.
―Te lo mostraré. Porque tú no podrás ser jamás lo que él espera de su amante. ―Esas palabras lograron que la condesa no opusiera resistencia y se dejó llevar, extremadamente motivada por la curiosidad de lo que la examante de Snow le pudiese mostrar. Además, no quería acobardarse frente a su rival.
Ambas llegaron a una sala donde cuatro parejas estaban siendo observadas por un público extenso. Cuatro hombres, y el mismo número de mujeres, figuraban desnudos, retozando en una inmensa cama.
―¡Dios! ―exclamó Liberty al comprender lo que en verdad estaba viendo.
Dos mujeres se besaban entre ellas mientras otros dos hombres estaban poseyéndolas sin contención. Los embates eran tan exigentes que los cuerpos hacían un sonido muy alto y claro.
―Fíjate en la mujer de tu izquierda ―le susurró en la oreja Ophelia White―.
Ella está de rodillas mientras el hombre le sujeta con fuerza la boca con el único fin de darse placer a sí mismo.
No le importa la incomodidad del juguete que tiene entre las manos, solo desea hundir su miembro erecto en la cavidad, solo desea ver cómo su eje desaparece por completo en el interior de la boca de la mujer a la que utiliza.
En pocos minutos el gozo será tan pleno que descargará su simiente, y cuando lo haga, exigirá que la mujer a la que tiene sometida trague todo ese líquido sin dejar una sola gota ni en su virilidad ni en la propia boca femenina.
Eso es lo que más le gusta a tu esposo. Tuve que aprender muy bien a respirar por la nariz, a relajar mi boca mientras él me hacía exactamente eso.
―No lograrás afectarme ―mintió Liberty para mantener su orgullo intacto.
―Si eres su esposa y te ha tenido en el lecho, habrás sido testigo de lo dominante, salvaje y duro que es en la cama.
¿O no? ¿Te ha levantado el camisón, se ha hundido en ti y luego se marchó de la cama con rapidez?
Podría ser. Es así como los esposos tratan a las madres de sus hijos… ―conjeturó la cantante.
―Nuestra intimidad no es asunto de nadie. ― Lady Snow quería echarse a llorar. ¡Ni eso le había hecho él!
―¿Eso crees? Echa una mirada a la derecha. ¿Ves a esa mujer que sirve de jamón frío en ese divertido sándwich? Snow se alojó en mi parte trasera mientras su mejor amigo lo hacía en la delantera. Luego intercambiaron lugares…
Su hermano. Snow y su hermano. Theodore y Bruce juntos con la misma mujer. Con Ophelia White… Las náuseas le subieron hasta la garganta. Hizo un esfuerzo hercúleo para no devolver el contenido de la cena que había ingerido en casa de los Donaldson antes de llegar al club.
«No eres lo que necesito». La voz, alta y clara, de Snow resonó en su cabeza. Por descontado que Liberty no lo era.
En medio de sonidos del todo decadentes, de jadeos, incluso de palmadas resonando sobre un trasero, la condesa comenzó a sentirse mareada, angustiada. La cabeza comenzó a martillearle. Tenía que huir de ahí.
Comenzó a correr. La risa estridente de esa mujer se escuchó como una gran victoria.
Liberty no lograría convertirse en la cortesana que creía que su esposo necesitaría.
No cuando eso implicaba estar con otro hombre mientras intimaba con él.
¡Dios del cielo! ¿Qué había hecho? ¡No debió haberse casado con él jamás!
Corrió y corrió hasta que no encontró a donde ir. Se topó con un fuerte torso varonil en su huida. El hombre la sujetó por los hombros, ella puso sus manos en el pecho para escapar del agarre.
El hombre le sujetó la mano y se fijó una vez más en su anillo de casada. Si esa persona que la tenía cautiva le decía que también había disfrutado de su esposo podría morirse en el acto.
―¡Suélteme! ―exigió como una loba muy herida.
―No puede ser verdad… ―Escuchó esas palabras provenientes de una voz masculina que le sonó familiar de inmediato.
―¿Ethan? ―inquirió, al reconocer al hombre que iba a cara descubierta también.
―¿Qué haces aquí? ―Se la llevó a un lugar más seguro, por lo que salió de esa zona indecente donde hombres y mujeres se apareaban sin importar con quién o quién miraba sus actos.
―¿Qué haces tú aquí? ―cuestionó de inmediato.
―Aunque no lo creas no estoy aquí por propia voluntad. ―Ella levantó una ceja―. No quieres saber el motivo de mi visita.
―¿Eres de esos hombres que necesitan compartir a una mujer con otro al mismo tiempo? ―preguntó sin poder evitarlo.
―¡No! ―tronó.
―Yo creo que sí. Porque lo que he visto en esta parte del club… ―Estaba impactada―. Y tú estabas allí.