Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

―Eso me temo. Traté de dejarlo en los establos cuando residía en York Park, y siempre encontraba la manera de llegar a mi habitación y arañaba mi puerta para que lo dejase entrar. Será menos dramático si le permitimos sentarse a mi lado y escuchar nuestra conversación.

―Me siento celosa, Liberty. Me encantaría tener un animal que me protegiese y me siguiese así.

―Ah, pero, mi querida Jenna, tú tienes algo que es igual de bueno.

―¿El qué?

―Un esposo que te adora tanto que te escoltará hasta un lugar que presumo que es del todo infame. Yo te envidio por ello ―le dijo con pesar.

Llegaron hasta la salita y Jenna se dio cuenta de que su amiga todavía tenía puesta la chaquetilla de lana.

La invitó a quitársela y dejarla en el sofá.

Se pidió un té y cuando la doncella lo sirvió y se marchó, ellas comenzaron a charlar.

Liberty le contó el modo en el que acorraló a Snow para obligarlo a casarse con ella, el enfado de su padre, lo que fue la boda, el viaje de él a Italia, el hecho de que no le había hecho el amor la noche de su matrimonio.

Sobre eso último no se atrevió a entrar en detalles sobre el modo en el que la besó, la tocó, haciendo que se sintiese codiciada y extremadamente deseada.

―¡Es terrible! ―opinó Jenna tras haberla escuchado con atención.

―No es lo peor. Yo sé que me ama. Él sabe que lo amo. Y pese a que podemos tener un matrimonio basado en el amor y ser felices, me dijo sin titubear que yo no era lo que necesitaba.

―¿Y eso qué significa?

―No lo he averiguado todavía. Me he devanado los sesos tratando de pensar a qué se refería.

Siendo como lo era o lo es… Bueno, un disoluto que ha disfrutado de todas las mujeres que se han arrojado a sus pies, creo que necesito ver lo que él hacía allí.

Lo que es ese club en el que Bruce y él pasaban casi todas las noches.

―¿Quieres decir que averiguarás lo que le gusta en las situaciones íntimas para poder complacerlo? ―supuso Jenna.

―No encuentro otra solución. Tengo que conocerlo bien para intentar comprenderlo.

―Pero… ¿y si lo que descubres allí no eres capaz de ofrecérselo, Liberty?

―¿A qué te refieres?

―Antes has dicho que a él le gustaba compartir a su amante…

―Ah… te entiendo. No lo había visto de ese modo. ―Se quedó pensativa y desilusionada.

―¿Serías capaz de dejar que otro hombre te tocase porque él encuentra placer en esa acción?

―No ―dijo sin pensar, porque no necesitaba meditar su respuesta. Nadie más la tocaría, solo él.

―¿Entonces? ―la azuzó la señora Donaldson.

―Supongo que tengo que averiguar lo que él necesita para luego determinar si es lo que yo necesito.

―No entiendo lo que dices.

―Es complicado, Jenna. Snow parece un tipo de hombre y luego…

―No te sigo ―le advirtió cuando su amiga se quedó callada.

―Verás, lo que voy a explicarte es muy personal.

―Si no te sientes cómoda, no hace falta que…

―Eres mi mejor amiga. Hemos compartido muchos secretos. Me hablaste de aquel joven bostoniano que llegó lejos contigo y yo te confesé un secreto del que jamás creía que podría hablarle a nadie.

―Lo recuerdo, Liberty. Recuerdo lo que me confesaste y juré que jamás diría a nadie.

Ese es el motivo por el que tras leer la carta en la que indicabas que ibas a casarte con él, le dije a Jacob que tenía que venir a Londres.

Llevas demasiados años esperando por Snow y no es justo que él actúe de este modo.

―Porque él no lo sabe. No sabe lo que pasó ―razonó.

―Deberías habérselo dicho entonces. Deberías habérselo dicho ahora. No creo que hayas obrado bien con respecto a eso. Ocultarlo no era la solución ―la reprobó con suma suavidad.

―Olvidemos esa cuestión. Verás. Te he contado que en mi noche de bodas no llegamos a consumar, pero él sí me sedujo ―le dijo porque era imperativo hablar incluso sobre cosas muy íntimas.

―¿Besos? ―Liberty afirmó―. ¿Caricias? ―Volvió a afirmar―. ¿Su lengua en lugares de lo más interesantes?

―Oh, sí, eso decididamente fue delicioso.

―¿Y por qué no llegó hasta el final?

―Eso es lo que no entiendo, pero lo que sí comprendí era que sus besos, sus caricias y todo lo que hizo era diferente.

―¿De la primera vez? ―interrogó.

―Sí. Él era exigente. Por un momento sentí como si fuese a engullirme. Sentía una necesidad por su parte que me abrumaba. Al día siguiente tenía evidencias de su toque por todo mi cuerpo.

―¿Bocados de amor?

―Exacto. Usé chaquetillas, capa, puntillas y chales, todo lo que se me ocurrió para que la familia no se diese cuenta de que mi cuello estaba marcado por él.

―Y no solo el cuello… ¿cierto?

―No. Mis pechos y… Él me comió.

Jenna se rio con ligereza.

―Jacob también tiene momentos así. Puede convertirse en una fiera más peligrosa que ese perro que te custodia.

―¿Tienes miedo del… apetito de tu marido cuando lo hace?

―No. Lo insto a darme lo que él desea entregar y lo que yo anhelo cosechar. Hay veces en que me hace el amor tiernamente, pero otras en las que podríamos prendernos en llamas.

―Es por eso que necesito orientación. Quiero ser una mujer experimentada, decidida. Una cortesana.

―¡Liberty! ―exclamó sorprendida.

―Una cortesana para mi esposo ―clarificó.

―¡Pero debería ser él quien te enseñase! ―exclamó con indignación.

―Él no está aquí y ha dejado claro que no tiene interés en mostrarme lo que es la lujuria más cruda que él sintió en nuestra noche de bodas.

¿Por qué no debería investigar yo por mi cuenta?

Soy una mujer casada. Casada con un libertino que pertenece a una familia de lo más peculiar.

Todo el mundo recuerda al duque de York y a su hermano.

Causaron estragos en sus años más pendencieros.

―No te dejarán entrar al club con tu perro. ¿Quién te protegerá allí?

―Por eso era fundamental que tu esposo nos acompañase. Yo confío en Jacob Donaldson. Tú siempre has hablado maravillas de él.

―Te acompañaremos, te he dicho que lo haremos y será así. Solo quiero que me prometas que irás con cuidado. No sé la clase de lugar que es, pero me hago una idea de que es imprevisible.

―Theodore es un hombre más complicado de lo que supuse en un primer momento.

―Todos lo son de algún u otro modo.

―Cuando llegué a la casa de Londres, me di cuenta de que había una habitación cerrada a la que nadie podía acceder. El ama de llaves me indicó que solo el conde tenía la llave para abrirla.

―¡Oh! Debes de estar deseosa de saber lo que esconde allí. ¿Le exigirás que te lo diga cuando regrese? ¿Dónde está él a todo esto?

―Está en Italia y lo acompaña mi hermano. Y sé perfectamente lo que hay en esa habitación porque logré abrirla sin romper la cerradura. Invertí cuatro interminables horas para salir airosa.

―¿Qué había? ―Jenna estaba impaciente por saberlo. Además, sabía que Liberty podía desbloquear una puerta cerrada con unas cuantas horquillas y serenidad.

―Varios sacos, de esos que se usan para pelear. Bruce una vez colocó uno en su habitación. Decía que golpearlo lo tranquilizaba.

―¿Y es preciso tanto misterio para eso? ―La señora Donaldson no lo entendía.

―No lo sé. Te he dicho que Snow parece muy complicado. Más de lo que imaginé en un primer momento.

―¿No temes que te sea infiel? Está con su compañero de travesuras en Italia… no quiero causarte más temor, pero… No sé lo que haría en tu lugar. Bien, sí lo sé. Le habría atizado con un gran palo de hierro sobre la cabeza.

―Confío en Bruce. Mi hermano no le permitiría faltarme al respeto. Y si se viese tentado porque ambos terminasen en algún tipo de fiesta de esas indecentes, le comenté a mi adorado hermano que si Snow me fuese infiel yo también se lo sería.

―¿Lo harías? ―indagó Jenna con la boca abierta.

―No sé si podría, pero eso mi esposo no precisa saberlo. Snow me conoce bien y solo necesito que piense que recibirá el mismo trato que me dispense. Y mi hermano se lo dirá si necesita hacerlo. Confío en que eso lo frene. Si hay algo que no puedo perdonar es la mentira o la traición.

―Al no contarle lo que te pasó años atrás, querida amiga mía, y después de tenderle una trampa… ¿No crees que tu conde se sentirá traicionado?

Lady Snow agitó los hombros despreocupadamente.

―Que se meta en esa habitación secreta y se lie a golpes con esos sacos. Yo tengo más motivos que él para estar enfadada.

―Lo sé, pero… Ay, Liberty, hubiese deseado que fueses igual de feliz que yo. Supongo que todos los comienzos son complejos.

―Bien. Ahora que conoces las miserias de mi vida, creo que podrías hablarme de las bondades de la tuya. Dame celos y dime lo maravillosa que es tu existencia, lo fantásticos que son tus hijos. ―Era mejor centrarse en otra cosa.

Entonces Jenna hizo justo eso. Le contó cómo la relación con su padre se había fortalecido cuando se presentó en Boston con su esposo decidida a ocupar el lugar que le pertenecía en la fábrica de jabón y cómo dar a luz había sido lo más importante que haría en la vida.

Y por primera vez desde hacía muchos meses, el corazón de Liberty estuvo en paz. Disfrutó de cada recuerdo agradable que su mejor amiga compartió con ella. Además, estaba impaciente por ir a ese lugar prohibido.

Al fin un poco de luz en medio de la oscuridad. Al fin un poco de diversión después de tanta pesadumbre. Al fin un poco de felicidad entre la aflicción.