Capítulo 6 #3
El perro ladró porque no había previsto ese movimiento de su dueña y Liberty lo silenció con una mirada. ¡Era un protector fantástico! Ya no tenía ni que usar queso para lograr lo que pretendía de él.
―¿Por qué hay un perro inmenso contigo, Liberty? ―la interrogó con inseguridad cuando se dio cuenta de que una bestia enorme la estaba observando con fijación.
―Este es Snow Segundo, mi fiel protector. ¿A que sí, mi amor? ―le preguntó directamente al perro. Este ladró en respuesta. Liberty creía que en verdad el animal la entendía. Estaba pletórica por haberlo encontrado.
―Dios mío… ¿Lleva tu nuevo título por nombre?
―El de mi esposo, sí ―le confirmó―. Ven y acarícialo, deja que te huela, es igual que tú con los aromas y olores. Se guía por su perfecta nariz. No le temas, es un trozo de pan.
Jenna se acercó con cautela, pero el perro pronto la instó a acariciarlo más. La señora Donaldson perdió el miedo de inmediato.
―¿Qué opina tu marido de que lo llames como a él? Debe estar furioso, o te ama tanto que no le importa en absoluto―preguntó Jenna mientras seguía tocando al perro lobo.
―No sé su opinión. Snow no conoce aún a Snow Segundo. Cuando regrese de su largo viaje supongo que algo dirá al respecto, pero poco podrá hacer. Se llama Snow Segundo y no puedo cambiarle el nombre.
Jenna se rio sin contención. El marido de la americana salió de su despacho y se quedó lívido con la escena. El perro se giró sin previo aviso y lo observó con atención, decidiendo si Jacob era un amigo o un enemigo.
―Snow Segundo, él es bueno. No le gruñas ―lo avisó Liberty. El perro ladró dando conformidad a la petición. Se acercó a él para olerlo y familiarizarse con el humano.
―¿Es… seguro? ―preguntó con inquietud Jacob Donaldson.
―Le confiaría mi vida ―señaló con convicción Liberty.
El señor Donaldson lo acarició y el perro enseguida le lamió una de las manos, la que no transitaba por su pelaje.
―Es fantástico… ¿De dónde lo has sacado?
―inquirió Jacob, maravillado por lo hermoso que era el perro.
El señor Donaldson, que había sido espía, se había dado cuenta de inmediato de que el animal no había dejado de estar pendiente de su dueña pese a que estaba disfrutando de sus caricias. Su lealtad lo había asombrado.
―Podría decirse que ambos nos encontramos cuando más nos necesitábamos. ―Lo cual era una certeza absoluta.
―¿Así que lo que se rumorea es verdad? ―intervino Jenna.
―Si te refieres a que fui sorprendida en una posición comprometida con un hombre que se casó conmigo poco después, pero sin hacer un anuncio formal en aquel momento, y que él está de viaje, fuera del reino…
Sí. Mi vida es un caos todavía mayor que cuando éramos una simples señoritas transitando por los salones de baile.
―Y aun así nadie logró hacer mella en nuestro gran orgullo ―hizo notar Jenna.
―Exactamente. Y que lo intenten, una sencilla orden mía y Snow Segundo les morderá el trasero.
Ambas se rieron con complicidad.
―¿Cómo has dicho que se llama tu perro? ―inquirió Jacob.
―Lo has oído perfectamente ―le dijo Liberty.
―Oh, sí, pero quisiera escucharlo una vez más.
―Snow Segundo ―lo complació lady Snow.
―Dios del cielo, tu esposo no puede estar contento con eso.
Liberty agitó los hombros con despreocupación.
―No me importa. Cuando regrese, veré cómo se lo toma.
―Se mostrará intratable cuando descubra que le has puesto por nombre su título.
Desearía verlo. Desde luego, los rumores no mentían sobre vosotras dos ―dijo Jacob mientras las señalaba con el dedo―.
No había un dúo más letal que una intempestiva americana y una salvaje hija de un famoso abogado.
Suerte que siempre me gustaron los retos ―añadió Jacob mientras le guiñaba un ojo a su encantadora esposa.
El señor Donaldson recordaba bien los viejos tiempos. Puso sus ojos en Jenna y se dio cuenta de que ella y su mejor amiga eran muy problemáticas. Eso lo enamoró.
―¿Y todavía te siguen gustando los retos? ―indagó Liberty.
―Siempre que no me separen de mi mujer ―razonó Jacob.
―¡Grandioso! ―exclamó Liberty―. Porque el marido de una de las hermanas de mi esposo regenta un club al que estoy muy interesada en ir.
―No ―habló tajantemente. Jacob conocía bien a la familia de York y sabía que la condesa de Snow acababa de referirse a Avery Sullivan. El placer del infierno era el lugar al que ella aludía.
―¿Jacob? ―lo interrogó Jenna al verlo frunciendo los labios. Ya no estaba acariciando al perro lobo.
Snow Segundo había regresado al lado de su dueña y estaba sentado sobre sus patas traseras aguardando órdenes.
―Es peligroso ir allí ―sentenció el señor Donaldson.
―¿Por qué? ―preguntó Jenna con el ceño fruncido―. ¿Y dónde? Porque no sé de qué lugar estáis hablando.
―Se llama El placer del infierno y no iremos ―apostilló él.
―No has respondido sobre el motivo por el que no podemos ir. Liberty quiere hacerlo y lo hará aunque no la acompañemos. Si es peligroso… ¿Qué tiene de peculiar ese lugar?
―Es el club preferido de mi esposo ―soltó Liberty―. Y yo necesito saber qué es lo que le fascina.
―Esto no es una conversación para mantener en medio del recibidor ―dijo Jenna―.
Ven a la salita melocotón y tomemos el té allí.
La niñera se ha llevado a mis pequeños a dar un paseo, y Richard y Alfred ―así se llamaban los niños― no nos interrumpirán.
Espero que estés aquí cuando regresen para que vean a tu…
A Snow Segundo. ¡Dios santo! Tu esposo se enfadará muchísimo.
Al menos el perro es grande y hermoso, aunque no sé si lo podrás contener solo con eso.
―Ponerle ese nombre no fue una venganza… ―Jenna levantó una ceja―. Al menos no por completo. ¡Míralo! Es todo blanco y perfecto. ¿A que sí, mi amor? ―El perro se levantó sobre sus dos patas para darle un lametón en la mejilla.
―El nombre importará poco cuando él vea que ese chucho te adora, que lo llamas «mi amor», y que se atreve a lamerte ―intervino Jacob.
La posesividad que observaba en ese animal era brutal.
Si él fuese el conde de Snow estaría seriamente preocupado, en especial porque sospechaba que su esposa estaba muy disgustada con él y en cuanto el perro lo percibiese…
No desearía estar en los zapatos de ese hombre cuando regresase de donde estuviera y descubriese que había sido suplantado por un cuadrúpedo del que ella parecía estar enamorada.
―Ah, pero mi precioso cachorro de lobo se lo ha ganado ―precisó Liberty mientras le acariciaba las orejas.
―¿Has dicho lobo? ―interrogó Jacob.
―Sí, él es un cruce de perro y lobo. Vi perfectamente a su madre muerta cuando algún cazador la abatió. Era una loba magnífica, igual de blanca que él. No pude dejarlo desatendido.
―¿Lo salvaste? ―conjeturó el señor Donaldson.
―Lo alimenté, le ofrecí mis cuidados y lo crie como si fuese mío por entero.
―Dios mío, no encontrarás mayor lealtad que en ese animal. Tu esposo estará terriblemente celoso cuando descubra la competencia que tiene… ―apuntó Jacob.
―No lo creo ―dijo de modo casual Liberty―. ¿En cuanto a lo de El placer del infierno?
―Te acompañaremos ―dijo Jenna.
―Esposa ―la llamó al orden Jacob―, tal vez no me hayas escuchado antes.
―Perfectamente. Tengo interés por ver lo que sucede en ese lugar al que no deseas que vaya. ¿Es muy malo? ―le preguntó a Liberty.
―Vicio y juego. Snow tiene allí unos aposentos privados. Tengo que… investigar, por decirlo de alguna manera.
―¿Tú has estado? ―trató de averiguar la señora Donaldson preguntándole a su esposo.
―No era miembro ―le aseguró de inmediato.
―Pero has estado… ―Jenna no acababa de emitir una pregunta. Lo afirmaba.
―Solo como acompañante. ―De pronto hacía mucho calor en el recibidor.
―¿De una dama? ―siguió Jenna presionando.
―¡No! Es… es complicado. Estuve allí un par de veces con mi difunto amigo, el conde de Ranfield.
―Ah, el primer esposo de Regina ―saltó Liberty―.
Empiezo a sospechar lo que allí podrías hacer con Ranfield, porque mi esposo tenía una amante a la que le gustaba compartir con varios hombres y ese club era el lugar al que iban habitualmente.
―Jenna y Liberty hablaban de cosas poco ortodoxas en su juventud, así que no se inmutó por lo que acababa de decir.
―¡Por Dios santo! ―se indignó Jacob―. Definitivamente no es una conversación para mantener aquí.
―Yo creo que la cosa se ha puesto interesante ―opinó la amiga de Liberty.
―¿Si me comprometo a ir dejaremos las cosas como están? ―propuso Jacob, sabiendo que no iba a salir vencedor de la situación.
―Puedes intentarlo. Pero querré saber la clase de infamias que cometiste con el denominado Ranfield en ese lugar.
―Liberty Pharma ―se dirigió a la condesa por su antigua denominación como señorita soltera―, diría que ha sido un placer verte, pero tu primera incursión me acaba de causar un terrible dolor de cabeza.
Eso sin contar que me veré envuelto en una visita a un lugar al que no desearía ir…
Os dejaré con vuestras cosas y me retiraré en silencio.
―Se acercó a Jenna, le dio un beso y luego giró sobre sus talones para meterse en su despacho. De donde no tenía que haber salido.
―Lo siento ―se disculpó la condesa de Snow.
―Olvídalo, él sabía que íbamos a ir a acompañarte en cuanto lo mencionaste.
He venido expresamente a Londres para verte a ti y si eso es lo que deseas hacer, lo haremos.
Tus cartas me tenían muy preocupada. Vayamos a la salita.
¿Tu perro vendrá con nosotras? ―interrogó, al ver que se habían puesto en movimiento y él las seguía.
―Si no tienes inconveniente lo preferiría. Si lo dejamos en la cocina o en otro lugar que sería más apropiado, tratará de escapar para llegar hasta mí.
―¿Lo haría? ―preguntó con los ojos como platos.