Capítulo 6 #2
―No hace falta decir nada al respecto. De todos modos tienes que saber una cosa, Isobel.
Yo actué como si fuese una egoísta cuando lo até a mí.
Tuve que serlo porque era necesario. No volveré a hacer nada que obligue a Snow a proceder contra su voluntad.
No le enviaría una carta para explicarle que podría ser padre para que volviese a mi lado.
La duquesa de York se paró y la miró a los ojos.
―Resultas contradictoria. A veces siento que te conozco y otras que no lo hago en absoluto. Fue York años atrás quien me dijo que no debía perderte de vista. Desde que llegaste a casa aquella Navidad y vi el modo en el que lo mirabas… Mi hijo lo sabe también.
―¿El qué? ―preguntó Liberty.
―Que lo amas.
―Oh, sí. Creo que él lo ha sabido desde siempre.
No fui hábil al dejarle saber demasiado pronto que me tenía en su red.
Tuve que haber sido más precavida, usar esas artimañas femeninas que nunca entendí y que tan bien me hubieran servido para enamorarlo y que fuese él quien bebiese los vientos por mí.
―Lo importante es el amor entre dos personas. Existe eso entre vosotros y es cuestión de tiempo que…
―No lo sé, Isobel ―la interrumpió―. Yo misma estaba convencida de que no había nada más que el amor.
Que ese sustento nos haría llegar lejos, dejar atrás los malos momentos.
Me escudé en el amor que sé que él siente por mí para convencerme de que todo saldría bien.
Tres meses y sigo en casa de York y sin expectativas de iniciar una vida como mujer casada.
―Snow ha cambiado mucho. Te lo juro. Desde que Regina se casó, ha estado interesándose por sus asuntos, por el legado que le dejó su padre, por conocer las finanzas y los negocios en los que invierte Malcom. Es un hombre por completo. Incluso le planteó un negocio excelente a mi esposo.
―La cuestión es que eso va a tener que demostrármelo a mí. Yo todavía no lo he visto. Así que posiblemente es mucho mejor que no hayamos consumado el matrimonio.
―¿Qué estás diciendo? ―preguntó alarmada Isobel.
―No creí que me arrepentiría de haber sido calculadora, de desafiar a la sociedad y arrastrar mi reputación y la de mi familia por los suelos, porque Snow lo merecía.
Eso me dio la fuerza necesaria para dar un salto de fe.
En este punto, no estoy convencida de que valga la pena lo que hice.
Pienso que incluso él mismo puede estar contemplando una anulación y por eso no consumó nuestra unión.
―Estoy segura de que él no te dejaría, Liberty. Y si me contases lo que tan celosa te guardas para ti, posiblemente podría servirte de mejor guía. Necesito saber qué ocurrió entre vosotros. Algo escondes y es algo importante. Lo sé.
Liberty sonrió.
―Me marcharé mañana por la mañana. Quisiera que nos despidiésemos hoy.
Estaré en Londres y te aseguro que no tienes motivos para preocuparte por mí.
Ocuparé la casa de mi esposo, que no dista mucho de la de mi padre, bien lo sabes tú, pues imagino que llegaste a vivir allí cuando te casaste con el anterior conde de Snow ―recordó Liberty.
―Una temporada, sí. La mayor parte la pasé en Snow Cottage, el campo me gustaba más. Solo fui a Londres cuando las chicas tuvieron que ser presentadas en sociedad. Tu perro adorará la finca y te aseguro que tú también la disfrutarás. ¿Por qué no vas primero allí?
―No tienes de qué preocuparte. Estaré en Londres sin contar con la compañía de mi esposo, la sociedad hablará, ya lo he previsto, y no me importa.
―No sabes cómo es… Cuando no pude quedarme embarazada pronto… Dios, todo el mundo me miraba como si hubiese matado a mi esposo por no darle un heredero. Pueden ser tan despreciables… Me gustaría que esperases el regreso de mi hijo para volver a la sociedad.
―Te agradezco la preocupación, pero la decisión está tomada.
Snow Segundo y yo iremos a Londres. He recibido una carta de mi querida amiga, la señora Donaldson, quien regresa de los Estados Unidos de América, de Boston, sí, eso era, específicamente para verme y felicitarme por mis nupcias. Jenna, así se llama mi mejor amiga…
―¿Jenna Donaldson?
―Sí. ¿La conoces?
―¿La americana que se casó con el primo de la vizcondesa Portman? ¿Cómo era su nombre…? ―se preguntó a sí misma.
―El esposo de Jenna se llama Jacob.
―¡Eso era! Sí, él fue muy amigo del primer esposo de Regina y mi hija le tenía especial cariño.
―Lo sé ―señaló Liberty―. Otra cosa que debes saber de mí, Isobel, es que manejo muchísima información. Sé muchas cosas de gran parte de la sociedad.
―¿Cómo lo haces? ―la interrogó sorprendida.
―Mi padre dice que siempre estoy en el lugar menos probable en el momento menos indicado.
Eso suele ser así. Solo sucede que… me entero de cosas que a veces ni quiero saber, y otras investigo hasta que descubro lo que necesito conocer.
Cuando quieren saber algo, me preguntan a mí.
El pago por mi ayuda es más información.
Soy una mujer a la que le gusta estar al corriente de todo.
―Y una vez más me dejas perpleja. ¿De verdad crees que es buena idea reunirte allí con tu amiga? Londres será un lugar duro y no quisiera que te hicieran daño. Los rumores podrían causarte mucho dolor.
―Solo me lo harán si yo se lo permito. Ahora, duquesa ―usó su título para romper el momento―, debemos regresar a casa antes de que York aparezca para cargarte en sus brazos y te obligue a tomar una siesta.
―Amo a ese hombre ―dijo mientras se reía por la ocurrencia.
―Yo lo admiro, Isobel. Quisiera que Snow se pareciese un poco a él.
―Mi hijo te demostrará que puede igualar a mi esposo, te lo garantizo. Así de segura estoy de Theodore. Dale tiempo.
―Parece que se lo ha tomado sin pedirlo. No me queda más remedio que esperar.
Las dos suspiraron al unísono. La mirada de Liberty se posó en el horizonte. El cielo estaba despejado, sin aviso de tormenta, pero ella intuía que las cosas pronto cambiarían. Entre otros motivos, porque iba a poner en orden su propia vida sin pedirle permiso a nadie.
***
Le gustaba llamar la atención. Y no había nada más llamativo que una joven y bonita condesa que transitaba con un perro loco a su lado por Londres.
Eso sí, sin su esposo. Oh, pero Snow Segundo era mucho más práctico de lo que lo sería el conde.
Cuando un hombre de aspecto muy cuestionable se había acercado a ella mientras visitaba el orfanato, su perro lobo había ladrado y mostrado sus grandes colmillos, disuadiéndolo de hacer cualquier cosa.
Estaba segura de que el perro reaccionó de ese modo porque el hombre no tramaba nada bueno.
Era excesivamente protector con ella y Liberty se sentía segura.
En las últimas dos semanas que llevaba en Londres, lady Snow había logrado que su can no le gruñese a todo el mundo que se le acercaba, solo lo hacía ante los que no confiaba.
Cada día Snow Segundo resultaba más infalible.
Se mostraba dócil y amable con los niños, con los que había jugado y se había dejado acariciar en el orfanato.
Ese perro hacía sus días menos oscuros, más llenos de alegría.
Al servicio de su esposo no le había hecho gracia que ella llegase con un perro que cada día parecía hacerse más y más grande.
¿Cómo era posible si creyó que ya había llegado al límite de su desarrollo cuando salió de York Park?
Pero los empleados de su marido no tenían más remedio que aceptar al perro lobo porque ella había decidido que Snow Segundo durmiese en su habitación, a los pies de su cama, donde había colocado un par de mantas y su guardián la custodiaba.
Llegó hasta su carruaje, después de hablar con la directora del orfanato para establecer un plan de ayuda para recaudar fondos.
Tenía mucho tiempo libre y debía administrarlo de una manera adecuada.
Su caballero de cuatro patas le dejó subir a ella primero en el vehículo y luego dio un salto para entrar posteriormente.
El perro figuraba a su lado derecho, sentado en el suelo sobre sus patas traseras.
Siempre atento, siempre dispuesto a protegerla.
Liberty comenzó a acariciarle la cabeza mientras veía a los transeúntes pasear por Londres.
Cuando el carruaje se detuvo en la siguiente parada, perro y dueña descendieron para saludar a los señores Donaldson, quienes habían llegado a la ciudad el día anterior.
Liberty tenía muchas ganas de reencontrarse con su mejor amiga.
La que fuese la señorita Jenna Walsh, una rica heredera americana ― todavía más peculiar que la propia Liberty ―, a la que muchos nobles intentaron cazar por su elevada dote, se había casado hacía años con un hombre del que se enamoró porque él olía a fascinación.
Se sonrió al recordar aquel pasaje. Jenna le confesó que se enamoró de Jacob Donaldson, un hombre discreto que trabajó para la Corona haciendo algún trabajo secreto, de inmediato por su olor.
Jenna había ayudado a su padre desde bien joven en el negocio del jabón y su nariz era prodigiosa en cuanto a olores se refería, aunque lady Snow no se hacía una idea de cómo olería la fascinación.
Su amiga, con quien se carteaba todo cuanto el servicio postal les permitía, era una orgullosa madre de un par de niños. Su esposo amaba Escocia, donde tenía una casa, y Jenna adoraba Boston. Ambos habían logrado compaginar su vida a la perfección.
Hacía casi cinco años que no veía a Jenna y estaba ansiosa, por eso se iba a presentar con su guardián sin previo aviso en la casa que los Donaldson tenían en la ciudad, porque no aguantaba más sin verla. Una amiga era precisamente lo que necesitaba para seguir con su vida.
Cuando se abrió la puerta principal, su querida Jenna estaba bajando por las escaleras. Liberty entró en tromba, seguida de cerca por Snow Segundo, y se fundió en un abrazo con la americana, dado que la otra mujer había corrido también hacia ella.