Capítulo 6
La amistad
Meses más tarde, York Park.
―¡Ven aquí, Snow Segundo! ―gritó lady Snow, mientras levantaba sobre su cabeza otra rama de árbol, preparada para lanzarla por los aires a fin de jugar con su amigo.
Isobel y Liberty habían decidido salir a pasear por los vastos jardines de la propiedad.
Lo que las dos no sabían era que York las vigilaba desde la ventana de la biblioteca.
El duque se había tornado más protector que nunca y su esposa, con el fin de tranquilizar los nervios de su marido, había confiado en delegar los asuntos más importantes de la casa en Mason Wilson.
Así como también dejar que el tío de York atendiese con mayor frecuencia a la pequeña lady Gwyneth.
Isobel llegó hasta la posición de la mujer de su hijo Theodore, quien se había adelantado unos pasos.
―Cuando regrese y vea que le has puesto a esa fiera su título…
―Si regresa, querrás decir ―respondió Liberty mientras sonreía. Después lanzó la rama lo más lejos que pudo. Snow Segundo salió a la carrera para ir a por el trozo de madera.
―Por supuesto que volverá a por ti ―aseveró la duquesa con un tono de pequeña reprimenda.
―Han pasado tres meses y no tengo noticias de él.
―Pero sabes que está en Italia.
―Lo sé, porque mi adorado hermano tuvo la cortesía de enviarme una misiva para explicar el viaje que emprendieron ambos.
Cuando el gran perro lobo llegó hasta su dueña, Liberty le rascó la cabeza, justo entre las orejas. Eso hizo que el can le cediese la rama. Así que a continuación lanzó ese mismo objeto para que el perro se pusiera a correr y se lo trajese una vez más.
Su pequeño Snow Segundo se estaba haciendo mayor.
Se había desarrollado por completo. Era excepcional, en cuanto al color de su pelaje, todo blanco, grande, enorme, con un par de ojos increíbles, dado que tenía uno azul cielo y el otro marrón oscuro, su majestuosa cola estaba en movimiento cada vez que Liberty estaba cerca.
Y su fidelidad y comprensión eran increíbles. El perro lobo la adoraba y ella a él.
Su esposo la había abandonado para ir con su hermano a recorrer Italia, y Dios quiso que ella encontrase el verdadero amor, la amistad más pura y la lealtad más absoluta con un pequeño cachorro que encontró recostado sobre su madre muerta cuando caminó más allá de las fronteras de York Park.
Sujetó a esa minúscula bola de pelo entre los brazos y en el momento en el que la miró con sus dos pequeños ojos especiales y únicos, supo que lo llamaría Snow y para diferenciarlo del primero le colocó además «Segundo», aunque en su corazón los papeles estaban invertidos y el perro era más importante para ella que su marido.
Sin lugar a dudas. Al menos alguien se preocuparía por Liberty.
Ese perro lobo la adoraba, se había convertido en su universo y ella en el de él.
Convencer a York para que le permitiese tenerlo no fue demasiado complicado, aunque tuvo que usar la persuasión.
Le aseguró que iba a quedarse con Snow Segundo, tanto si él lo aprobaba como si no, y lo amenazó con marcharse de su casa si le hacía elegir.
York estuvo de malhumor hasta que un día el cachorro se le subió encima y se acomodó en sus pulcros y nuevos pantalones de seda recién estrenados.
Ahí Liberty supo que Snow Segundo se había ganado otro protector más.
―No va a gustarle lo posesivo que es ese animal contigo. Gruñe a todo aquel que se cruza en tu camino.
―Lo hace, pero en cuanto digo en tono firme su nombre, mi precioso cachorro deja de mostrar los dientes. Además, a ti, a Mason y a la niña os adora. No tienes de qué preocuparte. Solo piensa que estoy practicando para domesticar al verdadero Snow con mi precioso perro lobo.
―No quiero ni pensar lo que hará el perro si tu esposo decide abrazarte ―susurró la duquesa.
El can ya había vuelto hasta Liberty y le estaba exigiendo atención. Snow Segundo había dejado la rama en la palma de la mano de la condesa y estaba dando saltos para que ella lo acariciase y le diese un trozo de queso.
Liberty había descubierto que la comida era lo mejor para lograr que el perro hiciera todo lo que ella desease. Si fuese tan fácil con el otro Snow…
La condesa se sentó en el suelo y comenzó a abrazar a su mascota, una que sabía que jamás le fallaría.
No como su marido, que había sido un patán.
La dejó sin despedirse, sin una explicación o una nota…
Theodore era lamentable y despreciable. Pero si él creía que ella iba a quedarse a llorar por las esquinas, era que no la conocía en absoluto.
El perro lobo era lo único que la retenía en York Park.
Pero Snow Segundo había crecido, se había convertido en su sombra y era de lo más obediente.
Estaba preparada para seguir con su vida.
―¿Te lo ha dicho York? ―le preguntó Liberty a Isobel desde su posición, sentada, con el perro colocado a su vera mientras lo acariciaba y el can trataba de lamer su mejilla.
―Esta es tu casa. Eres de la familia. No tienes por qué marcharte.
―Necesito mirar al frente. Estos meses aquí han sido fabulosos, pero… ―Suspiró―. Debo confesarlo, siento envidia del matrimonio que compartís York y tú. Tu esposo te mira de un modo… Te contempla como este cachorro lo hace conmigo, como si yo fuese su mundo entero.
―¿Te vas porque te hacemos sentir incómoda?
―No. Tengo cosas pendientes que hacer.
―¿Como cuáles?
―Supervisar las posesiones de mi esposo.
Comenzaré por la ciudad. Snow Segundo me ayudará.
¿A que sí, mi amor? ¿A que me ayudarás a instalarme en Londres y me protegerás?
―le preguntó mientras le acariciaba la cabeza.
El perro ladró en respuesta como si le acabase de decir que eso sería justamente lo que haría.
Isobel abrió los ojos de par en par al escuchar a Liberty.
―¿Pretendes llevarte a esa fiera a Londres?
―Ya que no tengo a Snow a mi lado, me tengo que conformar con Snow Segundo… ¿A que sí, mi amor? ―le dijo al perro, quien en respuesta ladró otra vez para dar su conformidad.
―Si yo escuchase a York hablarle así a uno solo de sus caballos…
No va a gustarle. Te aseguro que no le gustará en absoluto cuando regrese ―la reprobó Isobel.
Una cosa era ser amigable con una mascota y otra crear un vínculo tan poderoso como el que Liberty había forjado con un perro lobo. ¡Un perro lobo!
―Yo lo he cuidado de pequeño, Snow Segundo me cuidará ahora ―aseveró con convicción―.
¿Te he contado alguna vez que hubo una adivina gitana que me habló de la llegada de un lobo a mi vida?
No lo entendí en aquel momento, pero después de toparme con Snow Segundo le he encontrado el sentido a muchas de las cosas que me dijo aquella romaní.
―¿Te echó la buenaventura una gitana? ―preguntó con el ceño fruncido. ¡Qué exótico!
―Sí. Hace años. No lo recordaba hasta que vi a este perfecto y gran caballero peludo. ―Sujetó al perro por el lomo y lo abrazó. El can emitió un gemido de aprobación ante el gesto de ella. Liberty lo premió después con otro trozo de queso.
―¿Crees en esas cosas? ―se interesó la duquesa.
―En algunas, porque otras de las que señaló no se cumplieron.
―¿Qué más te dijo la adivina?
Liberty se rio con ligereza.
―Ella habló de que yo caería sobre la nieve, y he supuesto que ese era Snow, porque bien sabes que le tendí una trampa.
―Hasta el momento no lo habías comentado abiertamente ―señaló con suavidad Isobel.
―No hacía falta. Tú eres una mujer muy inteligente. Todos lo sabíais. Lo que desconocéis son los motivos.
―Me encantaría escucharlos porque sé que no eres una oportunista que deseaba amarrar a mi hijo y hacerse con el título ―habló en confianza porque ambas se habían hecho buenas amigas.
Liberty se puso de pie y el perro lobo lo hizo de inmediato.
La duquesa de York estaba asombrada por el modo en el que el can y la esposa de su hijo parecían ser uno.
Snow Segundo la obedecía ciegamente en cualquier petición que ella le hiciera.
Liberty se había ganado a la bestia y no solo era fruto de un poco de queso.
A Isobel le preocupaba lo grande que ya era Snow Segundo.
―¿Sabes qué más me dijo la adivina que no fue exacto? ―Liberty no iba a hablar de lo que sucedió en el pasado. De ninguna de las dos cosas que se llevaría a la tumba.
―No vas a contarme lo que sucedió para llegar a ese extremo de la trampa, ¿verdad? ―Liberty negó. No hablaría de ello.
―La romaní me aseguró que dos hombre lucharían por mí.
Es curioso, porque eso no ocurrió. No hubo un desconocido que me hiciese dudar de mis sentimientos por Snow, ni tampoco mi propio esposo hubiese movido un solo dedo si yo no hubiese actuado del modo en el que lo hice.
Creo que solo acertó en lo referente a mi dulce y encantador Snow Segundo.
¿A que sí, mi amor? ―El perro ladró en respuesta, se levantó sobre sus dos patas y le pidió de esa forma que lo acariciase. Liberty lo hizo.
―Ten paciencia. Tú misma fuiste testigo de lo que sucedió con Liam y Regina. Las cosas se arreglan despacio. Estoy segura de que Theodore te ama profundamente.
―Oh, yo sé eso, Isobel. ―Le sonrió con ternura―. Si él no estuviese completamente enamorado de mí, no me habría atrevido a encerrarme con él en aquella habitación.
―Sobre eso… ¿Podrías estar embarazada, Liberty? El anuncio de un bebé podría traer de inmediato a tu esposo junto a ti.
―No lo estoy, Isobel. Mi matrimonio no se consumó ―desveló. Y después de decirlo en alto se sintió mejor, como si ese gran peso que había portado en los hombros se hubiera aligerado.
Las mujeres, ferozmente custodiadas por el perro lobo, reanudaron su caminata. Liberty se enganchó del brazo de la duquesa e Isobel agradeció ese gesto tan familiar porque denotaba confianza.
―No sé qué decir ante esa confesión, Liberty ―razonó la duquesa. Se había quedado sin palabras.