Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Su esposa no se había quedado a dormir en su cama.

Claro que no. Liberty no iba a permanecer donde habría supuesto que no la querían.

Ella era así. Una sonrisa se curvó en el rostro de Snow.

Si su condesa supiera cuánto y cómo la deseaba, huiría de inmediato.

Se adecentó rápidamente y preparó un pequeño baúl para marcharse.

Antes de salir de York Park en dirección a Londres, se metió en la habitación de Liberty porque necesitaba verla y asegurarse de que estaba bien. Ella estaba durmiendo, ajena a todo el desconcierto que sentía él en su interior. A los temores que lo tenían al borde del precipicio.

Figuraba tendida boca arriba y la colcha dejaba entrever parte de su cuello y su seno derecho.

Marcada. Bocados de amor recorrían su piel lechosa.

Estaba llena de esos cardenales que solían decorar el cuerpo de sus amantes.

No estaba bien dejar esas pruebas de la barbarie sobre su esposa. Se sintió asqueado consigo mismo.

Amarla, respetarla y honrarla… Su primera noche y había faltado a sus votos.

La había asediado como un pirata que ve a una mujer en medio del océano y la reclamaba para sí mismo.

La había necesitado de tal forma que no fue capaz de controlar su deseo.

Estaba llena de marcas. La tapó con la colcha y se dio media vuelta.

Ese viaje a Italia que Bruce y él tenían que hacer iba a adelantarse por el bien de su esposa, porque no podía mediar con el terror de tener a su merced a Liberty y asustarla con su voracidad, con sus ansias de someterla en la cama. No.

Marcharse era lo más acertado, tal y como había planeado antes de verla esa mañana.

Si había tenido alguna duda respecto a cómo actuar por el bien de ella, se acababa de disipar de golpe.

Tenía que apartarse de su condesa para saber cómo lidiar con ella sin marcarla, sin hacerle daño.

Un poco de tiempo podría servirles a ambos.

Snow bajó hasta la entrada principal y se cruzó con su buen amigo Liam, el hermano del duque, el esposo de su hermana Regina. Sabía que el que fuese su mentor y compañero de fechorías venía del exterior de la casa y que habría visto el carruaje preparado. Esperaba que no le soltase un sermón…

―Buenos días ―lo saludó Snow, mientras pasaba por su lado a toda prisa, dispuesto a no enfrentarse a un interrogatorio sobre su marcha.

Liam lo siguió sin demora y cuando el conde se dio cuenta de que no se desprendería de él, se paró para atenderlo. Ambos figuraban en las escaleras principales de la fachada exterior de la casa, frente al vehículo de Snow.

―¿Dónde vas? ―preguntó Liam sin remilgos.

―A la ciudad. Tengo asuntos que atender.

―¿No te acompaña tu esposa?

―No. Es evidente que no lo hace.

―¿Sabe al menos que te marchas? ―El silencio de Snow respondió por él.

Liam masculló una maldición del todo colorida―.

Mira, Theodore, yo casi lo pierdo todo por no tragarme mi orgullo en el momento adecuado.

Sé de lo que hablo cuando te digo que no seas terco y que des gracias al cielo por lo que tienes.

Soy consciente de que amas a tu mujer. Te he visto mirarla desde los rincones de los salones de baile cientos de veces.

Te he escuchado maldecir cada vez que ella bailaba con otro hombre.

Yo he estado en tus zapatos, mi recomendación es que lo hagas todo bien desde el principio. Será más fácil si…

―¿Por qué no estás en la cama? ―Desvió lo que intuía que iba a ser un sermón que todavía no había acabado.

Liam suspiró al ver la terquedad de su amigo. El que no deseaba atender a razones no lo haría hasta darse cuenta de su equivocación.

―El pequeño Duncan ―era su hijo― ha pasado mala noche y su madre lo quiso en nuestra cama.

Sobre las cinco y media de la madrugada llegó Kyle ―el hijo que Regina tuvo con Ranfield―, porque se había despertado y no lograba dormirse, un minuto más tarde, su hermano Lawrence ―era el hijo ilegítimo que Ranfield engendró fuera del matrimonio― reclamó el último trozo de cama que quedaba libre.

Ese era el mío, así que decidí levantarme, dar un paseo por la fastuosa casa que una vez llamé hogar y dar gracias a Dios por lo plácida que es mi vida.

La mujer a la que siempre he amado duerme a mi lado, y solo tengo que competir por su atención con tres mocosos por los que daría, encantado, mi vida.

Esa es la suerte que merece un buen esposo.

Ese es el destino que tú deberías buscar.

No te vayas, Theodore. Eres un recién casado y ella…

―Volveré cuando esté preparado ―lo volvió a interrumpir.

―Dios mío… ―susurró Liam, incrédulo―. Tanto como me has visto a mí sufrir y tú ahora…

―No sé de qué te lamentas ―lo frenó.

―¿De verdad no lo comprendes? Eres mi amigo, incluso más. Algo parecido a un segundo hermano. Fuiste uno de los disolutos, pero todos, cuando nos casamos abandonamos ese camino. ¿Por qué tengo la sensación de que tú no…?

―No me insultes, Banstorn ―lo avisó, usando su apellido para poner distancia y mostrar su enfado―.

Los votos matrimoniales son sagrados. Eso sí me lo enseñaste bien.

Entre lloro y lloro porque mi hermana se había casado con otro, me quedó muy claro lo que dijiste sobre que cuando un hombre se casa, todo lo demás no importa.

Dame un poco de margen, ¿de acuerdo? ―le pidió con severidad.

―Si te marchas lo lamentarás. Te lo aseguro. No lo hagas ―le rogó.

―Esto no es como lo tuyo, Liam. La he convertido en mi esposa.

Es mía. Ella está bajo mi protección, cuenta con mi apellido y mi título.

―No veía el problema de marcharse rápidamente.

Era lo mejor. Ella no podía escapar de él y Theo necesitaba poner distancia entre ambos. Era seguro ausentarse por un tiempo.

―¿Y contigo? ¿Tu mujer puede contar contigo, Theodore? ―lo interrumpió.

―Regresa a la cama con tu familia ―le aconsejó, mientras caminaba hasta el carruaje sin mirar atrás.

Liam le colocó una mano sobre el hombro desde atrás.

―Te arrepentirás ―le dijo cuando el conde se giró para mirarlo a los ojos. Después, Liam se dio media vuelta y lo abandonó a su suerte. No podía ir a buscar una pistola y obligarlo a actuar decentemente con su recién estrenada esposa.

Así fue cómo el conde de Snow decidió hacer caso omiso a la voz de la experiencia y dejó atrás a su esposa. Sin remordimientos, con la idea de que ella estaría mejor hasta que él fuese capaz de encontrar la manera de tenerla cerca y no lastimarla con su apetito voraz, con su vicio.