Capítulo 5 #2
Espantarla era lo mejor, porque lo que había fabricado en su imaginación se quedaba corto con lo que deseaba hacerle.
Así era ella. Así era tenerla cerca. Acababa de saciarse con su propia mano y estaba ansioso por ir a reclamarla, lamerla, besarla con frenesí y deleitarse en sus fantasías oscuras, unas en las que Liberty Pharma ―la mujer a la que se empeñaba en ver solo como la hermana de su mejor amigo― solía protagonizar cuando la ardiente lujuria lo consumía.
Y no importaba que estuviese solo o acompañado por una mujer libertina.
Siempre era a Liberty a la que usaba para satisfacer su necesidad.
Su rostro, sus manos, su boca, su lengua…
Ella era su pesadilla. Un embrujo del que necesitaba librarse.
Uno que había convertido en suyo. ¡Su mujer!
―¿No vas a dejarme ser tu esposa? ¿Tu mano es mejor que yo? ―preguntó en tono bajo y comedido, tratando de ser valiente.
―No deberías estar aquí, Liberty. Ve a tu habitación… ¡Y por amor de Dios! ¿Qué demonios llevas puesto? ―Ella, por supuesto, se había desprendido de su bata. El delicado camisón que era todo un pecado lo estaba volviendo loco.
―Es nuestra noche de bodas y…
―No te necesito, Liberty ―repitió, no sintiéndose nada seguro sobre lo que podría hacerle.
La bestia debía estar bajo llave. No sabía cuánto tiempo podría contenerse.
Ella lo llamaba a gritos sin abrir la boca.
Como una sirena que desea ver a los moradores de un gran buque ahogados bajo el agua.
Él podría ahogarse si no la despachaba y, peor, podría ahogarla a ella con su lujuria.
Liberty se acercó a él. Llegó hasta ponerse delante del sofá en el que él seguía estando, todavía con su virilidad agarrada en un puño.
Theodore no sabía qué hacer, porque la cosa no estaba flácida, más bien comenzaba a volver a despertarse.
La culpa era de esa prenda de ropa. ¡Deseaba levantarse y desgarrarla! , como había hecho en su imaginación.
Liberty abandonó esa sensación sumisa con la que había entrado.
El conde vio en su mirada ese cambio de actitud.
Ahí estaba la fiera que Snow se moría por domesticar.
Era ese brillo atrevido en sus ojos lo que lo había vuelto loco desde que lo descubrió, oculto tras su mirada cristalina y verdosa. Ahí estaba la joven temeraria.
―Puedes no necesitarme, incluso odiarme, subestimarme y cambiarme por una mano para darte placer.
Pero sé, tan cierto como que el sol sale por la mañana, que podrías besar a mil mujeres, Snow, o yacer con ellas, y que cuando terminases el trabajo comprenderías que solo precisabas mis labios, y entonces clamarás al cielo por haber perdido el tiempo y no haber obtenido mil besos míos.
Por no haber estado en la cama mil veces conmigo.
Con tu esposa ―apostilló llena de seguridad.
Él se rio sin ganas.
―Si supieras lo que te haría tu esposo no estarías desafiándome, Liberty.
―No te tengo miedo ―alardeó con suma decisión.
Snow se puso de pie, se limpió los restos de su esencia en la camisa de dormir y luego se la quitó por encima de la cabeza.
Lo que ocurrió luego fue que esa prenda de ropa, que cubría muy poco de Liberty, acabó hecha jirones.
Ella lanzó un par de grititos al ver la ferocidad que había en los ojos de su esposo mientras le rasgaba el camisón.
La condesa estaba desnuda. La dama se asustó por la violencia y retrocedió tres pasos.
Los que logró dar antes de que Snow la cargase en sus poderosos brazos y la llevase hasta la cama.
La dejó en un lateral y sin decirle una sola palabra buscó su boca para besarla sin restricciones, con rudeza, sin ternura, con rabia, con deseo…
a fin de que ella viese lo que le esperaba si decidía quedarse con él.
No le daba tregua. Sus besos eran tan exigentes y absorbentes que Liberty no podía responderlos como deseaba. Era demasiado impetuoso.
―No tan rápido…, Theo, no tan… ―comenzó a demandar ella, pero él no la escuchaba. Estaba demasiado absorto disfrutando del premio.
Comenzó a besarle el cuello. Decir que la besaba era un eufemismo. Parecía que se la estaba comiendo. Se sentía tan ansiada y deseada que el miedo que le había hecho sentir había desaparecido.
Su esposo engullía pedazos de su carne para lamerlos, sostenerlos entre sus labios y luego soltarlos. El sonido que hacía cuando liberaba su piel era… delicioso.
Las manos de su esposo estaban por todas partes. Parecía que no sabía por qué porción de su cuerpo prefería él decantarse. La tocaba, dando pequeños pellizcos que se combinaban con caricias y la hacían suspirar y gemir cada vez más alto. Estaba tan fuera de sí, que deseaba… precisaba…
―Por Dios, Snow, solo… yo… ¡Haz algo! ―le gritó, porque no podía esperar más por su atención en esa parte de su cuerpo.
Él dejó de amamantarse de sus pechos y la miró a los ojos.
―Siempre tan tirana. Nunca puedes esperar. No. Tú exiges y no te detienes hasta que logras lo que deseas… ¿verdad, Liberty? Primero me atas a ti y luego demandas tu noche de bodas… No has podido ni aguardar pacientemente hasta que tu esposo fuese a ti.
―¿Cómo quieres que espere si tú no sacias mi hambre y necesidad? ¿Y si no dabas el paso para pedirme en matrimonio? ¿Y si no me buscabas para hacerme el amor? Yo… yo sí te necesito, Theo. Te necesito muchísimo ―le declaró con suavidad.
Él la miró con una sonrisa triste.
―No sabes lo que has hecho… ―dijo, para luego descender por su cuerpo y llegar hasta su palpitante feminidad. Rugió cuando la sintió húmeda y caliente, tal y como supuso que estaría ella.
La lengua de Snow no se hizo esperar. Chupó, lamió, e incluso se detuvo en ese delicioso nudo de nervios que aprovechó para morder con mucha suavidad para hacerla gritar. Un dedo se hundió en su cavidad mientras su lengua no le daba tregua a su esposa.
Liberty le pedía clemencia. Él no le hacía caso. Seguía dándole placer y más placer. Estaba ensimismado en su trabajo. Uno que podría hacer cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, todas las noches, durante el resto de su vida.
Su sabor almizclado, su olor a mujer, sus gemidos… ¡Lo estaba volviendo loco! Deseaba conquistarla de una sola estocada. Una virgen para desflorar. Una mujer intacta para él. Solo para él.
―¡Por Diooooooos! ―bramó Liberty, cuando la crisis de la excitación más exigente, ardiente y absorbente la atravesó sin darle tregua.
Snow bebió de ese manantial de vida hasta que los espasmos de su esposa se calmaron y la sintió relajada.
Por una vez. Solo por una vez, había sido capaz de pensar con claridad y eso era lo que había salvado a Liberty de que no tuviese más ganas de asaltarla, dado que en el mismo momento en el que sintió que su virilidad estaba más que dura y preparada para cometer una barbaridad, él había vuelto a acariciarse sin descanso.
Al mismo ritmo que le había presentado el gozo a ella.
De tal modo que su puño volvió a estar cerrado sobre su eje, lleno de su esencia.
Una simiente que hubiera deseado dejar en el interior de su esposa para marcarla a fuego.
El conde se soltó el falo y llevó las manos hasta la feminidad de Liberty.
Pasó la palma pegajosa y húmeda por encima.
Deslizó con un dedo parte de su semilla en su interior.
De algún modo deseaba reclamarla, puesto que no se sentía seguro de sí mismo y temía lastimarla si continuaba haciéndole el amor, se le ocurrió que ese sería el mejor modo de hacerla suya.
Había sido un milagro del todo conveniente no sucumbir a sus bajas pasiones, a ordenarle hacer lo que deseaba que ella hiciera, a exigirle que se tumbase en la cama de una determinada postura y…
Theodore se levantó del lecho sin decir una palabra. Sintió que ella se había incorporado. Cogió una nueva camisa de dormir, se la colocó y luego salió de la habitación sin mirarla. Ella no se había atrevido a hablar.
Liberty figuraba con los ojos de par en par. ¿Qué había pasado? ¿Por qué se había ido? ¿Por qué no había terminado de hacerle el amor? No entendía nada. Con él nunca nada era fácil. No. Siempre lo tenía que complicarlo todo.
La condesa de Snow comenzó a negar con la cabeza.
Roma no se construyó en un día. Y Romeo y Julieta era una obra de tres días en la que corrió veneno y todos acabaron muertos.
O casi todos. Así que tenía que ser paciente.
Poco a poco. Theodore merecía que ella luchase y esperaba que en algún punto él también se uniese a esa lucha, porque le daba en la nariz que su terco esposo se lo iba a poner todo muy difícil.
Salió de la cama, divisó en el suelo el camisón rosa y lo sujetó en las manos.
Estaba inservible. Buscó la bata y se cubrió con ella, sin soltar la otra prenda.
Sería mejor marcharse de la habitación de él para que ambos pudiesen tomarse las cosas con calma.
Definitivamente Snow había mostrado una faceta íntima suya que…
Ella no sabía cómo sentirse al respecto.
Liberty llegó hasta su cama y, cuando se metió dentro, lloró. Lloró con todas sus fuerzas por la inseguridad que sentía, por no haber consumado su matrimonio y especialmente porque no sabía cómo podría afrontar el momento en el que él descubriese que no era una dama virgen.
***
A la mañana siguiente, lord Snow no veía las cosas más claras bajo el prisma de las primeras luces. Había pasado la noche en un incómodo sillón de la biblioteca por miedo a volver a encontrarse con ella y no poder doblegarse a sí mismo. Era momento de regresar a su alcoba, así que lo hizo.