Capítulo 5
Una noche para olvidar… ¿o no?
Estaba nerviosa. Aterrorizada. ¿Qué pasaría cuando él se diese cuenta de que no había una barrera que romper? ¿Le confesaría la verdad sobre la pérdida de su virginidad? ¿Lo que había pasado tanto tiempo atrás? No podía decírselo. ¡No debía!
Liberty se levantó de la cama y se paseó con ansiedad por la habitación que estaba muy cerca de la de Snow. ¿Por qué no había ido todavía su esposo a visitarla? ¡Era su noche de bodas! Un momento que debía ser mágico y especial, no lleno de congoja y angustia… ¿no?
El padre de Liberty y su hermano, junto con su querido amigo Ethan, se habían marchado justo después del almuerzo nupcial. Le habían deseado lo mejor, pero a su esposo casi ni lo miraron.
Seguro que le echaban toda la culpa de lo sucedido a Theo, cuando en verdad ella había sido la que orquestó toda la actuación en aquella fiesta. Debería habérselo explicado a su padre, pero había cosas que una hija no tenía que confesar a un progenitor, como por ejemplo esa.
También se marcharon los señores Sullivan a su hogar en Dover. Solo se quedaron en York Park: Regina, Liam y sus tres pequeños.
La boda ya había pasado. Lo importante era que ella se había casado al fin con el hombre con el que estaba destinada a hacerlo.
Se había convertido en condesa. Lady Snow.
Un título del que le encantaría deshacerse, pues en realidad solo deseaba al hombre que lo ostentaba y no estaba muy segura de llegar a comportarse como una auténtica noble.
Haría todo lo que estuviese en su mano para darle hijos a Theodore y que nadie pudiese recriminarle jamás a él que su elección no fue la acertada.
Sería un esposa y una condesa perfecta. Lo haría por el amor de su vida.
Lograría que él diese gracias al cielo por haberla encontrado y haberle tendido una trampa. ¡Lo conseguiría!, aunque no sabía cómo…
Se paró delante del espejo y se echó una mirada. Estaba desnuda. Completamente. Solo el pelo suelto le servía como abrigo. Lo tenía largo, tanto que le llegaba por debajo de las posaderas. Había decidido seguir el consejo tan poco ortodoxo de York y ser atrevida con su marido.
La chimenea crepitaba, creando un entorno propicio para la seducción. ¡Pero faltaba su marido!
Suspiró. ¿Estaría tan enfadado que no la acompañaría en el lecho esa noche? ¿Y si no acudía?
No había hablado una sola palabra con él desde que recitaron sus votos. Luego, cuando la duquesa se desmayó, él la acusó de haberse hecho con su título.
Desde su posición, Liberty se giró para ver el escandaloso trozo de tela que se suponía que debía ponerse para esperar a su marido, uno que no daba indicios de que fuese a llegar… Se mordió el labio. Tanto ir desnuda como llevar ese atuendo era algo muy perverso.
¿Y si iba ella a buscarlo? Después de todo, un duque le había aconsejado dejar de lado el pudor y la vergüenza y ella, en algunas ocasiones, hacía caso de lo que los demás le aconsejaban.
Se encaminó hasta la silla donde había dejado el camisón de seda rosa con transparencias en el pecho y en su feminidad, y se lo puso.
Luego buscó una bata para cubrirse por si se topaba con alguien en el pasillo, y se dio cuenta de lo bien que le hubiese venido tener una puerta interior que comunicase sus aposentos con los de su esposo, tal y como se acostumbraba a tener en las alcobas de los dueños de las casas.
Decidido. Iba a ir en busca de su díscolo esposo para que consumasen el matrimonio. Cuando se trataba de Snow… ¿todo lo tenía que hacer ella siempre?
***
Para amarla, respetarla y protegerla… Eso era el matrimonio.
Dios había dado sus bendiciones para que Theodore Dreyer, conde de Snow, velase por su esposa.
Suya. Liberty Pharma era suya para hacer con ella lo que desease.
No. Lo que se le antojase, no. Tenía que amarla, respetarla y protegerla, se recordó una vez más a sí mismo.
¿Quién iba a protegerla de él? Estaba enfadado por cómo había salido todo.
Su plan inicial era el de haberla hecho entrar en razón sobre tener un compromiso largo para luego casarse.
No. Eso tampoco pudo haber sido, porque Liberty había escapado de su hogar para ir a pedir refuerzos donde sabía que se los ofrecerían.
York. El gran duque que sabía lo que les convenía a todos, que se jactaba de ser un dechado de inteligencia, lo había dispuesto todo.
Tampoco era que Snow no hubiese previsto tener que casarse a toda carrera, porque había ido a buscar una licencia especial y el anillo, pero…
¡Un compromiso largo hubiera sido mejor!
Theodore no era estúpido. Desde que lo pescaron con ella en aquella fiesta sabía que tendría que reparar el honor de la joven.
El matrimonio no suponía un problema. La conocía y sabía bien quién era Liberty…
O al menos eso creía. La complicación que lo aterraba era que ella no era una falda ligera a la que podía regalarle joyas y demás cosas para que lo contentase en el lecho, para poder usarla a placer. No. Liberty sería su esposa.
¿Cómo iba a poder hacerle el amor a su mujer si lo que más deseaba era besar todo su cuerpo sin contención, con grandes bocados de amor, para luego ver esa insolente boca sobre su poderoso eje masculino y obligarla a tragarlo con fuerza y…?
Masculló una maldición. ¡No podía usarla como deseaba! No había un ápice de ternura en él cuando se refería a saciar sus impulsos. ¿Cómo podría exigirle que se colocase de rodillas mientras la sujetaba por el pelo para ver cómo su virilidad desaparecía en el interior de su pecaminosa boca?
¡Dios! La mujer a la que más deseaba. Con la que más había fantaseado en colocar en su regazo para castigarla por sus acciones y colorearle esas bonitas nalgas para ponerlas rosadas… ¡Y era suya! Suya para el fin de sus días.
Liberty se asustaría si Theodore le mostraba quién era él en el lecho. ¡Dios!
No había podido contemplarla a placer durante la boda porque la boca se le hacía agua ideando y pensando todas y cada una de las fechorías que le gustaría hacerle.
Tomarla desde atrás, mientras le daba un par de juguetonas palmadas en las nalgas…
¡Oh, esas posaderas tan redondeadas, carnosas y perfectas lo hacían ponerse duro!
Era necesario mantenerla a raya. Si no revoloteaba cerca de su esposa como el animal que era, todo iría bien. ¡Pero era su noche de bodas! ¿Cómo bajar la lívido para que esa preciosidad no le hiciese perder el control en el lecho?
¿Y si no le hiciera el amor? ¡Dios! Sería una vergüenza si llegase a saberse que no había cumplido su deber como esposo por miedo a desbocarse y demostrarle lo disoluto que podía llegar a ser.
Se alejó de la ventana donde había estado de pie, en su habitación, y se sentó en el sofá más cercano, se subió la estúpida camisa de dormir y a continuación se agarró con firmeza el falo.
Cerró los ojos y tuvo a Liberty nítidamente dibujada en su mente.
Ese precioso vestido que la hacía parecer tan seductora e inocente fue desgarrado sin piedad.
La acorraló cerca de la pared, ella gemía y pedía que la acariciara.
Sus dedos llegaron hasta su sexo. La encontró húmeda y caliente, más que lista para él.
Era necesario probar el sabor que había deseado conocer desde que a ella se le desarrollaron esos extraordinarios pechos.
Su boca dejó de succionar toda la extensión de su cuello para centrarse en esos dos senos maravillosos, plenos.
Sus pezones estaban duros, más que deseosos de que él los engullese con codicia.
Un dedo la estiraba, metiéndose en su estrecho canal virginal.
Ese que lo haría explotar cuando lo conquistase.
Dejó sus pechos y se colocó de rodillas para lamer sus jugos secretos.
Esos que solo probaría él. Solo él la vería desnuda, con los ojos nublados por el placer.
Solo él podría tocarla, lamerla, acariciarla. Solo él. Suya. Solo suya.
La mano de Snow seguía pulsando de arriba abajo sin delicadeza ninguna mientras imaginaba cómo podría tomar a Liberty. Un par de gemidos escaparon de la garganta de Theo mientras se acariciaba para darse placer, para calmarse.
En su imaginación, sus labios la lamían a toda prisa, mientras ella demandaba más presteza, más intensidad, lo apremiaba para llegar a la cima del placer.
El dedo que tenía enterrado hasta el final de su feminidad se movía en círculos en su interior, al mismo compás que su lengua.
Y entonces ella estalló en mil pedazos. La hizo alcanzar el placer más exquisito.
Y así fue cómo él tuvo que obligarse a encerrar el puño sobre su miembro viril para dejar que su semilla saliese sin causar un estropicio porque así era como se sentía con Liberty.
Solo imaginar todo lo que deseaba hacerle, y se dejaba ir en unos minutos.
La liberación logró calmar el deseo del conde de Snow, pero el malhumor que sintió al darse cuenta de que no había podido disfrutarlo durante más tiempo…
Si en su mente no había sido capaz ni de introducir su duro eje en su pasaje, ¿cómo lo haría en la realidad?
Liberty lo desestabilizaba por completo. Estallaría antes de comenzar a tocarla.
Abrió los ojos, preparado para limpiarse la mano, y entonces se quedó pálido como la muerte misma.
El juego de luces y sombras que dibujaba la chimenea de su habitación le hizo pensar que había convocado a un ángel.
Pelo oscuro, grandes ojos incrédulos, una bata abierta que dejaba ver un trozo de tela que…
¡Dios! No era un ser etéreo creado por su mente descarriada.
No. Era su esposa la que tenía ante él. Liberty lo había visto darse placer.
Había sido testigo de cómo él se dejaba ir mientras suspiraba y gemía, inducido precisamente por ese cuerpo de pecado, esa boca deliciosa…
―Como has podido ver… no te necesito. Vete ―le escupió a su condesa.