Capítulo 4 #4
―Wilson ya lo habrá hecho ―refutó mientras comenzaba a besarla de nuevo.
Isobel lo esquivó una vez más.
―Sabes que tu tío no se inmiscuiría en un asunto tan delicado. Todos estarán preocupados. Estarán muertos de miedo y los condes de Snow merecen celebrar su boda. Hay que bajar, York.
―Ah, el título. Una advertencia de que no lograré hacerte el amor.
―No ahora ―apuntó con coquetería.
―¿Cuándo? ―preguntó muy esperanzado.
―El doctor dice que debo tener cuidado porque el bebé quiere tener toda mi atención.
―¿No podremos retozar esta vez? ―inquirió con el ceño fruncido. Cuando Isobel estuvo esperando la llegada de su pequeño rayo de sol, ella estuvo de lo más solícita, llena de hambre carnal. Esperaba que se repitiese la misma situación.
―Por supuesto que sí, pero debo descansar más de lo que lo he hecho.
―¡Formidable! Estaremos todo el día en la cama. No saldremos.
―Yooork… ―lo regañó mientras le sonreía.
―No te preocupes, no te cansarás en absoluto ―insistió―. Tanto es así que haré yo mismo todo el trabajo. Tú solo deberás tumbarte sobre tu espalda y…
―Bajemos ―clausuró el asunto Isobel.
Estaban uno frente al otro, contemplándose con intensidad. York pasó la mano por detrás de la nuca femenina y la sujetó. La contempló con tanto amor que la duquesa sintió que sus rodillas temblaban. ¡Cómo amaba y adoraba a ese hombre!
―Amor mío, te cuidaré, lo juro. No dudes de que te cuidaré ―repitió― como la preciosa flor que eres.
No sé si la mujer que Dios le concedió a Adán salió de su costilla, pero tú eres mi corazón, uno sin el que no puedo vivir.
Eres cuanto necesito. La luz de mi vida. No sabes lo feliz que me haces, Isobel.
La duquesa le dio un beso en los labios. Luego se quedó a escasos centímetros de él y le sonrió.
―No he dudado de ti jamás ―le explicó llena de amor―. Ahora… ¿Crees que la boda ha ido bien? Porque Theodore estaba de lo más comedido y distante. No ha mirado a su esposa ni una sola vez.
Se separaron porque en caso de no haberlo hecho, habrían acabado haciendo el amor. Comenzaron a ir hacia la puerta de salida. Uno junto al otro.
―Deja que se le pase el enfado. Estoy seguro de que se aman.
―A veces el amor no es suficiente.
―¿Por qué lo dices?
―Regina. Ranfield y ella se amaron y no lo lograron.
―Ah, no digo que Regina no sea testaruda y fuerte como sé que lo es, pero definitivamente la señorita Pharma no tiene adversaria cuando se citan ejemplos de ambas cualidades. Todo se arreglará. ¡Ra lo asegura! ―recitó con convicción. Isobel suspiró.
―No lo sé… Ojalá tengas razón.
York colocó la mano en el pomo de la puerta.
―Bueno… si no voy a tener a mi esposa desnuda y suspirando por mí, será mejor que bajemos y pueda alardear de los milagros que es capaz de hacer el Dios Ra… ―Ella carraspeó―. Y su diosa, por supuesto ―añadió para aplacarla.
Los dos fueron hasta el salón principal y anunciaron la noticia entre sonrisas y mucho jolgorio.
Así que el almuerzo se sirvió entre felicitaciones y emoción.
Liam Banstorn, el hermano del duque, fue el que más orgulloso se mostró con la buena nueva.
Su ducal hermano merecía cumplir todos sus sueños.
Y pese a que Liberty y Snow estuvieron correctos y encantados con la noticia, ambos estaban de lo más serios.
La situación era del todo desconcertante una vez más. Liberty se acercó hasta el duque y lo felicitó personalmente. Después lo miró, tras observar la joya que llevaba en su dedo.
―Gracias por el anillo. Es precioso ―le dijo la joven intuyendo que York estaría detrás de esa pieza que contenía una bonita esmeralda rodeada de otras más pequeñas―.
Y también debo darle las gracias por conseguir la licencia especial para casarnos ―siguió, sabiendo que las conexiones del duque incluirían también al arzobispo de Canterbury, quien disponía esos asuntos sobre licencias.
―Deberías dárselas a Snow. Lo trajo expresamente de Londres para ti, y en cuanto a la licencia, también fue él quien la solicitó ―le respondió.
Ella se quedó asombrada ante las revelaciones. Sus ojos se desviaron hacia donde estaba su esposo, quien la miraba con fijación desde la lejanía.
―Se las daré ―precisó, sin apartar la vista de los ojos de Theodore.
―Isobel me ha dicho que te ha prestado un camisón para tu noche de bodas, uno que mi esposa no ha tenido oportunidad de estrenar ―dijo, saltándose la educación, el pudor y la cortesía. Algo que por otro lado solía hacer Malcom de modo frecuente.
Liberty abandonó su inspección sobre Theodore y se centró en el duque.
―Uhm… yo… ―Se tragó un gemido de incomodidad.
―¡Vaya, pequeña arpía! Te he dejado sin palabras, tomaré buena nota para cuando quiera silenciarte ―alegó con satisfacción―.
Verás, si Isobel no llegó a estrenar esa prenda que te ha prestado o regalado o lo que sea ―retomó el asunto inicial de la charla― es porque no hay nada más delicioso que una mujer desnuda.
Tu esposo está tirante y molesto, y lo deja patente.
Y estoy vigilando para que tu padre, que lo observa como si fuese a estrangularlo en algún momento, no lo haga.
Bueno, tu padre, tu hermano y ese amigo tuyo que te mira de un modo que es del todo inapropiado.
―¿Ethan? ―preguntó con el ceño fruncido.
―Lo fundamental ―continuó York con su argumento― es que le hagas ver a tu conde que eres la mujer perfecta para él. Eso se hace en el lecho. Sacúdete el pudor, la vergüenza… que por otro lado dudo que tengas ―susurró para sí mismo la última parte.
―¡Oiga! ―Ella lo escuchó y se indignó.
―Ah, como soy espléndido en todo lo que hago, e infalible también, te daré un consejo que todas las mujeres deberían recibir en el mismo momento en el que nacen. ―Se acercó a su oreja para hablarle en confidencia.
―¿Por qué sospecho que será algo de índole escandalosa que hará que mis mejillas suban todavía más su tonalidad?
―Tú no te ruborizas, pequeña arpía. Atiende. ―York bajó la voz solo para que ella lo escuchase. Él seguía cerca de su oreja dispuesto a hablar―: Un hombre no busca comer en otra parte cuando su esposa le entrega todo lo que precisa para que se dé un festín.
Dicho lo cual, York se marchó de allí sintiendo que en verdad debería erguir una pirámide en el jardín para que todos sus descendientes recordasen a través de los tiempos el gran duque que él llegó a ser.
Convencería a su esposa sobre la idoneidad de alzar ese monumento digno de un dios viviente en la parte trasera si llegase un niño, porque un milagro así merecía un recuerdo de semejante magnitud.