Capítulo 4 #3
Mientras un padre y un hijo se disponían a aguardar a la novia, un par de buenos amigos iban a tener una conversación importante.
Ethan figuraba apoyado en la puerta. Ella era un ángel enviado por los dioses. Nunca antes la había visto tan bella, tan seductora, pero a la vez tan inocente. Sintió ganas de cubrirla con su propia chaqueta a fin de que nadie más pudiese verla.
―¡Oh, Ethan! ―exclamó llena de alegría al verlo.
―Dios santo, Liberty, pareces… Estás… Creo que…
―¿No estoy bonita? ―Se asustó al darse cuenta de que él la miraba como si… ¿Como si qué? No sabía qué significaba esa mirada que nunca antes había visto en los ojos de Ethan Digory.
―Impresionante, Liberty. Siempre supe que eras radiante, pero… ¡Dios! Eres lo más hermoso que veré mientras viva.
―Oh, Ethan. ―Se relajó. Su querido y buen amigo le acababa de hacer un cumplido sincero―. Eres un adulador de primera.
―Definitivamente no llevas puestos un par de destartalados pantalones de tu hermano. ―No podía dejar de admirarla. Ese vestido era… y ella estaba… y luego ese pelo que…
―No era correcto en aquel momento llevarlos, tal y como me hizo ver mi padre, y mucho menos sería adecuado para mi boda. ¿No crees?
Ese comentario dicho con tanta familiaridad hizo que él recordase el motivo de la intrusión.
―Verás, Liberty, yo deseaba saber si esta unión es lo que en verdad deseas o si has sido víctima de un encuentro… de un momento de debilidad y te arrepientes de…
―No ―lo frenó mientras le sonreía―. Siempre supe que dentro de ti habitaba un caballero de brillante armadura dispuesto a salvar a cualquier damisela en apuros.
―Tú nunca podrás ser considerada una damisela en apuros, Liberty. Eres muchísimo más. No conozco a una mujer más segura de sí misma, más refrescante, amable, cariñosa y preciosa ―declaró con el corazón en la mano.
Ella siguió sonriendo embelesada.
―Eres tan amable…
―¿Eres feliz con lo que va a ocurrir, Liberty? Sé franca conmigo. Somos amigos, hemos compartido muchas conversaciones sinceras y te pido encarecidamente que esta sea una de ellas ―solicitó con ahínco.
La joven suspiró y sus ojos se iluminaron. Ethan supo que ella iba a terminar de romper su alma.
―Tremendamente dichosa. Lo amo. Al fin lo puedo confesar en alto sin que pueda ser considerado un secreto patético… Ya sabes… ¡La hermana de Bruce se volvió loca por su mejor amigo!
―Comprendo. ―Mintió. Un libertino de ese calibre no la merecía.
―Ay, Ethan, siempre has sido un amigo muy querido.
Como un segundo hermano para mí. Más cabal que Bruce y eso me dio siempre confianza para hablar contigo.
Yo… No podía casarme con otro hombre que no fuese Snow.
Siempre ha sido él. Siempre será él. Así que cuando vi la oportunidad, no pude… no quise resistirme. Yo…
Amistad. Un hermano. Ethan se tragó el dolor lacerante que sentía en el pecho y le sonrió. Se acercó a ella y le colocó ambas manos entre las suyas.
―No tienes que justificar nada de lo que sucedió entre él y tú. Por lo que a mí respecta siempre serás Liberty Pharma, mi… ―tragó saliva― queridísima amiga.
Después de haber escuchado las confesiones de ella, no se atrevió a revelar sus deseos, el amor que le profesaba. Tampoco le expondría el anillo que llevaba guardado en el bolsillo.
Ethan le dio un beso en la mejilla, le ofreció su antebrazo para que se enhebrase en él y ambos salieron de la habitación para poner rumbo a la capilla.
El señor Digory tendría que conformarse con la decisión que tomó Liberty en su momento, cuando accedió a estar a solas en una habitación con Snow.
Por más que desease cargársela al hombro y salir corriendo sin mirar atrás, no lo haría.
Cuando un hombre amaba en verdad a una mujer, su función era sacrificarse para que ella fuese feliz, aunque eso lo dejase con el corazón ardiendo y sumido en la desesperación más cruda.
Ethan y Liberty llegaron hasta el recibidor de la casa, allí esperaban Bruce y Leopold. El padre de la inminente condesa de Snow intercambió el lugar con Ethan y el cuarteto se dirigió hacia el lugar donde estaba previsto que se oficiase la boda.
El señor Pharma la acompañó hasta donde figuraba el novio en pie, frente al altar, y después se sentó junto a Ethan Digory y su hijo.
Al entrar en la iglesia, su inminente esposo no le había echado ni una sola mirada.
Así como Ethan la había hecho sentir una dama preciosa y llena de gracia, el conde hizo todo lo contrario.
Liberty trató de tranquilizarse ante ese pensamiento.
Snow necesitaba tiempo. Solo era eso. Se repetía Liberty una y otra vez.
La familia de Theodore estaba también ocupando los bancos cuando hicieron acto de presencia.
El vicario, el señor Hopkins, quien era un amigo muy cercano a York, se dispuso a comenzar con la ceremonia.
―Queridos hermanos… ―inició el señor Hopkins, quien habló de la santidad del matrimonio y todo lo que se suponía que debía decirse en esos casos.
Cuando ambos fueron instados a recitar sus votos, lo hicieron con convicción y sin dudar.
Al menos Liberty así lo sintió cuando le tocó el turno a Theo.
No la tranquilizó en absoluto ese hecho.
Se mostraba frío y distante. Ella lo prefería lleno de ira y enfrentándola.
No sabía cómo combatir ese hielo que él destilaba.
―¡Dioooos! ―gritó alguien a la espalda de los novios mientras la ceremonia estaba terminando.
Liberty y Theodore se giraron para ver al duque de York sosteniendo entre sus brazos a su esposa.
―Señor Wilson, llame al doctor Sea de inmediato ―demandó Malcom. Cosa innecesaria dado que su tío ya estaba corriendo para hacer precisamente eso.
Liam sostuvo en sus brazos a la pequeña Gwyneth mientras la niña lloraba por el grito proferido por su padre, y al ver que su madre estaba desmayada en los brazos del duque.
Liberty se giró para observar a Snow.
―Bueno, al menos ya puedes decir que eres la condesa de Snow ―soltó Theodore, para luego ir tras los pasos de York.
Y lo que empezó mal, acabó todavía con mayor incertidumbre, pese a que la boda ya era un hecho irreversible.
***
La mayor parte de la familia estaba reunida en el salón principal, donde el almuerzo nupcial no se había servido todavía.
York y su tío eran los que aguardaban en la primera planta, tras la puerta de la habitación de la duquesa, que era precisamente la de Malcom, puesto que dormían juntos.
―Si algo le pasa… ―dijo York.
―No será nada grave. Estoy seguro. Un poco de descanso y estará como nueva ―concluyó Mason esperando tener razón.
―¡Sííííí! ―resonó un gran grito femenino tras la madera.
York se dio cuenta de que era la voz de Isobel y abrió la puerta sin esperar invitación, a toda prisa.
Vio a su esposa sobre la cama, de rodillas, abrazando al médico.
―No era esto lo que esperaba encontrarme cuando te traje inconsciente hasta nuestra cama, esposa ―la regañó―.
Debería darte una buena zurra por tenerme muerto de miedo mientras tú le ofreces tus afectos a otro hombre en nuestra cama ―puntualizó una vez más sobre el lugar en el que ella estaba por si acaso se le había olvidado.
¡Era su lecho! El lugar sagrado donde le hacía el amor a su esposa…
¿Por qué estaba ella abrazando al médico de un modo tan efusivo? York estaba… ¡molesto!
―¡Oh, Malcom! Si hubieses escuchado lo que el doctor Sea acaba de decirme, estoy segura de que lo habrías besado en la boca ―indicó mientras se reía con gran entusiasmo.
―Lo dudo mucho. Ahora, mi querido doctor, será mejor que me dé una explicación satisfactoria. ―Se enfrentó al hombre que su esposa parecía estar idolatrando.
―Excelencia… ―lo llamó Mason Wilson mientras le mostraba sus brillantes ojos llenos de lágrimas no derramadas y una gran sonrisa―. ¿No lo sabe? ―inquirió, al ver que York seguía con los labios fruncidos.
―¿El qué? ¿Que otro hombre que no soy yo está abrazando a mi esposa en nuestra cama?
―Le juro, excelencia, que no estoy haciendo nada como eso ―se defendió el galeno.
Malcom observó con atención la escena y vio que era precisamente Isobel quien no se soltaba del cuello del buen doctor.
―Duquesa… ―la avisó Malcom.
―Oh, tan inteligente que se las da ―farfulló Mason Wilson, sin dar crédito a que su sobrino no comprendiese lo que sucedía.
―¡Vas a ser padreeee! ―gritó ella, mientras se ponía de pie y corría a echarse a los brazos de York.
―¿Qué…? ―empezó a preguntar, mientras la agarraba al vuelo y la estrechaba contra su duro torso ducal.
―Será un niño. Un niño. Tu heredero. Esta vez lo sé.
Una perfecta réplica de su padre, pero sin toda esa vanidad que tú exudas ―se burló, para después estampar la boca sobre la del duque.
Lo cual hizo que el médico se apresurase a recoger sus instrumentos y saliese a toda prisa en compañía del señor Wilson.
La pareja necesitaba un momento para hablar. Así que el tío se retiró para proceder a preparar lo que sería la fiesta de una boda y la celebración de una gran noticia.
―Ah, Isobel, cuando creo que no puedes ser mejor, te empeñas en demostrarme lo contrario ―le dijo a su mujer ya completamente tranquilo y feliz.
―Te juré que te daría un hijo y pensaba cumplir mi juramento.
―Y lo harás. Lo sé.
―Solo lamento haber arruinado la boda de mi querido hijo ―señaló con un puchero.
York la sostuvo entre los brazos y la dispuso para dejarla sobre la cama.
―Arreglarán las cosas en su noche de bodas, o en la tarde de bodas, puede que incluso Theodore se haya encerrado ya en sus aposentos con la joven. Yo si fuese él lo haría. Todavía recuerdo cuánto te deseaba desde el primer instante en el que te vi.
―Siempre estás pensando en…
―En hacerte el amor ―la interrumpió―. ¿Deseas que te dé una muestra de lo acertada que estás? ―Y la besó con fuerza.
Pasados unos minutos, ella logró escabullirse de su agarre y se puso en pie. York la volvió a sostener y la colocó sobre la cama de nuevo.
―Hay que explicarles la situación ―dijo Isobel.