Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Una parte de Ethan se había quebrado. Sentía ganas de sacudirse un par de puñetazos, si él no se hubiese ido el día anterior a casa a recoger el dichoso anillo.

Sentía que el sino se acababa de burlar de él con suma malicia.

Jamás podría perdonarse por no haber movido ficha justo cuando se encontró con ella la mañana anterior.

Tuvo que haberla mirado, haber contemplado esos risueños ojos verdes y haberle hablado de amor.

Un poema, una sonrisa… todo ello aderezado con una rodilla sobre el piso y ella estaría planeando su boda.

Con él. El hombre que la valoraba, deseaba y amaba por encima de todo.

***

Una gran farsa. Ese iba a ser el recuerdo de su boda. Liberty se miró en el espejo. Las hermanas de Snow habían estado amigables, solícitas y correctas. Demasiado. Ella se dio cuenta de que la juzgaban y la condenaban. No era nada de lo que extrañarse.

Como si de una vaquera del lejano Oeste se tratase, la señorita Pharma había hecho volar la cuerna sobre la cabeza de Theo y luego la lanzó para amarrar al novio por su precioso cuello. Si alguien le hubiera hecho algo similar a Bruce, ella posiblemente estaría compadeciendo a la pobre insensata.

La imagen que le reflejaba el espejo no se correspondía con ella misma.

Regina le había hecho un recogido muy hermoso que adornó con pequeños capullos de rosas del invernadero.

El traje que la doncella le arregló a toda prisa le sentaba como un guante.

Se veía como si fuese a ser una condesa dichosa y llena de buen gusto.

Preciosa. Elegante. Con mucha clase. Pero se sentía vacía.

Unos toques en la puerta la trajeron de regreso a la realidad.

―Adelante ―dijo.

Su padre apareció ante ella, junto con su hermano. Les sonrió llena de alegría. Habían ido. Estaban allí con ella.

―Hi…ja mí…a… ―susurró Leopold con un hilo de voz y tartamudeando. Se quedó parado al ver a esa brillante mujer ante él. Era como estar observando a la madre de Liberty cuando la señora Pharma había sido más joven.

Entonces lo vio todo claro. Leopold mataría a Snow si lastimaba a su pequeña. Le cortaría sus atributos más preciados si la hería de algún modo. Y antes de que se acabase la boda, la fiesta o el día, él le haría esa declaración de intenciones al inminente esposo de su hija.

―Siento todo lo que ha sucedido, yo solo… yo… ―Ella comenzó a llorar porque no sabía por dónde comenzar a disculparse.

Leopold abrió los brazos y ella se cobijó en ellos. Así era la relación con sus hijos. Daría la vida por ellos aunque desease zarandearlos hasta que comprendiesen por qué debían hacerle caso.

Mientras abrazaba a Liberty y le decía que nada importaba, Leopold fue consciente de que iba a perder a su hija.

Ya no volvería a verla descender por las escaleras de su hogar preparada para causar problemas.

No podría hablar con ella cuando lo desease, no lo acompañaría en los desayunos, ni en ninguna otra comida porque ella iba a convertirse en esposa.

No estaba contento con esa afirmación. La joven siempre sería su hija.

Suya y de nadie más. Ningún hombre la merecía.

Tal vez hubiera podido entregársela a Ethan, pero solo después de convencerlo de la conveniencia de comprar la casa de enfrente a la suya, que curiosamente estaba a la venta.

―No acapares a mi adorada hermanita ―refunfuñó Bruce, mientras le tomaba el relevo a su padre.

Los hermanos se fundieron en un abrazo muy sentido.

―¿Qué harás sin mí? ―le preguntó Liberty con media sonrisa.

―Me cuidaré solito. Y puesto que sientes deseos de preocuparte por los demás a todas horas, te garantizo que con Snow no vas a echarme de menos.

Tienes mucho trabajo con él. Y no te preocupes.

He mantenido una seria conversación con él.

Estoy más que preparado para que se enfrente a mis puños, mis pistolas o un par de espadas si cae en la infidelidad.

Ella se separó de su hermano y le sonrió. Le gustaba que siempre se preocupase por ella.

―¿Qué te hace pensar que no sería capaz de pedirle explicaciones si me traicionase? ―le preguntó orgullosa.

―¡Deja que sea tu protector por una vez, mujer! ―se quejó Bruce con humor.

―Por supuesto, pero me conoces y eres consciente de que quedé fascinada cuando leí la copia de papá sobre el código Hammurabi, y que considero que uno debe pagar por sus actos…

―Ojo por ojo y diente por diente… ―añadió su hermano, interrumpiéndola, mientras se reía a viva voz.

―Así que por cada traición, tal vez yo opte por ofrecerle el doble de lo que él da ―alegó, como si acabase de decir que el tiempo era adecuado para la época del año en la que se encontraban, como si hablar de infidelidad no fuese un asunto delicado.

Bruce le sonrió, pero se tensó al imaginar que por cada amante que su amigo tuviese, ella pudiese tomar a un par…

Esa imagen de su adorada hermana siendo perversa le causó repulsión.

Aunque sí que la admiró por su determinación.

Snow no tenía la menor idea de la clase de dama que era Liberty. Le iría bien no subestimarla.

Si había un molde con el que Dios hornease a las personas, con seguridad, el de Liberty fue único e irrepetible, afortunadamente, por supuesto.

El mundo no estaba preparado para otra mujer como ella.

¡Diablos! Ni él ni su padre habían previsto que ella fuese de ese modo tan imprevisible y temerario.

Leopold Pharma exclamó un par de palabras ininteligibles y ambos se dieron cuenta de que habían hablado de más.

―¿No hay una boda que debe oficiarse? ―inquirió el padre de la novia.

―Ay… Yo no quería decir que… En fin… No es que vaya a tener un amante o que… ―La cosa se estaba complicando más de la cuenta. Lo mejor sería callarse.

―No es correcto que una mujer hable de esos temas.

Ni tan siquiera que los mencione y es más reprobable hacerlo el día que va a casarse con el hombre al que eligió sin consultar con su amado padre, o con el hermano que parece haberte dado alas en todas las cosas descabelladas que cruzaron por tu mente con anterioridad. No obstante, sí, Liberty. Sí.

―¿Sí? ―preguntaron ambos hermanos Pharma al unísono. El patriarca asintió enérgicamente.

―No debería impresionarme con que hayas leído El código de Hammurabi .

En realidad no debería sorprenderme nada de lo que hagas y digas a estas alturas.

Así que sí. Sé que tratarás al conde de Snow en la misma medida que él lo haga.

Eso me tranquiliza sobradamente, porque no quisiera verte sola, triste y maldiciendo tu suerte, si es que alguna vez llegases a pensar que habías cometido un error.

―Aprendí a pelear, padre ―dijo ella, calmando el corazón inquieto de su progenitor con una sonrisa cálida―. Tú me enseñaste, mi hermano me ayudó a no conformarme nunca con menos que con lo que merecía.

―¿Es Snow lo que mereces? ―cuestionó Bruce.

―Sí. Sé que nuestro inicio no ha sido afortunado, pero estoy segura de que él es el indicado. Lo siento aquí. ―Se llevó una mano al corazón.

―De acuerdo. No hay más que decir.

El señor Pharma procedió a salir de la habitación, llevándose con él a Bruce. Liberty se quedó extrañada porque ellos no le habían ofrecido la cortesía de acompañarla hasta la capilla familiar. Frunció el ceño.

―¿Padre? ―preguntó Liberty, lo que hizo que el hombre se parase en la puerta y la mirase con atención.

―No habrá nunca una hija como tú. Tampoco una novia que te iguale en belleza. Tu hermano y yo te esperaremos abajo cuando termines.

Bruce se quedó igual de sorprendido, y más cuando vio tras la puerta a Ethan Digory esperando para entrar.

No le dio tiempo a preguntar en ese momento lo que estaba ocurriendo.

Lo hizo cuando la puerta se cerró después de que el hombre de confianza de su padre entrase en la habitación donde su hermana parecía haber terminado de prepararse para acudir a su boda.

―¿Qué es esto? ―preguntó con tirantez Bruce, mientras examinaba con detenimiento a su padre.

―Él necesitaba hablar con Liberty ―se excusó.

―Has dejado a un hombre, que por más que sea un excelente amigo de mi hermana no es su prometido, entrar en una estancia donde solo está ella. ¿Por qué?

―La ama.

―¿La qué? ―preguntó Bruce sorprendido.

―Pretendía casarse con ella. Incluso tenía un precioso anillo preparado. Snow no se imagina la suerte que ha tenido… ―refunfuñó. Suerte en más de un sentido. No solo por lograr hacerse con una esposa así, sino por haber conseguido seducirla precisamente en ese momento y asegurársela.

Curioso, ver cómo el tiempo era capaz de doblegarse ante las acciones y trastocar todos los planes, porque un día más, y su hija posiblemente hubiera acabado comprometida con el hombre perfecto y no con un conde en el que Leopold no confiaba.

―¿Ethan y Liberty? ―Bruce no concebía más que una sincera y gran amistad entre ambos. Pero no sería la primera vez que erraba en su percepción, porque su amigo lo había engañado bien sobre lo que sentía por Liberty. Y nunca sospechó sobre que su hermana pudiese estar interesada en Snow. Así que…

―Bajemos ―ordenó su padre. Su hijo miró la puerta que estaba cerrada y el abogado se envaró―. ¿No confías en mí? No deberías cuestionarme cuando tu amigo ha logrado arrebatarte a tu hermana bajo tus ojos ―le reprochó con irritación Leopold.

Bruce suspiró y siguió la recomendación de su padre, aunque no aprobase sus actos.

No tenía sentido preocuparse por Liberty.

Ella era más leal que un perro bien adiestrado.

Jamás le faltaría al respeto al hombre con el que había decidido casarse.

A no ser, por supuesto, que Snow la enfadase.

Sonrió al acordarse de la convicción con la que su preciosa hermana había hecho la afirmación sobre darle a probar la misma medicina a su esposo en caso de que la traicionase.

Seguro que les iría bien juntos. No había nada de lo que preocuparse, decidió Bruce Pharma.