Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 4
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Capítulo 4

Lo inevitable

El señor Leopold Pharma y el licor no eran compañeros frecuentes.

Bebía muy poco, para festejar alguna celebración, y desde luego no lo usaba cuando estaba devastado, pues no le agradaba que una substancia como el licor atemperase su lucidez para crear la ilusión de que todo iba bien.

Solo disfrutaba de más de un par de sorbos de una copa de vino porque le gustaba estar siempre en pleno uso de su gran e inteligente cerebro.

Uno que se enorgullecía de que su hija hubiese heredado de él, dado que Liberty siempre fue muy resuelta.

Solía meterse en muchos problemas, pero ella misma sabía cómo salir de ellos o eludirlos.

Leopold miró el vaso lleno de licor ambarino y engulló todo su contenido sin meditarlo.

Lo vació y maldijo también la resolución de Liberty.

Cuando terminó, estampó el vidrio que había sostenido en su mano derecha contra la pared más próxima.

Su despacho, el templo donde un día nacieron los grandes casos, donde ideaba los acuerdos más fascinantes, donde preparaba el arduo trabajo, acababa de ser mancillado.

Tanto o más que la reputación de su hija.

Se puso de pie y se dirigió a la ventana más próxima.

El sol acababa de salir no hacía demasiado y había descubierto que su adorada hija no había dormido en su cama.

La cerradura había sido forzada. Otro nuevo talento que Liberty atesoraba y del que él no tenía la menor idea.

Llamaron a la puerta y el señor Pharma permitió el acceso. Sabía quién sería porque había movido cielo y tierra para localizar a Ethan Digory.

―¿Eso de ahí es…? ―preguntó su ayudante, mientras veía trozos de vidrio en el suelo.

―Sí, un vaso roto con restos de brandy ―corroboró el padre de Liberty.

―Usted, ¿ha… bebido? ―preguntó con extrañeza, sabiendo que el abogado solo toleraba el licor cuando había algo que celebrar, y la rotura del vidrio no auguraba nada bueno.

―Así es, muchacho, y he roto el vaso para impedirme a mí mismo beber hasta perder el sentido ―confesó.

―Ah… yo… ¿Esto tiene que ver con que le mostrase mi interés por su hija, señor Pharma? ―inquirió tentativamente el joven.

Ethan se había sentado en una silla sin comprender el problema. El estado de ánimo del abogado era del todo sombrío. Él no lo había visto nunca así. Ni cuando tenía un juicio complejo o una negociación complicada.

El abogado negó con la cabeza para responder a su pregunta, llegó hasta su posición y se sentó en el mueble que figuraba junto a Ethan.

―¿No has echado un ojo a los periódicos? ―se aventuró a cuestionar Leopold.

―No he tenido tiempo. Partí en busca de un objeto que sabía que iba a necesitar. ―El joven sacó de un bolsillo de su chaleco un pequeño estuche de terciopelo rojo y lo abrió para ver si la joya de su abuela calmaba las aguas.

―La dama que finalmente lo luzca será muy afortunada. ―Le gustó el zafiro que había engarzado en una banda de oro acompañada por un par de pequeños diamantes.

―Así que… ha cambiado de idea sobre…

―No ―lo frenó―. El problema es que tú tenías razón y yo no presté suficiente atención cuando hablaste de Snow.

―¿Cómo dice? ―Ethan se había perdido algo importante.

―Mancilló a mi hija ―soltó el hombre. No tenía remedio andarse por las ramas.

―¿Qué? ―En verdad Digory no podía componer las piezas del rompecabezas.

―Mientras tú estabas planeando algún tipo de cortejo y yendo a buscar un anillo apropiado… ―Se tomó unos pocos segundos para ordenar su mente―. Verás, he sido convocado por el duque de York para asistir a una boda.

―Una boda… ¿Se trata de trabajo? ¿Desea el tutor de Snow que redacte algún…?

―No ―lo cortó―. Me invita a participar en la boda de Liberty con su pupilo en York Park. Mi hija está allí ya ―explicó de una vez.

Ethan sintió que las esperanzas y deseos que había estado albergando durante años acababan de ser… ¿Mancillada? Recordó de pronto la palabra que el padre había empleado hacía unos instantes.

―Dígame que ese hombre no ha… ―rogó, en alusión al conde de Snow, sabiendo que sus peores temores se habían hecho realidad cuando el señor Pharma enfocó sus tristes ojos en los de él.

―Un asunto escabroso que el duque considera que es mejor atender de inmediato.

Mi hija, a la que encerré anoche en su habitación después de tener unas serias palabras, escapó en medio de la noche y ha ido a cobijarse en la madriguera del lobo.

Liberty está decidida a ser condesa y solo el matrimonio la salvará de ser repudiada y apartada de la sociedad.

Si no se casa con él, me temo que sus perspectivas serán nulas.

También se resentirán mis negocios, aunque con mi edad, eso no sería tan grave.

―Al señor Pharma le preocupaba mucho más Liberty que sus asuntos propios.

―Pero… pero… ¡Debe haber algo que podamos hacer! ―gritó lleno de rabia.

Un día. Solo había pasado un día. Se había ido para ir en busca del anillo familiar y… ¿por qué? ¿Por qué había sucedido todo eso precisamente cuando él se había decidido a dar el paso y lo tenía todo perfectamente orquestado? ¡Qué injusticia!

―¿Lo hay, Ethan? ¿Qué hombre se casaría con una mujer cuya integridad se ha puesto en duda por los principales periódicos de Londres? Ni tú eres tan ingenuo para atreverte a criar a un bastardo. ―El señor Pharma cerró los ojos.

Su hija. Su inteligente hija se había dejado seducir por un libertino ocioso que nunca sería el adecuado para imponerse a ella, para frenar sus caprichos o hacerla entrar en razón.

Bien lo sabía Leopold, o incluso Bruce, porque los dos habían sido unos títeres frente a ella.

El padre de la muchacha había depositado toda su fe en su joven empleado cuando se enteró de que estaba interesado en Liberty.

Ethan era duro, pero justo, muy capaz de lidiar con su pequeña. Su breve ilusión había quedado en nada.

―Estoy seguro de que todo se ha sacado de contexto. La señorita Pharma es una joven honesta. Todo esto deben de ser rumores infundados. Los dos sabemos que hay poca veracidad en las columnas de los chismes.

―No importa, Ethan. Yo he perdido la posibilidad de llamarte hijo.

Mi hija se ha quedado sin un esposo que habría sido perfecto para ella.

Solo lord Snow ha ganado algo, y no creo que aprecie lo que ha conseguido sustraerme.

No podrá estar a la altura de las circunstancias y me temo que tampoco estará contento con todo esto.

Ethan frunció todavía más el ceño ante las palabras de Leopold.

―¿Por qué el conde no estaría dando gritos de alegría y agradeciendo la suerte de tener semejante bella e inteligente esposa, señor Pharma? ¿Qué le hace pensar que no es así?

―Porque anoche, cuando llegué hasta esa infame habitación donde ellos dos…

―Masculló una maldición. Hacía mucho tiempo que no le nacía ninguna.

Ethan se dio cuenta de que no solo eran rumores si su patrón había presenciado, lo que fuese que hubiese visto―.

Antes de marcharse, cabizbajo y derrotado, el conde no hizo el anuncio oportuno que de él se exigía.

No habló de la celebración de un compromiso o una pedida de mano.

Puedes figurarte que las pistolas que hay sobre mi mesa fueron sacadas del estante para comprobar si todavía son operativas…

La mirada de Ethan voló sobre la superficie de la madera pulida. Ahí había un par de armas que parecían haber sido comprobadas.

―¿Qué va a suceder ahora? ―preguntó el señor Digory con el corazón compungido.

―Mi equipaje ha sido cargado en el carruaje y estoy esperando que Bruce aparezca para partir hacia York Park.

Una boda debe oficiarse y mi hija no se casará sin su querido padre y su bendito hermano junto a ella.

Ese pomposo duque puede presumir lo que desee, pero mi hija no recitará sus votos hasta que su familia llegue.

Sé que no lo haría. ―Las indicaciones de York eran claras, la boda iba a ser un hecho, estuviera la familia de la novia allí o no.

Eso sí, York lo había escrito de un modo que no parecía una…

¿una qué? ¿Una amenaza? ¿Un reto? ¿Un aviso?

En la carta que le había traído un lacayo somnoliento y lleno de polvo debido a la cabalgata, el duque lo instaba a llegar lo más pronto posible a su hogar para que la boda se celebrase lo antes posible y así acabar con las habladurías.

El duque de York ya se había ocupado de todos los detalles más imperativos, como por ejemplo la llamada de un vicario llamado Hopkins, el vestido de la dama…

Incluso le aseguraba que la dote de Liberty no sería admitida por Snow, así que le recomendaba crear un fideicomiso para su hija o los nietos que llegasen.

Arrogante bastardo, pensó el señor Pharma… ¡Darle indicaciones a él sobre su propia hija!

―¿Le importaría si los acompaño?

Los ojos del señor Pharma se abrieron de golpe.

―¿Por qué querrías presenciar esa boda? ―No lo entendía. Él en su situación estaría maldiciendo a Liberty.

―No lo sé… ―No mentía. No sabía de dónde había salido esa petición pronunciada por sus labios―. Tal vez yo pueda ser de alguna ayuda.

Leopold se frotó los ojos.

―Me gustaría que estuvieses a mi lado, Ethan.

Eres un hombre en el que se puede confiar.

Bruce tiene sus inversiones, sus juegos, unos que no apruebo pero que le reportan beneficios, y lamento que no se haya inclinado hacia mi campo.

Amo a mis hijos. Muchísimo. Liberty y él lo son todo para mí, pero tú también eres muy especial.

No mentía cuando aseguré que te hubiese considerado como mi propio hijo si vuestra boda se hubiese celebrado. Lamento toda esta situación.

―Yo también, señor Pharma. Yo… también ―recitó como si fuese un rezo angustioso.