Capítulo 3 #4
Desde el principio, Malcom, el amor verdadero de su vida, se había preocupado por los tres muchachos. Guiándolos, ofreciéndoles consejos y cuidando de ellos por encima de todo. Isobel amaba a Malcom con todas sus fuerzas porque no hubiera podido encontrar a alguien mejor que ese perfecto duque.
―¿No os agrada Liberty Pharma? ―preguntó Isobel―. ¿La desaprobáis? ―continuó interrogando.
―No ―dijo Regina―. Sé bien lo que es atar a un hombre contra su voluntad ―susurró, mientras recordaba cómo ella había logrado casarse con Ranfield por quedarse embarazada y sucedió algo similar con su segundo esposo, Liam, el hermano del duque, así que entendía a la muchacha.
―¡No lo he dicho por ti! ―exclamó Evangeline llena de indignación en dirección a Regina―. No es lo mismo.
―¿No lo es? ―indagó Regina.
―Por supuesto que no ―aseveró de nuevo Evangeline.
―¿Por qué? ―siguió lady Liam. Ese era el título que eligió portar cuando se casó con lord Liam, dejando apartado el de condesa viuda de Ranfield.
―Pues porque… porque… ¡Ah, sí! ―apuntó cuando se presentó la respuesta en su mente―. Tu difunto esposo y tu actual marido te amaban. Los dos, así que no obraste con maldad.
―¿Y qué te hace pensar que Theodore no la ama a ella? ―cuestionó con suavidad Isobel.
―Eso. ―Estuvo de acuerdo Regina con la pregunta.
―¿La ama? ―El ceño de Evangeline estaba muy fruncido.
―¿Tú qué crees? ―volvió a tomar la palabra Isobel.
―Se veía miserable. Nuestro hermano se veía miserable por la situación.
Estoy segura de que York le habrá hecho ver que es un hombre de honor y por lo tanto debe actuar como tal.
Todas hemos leído los periódicos, ella estará acabada si nuestro hermano no hace lo que se espera ―explicó la señora Sullivan.
―Dudo mucho que algún hombre, por muy honorable y correcto que sea, acepte una situación con la que no esté de acuerdo ―conjeturó Isobel―.
¿Y uno como Theodore? No, definitivamente vuestro hermano no se replegaría a los deseos de un duque, especialmente porque Snow no tiene que rendir cuentas ante nadie.
No tiene un padre que pueda amenazarlo con dejarle un título sin fortuna, no necesita casarse para tener una dote que le asegure la supervivencia al título, puesto que York le ha procurado unas buenas rentas gracias a las inversiones.
Además, Malcom no lo presionaría para hacer algo con lo que Theodore no estuviese cómodo. Habrá una boda porque él así lo desea.
―¿Entonces qué debemos hacer? ―preguntó Regina.
―¿Asentir y sonreír? ―alegó Evangeline.
―Haremos lo que se espera de nosotras. Ofrecer apoyo, no cuestionar lo sucedido y no inmiscuirnos en la pareja. ―Isobel creía que lo que acababa de decir era lo más acertado en este caso. Se metió de nuevo en el guardarropa buscando algo favorecedor para la novia.
Cuando York y el mismo Snow anunciaron delante de toda la familia, incluidos los esposos de Evangeline y Regina, el señor Wilson e incluso los niños de las tres parejas, que se oficiaría una boda, Theodore insistió en que quería ver bonita a su inminente esposa.
Por supuesto, la joven no llevaba equipaje y su familia no había llegado todavía a York Park, por lo que las tres supieron lo que tenían que hacer.
―No puedo creer que Theodore vaya a casarse… Dijo que hasta que no cumpliese los cuarenta no lo haría, y yo… No quiero que él sufra. Tampoco la joven, pero habiendo visto como empieza todo… ―Regina había pasado por un infierno. Varios de ellos, de hecho. Todo por amor. No era agradable.
―¡Este! ―exclamó Isobel, mientras regresaba a la habitación portando un elegante vestido de seda en tono crema, con algunas rosas rojas esculpidas en el pecho y un par de puntillas en los bajos. Era sencillo, elegante y vistoso. Justo como Liberty Pharma.
―¡Sí! ―Estuvo de acuerdo Regina.
―Servirá ―opinó Evangeline.
―Decidido pues ―habló Isobel.
La duquesa había hablado con una doncella que cosía muy bien para que cuando la señorita Pharma entrase por la puerta, comenzase con los arreglos del vestido que eligieran.
Las flores ya estaban siendo cosechadas y en la pequeña iglesia de York Park también se estaban haciendo los debidos arreglos.
Sería la segunda boda en la finca del duque de York, dado que Regina también se casó allí. Y sería perfecta porque la duquesa así lo había establecido.
―¡Isobeeeeel! ―gritó Regina al verla tambalearse de lado a lado.
Evangeline, que había estado más cerca de la esposa de York, corrió hasta su posición y logró hacer que se sentase en la cama y no cayese al suelo.
―¡Cielos! ―exclamó la duquesa―. Me he mareado y ha sido un poco… No sé lo que ha sucedido ―añadió mientras se sostenía la cabeza con ambas manos.
―Iré a buscar a York ―consideró Regina.
―¡No! ―la frenó Isobel―. No ha sido nada.
Solo un pequeño mareo. Seguro que es debido a todo esto de la boda.
Además, Gwyneth está imposible últimamente y me reclama a todas horas.
Estoy cansada. No es nada más. No quiero que Malcom traiga al médico para decir que simplemente necesito descansar más.
Tomaré una breve siesta mientras las dos os ocupáis de los asuntos del enlace ―les pidió.
―Pero… ―comenzó a opinar Evangeline.
―Haced lo que os digo ―zanjó Isobel―. Y sed amables con Liberty.
Ella nos necesita, más si Theodore se comporta con tirantez y se muestra difícil.
―Cosa que la duquesa imaginaba que sucedería porque lo conocía muy bien―.
No olvidemos que la vida de un hombre es siempre más fácil que la de una dama, y entre nosotras debemos ayudarnos.
Las dos hermanas no pudieron rebatir lo que Isobel les había dicho. La duquesa se había puesto en pie, les había tendido el vestido que llevaría la novia para casarse y las acompañó hacia la puerta para deshacerse de ellas.
Tal vez Isobel solo estuviese cansada.