Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Esa poderosa figura masculina, que sería capaz de dibujar en un lienzo en blanco y sin necesidad de tenerlo frente a ella, se acercó hasta su posición y se colocó a su espalda.

Esperó a ver cómo reaccionaba él a su cercanía. No se atrevió a girarse para mirarlo por miedo de ver en sus ojos ira, dolor o algo mucho peor. Así que aguardó, sabiendo que Theo haría el movimiento inicial. Exigiendo que Snow diese el primer paso.

―¿Por qué? ―preguntó el conde en un tono bastante neutro.

Liberty dejó de mirar el reflejo del agua y se concentró en observar el horizonte.

Se tomó un par de segundos para valorar la respuesta de una pregunta que ella sabía perfectamente a qué se refería.

Le estaba preguntando el motivo por el que le había tendido una trampa para obligarlo.

Obligarlo. Obligarlo a casarse con ella.

Era algo terrible lo que había hecho. ¿Lo peor? Lo volvería a hacer sin dudarlo.

―Hay muchas motivaciones ―dijo ella, tratando de copiar el tono de voz de lord Snow.

―Dime solo una ―le pidió.

―Te diré la más egoísta que se me ocurre.

―Adelante.

―Estaba cansada de seguir esperándote ―aludió con franqueza.

Él le dio vueltas a esa afirmación.

―¿Qué se supone que debo decir después de eso, Liberty?

―No lo sé ―admitió con sinceridad.

―Lo que más me ofende de todo esto no es que no te hayas disculpado por lo que has hecho, ni tan siquiera estoy molesto por quedarme atrapado contigo en una habitación oscura.

No, Liberty, lo que más me irrita, además profundamente, es el hecho de que te creas más inteligente que yo, más consciente de lo que es mejor para mí, cosa que curiosamente te concederá lo que siempre has ambicionado: mi título.

Ese fue el instante en el que Liberty eligió para ponerse de pie y colocarse de manera directa delante de Theodore Dreyer.

Lo miró tratando de ocultar todo rastro de emoción en su ser. Ocultando el daño, la daga que sentía clavada en su pecho. Snow pudo haber elegido muchas palabras para mostrar su furia, darle con su título en la cabeza fue mucho más que una traición.

―Si después de tantos años afirmas algo como lo que has dicho, no me conoces en absoluto y nos irá mejor a cada uno por su lado.

La señorita Pharma dio un paso a la derecha con la intención de bordearlo. Theo se dio cuenta de que ella pretendía marcharse de allí y la agarró por el brazo para evitar su huida.

―Niega que me has tendido una trampa, Liberty ―la urgió.

―¿Y mentirte? ―refutó ella todavía agarrada por él.

―Dime por qué estamos en esta posición. Explícame el motivo por el que no has podido esperar más.

Ella abrió los ojos con sorpresa por la admisión que acababa de quedar patente.

―¿Admites finalmente que no había otra dama con la que te hubieses casado?

Él suspiró. Así era Liberty, la hermana de su mejor amigo. Nunca tendría suficiente. Siempre le exigiría más. Mucho más de lo que él estaba dispuesto a ofrecerle. Y ese era otro de los motivos por los que no había movido ficha con ella.

―Admitiré que en algún punto del camino, en una de esas miles y miles de veces que aseguraste que acabarías siendo mi esposa, pudiste haberme convencido.

―¿Solo por el título, Snow? ¿Tan codiciosa soy que no me detendría hasta lograr convertirme en lady Snow? ¿En tu condesa? ―preguntó sin darle tregua.

―Eres calculadora, Liberty. Lo he visto a lo largo de los años. Te mueves sigilosa para lograr lo que deseas, al precio que sea. Yo mismo estoy en una situación delicada porque tú nos has colocado ahí a ambos. ¿Qué quieres que piense?

―Pero tú me amas ―susurró. El conde negó con la cabeza y ella creyó que se desmayaría al ver esa negativa.

―El problema no es ese ―respondió él, dándole un poco de esperanza a la joven.

―¿Entonces cuál es? ―No lo entendía.

―Tú no eres lo que yo necesito ―dijo mirándola a los ojos y con suma seriedad.

Ahí, el alma de Liberty se fracturó en mil pedazos. Su corazón saltó por los aires y las esperanzas y sueños de una mujer enamorada desaparecieron de un modo atroz, lamentable, para dar paso a una realidad que no había previsto.

Theo acababa de hablar de necesidad. Necesidad de una compañera más adecuada. Necesidad para cubrir lo que él ansiaba. ¿Qué anhelaba él que estaba tan seguro de que ella no lograría dárselo? ¿No era acaso el amor el engranaje principal del mundo? ¿De la humanidad? ¡Ellos dos se amaban!

Theodore no había negado en ningún momento que la amaba.

Tampoco lo había confirmado, pero Liberty estaba segura de que había sido una aceptación tácita sobre los sentimientos que ella le despertaba.

¿Dónde estaba el problema? ¿En su falta de conexiones?

¿En la ausencia de pedigrí porque no poseía un título por nacimiento?

No alcanzaba a comprender la reticencia de él para no haberle propuesto matrimonio con anterioridad.

¿Qué se le estaba escapando? Todo lo audaz, perspicaz y sabia que se sentía, y ninguna de esas cualidades le permitía ver más allá de la máscara de Theodore en esos momentos, en los que más necesitaba comprenderlo.

―Supongo que entonces no tenemos nada más que decir al respecto ―sentenció Liberty, como si estuviese acudiendo a un funeral. Al suyo.

―No, supongo que no. Todo ha quedado ya señalado y las cosas están más que decididas.

Liberty se tragó el nudo que comenzó a crecer en su garganta. Arruinada. Por completo. Sin salida. El fin.

Entonces el conde la soltó y ella tuvo que luchar contra el terremoto que sacudía su ser para no caer de rodillas y llorar. Snow había sido un punto de apoyo endeble, su agarre no era más que una falsa sensación de tranquilidad, y cuando la soltó todo el castillo de naipes se derrumbó.

La señorita Pharma se las arregló para mantener la compostura, pese a que la muerte le parecía una bella tentación para dejar de sentir ese enorme dolor que, probablemente, la acompañaría el resto de su vida.

―Sea pues ―se las apañó para decir.

Liberty comenzó a caminar de regreso a la casa principal. Cuanto antes se marchase, mejor. Ya había hecho un ridículo más que espantoso. El destino no tenía remedio. Por lo visto, hacer el bien no tenía mayor recompensa.

―Liberty ―la llamó, haciendo que ella detuviese su paso.

―¿Qué? ―preguntó sin darse la vuelta. Sus ojos estaban anegados de lágrimas de dolor, de pánico, de conmoción. El amor no era suficiente.

―El vicario llegará en un par de horas. No quiero verte con el mismo vestido de anoche.

Pídeles a mis hermanas o a Isobel algo que una doncella pueda arreglar para que te sirva.

Espero que no te arrepientas de lo que has logrado ―apostilló, antes de ponerse a caminar en la dirección contraria a la que se dirigía Liberty.

La hija del señor Pharma se giró para buscar la mirada de Theo y averiguar si estaba vengándose.

Contando una mentira. No pudo verle, puesto que él ya no estaba en el mismo lugar.

Contempló sus poderosos hombros mientras caminaba hacia…

No tenía ni idea de a dónde se dirigía él, pero era un hombre espectacular, el único al que amaba, al que adoraría hasta el fin de sus días.

La joven cerró los ojos. Vicario. Esa palabra resonó en su mente. York lo había convencido. No había otra explicación. Theodore Maxwell Dreyer se había resignado a su plan. A su trampa. Se casarían. Liberty sería su esposa.

Lo había conseguido. La recompensa por su espera, por su perseverancia, por no desistir y rendirse, había llegado al fin. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Una vida nueva. La que siempre deseó.

Una boda. Un enlace que se produciría con el hombre con el que había soñado casarse desde que era poco más que una niña con trenzas.

Alegría. No. La felicidad que pensó que la embargaría cuando lograse su reto no estaba presente. Una sensación sombría y llena de inseguridad la recorría. Tan veloz como un par de caballos árabes.

Liberty estaba profundamente apenada.

***

Isobel, duquesa de York, desechó un vestido del tono de una esmeralda y lo dejó tirado sobre la cama. Su hija Regina le pasó uno de color púrpura que acabó soterrando al verde. Una gran pila de ropa de muchos colores y tejidos estaba desparramada sobre el colchón de plumas de la duquesa.

Regina suspiró. Evangeline hizo lo mismo que su hermana. Ambas mujeres se quedaron mirando con el rostro serio a Isobel.

―Apuesto diez libras a que ningún vestido te parecerá adecuado para la esposa de nuestro hermano ―aseguró Evangeline.

―¿Qué tal uno con una tonalidad más discreta? ¿Tal vez una muselina gris perla o crema? ―sugirió Regina.

―¿Por qué no admitimos que el problema no es el vestido, sino el modo en el que la joven se ha apoderado de algo que no se le había entregado con libertad? ―se atrevió a conjeturar Evangeline.

Lo que valió para que Regina desviase la mirada hacia otro lado e Isobel se quedase parada observando a la señora Sullivan.

La familia había mantenido una reunión después de que York y Theodore intercambiasen opiniones en privado. La duquesa no sabía exactamente lo que York le habría podido decir a Theodore, pero lo sospechaba.

Pese a que Isobel no les había dado la vida a esos tres hermanos, libremente y con gusto, ofrecería la suya para salvarlos de cualquier contrariedad.

Los había amado desde que llegó a Snow Cottage para convertirse en su institutriz.

La providencia hizo que años más tarde Isobel acabase casada con el anterior conde de Snow, el padre de los hermanos Dreyer.

Un matrimonio que fue solo de nombre, dado que el hombre se marchó de viaje para acabar regresando a casa en un ataúd.

Siendo viuda, conoció al apuesto y gran disoluto duque de York y estuvo perdida.

Al fin el amor le había encontrado. No solo conoció la devoción familiar con la que la premiaron Theodore, Regina y Evangeline.