Capítulo 3 #2
―¿Y cómo es eso? ―se interesó el duque con cierta diversión. Se veía azorada, pero no arrepentida por su comportamiento. Posiblemente solo sentía vergüenza por haber sido atrapada mientras ponía la oreja.
―Ustedes hablaban muy bajo y la dichosa puerta es demasiado robusta ―se lamentó.
York se rio con ligereza.
―No se preocupe, querida. La próxima vez haré lo posible por elevar el timbre de mi prodigiosa voz y daré órdenes de que la puerta solo se entorne. ¿Eso le facilitaría las cosas?
Ella volvió a sentir cómo la mortificación le mordía el orgullo.
―No se burle de mí, excelencia ―le pidió con humildad.
―Bien. Hablemos mejor de cómo te has puesto en evidencia ante toda la sociedad y has convertido a tu familia en el blanco de las burlas. ¿No encontraste un plan mejor para lograr tus intereses? ―inquirió con tirantez.
―¿Se terminó la formalidad? ―se aventuró a preguntar.
―Para lo que hablaremos es mejor ser directos. ¿No te parece, pequeña arpía?
―¿Él vendrá aquí? ―se interesó ella. No tenía caso volver a decirle que no le gustaba que la llamase con ese apelativo que el duque le había puesto hacía cinco años.
York entendió que ese « él » era Snow.
―¿Te asusta que Theodore te deje sola con el embrollo que has armado?
―Si soy completamente sincera… Sí.
―No has obrado bien ―la regañó con suavidad.
―No me quedó otro remedio para hacer lo que hice.
―Explícamelo.
―No ―negó de inmediato.
―Tu primera parada, después del crimen que cometiste para atrapar a un pretendiente que no te hacía tanto caso como tú exigías, ha sido mi casa.
Si me quieres como aliado, tal y como sé que lo ansías, vas a explicarme todo lo que hay detrás de esa actuación tuya.
¿Estás embarazada? ―se atrevió a cuestionar.
―No se equivoca, excelencia. Vine aquí porque imaginé que Snow recalaría más pronto que tarde en York Park.
Y sí. Sé que usted le hará entrar en razón y me ayudará a convencerlo para que sea mi esposo.
Y no. No pienso responder a ninguna cuestión personal, sobre mí misma o sobre lo que atañe a lord Snow.
Había mucho más de lo que se apreciaba a simple vista.
York lo intuía. Ella no confiaría toda la información a nadie.
Moriría con sus secretos. Se los llevaría a la tumba.
El duque también era consciente de eso mismo.
Su actitud, el tono de su voz y el semblante regio así se lo habían transmitido a Malcom.
―Un poco tarde para tratar al hombre con el que pretendes casarte con tanta etiqueta. ¿No te parece? Más después de que os encontrasen desnudos y retozando sobre una mesa como esta… ―Le dio un par de palmadas al escritorio que mediaba entre ellos.
―No debería hacer caso de todo lo que los periódicos traen en sus páginas.
―Algo de verdad habrá cuando tú estás delante de mí. Concretamente cuando te presentaste en York Park en medio de la noche ―la reprendió con un poco más de exigencia.
―Yo lo amo ―susurró sin saber qué más decir, mientras contenía las lágrimas tras los párpados.
―Lo sé. Eso no lo he cuestionado ni por un instante.
―Él también me ama.
―Eso sí puedo resistirme a creerlo. Aunque puede que tengas razón, pero…
Si hubiese sido así como dices, Snow te habría cortejado, te habría regalado el anillo familiar del condado que una vez Isobel llevó en el dedo, las amonestaciones se habrían leído después de publicar el compromiso debidamente en The Times .
―¿Va a seguir cuestionándome o hará algo al respecto para ayudarme? ―Se sentía acorralada.
―¿Como qué?
―Antes dijo que había una boda que organizar ―susurró por lo bajo y con humildad.
El duque abrió sus profundos ojos azules de par en par.
―Ah, ya ves, pequeña arpía, que tu explicación sobre el tono bajo de la charla que mantuve con el señor Wilson, y la amplitud de la maciza puerta, me dio a entender que no lograste espiar una conversación privada.
―Solo escuché un par de frases sueltas. Supongo que la importante sí me llegó a los oídos ―aseveró despreocupadamente con una sonrisa triunfal.
―Yo en tu lugar no tendría humor para lo que sucede…
―¿Y qué quiere que haga? ¿Morirme de vergüenza y huir a Escocia o algún otro lugar apartado de la buena sociedad? ―Ella negó con la cabeza―. Tuve a mi alcance todas las opciones y elegí la que debería servir. No pediré disculpas por haber obrado como tuve que hacerlo.
―Dime lo que no me estás contando, Liberty Pharma ―le ordenó en ese tono ducal y tirano que tantas veces le había funcionado en el pasado con otras personas.
―Tiene mi palabra de que si Snow se retira y me deja sola con lo que yo misma he causado, haré lo que he comentado hace escasos minutos. Me iré para no volver.
El duque y la joven se quedaron varios minutos enfrentándose a un duelo de miradas. Finalmente Malcom suspiró.
―Eres terca como una mula que se para en medio del camino y no está dispuesta a reanudar la marcha ―señaló sabiendo que ella no confesaría todo lo que sabía―.
Mucho más de lo que es mi adorada Isobel.
Esperemos que ese amor al que aludes y que existe entre Theodore y tú sea fuerte para resistir el golpe que le has dado a un hombre orgulloso, porque de lo contrario estarás perdida, pequeña arpía.
Y ni toda esa determinación tuya te ayudará cuando el corazón se te rompa.
Ella lo miró con una ceja levantada.
―¿Qué le hace pensar que mi corazón sigue de una pieza, excelencia? Tal vez lo tenga tan fragmentado que no quede nada más para arriesgar.
York desvió los ojos hasta la ventana en ese momento. Se escuchaba el trote de los caballos y carruajes.
―Salvada de darme más explicaciones… ―argumentó―.
Sospecho que son las hermanas del conde, tal vez incluso él mismo sea uno de los que está llegando.
Te aconsejo que des un agradable paseo por mis jardines.
El sol ha salido y aunque la tormenta esté a punto de desatarse, podrás tener unos minutos de paz hasta que yo hable con toda la familia y les diga cómo vamos a proceder.
Los rumores vuelan más veloces que el viento y habrá mucha preocupación.
Ella se levantó, le hizo una reverencia con la cabeza, y rauda y veloz se marchó del despacho dispuesta a seguir la recomendación del duque.
Liberty caminó y caminó hasta que llegó a un lago. Tomó asiento en la orilla. Con las prisas había olvidado coger un sombrero y una chaquetilla. No obstante, el calor que emanaba del sol la mantenía cálida. Tampoco le importaba si su rostro se llenaba de unas pocas pecas más.
Se quedó allí. En medio de ninguna parte disfrutando de unos momentos en los que nada tenía importancia.
Su vida no parecía estar sumida en un caos del todo impredecible.
El suave canto de los pájaros, una breve brisa y los rayos del sol contribuían a que Liberty se sintiese plena, sin preocupaciones.
Confiaba en que el duque le explicase los asuntos al resto de la familia y pese a que no estaba segura de contar con el apoyo de él, sí contaba con que pudiese persuadir a Snow sobre lo que debía hacer: casarse con ella.
Mentiría si dijese que los remordimientos no la asaltaban desde que la situación se produjo. Una mujer no debía estar por encima de un hombre. Así lo marcaban las reglas sociales. Liberty había traspasado ese límite con gran esmero.
Mientras pensaba en el gran embrollo en el que se encontraba, ahí, cerca de la orilla del lago, escuchó unos pasos a su espalda y no tuvo la necesidad de darse la vuelta para saber quién se acercaba.
Su corazón lo sabía bien. Tal vez Theodore Dreyer no llegase nunca a entenderla o apreciarla, pero ella lo conocía muy bien, más que incluso él mismo.
Desde pequeña, esa sonrisa perfecta y tan masculina suya la había cautivado. Cuando se ponía nervioso el ojo derecho le palpitaba tibiamente. Y cuando estaba feliz y contento no podía disimularlo.
No había ningún recuerdo en su mente que no fuese el de no haberlo amado desde que lo conoció.
Era un hombre íntegro, cabal, bueno. No importaba su título o su situación financiera.
Ella contaba con una buena dote que podía haberlos provisto a ambos en caso de que él hubiese resultado ser un mozo de cuadra.
Tal vez si Snow no hubiese nacido con una condición privilegiada todo sería más sencillo.
Seguro que hubiera resultado más fácil. La opulencia en la que había vivido un muchacho que se quedó huérfano de padres a una edad muy temprana, y que fue conde con apenas dieciséis años, le había permitido enfrentar la vida de otro modo.
Liberty siempre supo que las mujeres eran parte de su mundo.
De igual modo, él disfrutaba de los juegos y apuestas en las que tenía gran habilidad para ganar.
En los últimos años había escuchado a su hermano Bruce quejarse de que estaba cansado del cambio tan repentino que mostraba Snow en su actitud, puesto que, guiado por su tutor, había tomado en sus manos las responsabilidades de sus tierras, título y fortuna, y eso lo hacía ser menos divertido.
Esos vicios que Liberty había supuesto que serían un muro muy complicado de derribar se fueron debilitando.
¿Una mujer que sabía lo que deseaba y que estaba segura de lo que él sentía por ella, debía rendirse sin pelear hasta la última de las batallas?
No tenía la respuesta a esa pregunta todavía, pero era muy consciente de que ella, por su actitud, por sus creencias y por el modo de vida que había llevado hasta el momento, no sería una de las que se rendiría jamás.
Moriría peleando si era preciso. Snow valía la pena.
Ella podía ser lo que él necesitase en su vida.
De algún modo se lo demostraría, solo era necesario que Theo le permitiese intentarlo.
Liberty no había fracasado jamás en ninguna empresa que hubiese llevado a cabo. No comenzaría en esos momentos.