Capítulo 2 #3
Ella vio esa cantidad de músculos que despuntaban bajo la liviana seda y abrió los ojos de par en par.
Realmente le venía bien la luz extra que portaba el señor Wilson en las manos.
De modo inconsciente la muchacha tuvo que alzar el dedo índice y tocar un bíceps para ver si era de hierro como parecía.
Escuchó al duque carraspear y al sirviente soltar un gemido de incomodidad ante el gesto audaz de ella.
―Mi esposa es la única que tiene autorizado tocarme, pequeña arpía ―la reprendió.
―¡No ha sido nada lascivo! ―soltó rauda―. Lo juro. Pero es que… ¿No sabe que hay prendas adecuadas que sirven para proteger la inocencia de las damas? ―preguntó enfurruñada.
―Ya… como si aquí hubiese una dama desvalida a la que proteger.
―Sorpresivamente esas palabras no salieron del duque.
Fueron pronunciadas por el señor Wilson, quien al parecer le había tomado la medida muy bien a la joven los días en los que había sido invitada del duque.
Mason Wilson se giró luego hacia su patrón y le dijo―: Aunque ella tiene razón.
Creí haberle enseñado mejor, excelencia.
Una llamada en su puerta a horas intempestivas no le da derecho a pasearse sin el debido decoro.
Tengo la imperiosa necesidad de quemar esa bata que se ha convertido en su atuendo preferido.
Liberty se quedó callada. El sirviente del duque llevaba razón. Malcom se sonrió por las palabras de Mason Wilson y luego le palmeó la espalda un par de veces para decirle:
―Ah, ya ve, señor Wilson, me desvelé y tenía a mi alcance a mi dulce esposa, así que ya se imaginará lo que estaba haciendo hasta que ella ―señaló a Liberty con un dedo acusador― me interrumpió.
Supongo que ambos deberían dar gracias de que haya cubierto al menos mis partes más pudendas aunque sea con una ligera bata.
―Se quedó un segundo pensativo mientras Liberty rodaba los ojos y el sirviente resoplaba.
Y luego añadió―: O tal vez no. Tengo entendido que verme con ropa es maravilloso, pero hacerlo sin ella me convierte en…
―¿Ha terminado ya de adorarse? ―lo sermoneó Liberty.
―Puesto que me has interrumpido, otra vez, imagino que sí. ¿Qué haces en mi casa? ―Malcom retomó el asunto inicial.
―Bueno… yo… ―comenzó a explicar la joven sin saber cómo continuar su relato.
―¿Has robado un caballo? ―El duque decidió hacer un interrogatorio al verla tan titubeante.
―No. Esta vez le juro que ni lo he intentado ―se aventuró a decirle, puesto que la última ocasión que York la rescató ella fue sorprendida por un mozo tratando de robar un equino de las cuadras de una posada.
―¿Has matado a alguien?
―¡No! ―negó llena de mortificación.
―¿Has provocado un incendio?
―Me está ofendiendo, excelencia ―aseguró con los dientes apretados.
―Sí, sí… pero presentarte en mi puerta en medio de la madrugada no es causa para que yo me ofenda… ¿verdad?
Eso la dejó sin palabras y York se felicitó.
―Haré que una de las doncellas prepare una habitación ―dijo el señor Wilson.
―Puesto que los cargos contra esta muchacha no parecen tan graves, creo que lo mejor será hablar por la mañana y averiguar el problema exacto ―añadió Malcom, sintiéndose algo inquieto.
―Gracias ―expuso Liberty, azorada y con humildad.
Cuando la joven fue acompañada hasta la estancia donde pasaría el resto de la noche, el señor Wilson se presentó en el despacho del duque, lugar en el que sabía que su patrón estaría aguardándolo para conversar.
La relación entre el duque de York y Mason Wilson era más que la de ser empleador y sirviente, dado que el señor Wilson era tío carnal de Malcom, puesto que fue hijo ilegítimo del abuelo de York, y tanto el duque como su hermano Liam e Isobel estaban al corriente de esa circunstancia.
Cuando Malcom y Mason hablaban, se solían tratar con suma formalidad porque el señor Wilson era muy correcto e insistía en ello. Aunque había veces en que se saltaban las normas debido a la gravedad de la situación y conversaban sin los velos de la etiqueta.
―¿Qué opina de la situación, mi querido amigo? ―le preguntó York a su sirviente en cuanto lo vio atravesando el umbral de la puerta.
―No creo que se trate de nada grave, como usted bien ha señalado hace escasos minutos. La dama se veía bastante tranquila para haber viajado en plena noche con un desconocido y sin carabina o acompañante.
―Sí. No hay muertes, incendios o robos. ―York suspiró―.
Ah, mi querido señor Wilson, no todo el mundo toma en serio mis dotes divinas, mucho menos lo hacen desde que me denominé a mí mismo Ra, el dios del Sol.
Usted incluido. No me mire así ―le advirtió al ver el modo tan desacertado con el que lo estaba observando―.
Pero debo señalar que nunca me equivoco cuando juzgo a una persona.
En el momento en el que vi a la señorita Pharma, supe que ella me daría más dolores de cabeza que Regina y su hermana juntas.
―La señora Sullivan ―dijo en relación a Evangeline, la hermana de Regina―, nunca le ha dado ni un solo disgusto, excelencia.
―¿Se acuerda cuando usted se chivó y me contó lo de las pelucas y los disfraces del ático que ambas usaban para inmiscuirse en un club de pecado? ―rebatió con retintín.
―Aquello salió bien, así que no hubo mayor complicación. Le concederé que Regina y Liam sí le hicieron trabajar más de la cuenta. Solo eso.
Aquella historia que llevó a la hijastra mayor de Isobel, a Evangeline ―a quien su esposa consideraba como si fuese de su propia sangre― hasta El placer del infierno era bastante rocambolesca. Aunque el señor Wilson tenía razón y aquello salió a pedir de boca.
―¿Qué cree que le sucederá a la joven? ―York no tenía la menor idea del motivo de esa visita.
―¿Un apuro tal vez? ¿Un escándalo? ¿Una deuda de juego? Debe ser algo llamativo si ha decidido escabullirse de… ¿De dónde se habrá escapado? ¿La última vez que se topó con ella no la encontró después de dejar el internado? ―se preguntó Wilson en voz alta.
―Así ocurrió. La señorita Pharma se había fugado de la escuela cuando di con ella en una posada.
―York suspiró―. Sea lo que sea, mañana lo averiguaremos.
Aunque por si acaso la pequeña arpía decide enmudecer y no dar a conocer su falta, sería conveniente tener un par de periódicos aquí recién llegados de la ciudad.
Sospecho que si es algo censurable, su nombre estará en las columnas de chismes.
Descartemos todos los frentes. Ella se cree más inteligente que un duque.
―¡Qué blasfemia! ―ironizó Mason.
―Es usted malvado, señor Wilson, y estoy cansado para ponerlo en su lugar.
Su tío le sonrió.
―¿Por qué los periódicos, excelencia, qué sospecha? ―inquirió alarmado el ayuda de cámara.
―Tengo una corazonada, señor Wilson, pero no la diré en voz alta por no darle mayor crédito.
No me parece casualidad que de entre todos los lugares que ella pudo elegir, sabiendo que su hermano tiene especial debilidad por ella, la señorita Pharma haya decidido, precisamente, estar en mi casa. ¿No lo cree sospechoso?
―Pronto saldremos de dudas. No se apure, todavía recuerdo cómo recabar información sensible sobre el tema que sea. A lo largo de la mañana sabremos más, se lo garantizo. ―Wilson solía ser la mano derecha del duque para todo, y eso también incluía ser una especie de espía.
―No esperaba menos de usted, mi querido tío.
―¡Excelencia! ―lo regañó, pues a Mason no le agradaba tomarse familiaridades con su sobrino y lo mismo le exigía al duque.
―¿Una copa? ―inquirió York con diversión.
―¿No estará su duquesa esperando su regreso? ―se atrevió a preguntar el sirviente.
―No lo creo. Me desvelé en mitad de la noche y me pareció interesante comenzar un juego de lo más divertido… He tratado de despertar a Isobel de una forma muy creativa ―concretamente colocando su boca en su feminidad, pero eso no lo compartiría―, y la muy traidora no ha dejado de roncar.
―¿Comprende que no es correcto que diga que su excelencia la duquesa ronca? ―lo volvió a regañar.
El duque agitó los hombros.
―No importa demasiado si se entera de lo que he dicho. Me acusará de falso y lo negará con rotundidad. Las damas no roncan ni hacen cosas humanas porque no está bien visto. ―York se quedó pensativo.
―¿Hay algún problema además del que presenta la amiga de lord Snow?
Los ojos azules de Malcom se posaron sobre los de Mason, que eran muy parecidos a los del duque.
―¿Así cómo voy a fabricar un heredero para el título? Mi pequeño rayo de luz ―así se refería a su hija Gwyneth― la tiene tan agotada que no logro…
―Me hago una idea ―lo interrumpió para que no desvelase nada más al respecto. La conversación era incómoda.
El duque suspiró otra vez. Hacía un par de años, su hermano Liam Banstorn se casó con Regina y la pareja trajo al mundo al que era oficialmente el heredero del ducado de York.
El muchacho, de nombre Duncan, aseguró la descendencia de ambos hermanos, del título, puesto que desde que York se casó con su amada y bendita Isobel los problemas de procreación estuvieron a la orden del día.
Pero hacía unos años llegó la pequeña Gwyneth Wallarica Banstorn para dar esperanza a sus progenitores.
Isobel le juró a Malcom que no se daría por vencida hasta que diese a luz a un muchacho y él la creía.
Isobel era prodigiosa cuando decidía algo.
¡Pero no copulaban tanto como antes, así que esa misión de procreación peligraba!
―No. No se lo imagina. Se lo aseguro. Mi esposa se duerme mientras camina y no tiene energía para atender a su vigoroso esposo ―se quejó.
―Su hija es como usted, excelencia.
―¿Quiere decir preciosa, inteligente, radiante, rica…?
―Absorbente ―lo cortó, o York estaría horas hablando sobre sí mismo―, como una planta en medio del desierto que exige todo ―zanjó Wilson―. Y la duquesa cuenta ya con treinta y cinco años.
―Sé bien los años que tiene Isobel porque son los mismos con los que cuento yo.
Si yo me siento como un joven imberbe, le aseguro que mi esposa no se queda atrás.
Ya sabe que el doctor Sea ―que era el hombre que trataba a toda la familia en aspectos de salud― señaló que su madre lo parió a él con cuarenta años.
No hay edad para obrar el milagro de la vida, señor Wilson.
―No he querido insinuar que la duquesa sea una dama de avanzada edad. Solo quería indicar que ella se empeña en ocuparse de absolutamente todo lo que atañe a la niña. Ni tan siquiera considera que yo pueda responsabilizarme de alimentarla correctamente o cambiarle el pañal.
―¿Es una queja lo que oigo, señor Wilson? ―preguntó con humor.
―Pues sí. Lo cierto es que sí ―señaló en tono fiero―. Llevo años cuidando de un par de hermanos adultos que a la menor oportunidad se ponían a lloriquear como niños de pecho y…
―Es decir, Liam y yo mismo… ―murmuró York por lo bajo.
―… Así que desearía poder disfrutar de una maravillosa niña a la que enseñar mejor de lo que lo hice con su padre y su tío.
De tal modo que si la duquesa se relajase un poco y confiase en mí un poco más, ella y su esposo dispondrían de tiempo para…
para… para… para hacer lo que deseen. ―Cerró el asunto de la seducción con diplomacia.
―Vaya ―señaló el duque―. Hacía años que no le veía quejándose de un modo tan claro. Me parece que sería interesante comentarle a Isobel que debe descansar más para que mi tío pueda…
―¡Por amor de Dios! ―lo interrumpió porque imaginaba que diría algo que lo enfadaría mucho―. ¿Sabe qué le digo, excelencia?
―Adelante, no se quede rezagado en sus peticiones.
Lo veo esta noche especialmente exigente y estoy dispuesto a consentirlo.
Por un instante creí que se pondría a llorar y patalear porque mi esposa no le deja darle toda la atención que desea ofrecerle a mi pequeño rayo de luz ―se burló con descaro.
Lo cual sentó especialmente bien a Malcom, dado que Wilson aprovechaba cada ocasión para llamarlos a su hermano Liam o a él niños pequeños, y se vengó al hacer su exposición.
―Me voy a dormir ―dijo, mientras se daba media vuelta.
―¡No se enfade, señor Wilson! ―levantó la voz, mientras trataba de ocultar sus risas.
―¿Qué le has hecho al pobre señor Wilson? ―La duquesa de York acababa de entrar en el despacho de su esposo y se había cruzado con Mason, quien iba refunfuñando sin cesar.
―Ah, celebro ver que te has despertado, Isobel.
―¿Cómo no iba a hacerlo si he transitado por una cama vacía en medio de la noche y no me he topado con el calor y la firmeza del cuerpo de mi esposo? ―preguntó con cierto enfado.
―Tenemos compañía.
Isobel se cuadró y se puso alerta.
―¿Las chicas?
―Quédate tranquila, amor mío. Tus hijas están bien atendidas. La señorita Liberty Pharma ha llegado con un carruaje de alquiler.
―¿Qué? ¿Está bien? ¿Está herida? ―inquirió alarmada. Isobel sabía quién era ella porque York molestaba a Snow habitualmente con esa muchacha. Además, la había conocido durante unas Navidades y le encantó.
―No sé todavía lo que la trajo aquí. Mañana lo averiguaremos. La he mandado a acostarse, después de haber comprobado que goza de buena salud, que no había sido agredida, ni tampoco había agredido a nadie más…
―¡Yoooork! ―lo llamó al orden.
―Ah, el título. Una señal perfecta para que te subas en mi escritorio, abras tus piernas y me dejes seducirte. Jugaremos al noble déspota que desea la atención de una joven e inocente doncella que lo provoca con el contoneo de sus caderas.
―¡Eres imposible!
―¿La niña duerme?
―Sí.
―¿Estás despierta?
―Me estás viendo, ¿no?
―Yo no tengo sueño y me siento muy perverso y falto de atención. Así que… ―Malcom se había levantado y cerrado la puerta del despacho mientras hablaba y se estaba despojando de la única prenda de ropa que tenía.
―Aquí hace frío ―objetó la duquesa.
―Yo te calentaré.
―Vayamos a la cama… ―le pidió remolona.
―¿Y arriesgarme a que comiences a roncar?
―¡Yo no hago nada como eso! Es bien sabido por todos que las damas no emitimos sonidos indecorosos ―refutó con la nariz en alto.
―Ya… bueno, gime para mí y no le diré ni a un alma qué otra clase de sonidos hace tu cuerpo.
―¡York! ―gritó. No para reprenderlo, sino porque él se había acercado hasta ella y le había rasgado sin miramientos el liviano camisón de seda rosa, como un pirata que pretendía saquearla.
No hubo más palabras. Isobel se quedó bellamente extendida sobre la robusta mesa del duque, y él se mostró como el tiránico noble que exigía la rendición de la bonita sirvienta que acababa de entrar a su casa a servir.
Toda una delicia divertida e infame para una pareja que se mostraba más enamorada y deseosa conforme avanzaban los años.