Capítulo 2 #2
―Desearla no es amarla ―se atrevió a conjeturar, sabiendo que se ganaría otro gruñido.
Cosa que ocurrió―. Ahora haz el favor de olvidar por un breve instante que eres el hermano afligido de una dama a la que han sorprendido en una posición muy comprometida.
Durante unos momentos necesito aquí a mi mejor amigo. ¿Puedes hacerlo?
―Es mi hermana, Snow. Sabes bien que ella es mi mayor debilidad. No sé si puedo hacer lo que me dices ―argumentó con gran sinceridad.
―Al menos promete que tratarás de no lanzarme un derechazo mientras me escuchas, con eso me conformaré.
―Habla ―le ordenó.
―Admito que he luchado contra lo que ella ―evitó decir « tu hermana » para que Bruce no recordase esa conexión― me hacía sentir. La conoces bien y no es una mujer que se dé por vencida.
―Nunca lo hace ―señaló con una sonrisa el señor Bruce Pharma.
―Un día, no recuerdo ni cuándo, ella solo afirmó que se convertiría en mi esposa y…
―¿Estás seguro de ello? Porque jamás la escuché decir esa afirmación ―lo interrumpió.
Snow suspiró. Liberty era muy inteligente.
―Mira… si vas a dudar de las palabras de tu mejor y único amigo…
―Continúa ―lo instó.
―¡Yo no quiero estar en esta situación! ―A Snow se le terminó la paciencia y reventó. Solo dejó ir su furia.
―Ten cuidado, porque nuestra amistad podría acabar esta noche, Snow ―le dijo con tirantez.
Theodore se dio cuenta de que no podría hablar con libertad sobre sus preocupaciones con su amigo.
Bruce nunca dejaría de ser el ferviente guardián de la gran arpía.
¿Cómo explicarle que su mayor temor sería llevar a la cama a Liberty y no poder mantener bajo control a la bestia que había en su interior?
Eso únicamente haría que Bruce se alejase, solo con el fin de ir a por sus malditas pistolas de duelo.
―No creo que pueda ser el esposo que ella merece ―optó por decir un hecho que no era una mentira.
―Eso ya lo sé ―apuntó con convicción Bruce.
―¿Entonces te parecería bien que…?
―No. Vas a casarte con ella. Mi hermana no será una paria por tu culpa.
―¿Mi culpa? ―preguntó incrédulo. Toda la situación era obra de Liberty.
Lo sabía y no tenía pruebas para demostrárselo a su amigo.
Y no importaba, la verdad, porque la joven podría estar junto a un cadáver cubierta de sangre y su hermano diría de inmediato que ella era inocente.
Así era la relación entre ambos Pharma. Inquebrantable. ¡Maldición!
―Te diré lo que harás.
―¿Ah, sí? ―Theodore estaba atónito.
―Aprovecharás las conexiones de tu tutor y pedirás una dispensa especial, una licencia o cualquier otro papel mágico que haga que la ceremonia se oficie con premura. Seguro que el duque de York conoce al obispo de Canterbury.
Snow se quedó pensativo. De pronto, esa soga imaginaria que sentía amarrada al cuello comenzó a tensarse y no le permitía respirar con normalidad.
―Haré lo que demande tu hermana ―sentenció con solemnidad.
Snow observó que una gran sonrisa comenzaba a aparecer en el rostro de su mejor amigo.
―No era tan difícil, ¿verdad?
―No… supongo que no. ―Ya se le ocurriría un plan para que Liberty entrase en razón y lo dejase abandonado en medio del altar.
No le importaba, siempre y cuando no lograse tenerla a su pleno alcance y diese rienda suelta a su depravación más absoluta.
Si Bruce supiera lo que tenía en la cabeza cuando pensaba en Liberty le cortaría sus joyas reales. En pequeños pedacitos. Minúsculos.
―Bien. Ahora que hemos avanzado en el primer asunto, es momento de centrarnos en el segundo aspecto importante de la noche. Hablemos del muchacho.
―¿Lo has encontrado? ―Snow sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo su amigo. Ambos habían ido a esa fiesta precisamente a interrogar a una mujer que sabía el paradero de otra a la que andaban buscando con desesperación.
―Digamos que ha sido una noche productiva en todos los sentidos ―se vanaglorió Bruce.
―¿Dónde está ella?
―En Italia.
―¡Genial! ―exclamó Snow―. Supongo que tenemos un viaje que organizar.
―Así es… Uno que haremos en cuanto te cases con mi hermana ―precisó, intuyendo que Snow deseaba huir de inmediato.
Theodore saldría de ese bache en algún punto. No era momento de preocuparse por esa contrariedad llamada Liberty.
―¿Le has hablado a tu hermana del chico? ―se interesó el conde.
―¿Estás loco? Me mataría. Mejor que se lo diga su dulce y afectuoso esposo… en el momento adecuado.
―¿Dulce y afectuoso? ¿Estás seguro de que me conoces? ―trató de averiguar alzando una ceja al más puro estilo condal.
En ese punto Bruce soltó una gran carcajada.
―Sé bien quién es Liberty Pharma. Créeme, acabarás siendo más suave y cariñoso que el duque pomposo que cuida de ti.
―York no cuida de mí ―refutó al punto.
―Sí, bueno. Serás una gran nube algodonosa que irá flotando por el suelo cuando mi hermana termine contigo.
Snow tuvo el impulso de mostrar sus dientes como si fuese un perro rabioso.
En cambio, optó por ofrecerle una sonrisa encubierta.
Esa batalla no la ganaría, así que mejor dejar pasar el tiempo y que el asunto con Liberty se enfriase.
Eso y que la vehemencia con la que Bruce había hablado le heló la sangre y lo dejó sin palabras.
Gruñirle a un buen amigo que podría comenzar a atizarlo por lo sucedido con su amada hermana, no sería un movimiento inteligente.
***
No era la primera vez que Liberty Pharma se escapaba de un lugar. Aunque sí era la primera ocasión en que lo hacía de su hogar.
Los gritos de su amoroso padre llegaron hasta la cima de la montaña más alta del planeta.
Y después de soportar con estoicismo la regañina que jamás pensó que pudiese recitar el señor Pharma, la envió a su habitación, lugar en el que la encerró bajo su asombro.
Por lo visto la paciencia de su padre había llegado al límite.
De acuerdo. Liberty lo comprendía, no podía culparlo.
En algún punto su progenitor tenía que estallar.
Encontrar a su preciosa e inocente hija en una tesitura así…
Las horquillas del pelo le sirvieron a Liberty para forzar la cerradura de su habitación, que por otro lado era del todo miserable y no supuso un gran esfuerzo.
Y como era una chica inteligente, preparada para cualquier eventualidad, logró convencer a un cochero para que la llevase hasta York Park después de prometerle unas buenas monedas por el servicio prestado. Un dinero que no tenía, por supuesto.
No se trataba de ir a chivarse al jefe de la familia sobre que Snow no hubiese gritado el compromiso a los cuatro vientos…
Aunque… ¡No, no era eso! Solo necesitaba un lugar tranquilo en el que idear su siguiente paso.
Además, no sería la primera vez que el inteligente, apuesto, impoluto, maravilloso y algunos centenares de calificativos positivos más que definían a Malcom W. Banstorn, duque de York, la ayudase.
Llegó a su destino bien entrada la madrugada. Los faroles del carruaje, junto con la noche clara, hicieron que el viaje fuese bastante seguro.
Cuando llamó a la puerta del hogar donde vivía York, junto con su esposa Isobel y su hija de unos tres años llamada Gwyneth, salió a recibirla un hombre con cara de malas pulgas, ataviado con una camisa larga de dormir ―con gorro a juego― y portando un candelabro en las manos, al que ella reconoció de inmediato.
Era el asistente, o mayordomo o administrador o lo que fuese del duque.
―Lamento la interrupción, señor Wilson.
El sirviente la miró con una ceja levantada. Un claro gesto de que no se creía nada de lo que acababa de decir. Bueno, al menos él la recordaba con claridad.
―¿Es consciente de las horas que son, señorita Pharma…? ―Ella asintió.
―¿Quién demonios es? ―tronó una voz desde lo alto de la escalera.
El gran duque se había levantado y bajaba a paso ligero hasta la posición de Mason Wilson y Liberty Pharma.
Por descontado que Malcom solo había atinado a ponerse una bata de seda y mostraba prácticamente todo su torso al desnudo. Iba descalzo e incluso recién levantado parecía un adonis de lo más seductor y peligroso.
Liberty tenía que admitir que se equivocó una vez, años atrás, cuando le dijo que él no era tan impresionante como se creía. Sí lo era. Sí. Indudablemente.
―Ese gusto suyo de mostrar su cuerpo ante los demás es un vicio del todo incorrecto y censurable, excelencia ―lo regañó la joven, al tiempo que le ofrecía una tímida sonrisa.
―Lo es ―señaló por lo bajo Wilson con desespero, aunque nadie lo escuchó.
―No pienso ni responder a eso, pequeña arpía. ¿Qué hacemos todavía en la puerta? ―inquirió York mirando al señor Wilson y a la muchacha que tenía la palabra problemas esculpida en el rostro, una y otra vez.
―Imagino que el cochero que ha traído a la dama está aguardando el pago por el trabajo ―alegó Mason Wilson.
―¡Cómo no! ―exclamó el duque, recordando la última vez que él se tuvo que ocupar de los asuntos de la joven―. Hágase cargo, se lo ruego, señor Wilson. ―El hombre se movió hasta el despacho en busca de dinero. El duque miró a la joven―: ¿Habrá alguna vez en la que no precises mi ayuda, para variar?
Ella le mostró la sonrisa más dulce que fue capaz de componer y luego ladeó el rostro para simular ser todavía más inocente.
―Los dos sabemos que ese complejo de salvador que tiene se ensalza cada vez que socorre a un desvalido. Debería darme las gracias, excelencia, por nutrirlo.
Lo escuchó mascullar una colorida maldición del todo inapropiada que Liberty memorizó al instante.
―¿De dónde te han echado ahora, que vienes a mi casa como un ciervo al que han cazado para que sirva de cena? ―preguntó, mientras el señor Wilson cerraba la puerta, después de haber atendido el pago del cochero.
―No me han echado… Solo… ―York levantó una ceja y cruzó los brazos sobre su pecho.