Capítulo 2
La decisión oportuna
No había mejor refugio para un hombre que se sentía condenado que El placer del infierno.
Un interesante club de juego y vicio situado en el East End que regentaba el esposo de su hermana mayor Evangeline, el señor Avery Sullivan.
Bueno, en verdad el lugar estaba a cargo de un hombre llamado Cook, quien había tomado el relevo de su socio, dado que Sullivan se dedicaba a ser padre y esposo en su finca de Dover la mayor parte del tiempo.
En el piso inferior, cuando Theodore había entrado, observó a un par de beldades morenas con las que pudo haberse desfogado. Lucifer sabía cuánto necesitaba obtener alivio. No pudo hacerlo.
Liberty copaba la mayor parte de sus pensamientos y deseos más primitivos. ¡Dios! Lo que casi había hecho era un pecado terrible. Ella no tenía ni idea de la clase de hombre que era cuando sus instintos afloraban. Exigente, dominante, caprichoso y muy rudo.
En la intimidad de los aposentos que le confería su membresía de El placer del infierno, Theo se pasó una mano por el rostro al recordar lo vivido con Liberty.
Hubiese deslizado su virilidad entre esos suaves muslos y la habría tomado de un modo que…
¡Dios! Era Liberty Pharma y él había querido poseerla sin contención para satisfacer sus necesidades.
¡Ella era virgen! Y lo peor era que la hubiese sacrificado en pro de su lujuria sin miramientos, para gozar de lo que ella le había brindado tan alegremente.
No lo entendían. Nadie lo hacía. Su familia no era capaz de comprender que si no se casaba todavía, solo era porque no estaba preparado.
No era un hombre adecuado para convertirse en un devoto esposo todavía.
Necesitaba sacar toda esa rudeza que sentía en su interior, cuando una mujer se le ofrecía, para poder ser normal.
Por eso precisaba de más tiempo. Liberty no debía soportar a un marido que no supiese hacerle el amor, que solo la devoraría con un deseo tan intenso que ella no sería capaz de soportar.
¡Maldición! Todo había salido mal. Peor que mal. En especial porque en cuanto Theodore se casase no rompería sus votos. No se trataba de que fuese un hombre muy recto y moral. No. Solo era porque sí era consecuente con sus creencias.
Un hombre joven y soltero podía ir por el redil del libertinaje sin frenos.
Un hombre comprometido o casado se debía a su esposa e hijos.
Había sido testigo de esto mismo con los miembros masculinos que componían su peculiar familia y él no sería una excepción.
Entre otras cosas porque era firme en sus pensamientos, dado que si él se enterase de que York, Sullivan o Banstorn engañaban a sus esposas, los retaría a duelo sin dudar un segundo.
O tal vez los asesinase mientras durmiesen en sus camas, lo que mejor le sirviese a Snow para llevar a cabo su venganza.
Así que estaba perdido. No tendría una amante. No más mujeres en su vida. Solo una. Una a la que acabaría asustando con sus impulsos más primitivos. ¡Qué iba a hacer! Estaba en medio de una pesadilla terrible.
Theodore no entendía cómo, pero sí era consciente de que Liberty había tramado esa desafortunada reunión que tuvo como invitado indeseado a Henry Florence.
No la creyó capaz de idear una encerrona de esa índole, pero Liberty era más que apta para pensar cualquier plan.
En honor a la verdad, debería dar gracias al cielo porque ella le hubiese permitido llegar a los veinticinco años estando soltero, porque la conocía bien y pudo haber tramado algo así años atrás.
No lo pensaba demasiado, pero en verdad Theo sabía que acabaría casado con ella, pero había esperado que fuese más tarde que temprano.
Liberty, con esos ojos curiosos llenos de vida, siempre lo había mirado como si él le perteneciese.
La joven no había titubeado al decir abiertamente, y en más de una ocasión, que acabaría siendo su condesa.
Las señales estaban ahí. Snow no podía llevarse a engaño.
Incluso York le dijo en varios momentos que debía tener mucho cuidado con ella.
Y finalmente el ratón le había tendido una trampa al gato.
¿Estaba furioso? Sí. ¿Estaba asustado? Tremendamente.
¿Trataría de huir de la situación? De algún modo tendría que buscar…
¿Qué? ¿Una solución? No la había. El embrollo era descomunal.
Desde que esa locura llamada Liberty Pharma lo miró con inocencia y dijo sin reparos que lograría seducirlo con un sencillo batir de pestañas…
¿O dijo que haría que pidiese su mano? No lo recordaba.
Solo habitaba en su cabeza el deseo palpitante por tomar su cuerpo, por conquistar su inocencia, por llevarla al cielo y que ambos volviesen a descender a la tierra después de saciarse, de embeberse el uno del otro.
El problema radicaba en que una mujer inocente no toleraría su ímpetu carnal. Liberty no lo aceptaría.
Los pensamientos que había tenido con ella eran del todo impuros.
No aptos para la que sería su dulce esposa.
Bueno. No era que Liberty resultase demasiado suave o tierna.
En verdad era bastante salvaje. Igual que los pensamientos que la maldita hermana de su mejor amigo había desatado en su mente esa noche.
Creía que podía manejar esos impulsos dominantes y muy bárbaros.
En sus sueños lo hacía, al menos mientras recordaba el parentesco que ella tenía con Bruce.
Pues ni en sus sueños secretos había podido escapar de lo que Liberty le provocaba y él no deseaba admitir.
¿Por qué se había ido todo al traste?
Como conde de Snow tenía la obligación de proveer al título de un nuevo heredero, y por ende tenía que haber una condesa.
¡Pero no aún! No cuando ella quisiese. Le había colocado una soga alrededor del cuello y él no fue capaz de desenredarse, sino que había pecado de ser un mequetrefe confiado. ¡Maldición!
Su orgullo estaba hecho trizas y su malhumor iba creciendo de un modo alarmante. Si la tuviese delante le gritaría hasta quedarse sin voz. Sí, era una arpía. No pequeña, sino una gran arpía que merecía un escarmiento.
Un par de golpes en la puerta de sus aposentos lo sacaron de sus pensamientos. Cosa que agradeció. Se movió desde el lugar en el que figuraba de pie, cerca de esa gran cama de cuatro postes que había vivido auténticas bacanales, y abrió.
En cuanto divisó la figura que estaba frente a él, su instinto lo instó a cerrar de golpe para evitar la intrusión.
Pero su amigo Bruce fue más rápido y bloqueó el acceso con el pie derecho para evitar que le cerrase la puerta en las narices.
Tras un breve forcejeo, Theo se dio por vencido y se retiró hacia atrás.
Tenía las manos en alto en señal de rendición.
―Mi hermana, Snow… Mi her-ma-na pe-que-ña…
―comenzó a quejarse con los dientes apretados―.
El corazón que me falta en el pecho. La dulzura que llena mi vida.
La más bella flor de un jardín lleno de espinas.
Mi her-ma-na… ―repitió la última palabra como si fuese de trescientas sílabas debido a las pausas y el siseo producido.
―¿Me creerías si te dijese que me ha tendido una trampa? ―se atrevió a preguntar.
―¡Oh, sí! ―exclamó lleno de rabia―. Como si mi inteligente, hermosa, preciosa, lúcida, grandiosa y excepcional hermana quisiera atarse a un maldito disoluto sin corazón como tú.
¡Por Dios! Te juro que siento unas enormes ganas de olvidar que eres mi mejor amigo y correr a buscar mis pistolas.
Lo único que te salva es que no estás aquí acompañado por un trío de beldades celebrando el compromiso…
―Bruce había esperado verlo retozando con varias muchachas.
Saber que no había sido así le tranquilizó, aunque brevemente.
Snow resopló. Por supuesto, Bruce vería la santidad de su hermana y no que él había sido un títere para esa gran arpía.
―¿Qué vamos a hacer? ―inquirió el conde en tono suave―. Porque te aseguro que esta noche ya recibí una petición de duelo, y era precisamente el esposo de la mujer que finalmente tuviste en el jardín.
―No cambies de asunto. Por mucho que Afrodita me haya sido de utilidad, no olvidaré que… ¡Ah sí, ya lo tengo! Haremos una fiesta de despedida en tu honor ―añadió como si hubiese terminado de hacer un gran descubrimiento.
Durante el baile en el que todo había saltado por los aires, Bruce había estado en un jardín oscuro disfrutando de lo que aparentemente podría ser considerado solo como un interludio de lo más rápido y satisfactorio con la dama a la que Theodore acababa de aludir.
Una suerte que el esposo se dirigiese hacia el despacho de la casa y no hacia otro lugar.
―¿Perdón? ―interpeló Snow. Su amigo Bruce todavía lo miraba con rabia, pero parecía que no estaba dispuesto a pelearse con él.
―Ya sabes, una fiesta para despedir a un disoluto que será un esposo modélico para Liberty. Lo has entendido, ¿verdad? No más mujeres, Snow. A partir de hoy no habrá más distracción femenina para ti ―recalcó con severidad.
―¿Quién te crees para darme lecciones sobre un supuesto matrimonio que todavía no tengo claro? ―preguntó con los dientes apretados y sin medir las palabras espetadas ante el que se había erguido como el paladín de la dama.
En una fracción de segundo Bruce estaba agarrando por el cuello de la camisa de batista a Theodore y estampándolo contra la pared.
―Bien pensado, creo que mis pistolas podrían estar a punto para la madrugada… Tu fiesta de despedida acaba de convertirse en un sentido y emotivo entierro. ¿Alguna observación antes de que vaya a buscarlas, Snow?
―¿Qué se supone que voy a hacer yo con tu hermana? ―La pregunta fue lanzada con un toque lleno de angustia.
Bruce sintió el pánico en la voz de su mejor amigo y lo soltó. Comenzó a negar con la cabeza.
―Yo lo sabía. Lo sabía y tú lo negabas una y otra vez. A lo largo de estos años era consciente de que la deseabas y…