Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

Snow había mamado del seno mismo de la lujuria, de igual modo que se alimentaba de la dulzura de Liberty en esos momentos.

Había cometido infamias que, con seguridad, el mismísimo York censuraría enérgicamente, y Malcom W.

Banstorn, el duque, había sido todo un ejemplo de lascivia en gran parte de su juventud y su adultez.

Theo se había servido de amantes para compartirlas y verlas disfrutar mientras otros hombres las tomaban frente a sus ojos. Había gozado de un harén de cinco mujeres a las que usó para ser complacido.

¿Desde cuándo una única mujer, la hermana de su mejor amigo…

? Sintió que algo le inundaba el pecho. Seguro que era culpabilidad por estar tratando a la hermana de Bruce de ese modo.

Y eso que todavía no había comenzado a dar rienda suelta a lo que le impulsaba a hacerle a esa mujer que se deshacía entre sus brazos, entre palabras de amor, dulces susurros afectuosos y tiernos que lo instaban a seguir más y más…

La cordura se abrió paso durante un segundo a través de la niebla del deseo, de la tentación de la lubricidad, y él aprovechó el momento para pedirle que:

―Liberty, por Dios… Detenme… Tienes que frenarme ―suplicó en medio de una gran agonía.

―¡No! ―negó con efusividad―. Nunca te detengas. Jamás… ¿me oyes? ―lo desafió, mientras se retorcía sobre la mesa, dado que él había logrado tumbarla en ese mueble para tenerla a su merced.

Entonces Theodore Dreyer supo que estaba perdido.

Ella tenía todo el poder sobre él. Nunca podría replegarse a una petición tan sincera.

Dejó de lamer sus tiernos pezones, le subió por completo la falda y cuando le palpó su feminidad, un rugido digno del rey de la jungla salió del fondo de su pecho.

Llevó las manos a la presilla de sus pantalones y…

―¿Qué es esto? ―interrumpió la tórrida escena una potente voz masculina desde la puerta.

Snow gimió. En su monumental enfado, ese que había durado lo que ella tardó en comenzar a besarlo, se había olvidado de echar la llave. ¡No había pensado en cerrar el cerrojo porque se suponía que no iba a echarse en brazos de Liberty Pharma! Snow sabía que era demasiado tarde para lamentarse.

Levantó a la dama de su posición y la colocó tras él en un gesto de protección que hizo que el corazón de Liberty se llenase de orgullo, pero que al mismo tiempo se rompiese en mil pedazos.

Definitivamente no estaba orgullosa de lo que iba a suceder.

Posiblemente tuvo que haber meditado mejor sus acciones.

Suspiró. No tenía caso arrepentirse por lo que ya estaba hecho.

―Elija a sus padrinos, Snow, porque nos veremos al amanecer. Y le recomiendo que encargue su lápida, porque ni ese pomposo duque que tiene como protector le librará de la muerte. Nadie toca lo que es mío y vive para contarlo.

―¿Quién diablos es usted? ―preguntó Snow, al no poder verle la cara a ese hombre y no distinguir el tono de su voz.

―El hombre que va a matarlo. ¿No le ha quedado suficientemente claro? ―se burló el otro.

Liberty sintió como si un rayo la recorriese. Ese hombre era… No le agradaba nada Henry Florence y Theo haría bien en no subestimarlo.

―Salga de aquí ahora mismo ―dijo sujetando su temperamento con grilletes―, si no quiere que en verdad le desafíe a duelo. Esto es una cita privada y no tenía derecho a…

―¡Lo tengo! Todos los esposos que no han logrado sorprenderlo con sus mujeres me darían la razón.

Usted, lord Snow, acaba de cometer el peor error de un ser injurioso que induce a las damas a pecar.

Ahora, querida mía, sal de detrás de lo que pronto será un hombre muerto y ven hacia mí ―le indicó a la dama que se ocultaba a espaldas de Snow.

Liberty suspiró y se movió para dar la cara y demostrarle al hombre que estaba equivocado.

Snow se dio cuenta de su movimiento y la inmovilizó con un ligero tirón de su mano para que se quedase ahí.

Nadie tenía que saber quién era ella, por más que se sospechase de lo que los dos habían estado haciendo al amparo de la luz de la luna con una robusta mesa de madera caoba como testigo.

―La dama que está conmigo no tiene nada que ver con usted. Ahora dese la maldita vuelta y váyase ―tronó Theo, en un tono de voz que no alzó pero que fue mortal.

―No le creo. Es mi esposa, a la que lleva meses tratando de seducir.

―Vamos a tener un gran problema como no se marche.

No hubo tiempo para más réplicas, dado que la discusión, con un hombre que no había cruzado el umbral de la puerta y que cada vez había alzado la voz con más ímpetu, hizo que varios invitados se congregasen cerca para ver cuál era el problema en cuestión.

Snow supo el momento exacto en el que no sería capaz de salvaguardar la reputación de Liberty. Masculló una maldición en cuanto comenzaron a llegar más y más curiosos.

Entonces la señorita Pharma lo supo. Era el momento de dejar de esconderse y darse a conocer.

Con el pelo alborotado y el vestido completamente arrugado, pero tapando sus atributos femeninos, ella dio un paso a la derecha para desembarazarse de la tierna protección de Snow.

Los ojos negros de ese orgulloso hombre que era el señor Florence la miraron con sorpresa y…

¿reconocimiento? Una agitación extraña se posó en su interior.

Peligroso. Florence la miraba de un modo…

Decidió seguir adelante. Valiente. Segura.

―¿Por qué tendría que retar a duelo a este hombre, señor Florence? ―inquirió con la cabeza en alto la joven―. Usted no es mi padre, no es mi hermano, así que le pregunto, ¿qué motivo tendría para desafiar a un conde que yo he elegido como mi esposo?

Theodore la miró lleno de suspicacias. No podía ser…

No podía ser que… ¿Señor Florence? ¿El mismo esposo con cuya mujer había estado coqueteando desde hacía tantos meses para sonsacarle información?

¡Afrodita Florence, a quien él no había deseado llevar al lecho!

¿Por qué Liberty conocía la identidad de ese hombre?

¿Cuál era el motivo por el que no se había quedado rezagada detrás de él para ocultarse de los ojos indiscretos?

Recapituló lo acontecido en su mente. ¿La hermana de su mejor amigo acababa de decir a viva voz que lo había elegido como esposo? ¡Una trampa! No. Seguro que no…

―¿Liberty? ―preguntó su hermano Bruce tras el señor Florence, quien no sabía dónde meterse debido a la gran equivocación que había cometido. El esposo de Afrodita, Henry Florence, estaba furioso porque las cosas se habían torcido.

―Hija mía, ¿qué está pasando aquí? ―Se unió al coro de preguntas el señor Leopold Pharma.

―Theo ―susurró ella, usando ese apelativo como una súplica para que él reafirmase sus palabras.

Snow salió de sus sombríos pensamientos y le tomó la mano a Liberty. Ella al fin pudo respirar con normalidad. Él haría lo correcto.

―Esto es una situación que será debatida en privado ―expuso Theodore, mientras miraba con ira al culpable de la interrupción.

―Pero ¿qué…? ―comenzó a decir el padre de la muchacha.

―Se lo explicaré todo, señor Pharma. Pero no será esta noche, ni tampoco aquí. Lleve a su hija a casa. Todo se arreglará ―le reveló al padre de su mejor amigo.

Snow llevó de la mano a Liberty hasta su familia.

La mujer observó al señor Florence cuando pasó por delante de él.

Algo no iba bien. Se veía sereno, pero muy contrariado.

¿No debería sentirse aliviado por no haber encontrado a su esposa con Snow?

Era como si él estuviese culpándola de algo. Pero no tenía la menor idea de qué.

Por su parte, Theodore no se atrevió a mirar a Bruce a los ojos. Su mejor amigo le había indicado siempre que su hermana era un terreno del todo vetado para él. Siempre le había dicho que jamás permitiría que su amada hermanita acabase del brazo de un réprobo pícaro como él.

Así fue como el conde de Snow se marchó de una fiesta civilizada en la que se había convertido en un escándalo sin habérselo propuesto, sintiéndose miserable, como un animal al que acababan de acomodar en una jaula de lo más perturbadora.

Así fue como Liberty Pharma se dio cuenta de que salvarle la vida al hombre que había amado desde que tenía uso de razón, había abierto una gran brecha que, por primera vez, no estaba segura de poder llegar a sellar.

Las cosas no empezaban bien. Dado que ni los breves momentos recién vividos, de dulce locura y lascivia, no lograrían amansar la ira de Theodore Dreyer.

Liberty lo sabía.