Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

―Por supuesto que no… ―expuso enigmáticamente y con cierta tirantez, mientras trataba de morderse la lengua.

―Tienes que centrar tu atención en otro candidato. Te lo he dicho demasiadas veces, no soy bueno para ti.

―Y yo he respondido a esa tonta aseveración explicándote que estás del todo equivocado. Y esta noche lo comprobarás, Snow. ―Aludió al título de él para darle más dramatismo a sus palabras.

Él negó con la cabeza.

―Eres una de las mujeres más inteligentes que conozco, no te costaría nada convertirte en duquesa. De hecho, hay aquí algún que otro duque que…

―Pero ambos sabemos que no es eso lo que busco.

―Nunca me has explicado esa manía tuya para proclamar con facilidad que te convertirías en mi esposa. ¿Qué locura te dio semejante idea, Liberty?

―Un juramento.

―¿Disculpa?

―Un juramento. Tal vez sería mejor que no bebieses tanto, querido, porque el alcohol nubla tu juicio y no puedes ver que estás en graves problemas ―soltó de improviso cuando observó a la señora Florence dirigirle una larga mirada a Theodore, que él correspondió con una sonrisa burlona.

Al otro lado Henry Florence estaba también contemplando la escena. Ese hombre la ponía nerviosa. Había algo muy peligroso en ese orgullo que exhibía.

―No tienes motivos para estar celosa. Tú eres la hermana de mi mejor amigo. Ese puesto siempre te corresponderá, Liberty.

Ella le sonrió de la forma más dulce posible. Él había usado muchas tácticas desde que se conocían. Todas pasaban por desanimarla y ella se enfadaba por el hecho de que la conociese tan poco, aunque no se lo hacía notar.

―¡Estoy segura de que con solo batir mis espesas y largas pestañas, haré que pida mi mano, lord Snow! ¡Usted me ama! ―exclamó a todo pulmón, para que el máximo número de personas se enterasen de lo que acababa de señalar.

Vio cómo el rostro de él se ponía ceniciento, pálido, sin una pizca de color. Ella rodó los ojos. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Aguardarlo veinticinco años más?

Los cuchicheos comenzaron a sonar con fuerza de derecha a izquierda, desde el fondo hasta la entrada del salón de baile. No había nada mejor que un buen rumor. Y uno dicho a viva voz por parte de una de las partes implicadas era algo incendiario.

Snow no supo qué hacer ante tal afirmación.

Así que optó por cogerla por el brazo sin ningún cuidado ―lo cual fue un milagro porque deseaba retorcerle el pescuezo― y comenzó a sacarla de la zona hacia un lugar más privado.

Si él hubiese sido un poco más inteligente que Liberty, lo que habría tenido que hacer hubiese sido justo lo contrario, separarse de ella y huir.

Pero no. Lo había pillado tan desprevenido que solo se vio en la necesidad de marcharse del centro de atención y tener unas palabras con ella donde nadie los juzgase.

En honor a la verdad, Liberty sabía que no había obrado demasiado bien. Un atisbo de culpabilidad comenzó a nacer en su interior. Cerró los ojos y desechó la culpa ante sus actos.

Theodore la arrastró hasta el despacho del anfitrión de la casa. Lugar en el que ella sabía que la metería, dado que era la primera puerta de una habitación privada nada más dejar el amplio salón de baile atrás.

Rezó una breve plegaria para que todo saliese bien. Cosa que parecía que no sucedería. Liberty no estaba tan segura de su plan. En su cabeza todo había sido pensado con cierto optimismo, sin embargo, a la hora de la verdad…

Cuando los dos estuvieron solos en aquel despacho, donde no había más que la claridad de la luz de la luna entrando por las amplias ventanas, Snow la soltó y comenzó a pasear y refunfuñar por la estancia.

Liberty aguardó impaciente a la regañina que pronto vendría.

No importaba. Había ido demasiado lejos como para echarse atrás.

Se quedó callada y expectante ante el movimiento de Theodore Maxwell Dreyer, conde de Snow.

De pronto le pareció que él había envejecido muchísimo y que su precioso cabello negro se había tornado gris por lo sucedido.

Tenían la misma edad y ella se sentía pequeña ante él.

Minúscula. Realmente estaba furioso. Cosa que por otro lado podía entender a la perfección, pero…

―¡Estás loca! ―No fue una pregunta. Tampoco hubo un poco de comprensión ahí. Era la ira la que hablaba.

―¿Por asegurar lo que todos saben y tú te niegas a admitir? ―preguntó manteniendo la dignidad y mostrándose cuerda. En resumidas cuentas, mintiendo sobre su inseguridad.

―Dios santo ―murmuró sin aceptar lo que escuchaba―. ¿De verdad crees que estoy enamorado de ti? ―Ella presumía demasiado. Todavía no era el momento adecuado.

―No lo creo, yo lo sé ―aseveró con la cabeza bien alta.

―Deberías estar en un sanatorio, o encerrada en la torre más alta de un castillo, dado que de este cuento mortificante que has creado de la nada no saldrá nada bueno. ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?

―Lo sé muy bien. El que no tiene la menor idea eres tú, Theo.

―¡No te atrevas a llamarme así! Oh, Liberty… ¿Qué nos has hecho? ¿Qué te has hecho? ¿No comprendes que no me casaré contigo? ¡No importa cuánto me acorrales! ―explotó.

―Debes casarte conmigo, Theo ―susurró inquieta.

―¿Tan desesperada estás por tener mi título? Creía que aquella tontería era un juego para irritarme, para burlarte de mí, porque siempre has tenido un sentido del humor de lo más retorcido… ¡Lo que has hecho hoy es una infamia!

Ella se acercó a él con cautela. Se colocó delante de Theodore y alzó su mano para acunar su mejilla derecha.

―¿No lo ves? ―preguntó con los ojos abiertos, dejando salir todo el amor que habitaba en ella por ese hombre terco y testarudo.

Él le agarró la mano por inercia y no pudo alejarse de esa caricia tan inocente. Ella tenía algo que lo desquiciaba y a la vez lo calmaba.

―Lo que veo es que nunca aceptarás una negativa. Tu hermano tiene razón. Cuando deseas algo luchas con uñas y dientes para obtenerlo.

―Te observo mirarme, Theo. Siento tus ojos posados en mí cuando crees que no te veo.

Algo que jamás dejo de hacer. Tú eres mi futuro, tanto como yo soy el tuyo.

Me devoras con los ojos, te muestras celoso cuando danzo con otros caballeros.

¿Por qué te resistes? ¿Por qué te empeñas en hacernos desdichados, amor mío?

―preguntó con el corazón en la mano y mostrando toda esa vulnerabilidad que odiaba exhibir.

―Por amor de Dios, Liberty. Esto es más serio de lo que creí… Eres la hermana de mi mejor amigo. Solo me preocupo por ti. No hay nada de… de lo que sea que imagines… ¿Cuántas veces debo decírtelo?

―Te escucho hablar, pero tus gestos, tus miradas, la posición que adopta tu cuerpo cuando yo estoy cerca, refuta cada una de tus palabras.

¿Por qué es tan difícil admitirlo? Solo dilo, Theo…

¿De qué tienes miedo? El amor no puede dañar, solo sanar y traer felicidad.

Lo has visto antes. En tu familia mismo, con el duque de York, con tu propia hermana Regina.

¿Qué tengo de malo para no hablar libremente de lo que sientes por mí?

Bésame. Bésame y demuestra que me equivoco y te dejaré libre para no volver a asediarte, te lo juro, Theo.

Liberty no le dejó alternativa. Se colocó de puntillas y buscó sus labios para besarlo de la manera que deseaba, para que él entendiese que estaban destinados a forjar una unión por amor, un vínculo inquebrantable que se había formado mucho antes de ese momento, por más que él no lo recordase y no desease admitir.

Theodore Dreyer, conde de Snow, era su pasado, su presente y su futuro.

Si para convencerlo era necesario recurrir a la persuasión, incluso a tenderle una trampa, lo haría.

Cuando ella comenzó a deslizar los labios sobre los del conde, él se quedó paralizado.

El pánico más mortífero fue abriéndose paso en el interior de la señorita Pharma.

Su corazón se estremeció y su alma comenzó a fracturarse.

Si la despreciaba, jamás se recuperaría del golpe.

Cerró los ojos y se acomodó sobre él, buscando un contacto más íntimo, más cercano, todo ello sin dejar de besarlo.

Sintió un pequeño pinchazo en el bajo de su vientre, y ella, que no era una joven ingenua, se dio cuenta de inmediato de lo que era ese bulto que presionaba cada vez con más fuerza contra su cuerpo voluptuoso.

No tuvo tiempo de felicitarse por su atrevimiento.

La lengua de Theo no le daba tregua. El conde se había convertido en un conquistador normando que reclamaba cada pedazo de la sugerente boca de Liberty.

No supo cómo, pero en un pestañeo ella estuvo sentada sobre la mesa más próxima mientras el conde la devoraba a placer, a la vez que sus manos sostenían sus generosos pechos a través de la vaporosa tela de su vestido de seda de color marfil.

Theo logró sacar el seno derecho de su confinamiento.

El pezón comenzó a fruncirse debido a la frescura de un ambiente que cada vez estaba más caldeado.

La boca de Snow estuvo ahí para darle el merecido trato.

Lamió esa perfecta punta, para luego engullirla con glotonería.

Theodore solo era consciente de que le faltaban manos para poder acariciar todas las partes de Liberty.

Liberty. Dios. Santo Dios bendito. Dios del universo y de todos los seres vivos.

Él estaba besando, lamiendo, tocando con descaro a Liberty Pharma.

Y que el Ángel Negro viniese a por él ya mismo, porque era imposible que alguien lo detuviese.

Mientras la boca sinuosa y codiciosa del conde se deleitaba con los dos pechos que había logrado sacar de su confinamiento, una mano comenzaba a levantar el vestido de ella. Era imperativo saber si estaba húmeda. Mojada. Empapada. Lista para él.

Los sutiles gemidos de Liberty llenaban el silencio de la estancia para volverlo loco. Para atormentarlo con ese dulce canto de sirena celestial. ¿Cuándo fue la última vez que él deseó tan fervientemente a una mujer? ¡Nunca!